jueves, 17 de abril de 2025

«El sueño de Marga Pléyades»

Marga Pléyades, una jovencita a la que le apasionaba la astronomía, dijo aquella noche de Miércoles Santo a sus amiguitos:

Iba a montar esta noche, pero entre las agujetas que tengo en las piernas y que solo hay galaxias… mejor me quedo en el sillón.

Uno de ellos, Luisma Almanzora, le respondió en el chat que compartían, dedicado principalmente a la astronomía, aunque también hablaban de g-astronomía y otros asuntos cuando el cielo no estaba para telescopios:

Qué temporada de galaxias más seca llevamos.

Dónde se ponga una buena nebulosa… —respondió Marga Pléyades—. Aparte, ya tengo un sueño... que estoy que me caigo.

Llevaban muchos días por Almería con unas condiciones pésimas para observar el cielo nocturno y fotografiar los astros, pasión que compartían casi todos ellos, salvo algún irreductible que se mantenía fiel a lo que llamaban el lado oscuro, es decir, la observación visual directa con telescopios.

Marga Pléyades, con una sonrisa soñolienta, envió su último mensaje al chat antes de cerrar los ojos:

Buenas noches, amiguitos estelares. Que las estrellas nos guíen en los sueños.

Envuelta en su suave manta, se dejó llevar por el ritmo pausado de la noche. Poco a poco, su mente comenzó a viajar, como si su cama se convirtiera en una nave espacial rumbo a los confines del universo.


En su sueño, apareció Orión, brillante y majestuoso, como un valiente guardián celeste. Marga Pléyades, ahora con un traje de exploradora estelar, se acercó al gigante cazador y, emocionada, le dijo:

¡Orión! Siempre te he admirado, con tus estrellas que forman ese cinturón tan especial. ¿Me enseñarás tus secretos?

Orión, con una voz profunda y amable, respondió:

Claro que sí, pequeña Marga Pléyades. Pero primero, viajemos juntos hacia las Pléyades, tus estrellas favoritas.


Las Pléyades, como un racimo de luces titilantes, esperaban a Marga Pléyades en el horizonte. Al llegar, sus estrellas comenzaron a girar lentamente, formando un brillante carrusel que la envolvía en su fulgor. Una de ellas, Merope, le habló con ternura:

Bienvenida, Marga Pleyades. Aquí siempre serás nuestra amiga especial. ¿Te gustaría bailar con nosotras? Vemos que vienes con Orión, nuestro eterno enamorado. Es un galán, pero parece que le dedica más tiempo a cazar que a galantear. Es un fanfarrón.

Llena de alegría, Marga Pléyades, flotó entre las luces, danzando y riendo mientras Orión la observaba con orgullo. Por un momento, parecía haber dejado de lado a las Siete Hermanas. Era un universo lleno de maravillas y posibilidades, donde las constelaciones hablaban y los cúmulos estelares se convertían en mágicos lugares por descubrir.

Mientras seguía danzando entre las luces de las Pléyades, el cielo del sueño comenzó a cambiar. Una suave brisa estelar acarició su rostro, y desde el horizonte apareció un brillante cometa, con una cola resplandeciente que dibujaba senderos de luz en la oscuridad.

¡Marga Pléyades! —exclamó Orión, señalando al cometa—. Ese es Halley, el viajero eterno. Cada cierto tiempo regresa para mostrar su belleza. ¿Quieres saludarlo?

Fascinada, flotó hacia el cometa. Halley, con un aura brillante, la saludó alegremente:

Hola, pequeña astrónoma. He oído hablar de tu pasión por el cosmos. ¿Quieres acompañarme en mi viaje por las estrellas?

Sin pensarlo dos veces, Marga Pléyades se aferró a la hermosa cola luminosa del cometa, y juntos se lanzaron al espacio infinito. A medida que avanzaban, el cielo se llenaba de destellos fugaces: meteoros y estrellas que cruzaban el firmamento como traviesos corredores en una carrera celestial.

¡Son estrellas fugaces! —exclamó emocionada—. Siempre me han fascinado. ¿Puedo pedir un deseo?

Halley asintió con una sonrisa, mientras los meteoros iluminaban el paisaje. Marga Pléyades cerró los ojos y, con el corazón lleno de emoción, susurró su deseo al universo:

Que siempre haya cielos despejados para contemplar las maravillas del cosmos.

Las estrellas fugaces parecieron escucharla, pues al instante comenzaron a danzar en formación, creando figuras brillantes en el cielo: corazones, espirales y hasta la imagen de su telescopio, como si quisieran decirle que su pasión era correspondida.

Orión, observando desde la distancia, sonrió con orgullo. Sabía que ella era una soñadora especial, alguien capaz de encontrar magia en cada rincón del universo. Pensó que le gustaría su nuevo destino.

Marga Pléyades llegó a Andrómeda gracias al impulso del arco de Orión, que la dejó suavemente en el borde de la galaxia espiral. Al tocar tierra galáctica, vio a Mabelita, la reportera más curiosa del universo periodístico. Su pasión por la ciencia le desbordaba por los poros del cuerpo, y no se separaba nunca de su micrófono estelar ni de su fiel compañero el cámara, siempre inquieto por encontrar el mejor plano para que ella se luciera en sus muy interesantes entrevistas y reportajes.

Mabelita saludó al verla:

¡Oh, Marga Pleyades! Qué alegría verte aquí. Llegas justo a tiempo para mi entrevista con la mismísima Andrómeda. ¡No todos los días una galaxia tiene algo importante que decir! -Dijo con un pequeño gesto de dolor en la muñeca a causa de una reciente operación, de la que su exigente jefe, Canal Sur Estelar, no le permitió recuperarse tranquilamente.

Marga Pléyades, emocionada, se acercó para escuchar. Frente a Mabelita se encontraba Andrómeda, una galaxia resplandeciente, con brazos espirales que parecían bailar en cámara lenta. Tenía una voz suave pero poderosa, como el eco de mil estrellas hablando al unísono.

Nuestra inquieta reportera comenzó su entrevista, ajustándose la diadema brillante:

Querida Andrómeda, gracias por aceptar esta entrevista exclusiva. Sabemos que eres nuestra vecina galáctica y que, dentro de muuuchos años, podrías encontrarte con nuestra Vía Láctea. ¿Qué nos puedes contar sobre esta posible colisión?

Andrómeda respondió, con una voz llena de sosiego:

Bueno, querida amiga, es cierto que, en aproximadamente cinco mil millones de años, nuestras estrellas podrían comenzar a encontrarse. ¡Pero no teman, pequeñas exploradoras! La danza cósmica será hermosa, y aunque parezca una colisión, será más como un abrazo entre galaxias. Las estrellas no chocarán entre sí; simplemente nos uniremos en una sinfonía de luz.



Marga Pléyades abrió los ojos de par en par, maravillada, mientras Mabelita continuaba con la entrevista:

¿Un abrazo galáctico? ¡Eso suena increíble! Pero, Andrómeda, ¿y qué pasará con los planetas? ¿Seguirán orbitando tranquilamente?

La galaxia sonrió, con un brillo en sus brazos espirales:

Los planetas seguirán su propio camino, algunos quizás se muden a nuevos sistemas. Es como si los mundos decidieran cambiar de vecindario, pero no se preocupen, todo será parte de la magia del universo.

Mabelita, tomando notas en su cuaderno estelar, preguntó una última cosa:

Y mientras esperamos ese futuro lejano, ¿qué consejo les darías a los astrónomos jóvenes como Marga Pléyades?

Les diría que siempre miren al cielo con curiosidad —contestó Andrómeda—. Cada estrella, cada nebulosa y ¡cada galaxia! tienen una historia que contar. Y recuerden, ustedes también son parte del cosmos. Cada vez que sueñan con las estrellas, ayudan a escribir la gran historia del universo.

Mabelita cerró la entrevista con un alegre:

¡Muchísimas gracias, Andrómeda! Esperamos verte brillar desde la Tierra por muchos millones de años más. Y ahora, Marga Pléyades, ¿te gustaría explorar un poco más nuestra galaxia vecina?

-En otro sueño. Ahora quiero ver un agujero negro. Aunque tengo cierto temor. ¿Cómo puedo ir? Al oír esto, Orión, se hizo presente de nuevo:

No te preocupes, pequeña —con una sonrisa tranquilizadora—. Llamaremos a la Osa Mayor para que nos preste el gran carro estelar. Tenemos una amiguita en común que sabe conducirlo con mucha eficacia y evitará cualquier incidente.

Mabelita a modo de despedida le dijo:

-Me gustaría muchíiiiiiiiisimo acompañarlas, pero mi jefe, que está en la centralista estrella Sevilla, se enfadaría mucho si dejo el micrófono por un rato. Pero cuando vuelvan, no dejen de llamarme. Les realizaré una entrevista.

Al momento, aparecieron Marisita y Elisita, radiantes como estrellas jóvenes. Elisita estaba ansiosa por conocer más del universo y esta era la ocasión perfecta para aprovechar, pues el poco tiempo libre que tenía, no le era suficiente para conocer más sobre el cielo nocturno. Sin temor alguno, gracias a la impresionante presencia de Pegaso, las tres amiguitas, con Marisita conduciendo el gran carro galáctico con eficacia para evitar cualquier choque fortuito con algún meteorito despistado, se dirigieron raudamente hacia el Agujero Negro que vive en la Vía Láctea.

Cuando llegaron, lo encontraron majestuoso y enigmático. Un torbellino oscuro rodeado por un brillante halo de luz. Parecía imponente, pero también había algo acogedor en su presencia. Marga Pléyades, Marisita y Elisita se quedaron en silencio, observando cómo las estrellas cercanas parecían danzar alrededor del Agujero Negro.

De repente, éste habló con una voz profunda pero melodiosa, cual barítono cósmico, como un eco del un universo profundo:

Bienvenidas, pequeñas viajeras. Sé que mi presencia puede parecer intimidante, pero no temáis. Soy un guardián del cosmos, un portal hacia lugares donde la magia del universo es infinita.

Marga Pléyades, que siempre reunía el valor cuando se trataba de descubrir cosas nuevas, dio un paso adelante:

Siempre he sentido curiosidad por ti —dijo, con la voz firme pero dulce—. Dicen que los agujeros negros son peligrosos y que lo devoran todo. ¿Es eso cierto?

El agujero negro rió suavemente, llenando el espacio de una vibración tranquilizadora:

Muchos piensan eso, pero no es del todo cierto. Lo que entra en mí no desaparece, sino que se transforma. Mi interior es un lugar de creación y conexión, donde todo lo que existe encuentra nuevos significados. Si queréis, puedo mostraros un universo distinto, un Paraíso Estelar.

Las tres amigas intercambiaron miradas emocionadas. Orión, con su eterna calma, asintió para darles confianza:

Es seguro, niñas. Adelante. El universo siempre recompensa a quienes tienen el valor de explorar.

Poco a poco, y sin miedo, las chicas avanzaron hacia el borde del agujero negro, que parecía abrazarlas con su luz suave. De pronto, todo cambió. Pasaron por un túnel de colores vibrantes que parecía un arcoíris en movimiento, hasta llegar al otro lado, donde el Paraíso Estelar las esperaba.

Era un lugar indescriptible. Las estrellas formaban jardines luminosos, las nebulosas pintaban cuadros en el cielo, y los planetas flotaban como islas mágicas. Cada rincón del espacio parecía vivo y lleno de alegría. Un grupo de cometas pasó cerca, dejando a su paso rastros brillantes que llenaban el aire de destellos.

Una estrella joven, recién llagada al Paraíso Estelar del Agujero Negro, se acercó a las chicas, con una voz alegre:

Bienvenidas al Paraíso Estelar, un lugar donde los sueños se convierten en luz y la imaginación no tiene límites.

Marisita y Elisita comenzaron a explorar emocionadas, mientras Marga Pléyades miraba hacia Orión, que estaba observándolas desde lejos:

Gracias por traernos aquí —dijo Elisita con dulzura—. Ahora sé que el universo está lleno de maravillas, incluso en los lugares más misteriosos.

Orión sonrió, satisfecho de haber guiado a las pequeñas exploradoras hacia otra gran aventura.

-¿Queréis que os lleva a algún otro lugar? -dijo el gigante del cielo.

Marga Pléyades, algo preocupada dijo:

-Otro día, ahora llévame a casa. Esto se lo tengo que contar a dos personitas que me esperan. ¿Os quedáis, o venís conmigo? -Preguntó a Elisita y a Mabelita- Voy a hacer natillas… -dijo con una suave voz insinuante.

Marisita y Elisita no dudaron. Las natillas de Marga Pléyades eran muy reconocidas en toda la galaxia. No había elección posible:

-Ni sueñes irte sola -dijo rotundamente Marisita- esas natillas no nos las perdemos por nada del universo y más allá.

Orión las lanzó suavemente hacia su hogar, un pequeño punto azul pálido, mientras emprendía viaje al otro lado del océano Atlántico. Allí le esperaban otros amiguitos con asado, milanesas de todo tipo, guitarras, alfajores de dulce de leche… Guaraná.

Moraleja: Marga, no te olvides de las galaxias. En ellas está todo. 

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