domingo, 21 de diciembre de 2025
domingo, 14 de diciembre de 2025
«El Rucio y Rocinante: Diálogo del desasosiego»
Caminan El Rucio y Rocinante con trote cansino alejándose del bullicio de la casa buscando la paz y el descanso que tanto necesitan y tan poco han disfrutado durante los últimos tiempos:
El Rucio: ¡Ay, mis costillas! ¿Sabes lo que me duele más que el peso de Sancho, Rocinante?
Rocinante: (Con un tono melancólico) ¿La falta de avena, amigo?
El Rucio: No. Me duele que me hayan llamado «caballo». Yo soy un rucio, un burro, un asno, un borrico... ¡pero no un caballo! Y todo por esa aventura de los condenados.
Rocinante: No debes ofenderte, Rucio. Don Alonso nos llama a todos «caballerescos». Y fueron galeotes, prisioneros obligados a remar. Él solo estaba liberando al oprimido.
El Rucio: ¡Liberando! Dime tú. Lo que yo vi fue a tu amo preguntando a unos pobres diablos, condenados por sus crímenes, por qué iban allí. ¿Qué esperabas que dijeran? ¿«Gracias, amo, por esta refrescante excursión en cadena»?
Rocinante: Él solo quería la verdad. Hay que escuchar a los infelices. ¿Recuerdas a ese que iba con la cadena más grande?
El Rucio: ¡Claro! Ginesillo de Pasamonte. El que se creía escritor. Ese sí que no tenía vergüenza. Yo le pregunté a Sancho por qué un criminal iba a escribir un libro.
Rocinante: Y Don Alonso, al ver que no querían confesar su miseria, se enfadó como un rayo y... ¡zas! ¡Cargó contra la guardia!
El Rucio: Y nosotros en medio, Rocinante. Nos tuvimos que mover más rápido que una liebre asustada. Tu amo los liberó a todos, a pesar de que le dijeron que iban a la fuerza por sus fechorías.
Rocinante: (Sacando pecho) Pero luego les pidió que fueran a ver a la sin par Dulcinea del Toboso para contarle la gran hazaña. ¿Qué más querían esos hombres? ¡La gloria!
El Rucio: ¡Querían no volver a la cárcel! ¿Cómo iba a ir un preso liberado por la fuerza a ver a Aldonza, a ver si lo atrapaban de nuevo? ¡Si lo que hicieron fue apedrearnos nada más liberarse! ¡Y a mí me quitaron la montura!
Rocinante: (Bajando la cabeza) Eso fue una mala costumbre de los villanos. Don Alonso dijo que no eran agradecidos. El precio de la libertad de otros fue el despojo de nuestras pertenencias. Aún me duele la espalda de la piedra que casi me da en el lomo.
El Rucio: (Suspirando) Y ahora, sentados aquí, te pregunto: si esos galeotes se fueron corriendo y nos robaron hasta el último mendrugo... ¿quién le pondrá la armadura a Don Alonso la próxima vez?
Rocinante: (Acomodando su cabeza en el suelo) El problema es que para Don Alonso, ser prisionero es siempre injusto. No importa lo que hayan hecho, él cree que debe liberarlos.
El Rucio: ¡Pues que libere a mi montura! Y ya me veo yo cargando otra vez con ella. Dame cinco minutos de paz, Rocinante. Cinco minutos antes de que tu amo vea una oveja y la confunda con un barco pirata.
Rocinante: (Cierra los ojos con un suspiro profundo) Descansemos, amigo. Descansemos.
Rocinante bajó la cabeza y El Rucio sacudió el lomo, como si quisiera desprenderse no solo del polvo, sino de lo vivido.
Con el trote cansino, llegaron a la vera de un robusto olivo; bajo el sol de un lugar cualquiera de La Mancha cayendo a plomo, Rocinante y El Rucio se dejaron caer, extenuados, con las patas y crines cubiertas de polvo. El aire olía a humo, tinta chamuscada y pergaminos y papel reducidos a cenizas. La quema de libros había tenido lugar esa misma mañana, bajo la mirada severa del cura, el barbero… y, por supuesto, del licenciado, que no podía perderse la oportunidad de dar solemnidad al desastre.
Rocinante: Rucio… si pudiera, les arrancaba a esos tres la sotana, la toga y la tijera, y luego los ponía a barrer las brasas que dejaron.
El Rucio: ¡Yo también! Y al barbero le llenaba la navaja de cera derretida, al licenciado un montón de pergaminos pegajosos, y al cura… ay, al cura le pondría una capa de ceniza pegajosa y le obligaría a caminar hasta la venta más lejana, predicando a los bueyes que se rieran de él.
Rocinante: ¡Jajaja! Imagínalo, Rucio: el cura hablando con los mulos, el licenciado tropezando con los libros chamuscados, y el barbero derramando ceniza por todas partes. Todo un concierto de ignorancia.
El Rucio: Yo les pondría unos cascabeles en las orejas para que cada movimiento fuera un espectáculo de culpa. Y si intentan acercarse a Don Alonso… ¡zas! Les lanzamos polvo de tiza en los ojos.
Rocinante: Y que el viento manchego se lleve sus sotanas, su toga y su delantal volando como cometas ridículas sobre el olivar. Que el aire les recuerde que no siempre se puede jugar a Dios.
El Rucio: Lo mejor de todo… es que Don Alonso ni se entera de nuestra pequeña venganza mental. Él sigue soñando con gigantes, princesas y repartir justicia… y nosotros haciéndola a nuestra manera.
Rocinante: Sí, y que aprendan una lección: que los animales también tenemos memoria, y que la próxima vez que quieran quemar libros… podrían encontrarse con un carrito de estiércol inesperado.
El Rucio: ¡Exacto! Yo pondría bombas de risa también. Cada vez que enciendan una tea, un sonido cómico salta y los hace bailar como pollos asustados.
Rocinante: Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí, contemplando el olivo, descansando y maquinando nuevas aventuras. Porque el humo de la ignorancia nunca podrá apagar nuestro espíritu de caballería… ni nuestra mala leche.
El Rucio: Amén a eso, Rocinante. Y que el próximo que intente arder ideas, se encuentre con polvo, ceniza y… un asno listo para repartir justicia.
Rocinante: Y yo con crin, patas y un corazón indomable. Que aprendan a no tocar los libros de Don Alonso… ni nuestro descanso.
El Rucio: Que así sea. ¡Y que la risa les persiga mientras corremos detrás de Don Alonso hacia la próxima locura!
Rocinante: ¡Uf! Al fin podemos tumbarnos sin preocuparnos de la polvareda. Aunque todavía me tiemblan las costillas recordando los molinos.
El Rucio: ¡Molinos eran, Rocinante! Y yo sigo sin entender cómo tu amo, Don Alonso, no distingue. Después de esa, vinieron cosas peores.
Rocinante: Tienes razón. Como cuando nos hospedamos en esa venta que Don Alonso llamó «castillo fortificado».
El Rucio: ¡Ay, la venta! Donde tu amo se arrodilló delante de la ventera para que le armase caballero. Y donde, por poco, nos dejan sin pellejo por defender su armadura en el abrevadero. Tuve suerte de que Don Alonso, aunque no pague, tiene mano dura cuando se molesta.
Rocinante: Tuvimos que huir sin pagar, pero es la costumbre de los grandes caballeros, según Don Alonso. Lo que no entiendo es por qué, en otra venta, a Don Alonso le dio por degollar al gigante. Un pellejo de vino creyendo que era un gigante.
El Rucio: ¡Esa sí que fue ridícula! Eran cueros de vino, Rocinante. ¡Cueros de vino tinto! Parecía una matanza, con el líquido chorreando por todas partes. El ventero, que para Don Alonso era el alcaide, casi muere en el acto como fulminado por un rayo.
Rocinante: Ya que hablamos de ventas… ¿Recuerdas cuando Don Alonso quiso presentarnos a su amada doncella?
El Rucio: ¿Doncella? ¿Aldonza Lorenzo, dices? La moza más fuerte del Toboso, que levantaba sacos de grano como si fueran de paja. Cómo olvidarlo.
Rocinante: Él la llamó Dulcinea del Toboso, «luz de su espíritu», «virtuosa, emperatriz de La Mancha, de sin par y sin igual belleza». Se bajó de mí temblando como un cencerro.
El Rucio: Y ella venía del campo con el mandil lleno de tierra y un haz de hierba al hombro. Cuando nos vio, soltó un «¡apartaos, animales!», que casi me deja bizco con el movimiento de la hoz que traía en la mano.
Rocinante: Don Alonso se arrodilló ante ella en pleno suelo polvoriento, como si pisara suelo sagrado.
El Rucio: Y Aldonza lo miró con esas cejas fruncidas que tiene cuando algo no le cuadra: «¿Qué hace usted? ¿Le duele la espalda?»
Rocinante: Él quiso besarle la mano, diciendo algo de «vuestra hermosura sin par».
El Rucio: Y ella se apartó, no por desdén, sino porque llevaba las manos llenas de barro: «¡No me manches el mandil, hombre! Que vengo de arrancar remolachas.»
Rocinante: Don Alonso aseguró luego que aquel gesto fue «la más dulce cortesía jamás vista».
El Rucio: Cortesía… si tenía callos que podían desbastar un yugo.
Rocinante: Pero él la veía como reina.
El Rucio: Y ella solo quería volver al trabajo antes de que el sol apretara más. A mí me cae bien Aldonza: fuerte, directa y sin fantasías.
Rocinante: (suspira) Quizá Don Alonso la vuelva a ver pronto…
El Rucio: Y nosotros detrás. Con tal de que no empiece con los versos, yo me conformo.
Rocinante: O cuando nos encontramos con el carro de las Cortes de la Muerte. Yo vi gente disfrazada de demonios y pensé que eran espíritus, pero Don Alonso creyó que era una procesión de nobles de un castillo encantado.
El Rucio: ¡Y tú te asustaste y me arrastraste con la cuerda! Yo, atado a ti, di una voltereta que me dejó la cabeza en el suelo. El demonio era un pobre actor de teatro con cascabeles.
Rocinante: (Se estira un poco) Es que… siento un hormigueo en las patas. Hay que estar listos por si Don Alonso nos llama.
El Rucio: (Pone una pata suavemente sobre Rocinante) ¡Quietecito ahí! Tú y yo necesitamos paz. Mírate, tienes las costillas marcadas como un mapa. Si Don Alonso se levanta, se sentará a esperar. Ahora, cierra los ojos.
Rocinante: (Acomoda la cabeza) Tienes razón. Solo voy a soñar con una pradera verde y jugosa, sin un solo molino. Y alguna yegua torda que esté retozando tranquilamente.
El Rucio: Así me gusta. Ahora, relájate. No pienses en princesas ni en la gloria. Solo en el silencio… ¡y que dure!
En ese momento, un ruido lejano rompe la quietud. Un trote ligero, casi un golpeteo de tambor, se acerca levantando polvo por el camino.
Rocinante: (abriendo un ojo) ¿Qué… qué es eso?
El Rucio: (eriza las orejas con sobresalto) ¡Ay, no! ¡No, no, no! Ese correr lo conozco… ¡es el galgo! ¡Es Cipión*!
Cipión aparece por el borde del olivar, flaco como un junco, la lengua fuera, jadeando, pero con un brillo nervioso en los ojos. Da unas vueltas alrededor de ellos como un torbellino de patas y costillas.
Rocinante: (con un suspiro resignado) Ya viene con prisas. Siempre corre como si el destino le pisara los talones.
El Rucio: (retrocede un paso) ¡Que no venga a avisarnos de nada, por favor! Cuando aparece así es porque Don Alonso se ha despertado… o porque se ha inventado otra aventura.
Cipión se mueve alrededor de ellos con un leve ladrido, agitando la cola, nervioso.
El Rucio: ¿Has visto? Ya está, ya trae noticias. Seguro que Don Alonso ha visto una sombra y la ha tomado por un gigante, o por un caballero enemigo, o por su supuesta princesa… ¡y allá que tendremos que ir!
Rocinante: (cierra nuevamente los ojos, agotado) Yo… yo creo que si no lo miro, no existe. Quizá solo pasaba por aquí. Quizá… quizá busca una liebre.
El Rucio: ¡Ojalá! Pero mírale la cara… trae ese brillo de «prepárate que empieza otra locura». Ya le conozco yo.
El galgo corredor ladra otra vez, más fuerte, y sale corriendo unos pasos, como invitándolos a seguirlo.
El Rucio: ¡Ay, Rocinante amigo, ya está todo perdido! Ya me veo cargado a mi orondo amo lleno de trastos, polvareda hasta las orejas, y Don Alonso gritando al viento contra todo aquello que crea una injusticia.
Rocinante: (con resignación dulce) Entonces… descansa rápido, Rucio. En cuanto ese galgo regrese, seguro que será para echarnos a andar.
El Rucio: (mirando al cielo con desesperación tranquila) ¡Qué vida esta…! Y yo que solo quería dormir cinco minutos más.
Cipión da un último ladrido y se aleja veloz por el camino, como un heraldo inquieto.
El Rucio y Rocinante lo observan irse… sabiendo que en cuanto vuelva, se acabará el reposo.
*Cipión, junto con Berganza, es protagonista de «El coloquio de los perros» (1613) es una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes. Nada tiene que ver con «El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha». Es una licencia que me he tomado.
Nota- Escrito libremente sin atadura alguna a la obra de Miguel de Cervantes Saavedra.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
30/12/2025. Encuentro de cuadrillas en Huércal-Overa. Almería.
Cuadrillas de #VélezRubio, Cuadrilla de #Aguaderas (#Lorca), Cuadrilla Municipal de #Pulpí y la anfitriona la Cuadrilla de Ánimas de Huércal-Overa.


