miércoles, 30 de abril de 2025

10 «La estrella guía. Donde Martín y Andrés se reúnen en casa de Marta y Andrés para planificar la huida»


 Andrés (sirviendo vino a los demás) Bueno, aquí estamos todos. Es hora de que pongamos en claro los detalles. No hay margen para errores.

Diego (asintiendo) Catalina está desidida. Lo habló conmigo ayer en el mercado, y no hay duda de que quiere irse. Ahora depende de nosotros asegurarnos de que todo salga bien.

Marta, que estaba sentada al lado de su marido, escuchaba en silencio mientras cortaba trozos de pan y queso. Su expresión reflejaba preocupación, aunque hasta ese momento no había dicho nada. Martín, siempre observador, fue el primero en notar su inquietud.

Martín (mirándola) ¿Qué pasa, Marta? Te veo callada.

Ella levantó la mirada, dudando un momento antes de hablar.

MartNo digo que no sea lo correcto, Martín. Pero… esto es muy arriesgado. Esa familia no es conocida por dejar pasar las cosas. Si descubren lo que estáis haciendo, ¿qué creéis que harán?

El silencio se instaló brevemente en la mesa, y fue Tomás quien rompió el hielo, colocando una mano tranquilizadora sobre la de su amiga.

Tomás Nada va a pasar, Marta. Nos aseguraremos de que Catalina salga sin que nadie se dé cuenta. Además, no estarán solos. Diego y yo iremos con ella.

Marta (mirando a Tomás con preocupación) Eso es lo que más me preocupa, Tomás. No es solo Catalina; sois vosotros también. Si os cogen, no quiero ni pensar en lo que podrían haceros.

Andrés (interviniendo con un tono calmado) Es normal que tengas miedo, mujer. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Catalina lleva años viviendo en esa casa como si fuera una esclava. Si no hacemos algo ahora, nunca tendrá una oportunidad de escapar y una vida feliz.

Diego Y no estamos improvisando. Las fiestas de Santa Sesilia son el momento perfecto. Con todo el pueblo distraído, nadie notará nada hasta que sea demasiado tarde.

Marta (riendo mientras corta pan) Diego, Diego… repite Santa Cecilia. A ver, que me alegro el alma.

Diego ¿Santa Sesilia? ¿Qué tiene eso de particular?

Marta (aguantando la risa, mirando a Diego¡Lo ha dicho otra vez! ¡Santa Sesilia! Como si fuera con ese de serpiente. Ay, chicos, ¿no os parece cosa graciosa?

Andrés (sin poder contenerse) ¡Mucho! Es como si las palabras se resbalaran por la lengua, todo “s” arriba, “s” abajo.

Diego (mordiendo con calma) Así hablamos los viscaínos, pues. ¿Y qué? ¿Peor es desir -forzando y exagerando la pronunciación- «zebolla» como si fuera bestia salvaje. «Zorro», «zapato»Prínsipes pareséis con tanta seta.

Marta (poniendo gesto travieso) No, si a mí me gusta. Es que tú, Diego, lo dices todo tan serio y de pronto: servesa, sielo, Saragosa… ¡Parece que el idioma se te ha vuelto niño!

Tomás (con tono conciliador) ¡Bah! Cada tierra tiene su son. Los andaluces también sesean. En La Mancha decimos en cá para decir en casa de, abalconás. ¡Y nadie se muere por eso!

Diego ¿¡Abalconás!?

Mart¡Sí! Que, por ejemplo, la Ana de Francisco y Dolores. Que las tiene… -dijo con gestos de sopesarse el pecho

Diego (riéndose a carcajadas al fin, encogiéndose de hombros) Pues si que las tiene bien puestas esa nesca polita, ¡pues! Prefiero hablar como en mi tierra que andar con zetas procurando pronunciar exageradamente que arañan paladar.

Andrés (con una sonrisa) Yo he oído que los moros también seseaban. ¿Será que el buen Diego tiene algo de moro viejo?

Diego ¡Anda y que te frían un huevo! Yo soy viscaíno, y eso basta. ¿No habéis conosido a ningún viscaíno?

Tomás Ya os dijimos, los Mendieta. Pero ellos ya nacieron aquí. Mi padre y mi abuelo contaban que cuando llegaron sus antepasados venían con una forma de hablar extraña. Apenas se les entendía. Les costó mucho hacerse entender hasta que dominaron el castellano.

Diego Es el idioma que tenemos los viscaínos. Vascuense lo llamamos. Pero no creáis, a veses, entre nosotros también nos cuesta entendernos y tenemos que recurrir al castellano.

Mart¡Y a ti, Martín! ¿No te hace gracia?

Martín Ya me he acostumbrado. Pero aún así, hay veces que mezcla el castellano con el vascuence y hay que tener un poco de paciencia. Y ahora, brindemos. Por las eses de Diego y las zetas de Marta. ¡Y que no falte vino para que resbalen todas!

Diego ¡Y por las abalconás de Ana, la de Fransísco y Dolores!

Todos (ríendo y alzando sus copas) ¡Salud!

Martín: (apoyándose en la mesa) El plan es sencillo. Mientras todos estén en la plaza durante las celebraciones, Catalina saldrá de la casa con lo poco que pueda llevar. Diego y yo nos encargaremos de distraer a cualquiera que pueda sospechar algo.

Tomás Y mientras tanto, Andrés y yo estaremos listos con las mulas y el carro para partir hacia el sur. Si todo va bien, estaremos lejos del pueblo antes de que nadie se dé cuenta.

Marta suspiró, llevándose una mano al pecho. Aunque las palabras de los hombres tenían sentido, el temor seguía reflejado en sus ojos:

Marta Lo entiendo, pero… solo os pido que tengáis cuidado. Catalina no merece lo que le han hecho. Pero no será fácil. Los Mendieta no son de mucha celebración.

Andrés (con una sonrisa tranquilizadora) No te preocupes, Marta. No haremos nada que no podamos controlar. Nunca se pierden la misa mayor de Santa Lucía en la ermita. Es el momento propicio. Aparatada del pueblo y con tanta gente, tardarán en darse cuenta de la ausencia de Catalina. Eso nos dará tiempo para alejarnos lo máximo posible. Además, Ramiro es de buen beber y ese día más.

Diego Ramiro puede ser sil de distraer, ¿y su mujer?

Marta De ella me encargo yo. Ya encontraré la manera de distraerla: algo que recoger en el interior de la ermita después de la misa. Siempre la limpiamos y ponemos en orden para que esté lista para el día siguiente. Y si insiste en que Catalina también esté presente, le diré que la deje con las demás muchachas disfrutando de la celebración. Ese día no se negará; es muy beata y no querrá quedar mal. Si algo tienen los Mendieta, es su extrema creencia. No faltan ni un domingo ni fiesta de guardar a misa. Son muy beatos.

Tomás (levantando su vaso de vino) ¡Eso es! Ahora, brindemos por el éxito de este plan.

Los demás levantaron sus vasos, aunque Marta lo hizo con algo de reticencia. La conversación continuó, afinando los detalles del plan. Hablaron sobre el momento exacto de la salida, las rutas que tomarían y los puntos donde podrían descansar durante el primer día de viaje. Todo debía estar perfectamente calculado.

Al final de la noche, mientras recogían los restos de la comida, Marta se acercó a Tomás en privado.

MartCuida de Andrés, Tomás. Es todo lo que te pido.

Tomás (asintiendo con seriedad) Lo haré, Marta. Prometo que volveremos con bien, y que Catalina tendrá la vida que merece. Tú y él sois los amigos que más quiero

Marta le dedicó una leve sonrisa antes de despedirse de los demás. Cuando la puerta de la casa de Andrés se cerró tras ellos, los cuatro amigos se miraron con determinación. Sabían que el éxito de su plan dependía de su unión y de no cometer errores. A partir de ese momento, cada día que pasaba los acercaba más al momento decisivo...

domingo, 27 de abril de 2025

Y III «El romance "imposible" entre el Cero a la Izquierda y la Niña bonita»

 

El Cero a la Izquierda siempre había sentido que su existencia carecía de valor. Desde que había nacido en el vasto y ordenado mundo de los números, se había visto a sí mismo como alguien que no aportaba nada. Su hermano, el Cero a la Derecha, aunque igualmente humilde en su naturaleza, disfrutaba del respeto de los demás debido a su poder multiplicador. El Cero a la Izquierda, por su parte, era un número cuya función más habitual era marcar la ausencia, dar forma a la nada, y por eso sentía que su vida carecía de propósito.

En sus momentos de soledad, se acercaba al Anciano de los Números, quien siempre le decía que su existencia no era tan inútil como pensaba. «En la aritmética, en la geometría, y en la infinita secuencia de decimales, tú tienes un papel fundamental», le aseguraba el Anciano de los Números. Pero el Cero a la Izquierda seguía sintiendo que le faltaba algo, como si el universo entero le ignorara.

Hasta que un día, mientras vagaba por la infinita extensión de los números, algo extraordinario ocurrió. En medio de la vastedad y el vacío, se encontró con alguien que conoció tiempo atrás gracias a π: La Niña Bonita.

El 15 no era un número cualquiera. Aunque entero y racional, tenía una gracia natural, una simetría encantadora que no pasaba desapercibida. Representaba una edad, una promesa, una forma de belleza serena que invitaba a soñar.

Hola, Niña Bonita. Me alegra verte.
—Yo también estoy contenta de verte de nuevo.

15 no era como los demás números. No por lo abstracto, sino por lo cercano. Tenía una armonía encantadora, una frescura serena que no necesitaba imponerse. Su valor no venía de lo complejo, sino de lo que despertaba en quienes la conocían.

El Cero a la Izquierda, completamente hipnotizado por su singularidad, no pudo evitar acercarse. Sintió una conexión inmediata. Durante toda su vida había sentido esa incompletitud, esa búsqueda de algo más, un vacío que no podía llenar con sus funciones matemáticas. Y ahora, frente a él, 15 parecía ser la respuesta a todo lo que había estado buscando. Tal vez, al igual que ella, él también era parte de algo más grande.

Comenzaron a pasar tiempo juntos, compartiendo conversaciones en la vastedad del infinito. La Niña Bonita le mostró al Cero a la Izquierda la belleza de lo infinito, la magia de los círculos, y la armonía oculta en el universo. Le enseñó que no todo en la vida era sumar o multiplicar; a veces, existía algo mucho más allá de los cálculos exactos: la trascendencia. El Cero a la Izquierda, que siempre había sido visto como una mera vacuidad, comenzó a comprender que él, también, formaba parte de un todo mucho más grande.

A su lado, descubrió que en el mundo de los números, el orden no siempre lo dictaban los números enteros, ni los decimales comunes. A veces, lo que realmente importaba era la percepción de la belleza que cada número aportaba al universo. π era la manifestación perfecta de esa belleza. Y a su lado, el Cero a la Izquierda sentía que su presencia tenía una importancia que nunca antes había imaginado.

Pero no todos aprobaban su relación.

¿Qué hace un número tan sublime como La Niña Bonita con un simple Cero a la Izquierda? —murmuraban los racionales, desde sus lugares de privilegio en los cálculos y las fórmulas exactas. Incluso, su hermano, el Cero a la Derecha, que nunca antes había mostrado el menor interés por su hermano menor, observó con envidia su relación con 15.

Tú, que no vales nada, ¿cómo te atreves a estar con ella? —dijo con desdén. —Piensa en lo que eres: un mero cero. ¿Qué puedes ofrecerle a alguien tan profundo como a ella?

El Cero a la Izquierda, herido por las palabras de su hermano, se sintió inseguro. Tal vez tenía razón. Tal vez, como siempre le había dicho, no valía nada. Tal vez su lugar en el universo era tan insignificante que no merecía estar con alguien tan especial como 15.

Pero cuando el dolor de la duda comenzaba a consumirle, La Niña Bonita se acercó a él, con una suavidad infinita en sus gestos.

Eres más importante de lo que crees —le susurró—. Sin ti, muchos sistemas numéricos no tendrían orden. En los decimales, tu das forma a la infinitud de las cifras y las operaciones matemáticas. Tú eres la base sobre la que todo puede empezar.

El Cero a la Izquierda nunca lo había visto de esa manera. Se dio cuenta de que su presencia no era un vacío sin sentido. Aunque su función pudiera parecer menor, sin él, la armonía numérica en la que 15 brillaba no sería posible.

Desde ese momento, caminaron juntos por el infinito, demostrando a todos que el valor de un número no siempre se mide por su función matemática, sino por la belleza de su existencia. En su relación, el Cero a la Izquierda ya no se sentía insignificante. Al lado de La Niña Bonita, descubrió que su valor no dependía de los demás, sino de su propia percepción.

Y así, el Cero a la Izquierda siguió caminando junto a La Niña Bonita, no como un número perdido entre cifras, sino como alguien que había encontrado su lugar en el universo. Ya no se medía por lo que no era, sino por la belleza de lo que aportaba. En cada ecuación imposible, en cada número que buscaba su sentido más allá del cálculo, su presencia silenciosa se hacía notar. Porque comprendió, al fin, que incluso el más humilde de los números podía ser la llave que abre la puerta a lo infinito.
Y en ese infinito, él y La Niña Bonita bailaban sin prisa, al ritmo secreto de los números que saben que, a veces, el amor y el sentido aparecen justo donde nadie los espera.

Fin


sábado, 26 de abril de 2025

9 «La estrella guía». «Donde Diego y Martín vuelven a encontrarse con Catalina para contarle sus planes». Por Sta. Cecilia.

 Es otoño y la vida en las tierras de Fuente el Fresno era sosegada El ambiente en el pueblo comenzaba a agitarse con los preparativos para la fiesta de Santa Cecilia. Las calles se engalanaban con cintas y flores, y los habitantes se afanaban en dejar todo listo para una de las festividades más importante del año. La ermita, situada en un cerro a las afueras, también recibía atención par parte de los vecinos. Se encalaban sus paredes y se reparaban desperfectos. Sin embargo, Martín y Diego tenían en mente un plan distinto, uno que no tenía que ver con las celebraciones.


Martín: (mientras reparaba un arado en la herrería) —Dos semanas… Ese es el tiempo que tenemos para planearlo todo. Con el pueblo lleno de gente y el bullicio de la fiesta, nadie se dará cuenta de nada.

Diego: (sentado cerca, afilando su navaja) —Lo difísil será convencer a Catalina. No podemos apresurarla, pero estoy seguro de que aseptará. Cada vez que hablamos con ella, parese más desidida a dejar esa casa.

Martín: —Y si conseguimos que Tomás y Andrés nos echen una mano, será más fácil. Ellos son buenos para cubrirnos las espaldas.

Diego: —El carro de la familia de Tomás puede sernos muy útil para alejarnos del pueblo.

Ambos acordaron que la primera parte del plan sería hablar con Catalina y contarle sus intenciones. El domingo siguiente, aprovechando la excusa de una cacería en las Tablas de Daimiel, Diego y Tomás se dirigieron hacia los alrededores de la casa de los Mendieta.

Cargados con sus escopetas y un zurrón con algo de chorizo, pan y vino, caminaron hasta un prado cercano donde solían encontrar a Catalina cuidando de las ovejas. Como habían previsto, allí estaba, sentada sobre una roca, vigilando a los animales mientras el viento jugaba con los pliegues de su falda.

Diego: (levantando la mano en un gesto amistoso) —¡Catalina! ¿Nos esperabas?

Catalina levantó la vista, sorprendida, pero al reconocerlos, les dedicó una sonrisa que denotaba la confianza que había ido construyendo con ellos.

Catalina: —No, pero ya me extrañaba no veros por aquí en tanto tiempo. ¿De caza otra vez?

Martín: (riendo mientras señala el zurrón) —Caza sí, pero de perdices y buenos liebres. Aunque hoy también queremos hablar contigo.

Catalina frunció el ceño, algo desconcertada, mientras los jóvenes se sentaban en el suelo cerca de ella. Diego, con un tono calmado pero directo, tomó la palabra.

Diego: —Catalina, sabemos que tu situasión en esa casa no es fásil. Hemos hablado mucho, y creemos que podemos ayudarte… si tú lo permites.

Catalina los miró con atención, aunque no dijo nada. Su expresión, mezcla de curiosidad y cautela, les dio el impulso necesario para continuar.

Martín: —Queremos sacarte de aquí, Catalina. Con las fiestas de Santa Cecilia, habrá tanta gente en el pueblo que nadie notará nada. Será el momento perfecto.

Diego: (añadiendo con firmeza) —Nosotros tampoco estamos atados al pueblo. Podemos irnos contigo y empesar de nuevo en otro lugar. Ya pensaremos a dónde, pero lejos de aquí, donde no tengas que soportar esa vida.

Catalina apartó la mirada hacia las ovejas, mordiéndose el labio con nerviosismo. Por unos instantes, pareció querer decir algo, pero la duda la detenía. Finalmente, habló, con voz temblorosa.

Catalina: —¿Y si algo sale mal? ¿Y si nos descubren? Mi tía... mi tío... No se quedarán tranquilos si desaparezco. Recurrirán a la justicia.

Diego: (acercándose un poco más) —No va a salir mal, Catalina. Nos ocuparemos de que nadie se dé cuenta de nada. Andrés y Tomás nos ayudarán en lo que sea nesesario. No tienes que preocuparte por eso.

Martín: (intentando suavizar el ambiente) —Además, piensa en lo que te espera si te quedas aquí. No hay nada que te retenga, ¿verdad?

Catalina guardó silencio, pero finalmente asintió lentamente. Sus ojos reflejaban miedo, pero también una chispa de esperanza.

Catalina: —Lo pensaré. Si vais a ayudarme, no quiero ser una carga para vosotros.

Diego: (con una leve sonrisa) —No eres una carga, Catalina. Solo queremos que tengas la vida que mereses.

La tarde llegaba, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Catalina se levantó con el palo en la mano, mirando hacia el sendero que la llevaba de vuelta a casa.

Catalina: —Dejadme pensar unos días. Pero gracias... por todo.

Martín: —Tómate tu tiempo, Catalina. Solo asegúrate de estar lista cuando llegue el momento.

Los jóvenes la observaron mientras regresaba hacia la casa, cuidando del pequeño rebaño que caminaba delante de ella. Diego y Martín permanecieron en el prado unos minutos más, hablando en voz baja sobre los detalles del plan antes de emprender el camino de vuelta al pueblo. La decisión final estaba en manos de Catalina, pero ambos confiaban en que aceptaría


El miércoles siguiente amaneció con el bullicio habitual del mercado semanal. Carros cargados con mercancías llegaban desde los alrededores, y los mercaderes instalaban sus puestos en la plaza de Fuente el Fresno. El aire olía a frutas frescas, especias y el ocasional aroma a pescado seco, mientras las voces de los comerciantes se mezclaban con las de los compradores.

Catalina llegó al mercado junto a su tía, quien llevaba una cesta vacía en un brazo y un gesto severo en el rostro. Catalina, en silencio, seguía sus pasos mientras su tía regateaba con los vendedores. Era una de las pocas ocasiones en las que la joven podía salir de la casa, pero incluso entre la multitud, su figura delgada y su actitud reservada parecían pasar desapercibidas para la mayoría.

Sin embargo, no para Diego, que estaba en la taberna ayudando a atender a los parroquianos. Desde la puerta, vio a Catalina detenerse un instante en la plaza y girar la cabeza hacia el mesón. Su mirada era fugaz, pero el joven percibió en ella algo más que curiosidad: un destello de urgencia, como si quisiera comunicar algo sin palabras.

Diego: (murmurando para sí mismo) —¿Qué estás pensando, muchacha?

Esperó un momento hasta que vio que la tía de Catalina se sumergía en un puesto de verduras, discutiendo animadamente con el vendedor. Aprovechando el descuido, Andrés se dirigió al dueño del mesón:

Diego: —Voy a salir un momento, jefe. No tardaré.

Dueño: (gruñendo, pero asintiendo) —Anda, pero vuelve rápido. Ya sabes cómo se pone esto a estas horas.

Diego cruzó la plaza con paso decidido, cuidando no llamar demasiado la atención. Cuando llegó a donde estaba Catalina, ella levantó la vista y le dedicó una leve sonrisa, aunque su nerviosismo era evidente.

Diego: (hablando en voz baja) —Catalina, ¿todo bien? ¿Quieres desirme algo?

Catalina miró rápidamente hacia el puesto donde estaba su tía, asegurándose de que seguía distraída, antes de responder.

Catalina: (con voz apurada) —Sí. Quiero que sepáis que… que estoy de acuerdo. Estoy dispuesta a irme con vosotros.

Diego parpadeó, sorprendido por la determinación en sus palabras, pero no perdió tiempo en responder.

Diego: —¿Estás segura? ¿Sabes lo que significa? No habrá vuelta atrás.

Catalina asintió, apretando las manos sobre su falda.

Catalina: —Estoy segura. No aguanto más en esa casa. Lo he pensado, y esta es mi única oportunidad.

Diego vio en sus ojos algo más que miedo: vio una mezcla de desesperación y esperanza. Sabía que Catalina había llegado al límite y que estaba dispuesta a correr cualquier riesgo para cambiar su vida.

Diego: (con firmeza) —Bien. No te preocupes. Vamos haser que esto salga bien. Pero mantente alerta, y no digas nada a nadie. Lo tendremos todo listo para las fiestas.

Catalina asintió nuevamente, justo antes de que su tía alzara la voz desde el puesto cercano.

Tía: (gritando) —¡Catalina! ¿Qué haces ahí parada? Ven aquí de una vez.

Catalina se giró rápidamente, lanzándole una última mirada a Diego antes de apresurarse hacia donde estaba su tía. Diego, por su parte, dio media vuelta y regresó a la taberna con una expresión de satisfacción.

Diego: (pensando para sí mismo) —Listo. Ahora sí, esto va en serio.

De vuelta en el mesón, mientras servía vino y viandas a los clientes, Diego no dejaba de pensar en la conversación con Catalina. Tenía claro que, a partir de ese momento, todo debía salir perfecto. No solo estaba en juego su plan, sino la libertad y el futuro de una muchacha que había depositado toda su confianza en ellos. Esa misma tarde habría de comentarle lo acaecido con Martín.

La tarde comenzaba en Fuente el Fresno, y los rayos dorados del sol se filtraban por las ventanas de la taberna. El ambiente estaba tranquilo, con apenas unos cuantos parroquianos sentados en las mesas de madera, charlando en voz baja mientras bebían. Martín entró al local con paso relajado, quitándose el polvo de las manos después de pasar varias horas en la herrería. Se acercó a la barra y pidió un vaso de vino al mesonero, dispuesto a disfrutar de un breve descanso antes de volver al trabajo.

Diego, que estaba detrás de la barra atendiendo a los clientes, lo vio entrar y se acercó rápidamente con una sonrisa cómplice.

Diego: (sirviéndole el vino) —¡Martín! Justo a tiempo. Tengo algo importante que contarte.

Martín alzó una ceja mientras tomaba el vaso, observando la expresión de su amigo.

Martín: —Venga, suelta. Con esa cara, diría que es algo bueno.

Diego se inclinó un poco hacia él, hablando en voz más baja para no ser escuchado por los demás.

Diego: —He hablado con Catalina esta mañana, en el mercado. La vi con su tía y aproveché un descuido para asercarme.

Martín dejó el vaso sobre la barra y lo miró con atención, sabiendo que el tema era serio.

Martín: —¿Y qué pasó? ¿Te dijo algo?

Diego: (asintiendo) —Sí. Lo ha pensado bien y… asepta. Está dispuesta a irse con nosotros. Dise que ya no aguanta más en esa casa.

Martín se recostó contra la barra, procesando la noticia. Había esperado esa respuesta, pero escucharla le dio un peso nuevo al plan que estaban tramando.

Martín: —Eso es una gran noticia, Diego. Pero ahora hay que ser más cuidadosos que nunca. Su tía y su tío no son tontos, y si ven algo raro, podrían sospechar.

Diego: —Lo sé. Catalina también tiene miedo de que algo salga mal, pero le prometí que la protegeríamos.

Martín tomó un sorbo de vino, pensativo, antes de responder.

Martín: —Bien. Entonces ya no hay vuelta atrás. Lo importante ahora es que ella se mantenga tranquila y no haga nada que llame la atención. Mientras tanto, nosotros nos ocuparemos de los preparativos.

Diego: —Exacto. Andrés y Tomás también están de nuestro lado, así que entre los cuatro podremos manejarlo.

Martín: (sonriendo levemente) —Parece que el destino nos ha puesto en este lío. Pero si conseguimos sacarla de ahí, valdrá la pena.

Diego asintió, golpeando suavemente la barra con los nudillos en señal de determinación.

Diego: —Valdrá la pena, Martín. Catalina merese algo mejor que lo que tiene ahora.

Martín levantó su vaso, brindando en silencio, y Diego lo acompañó con una sonrisa. Tras unos momentos, Martín se enderezó y terminó el vino de un trago.

Martín: —Bueno, será mejor que vuelva a la herrería antes de que el jefe me eche en falta. Pero mantenme informado, Diego. Si algo cambia, quiero saberlo de inmediato.

Diego: —No te preocupes, te lo contaré todo.

Martín salió de la taberna con pasos decididos, mientras Diego se quedó detrás de la barra, atendiendo a los pocos clientes que quedaban. El plan comenzaba a tomar forma, y la determinación de ambos jóvenes hacía que cada paso que daban se sintiera como un paso hacia un nuevo comienzo.

La casa de Andrés, situada al final de la Calle Real, en lo más alto del pueblo, se convirtió en el escenario en el que se trazaría el plan que llevaban tramando un tiempo. Esa noche, en torno a una mesa de madera cubierta con un mantel recién comprado, se reunieron Martín, Diego, Tomás y Andrés, junto con Joaquina, la mujer de Andrés, quien había preparado una cena sencilla pero abundante: pan recién hecho, caldo de ave, tortilla de espárragos, queso curado, algo de embutido y unas jarras de vino propio que parecían no vaciarse nunca…



jueves, 24 de abril de 2025

«Hella. “La loca de las estrellas”»

 

Hella no necesitaba presentaciones. Bastaba con verla ahí, en la azotea, con la escopeta apoyada en la cadera y el telescopio a su lado como un centinela. Nadie más en la ciudad tenía esa mirada: serena, vertical, como si llevara el universo tatuado detrás de los párpados.

Desde niña, el cielo nocturno había sido su refugio. Su abuelo, astrónomo aficionado, le enseñó a nombrar las estrellas antes que las capitales. Le dejó un telescopio, de esos que pesan más por los recuerdos que por el metal. Pero con el tiempo, lo que pesaba era la rabia.

Las farolas no dormían. Ni los anuncios, ni los focos de los estadios, ni los carteles comerciales. La ciudad brillaba como una jaula encendida. Y el cielo, su cielo, se había vuelto mudo.

Hella habló. Nadie escuchó. Escribió, protestó, impartió charlas y talleres sobre la noche perdida. Todo fue en vano. Entonces lo entendió: si quería devolverle las estrellas al mundo, tendría que empezar disparando a lo que las escondía.

Salía de madrugada. Con precisión quirúrgica, rompía lámparas, reventaba bombillas, silenciaba postes enteros. La ciudad se fue apagando por fragmentos, y con cada apagón, un pedazo del cosmos regresaba.

La imagen de ella empezó a circular en redes: joven, sola, de pie bajo una Vía Láctea que parecía protegerla. Algunos la llamaban terrorista. Otros, loca: «La loca de las estrellas». Pero en el fondo, todos sabían lo mismo: había encendido algo que no podían volver a apagar.

No lucho contra la luz —dijo una vez a un periodista que se atrevió a subir a su azotea—. Lucho por la oscuridad que permite ver.

Desde entonces, no volvieron a encontrarla. Solo quedaban los rastros: farolas rotas, cuadernos con mapas celestes, y en cada barrio, una noche más pura.

Dicen que aún recorre las ciudades, telescopio al hombro, escopeta en mano. Y que cuando el cielo brilla de verdad, no es solo por las estrellas. Es porque Hella está por allí.


miércoles, 23 de abril de 2025

8 «La Estrella guía» «Donde Diego y Martín se encuentran con Tomás y Andrés y juegan una partida de dados»


 La tarde se hacía presente cuando Diego y Martín atravesaron los primeros callejones del pueblo, cansados pero satisfechos tras la larga caminata. Las calles estaban ahora tranquilas, solo animadas por el sonido lejano de un par de voces y el trote de algún caballo que regresaba al establo.

Al llegar a la plaza, encontraron a Andrés y Tomás esperándolos junto a la fuente, con unas jarras de vino y un cesto con pan tocino y queso. Andrés tenía la guitarra apoyada contra la piedra y, como siempre, una sonrisa traviesa en los labios.

Andrés: (alzando la jarra en señal de saludo) —¡Por fin aparecéis! ¿Qué hacéis que tardáis tanto? ¿Es que os habéis perdido entre las lagunas?

Tomás: (riendo) —O peor aún, ¿es que no habéis cazado nada y os ha dado vergüenza volver?

Martín dejó el zurrón con las pocas piezas que habían conseguido sobre el borde de la fuente y se dejó caer en un banco cercano.
Martín: —Algo hemos cazado, no te preocupes. Pero no íbamos con prisa, ¿verdad, Diego?

Diego, que parecía más pensativo que de costumbre, sonrió de lado y se dejó caer junto a Martín.
Diego: —No, aunque la caza no fue lo más interesante del día.

Andrés: (curioso) —¿Y qué fue entonces? ¿O es que habéis encontrado un tesoro entre las lagunas?

Tomás: (con picardía) —¿O acaso habéis visto a alguna moza por allí?

Martín y Diego intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno respondió de inmediato. Andrés, siempre perspicaz, tomó un trozo de queso del cesto y lo ofreció a Diego, cambiando el tono de la conversación.
Andrés: —Bueno, sea lo que sea, ya lo contaréis cuando queráis. Mientras tanto, hemos traído lo necesario para otra tarde de dados y cartas. ¿Os apuntáis o vais a poneros serios?

Martín: (recogiendo los dados del zurrón con una sonrisa) —¡Por supuesto que nos apuntamos! Aunque esta vez, Andrés, prepárate para perder.

Tomás: —Eso habrá que verlo, herrero. Hoy Andrés y yo os vamos a dejar secos.

El grupo estalló en carcajadas mientras se acomodaban junto a la fuente. Las primeras tiradas de dados comenzaron a decidir las reglas del juego, mientras el queso, el tocino y el vino corrían entre bromas y chanzas. Diego, aunque algo más reservado que de costumbre, se dejó llevar por el buen ambiente, aunque en el fondo de su mente seguía resonando la conversación con Catalina y la necesidad de hacer algo por ella.

Andrés: (entonando con la guitarra)
«Entre dados y coplas,
corren los cuentos,
que al vino y al queso
se los llevan los vientos.»

Las risas resonaron en la plaza, y la tarde pronto dio paso a una noche cargada de camaradería, con el vino calentando los corazones y el espíritu de los jóvenes, que disfrutaban de la vida mientras en sus mentes se dibujaban los retos que el futuro les traería.

La tarde avanzaba entre risas, dados y tragos de vino. Las jarras ya iban por la mitad cuando Tomás, mientras barajaba las cartas para una partida improvisada, levantó la vista hacia Martín, frunciendo el ceño como si algo acabara de ocurrírsele.

Tomás: —Oye, Martín, una cosa… Si veníais de las Tablas, para volver al pueblo teníais que haber pasado por delante de la casa de los Mendieta. ¿O me equivoco?

Martín, que en ese momento estaba masticando un trozo de queso, se detuvo un instante antes de responder, intentando mantener un aire despreocupado.
Martín: —Pues… sí, por ahí pasamos. ¿Por qué lo preguntas?

Tomás: (arqueando una ceja) —Porque está claro que no os habéis cruzado con ninguno de ellos en el camino. Y si lo hubierais hecho, estoy seguro de que habría sido el primer tema que sacarías, con lo chismoso que eres.

Andrés dejó de rasguear su guitarra, mirando a Martín con una sonrisa de complicidad.
Andrés: —Vamos, Martín. Tomás tiene razón. ¿Qué pasó allí? Algo hubo, seguro.

Martín suspiró, dándose cuenta de que no tenía escapatoria. Lanzó una mirada rápida a Diego, que permanecía en silencio, con los ojos fijos en los dados sobre la mesa. Finalmente, Martín se encogió de hombros y decidió hablar.
Martín: —No pasamos por la casa. Antes de llegar, vimos a Catalina en un prado cercano. Estaba apacentando unas ovejas.

Tomás dejó las cartas a un lado, inclinándose hacia adelante con interés.
Tomás: —¿Catalina? ¿La sobrina de los Mendieta? ¿Y qué hacíais vosotros hablando con ella?

Diego: (levantando la vista con calma) —No hablábamos con ella. Simplemente coincidimos. Y ya que estábamos, nos quedamos un rato para hablar.

Andrés: (riendo con tono burlón) —Coincidisteis, claro… ¿Y qué os contó la muchacha?

Martín miró a Diego, dejando que él decidiera cuánto revelar. Diego tomó aire antes de responder, manteniendo un tono serio.
Diego: —Nos contó un poco de su vida, Andrés. No tiene una vida fácil en esa casa.

El tono despreocupado de Andrés se desvaneció al escuchar aquello, mientras Tomás fruncía el ceño.
Tomás: —¿Qué significa «no tiene una vida fácil»?

Martín: (sacudiendo la cabeza) —Significa que lo que se rumorea sobre los Mendieta parece cierto. Catalina no es feliz allí, y no es porque no lo intente.

Andrés: (cruzándose de brazos) —Siempre se ha dicho que la tía es una arpía y que el tío no mueve un dedo para protegerla. Pero, ¿qué vais a hacer vosotros con eso?

Diego fijó su mirada en Andrés, con una determinación que no dejaba lugar a dudas.
Diego: —No lo sé todavía, pero no pienso quedarme de brazos cruzados. Si podemos hacer algo por ella, lo haremos.

Tomás: —¿Y cómo piensas hacerlo sin que los Mendieta os vean como una amenaza? Ya sabes cómo son. Si creen que te estás metiendo donde no te llaman, las cosas pueden ponerse feas.

Martín: (interviniendo) —Lo sabemos, Tomás. Pero no podemos simplemente mirar hacia otro lado. Catalina nos pidió que no nos acercáramos demasiado a la casa, y respetaremos eso. Pero si podemos ayudarla de alguna manera, lo haremos.

Andrés se rascó la barbilla, pensativo, antes de asentir con un leve suspiro.
Andrés: —Bueno, muchachos, supongo que algo de razón tenéis. Pero no hagáis ninguna tontería. Si vais a mover ficha, pensadlo bien.

Tomás: (con una sonrisa de lado) —Y si necesitáis ayuda, avisad. No me gusta lo que se dice de esa familia, pero tampoco quiero que Catalina siga viviendo así.

El ambiente, aunque más serio que antes, no perdió del todo su calidez. Martín sirvió más vino en las jarras, y Andrés, como si quisiera cambiar de tema, volvió a rasguear la guitarra, entonando una tonadilla ligera para aliviar la tensión. Sin embargo, en el fondo, los cuatro sabían que aquello no quedaría solo en palabras. Catalina había plantado una semilla en ellos, y tarde o temprano, harían algo para cambiar su destino.

«Si en la fuente hay vino,
que brote entero,
y en la mesa buen queso,
que cante el herrero.»

Las notas juguetonas de la guitarra de Andrés lograron disipar parte de la tensión en el aire, devolviendo las risas y las bromas al grupo. Martín agitó los dados en su mano, retando con una sonrisa a Andrés y Tomás.

Martín: —Bueno, señores, antes de que se acabe el vino, propongo una última partida. La revancha está sobre la mesa.

Andrés: (alzando la guitarra como si fuera un arma) —¡Vamos a ello! Pero esta vez no pagaré ni una moneda más. Que conste que mi guitarra y yo jugamos por orgullo, no por monedas.

Tomás: (riendo mientras recoge los dados) —Hablas mucho, Andrés. A ver si esta vez no pierdes en la primera mano.

Diego, que había estado más callado, alzó su jarra con una sonrisa tranquila.
Diego: —Os aviso: Andrés y yo estamos en racha. Más os vale tener suerte.

La partida comenzó con entusiasmo renovado. Los dados rodaban por la mesa de madera, y las risas llenaban el ambiente cada vez que uno de los jugadores cometía un error o lograba una tirada inesperada. Andrés, siempre bromista, intentaba distraer a Martín con comentarios absurdos, mientras Tomás intentaba concentrarse en las reglas que parecían cambiar con cada ronda.

Finalmente, tras una mano particularmente desafortunada para Tomás y Martín, Andrés golpeó la mesa con ambas manos y lanzó un grito de victoria.

Andrés: —¡Y así se acaba el día, señores! ¡Otra vez habéis perdido!

Tomás: (dejándose caer hacia atrás con fingido dramatismo) —Esto es un robo. Seguro que Martín lleva dados trucados.

Diego: (riendo mientras recoge las monedas de su bolsa) —Si están trucados, Tomás, tú no te diste cuenta. Así que paga y calla. Además, cuando juego con amigos no uso dados trucados.

Entre risas por lo recién escuchado, los perdedores se resignaron a pagar lo consumido: las jarras de vino, el pan y el queso que Tomás compró por la mañana en el mesón. Martín hizo un gesto exagerado al entregar las monedas, como si aquello le dejara en la ruina.

Martín: —Que quede constancia de que esto es una contribución a la alegría de la tarde. No podréis decir que no soy generoso.

Diego: (guardando los dados con cuidado) —Generoso no sé, pero mal jugador, seguro.

El grupo estalló en carcajadas una vez más antes de empezar a recoger. La tarde había llegado a su fin, y el sol, ya oculto tras las colinas, dejaba paso a la brisa fresca de la noche. Con las jarras vacías y la guitarra a cuestas, Andrés y Tomás se despidieron de Diego y Martín en la plaza.

Andrés: —Bueno, muchachos, la próxima vez no habrá piedad. Nos toca ganar, y entonces vosotros pagaréis. Los dados los pondré yo.

Diego: (riendo) —Cuando queráis. Pero os aviso: no será fácil.

Tomás: —Ya veremos, Diego, ya veremos.

Con una última broma, Andrés y Tomás se perdieron por la Calle Real, tocando la guitarra y cantando coplas:

«Despierta si estás dormida, tiempo tendrás de dormir, que mientras abres los ojos, entra mayo y sale abril»— dejando a Martín y Diego junto a la fuente. El ambiente estaba tranquilo ahora, y ambos se quedaron unos instantes en silencio, mirando cómo la luz de la luna comenzaba a reflejarse en el agua.


Martín: —Hoy ha sido un buen día, pero lo de Catalina no se me quita de la cabeza.

Diego: (con un tono serio) —A mí tampoco. Pero todo a su tiempo, Martín. Por ahora, sabemos que no estamos solos en esto.

Martín asintió, mientras ambos se despedían con un apretón de manos. Diego se dirigió a la taberna, donde tenía su habitación, mientras Martín tomaba el camino hacia la herrería. La noche, serena y silenciosa, parecía envolverlos, pero en el fondo ambos sabían que aquella jornada no había sido solo otra tarde más. Algo había cambiado, y el destino, aunque incierto, los llevaba hacia algo más grande...