Durante los días siguientes, Catalina vivió como si nada fuera a suceder. En la casa de sus tíos, cada gesto, cada palabra, cada mirada estaba medida. Se afanaba por mantener la rutina: recogía agua del pozo, ayudaba en la cocina, cuidaba de los animales, iba a misa los domingos. No quería levantar la más mínima sospecha. Sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, pero todavía no. Aún debía fingir.
Por las noches, en cambio, mientras miraba por la pequeña ventana del desván donde dormía, buscaba la estrella más brillante. Aquella que habría de guiarles en la huida. La misma que, desde que era niña, asociaba con la esperanza.
En el pueblo, en el hogar de Tomás y Marta, se tramaba el plan. Las velas ardían despacio en la mesa de madera, ajada por el paso del tiempo, mientras el pan recién hecho crujía bajo las manos de los comensales. Entre bocado y bocado de queso y tragos de vino, las voces bajaban el tono para que ni los muros escucharan. Andrés dijo:
—Saldréis en cuanto anochezca, dentro de una o dos semanas —dijo Andrés, con la voz grave, casi un susurro—. Os esconderéis en la cueva de la sierpe. Nadie va allí desde hace años. Yo os acompañaré.
Tomás asentía mientras cortaba con lentitud un trozo de queso:
—A los dos días iremos a buscaros —respondió—. El carro llevará harina y utensilios, como si fuera una entrega más. Nada fuera de lo común. Si preguntan, diremos que llevamos encargos a Ciudad Real. No levantará sospechas.
Marta, que hasta entonces había estado en silencio, se inclinó hacia ellos con gesto tenso:
—Os lo pido por mi Tomás. No os equivoquéis. Catalina sigue siendo menor. Si descubren que os ha ayudado, puede haber represalias. A nosotros no nos miran con buenos ojos desde lo de su primo.
—Lo sé —respondió Catalina, tomando su mano—. Pero no puedo quedarme aquí. No quiero esta vida. Ni a mis tíos.
Diego, siempre parco en palabras, asintió con gravedad. Él había visto lo peor de los hombres. Sabía de lo que eran capaces:
—Lo haremos bien. No dejaremos pistas.
Durante los días anteriores a la marcha, Martín y Diego comenzaban a preparar la despedida. El herrero, patrón de Tomás, notó cierta melancolía en él, pero no dijo nada. Al fin y al cabo, los hombres a veces callan cuando tienen miedo.
El tabernero, en cambio, miró a Diego con desconfianza cuando éste pidió unos días de descanso.
—¿Y desde cuándo tú necesitas descanso? —le soltó entre risas—. ¿Te ha salido alguna novia que no sepamos?
Diego sonrió, con esa sonrisa suya que no revelaba nada.
—Algo así —respondió.
El día de la huida, Catalina salió de casa con una cesta de manzanas que su tía le había encargado que llevara al cura. Caminó por el sendero como lo hacía siempre, saludó a una vecina con la que se cruzó, se detuvo ante la fuente. Luego se desvió, y entre los campos, desapareció rumbo al monte, donde Diego, Martín y Andrés la esperaban. Se refugiarían en la cueva hasta que Tomás y Diego les recogieran con el carro.
Primera noche en la cueva
La cueva era más profunda de lo que Andrés recordaba. Hacía años que no subía hasta allí, pero seguía igual: fría, húmeda, con el aire denso y olor a musgo y a tierra mojada. La entrada, semioculta entre zarzas y encinas, apenas dejaba ver lo que había dentro. Una vez dentro, la oscuridad los envolvía como un manto. Andrés se despidió hasta que volviera dos días después junto a Tomás, no sin antes dejarles un zurrón con viandas, vino, agua y velas para esos días, que les había preparado Marta.
El primer día transcurrió en silencio. Habían llegado antes del anochecer, por caminos que evitaban los senderos del pueblo. Catalina no dijo nada durante las primeras horas. Se sentó sobre una manta extendida en el suelo, recogiendo las piernas y apoyando la espalda contra la roca. Escuchaba. El goteo del agua, el viento entre las ramas, las respiraciones de sus compañeros. Y el silencio. Un silencio denso que dolía en el pecho.
Diego preparó un pequeño fuego en el rincón más profundo, disimulando el humo con piedras y ramajes secos. El calor apenas alcanzaba a templar el aire, pero el parpadeo de la llama les hacía compañía.
Comieron pan, algo de queso y unas nueces. Hablaban en voz baja, casi como si temieran que las palabras escaparan de la cueva y fueran a delatarles. Catalina escuchaba más que hablaba. Sus pensamientos estaban en la mirada de sus tíos si descubrían su ausencia. En Marta, en Tomás… en lo que vendría después.
Por la noche, durmieron a ratos. Catalina en un rincón, con la manta hasta la barbilla. Martín y Diego se turnaron para velar, aunque la precaución les mantenía a todos con los ojos entreabiertos. Cada crujido de alguna rama del exterior parecía un paso; cada soplo de viento, un susurro delator. A veces creían oír voces. No venía nadie.
Al segundo día, la tensión comenzó a cambiar de forma. No desapareció, pero se transformó. La espera empezó a tener peso. El estómago pedía más alimento del que tenían. El cuerpo dolía por el frío y la dureza del suelo. Y, sin embargo, comenzaron a hablar más.
—¿Y si no vienen? —preguntó Catalina al mediodía, rompiendo el silencio por primera vez en horas.
Martín la miró, serio, pero sin dureza.
—Vendrán. Lo hablamos muchas veces. Tomás y Andrés no fallan. Son de ley.
Diego añadió:
—Ellos saben cuándo moverse. Si no están ya en camino, lo estarán esta noche. Pasiensia.
Catalina asintió. No era miedo a quedarse allí. Era miedo a que todo fallara, a que la cueva dejara de ser refugio y se convirtiera en tumba de esperanzas.
Más tarde, Diego salió a vigilar un rato desde lo alto del cerro. Desde allí se veía parte del camino a lo lejos, aunque nadie transitaba por él a esas horas. Martín y Catalina quedaron solos en la cueva, sentados junto al fuego moribundo.
—Cuando lleguemos a Ciudad Real, ¿qué harás?— —le preguntó Martín.
Catalina se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo que pueda. Coser, quizá. O ayudar en alguna casa.
—Yo… he pensado en buscar trabajo en alguna fragua —dijo él, sin mirarla directamente—. Algo estable. Mejorar lo aprendido del oficio para independizarme. Tener mi propia herrería.
Ella lo miró. Había algo distinto en su voz. Un temblor nuevo, una dulzura torpe.
—¿Y tú, Diego? —preguntó ella al rato, cuando él volvió del cerro—. ¿Qué harás cuando esto termine?
Diego se sentó con un suspiro. Se acomodó el sombrero y miró hacia el fondo oscuro de la cueva, como si buscara allí el futuro.
—Vivir tranquilo, pues. Eso ya sería bastante. He tenido una vida muy agitada hasta ahora.
La noche
cayó deprisa, más que el día anterior, como si la oscuridad
tuviera prisa por ocuparlo todo. El viento arreciaba y las nubes,
densas y bajas, velaban por completo la luna. Catalina no podía
dormir. Se levantó en silencio y se acercó a la entrada de la
cueva. Se sentó junto al fuego débil, que aún les ofrecía algo de
calor, y permaneció allí, inmóvil, sintiendo cómo la noche
respiraba.
Alzó la vista.
La segunda noche en la cueva
El viento se colaba por la entrada, agitando levemente la manta de Catalina. Diego y Martín dormían ya, respirando con la calma de quienes por fin se saben a salvo… aunque solo sea por unas horas.
Pero Catalina no dormía.
Algo dentro de ella —una inquietud sin nombre, una punzada de vigilia— la mantenía despierta. Escuchaba el crujido tenue de las raíces, el quejido suave del bosque lejano, y el eco invisible de las palabras de Andrés, flotando aún en las paredes de la cueva:
—No habléis. No las llaméis. Bajad la mirada.
El silencio se volvió más denso. Y entonces, lo vio.
Primero fue un resplandor leve, apenas una bruma que titilaba en la entrada de la cueva. Se incorporó muy despacio, sin hacer ruido. No sentía miedo, solo una extraña paz. Como si todo lo que estaba viendo perteneciera a un tiempo anterior… y sin embargo le hablara a ella. Allí estaban. Dos lumbres flotaban a un palmo del suelo. Una azul. Una roja.
No eran fuego. No ardían ni daban calor. Y sin embargo iluminaban suavemente la piedra y los rostros dormidos de sus compañeros.
La azul era delicada, como un suspiro sostenido. La roja, intensa y poderosa. Ambas flotaban con lentitud, como si bailaran, como si recordaran.
Catalina no bajó la mirada. Las vio acercarse. Dudaban al principio, como si temieran volverse a perder. Pero al fin, tras un eterno instante suspendidas en el alma del mundo, se tocaron y al hacerlo, se fundieron en una única y brillante luz.
Juntas se elevaron. Despacio, como el humo de una vela, salieron por la boca de la cueva y subieron hacia el cielo estrellado. No dejaron rastro… salvo una tenue estela que se afirmaba en el cielo del sur.
Catalina no lloró, pero su pecho se llenó de un calor suave. Comprendió —sin palabras, sin explicación— que ya no estaban perdidos. Que los dos amante de la antigua leyenda habían sido redimidos por la espera, y que ahora esa llama, ya única, no vagaría más: se convertiría en guía. Señal para quienes, como ellos, huían de injusticias. Guía para los que no tenían tierra ni abrigo, pero sí verdad en el corazón.
Volvió a tumbarse muy despacio, y al cerrar los ojos, se sintió más ligera. Más fuerte. Como si una llama se hubiera encendido en su pecho… y ya no pudiera apagarse.
Y esa noche, por primera vez desde que huyeron del pueblo, Catalina durmió profundamente.
Catalina apenas había dormido aquella noche. Sentía el peso de tantas emociones, de la huida, del miedo contenido, y de la historia que Andrés les había contado junto al fuego. La cueva, silenciosa y húmeda, guardaba ese eco invisible de tiempos antiguos.
Antes del amanecer, cuando la tenue luz empezaba a dejarse ver por la entrada, se acercó a Diego y Martín, que aún estaban dormidos. Con una voz baja, como si aún temiera romper un encantamiento, los despertó:
—Despertad... tengo que contaros algo.
Ambos se incorporaron, medio soñolientos. Catalina permanecía de pie, con la mirada algo perdida hacia entrada de la cueva.
—Las vi —dijo al fin—. Las lumbres.
Martín frunció el ceño, aún entumecido.
—¿Qué dices? ¿Las lumbres de las que habló Andrés?
—Sí. Una azul... y otra roja. Flotaban aquí mismo, en la entrada de la cueva. Primero por separado. Y luego... luego se acercaron, giraron lentamente una en torno a la otra, como si se buscaran. Y cuando por fin se tocaron… se fundieron en una sola llama brillante, dorada. Salieron flotando hacia el cielo. Y entonces vi cómo nacía una estrella nueva. Lo juro por mi alma.
Diego se santiguó sin pensarlo. Martín, más escéptico, la miraba con mezcla de asombro y duda.
—¿Estás segura de que no fue un sueño?
—No lo fue. Sentí algo... dentro de mí. Como si esas almas quisieran mostrarme que el amor verdadero puede vencer hasta el tiempo. Y que esa estrella... —miró hacia el sur, guiando con la mirada a sus amigos hacia el cielo celeste—…esa estrella ahora es nuestra guía. Venid. Vamos a la entrada. Os la mostraré.
Se sentaron en unas piedras. Catalina alzó el brazo y señaló la nueva estrella justo cuando un destello le iluminó el rostro. Entonces dijo, con una voz clara y firme:
—No tenemos un mapa que nos indique la dirección, ni caminos seguros. Pero tenemos esa luz. Esa llama del cielo está ahí para llevarnos lejos del dolor. Nos marca el rumbo.
Diego la miró con los ojos muy abiertos hacia la estrella, impresionado por la convicción en sus palabras: —Entonses... que así sea —afirmó—. Sigamos esa estrella.
Y los tres, en silencio, se acercaron a la entrada de la cueva. Aún no era pleno día, y en lo alto, marcando el camino hacia el sur, una estrella solitaria titilaba sobre los campos de La Mancha.
La segunda noche terminó en vigilia. El sueño, que apenas había visitado a los tres en los días anteriores, ya no tenía cabida. El aire dentro de la cueva era más denso, como si presintiera que algo estaba a punto de cambiar. Catalina apenas se había recostado cuando escucharon, a lo lejos, un crujido distinto. No era un animal. Ni el viento. El sonido de pasos mezclados se aproximaba hacia ellos.
Diego fue el primero en ponerse en pie. Martín apagó el fuego con rapidez. Catalina agarró la manta, aún medio dormida. Todo ocurrió en silencio, con gestos rápidos, respiraciones contenidas.
—Son ellos —susurró Diego, asomándose con cautela.
La luna apenas se veía entre las nubes, pero una linterna envuelta con un trapo dejaba ver a dos figuras. Una señal. Un leve silbido. Martín respondió.
Tomás y Andrés entraron a la cueva con las ropas cubiertas de polvo. Habían salido en cuanto anocheció. Tomás traía el rostro tenso, serio. Andrés no dejaba de mirar alrededor, como si esperara una emboscada.
—¿Todo bien? —preguntó Tomás, bajando la voz.
—Sí. Nadie nos ha seguido —respondió Diego—. Todo ha estado tranquilo. Ya la tensión está desapareciendo en el pueblo.
—¿Y mis tíos? —preguntó inquieta Catalina.
—Están enfadados. Más por la pérdida de una sirvienta que por ti como sobrina. No han puesto ninguna denuncia.
—Señal del poco cariño que me tenían...
—Bien —añadió Andrés—. El carro nos espera en el claro, a media hora de aquí. Tenemos que salir antes de que amanezca.
Pero Catalina no se movió aún. Tomó aire y, con una voz baja pero firme, dijo:
—Antes de irnos, necesito contaros algo.
Tomás y Andrés. Diego, que ya se había agachado para recoger su zurrón, se enderezó. Martín se colocó al lado de Catalina, abrazándola, como queriendo afirmar lo que les iba a contar:
—Anoche... —empezó ella— vi algo. Algo que no sé bien cómo explicar. Las vi. Las lumbres.
—¿Cómo? —preguntó Andrés con un susurro tenso—. ¿Estás segura?
—Sí. Azul y roja. Flotaban en la entrada. Las vi acercarse. Danzaban. Y cuando se unieron… se convirtieron en una sola llama brillante. Se levaron al cielo —miró a Diego y Martín, que asintieron con la cabeza—, y entonces nació una estrella nueva. Esta noche, mirad hacia el sur y la veréis brillar: es la más luminosa.
Andrés se había quedado inmóvil. Catalina notó que sus labios murmuraban algo, apenas audible. Tomás la observaba con los ojos entrecerrados, sin ironía, pero con cautela.
—No fue un sueño —añadió Catalina—. Lo sentí. Era como si… quisieran decirnos algo. Que hay amor que resiste el tiempo. Y que esa estrella no solo es su descanso. Es también nuestra señal. Nuestra guía.
Durante unos segundos, solo se oyó el crujir de la leña apagada.
—Catalina —dijo Andrés con voz grave—, si lo que viste es cierto… no debemos tomarlo a la ligera. Esa luz puede haber sido una despedida… o un aviso. Pero también una bendición.
Tomás, tras un breve silencio, habló por fin:
—En cualquier caso, lo que importa es lo que te hizo sentir. Si esa estrella te da fuerza, entonces sirve. Y si sirve, habréis de seguirla.
Catalina asintió. Luego, por fin, se levantó.
No hubo tiempo para más palabras. Recogieron las pocas pertenencias: la manta, una navaja, los restos de comida, pequeñas cosas personales. Catalina envolvió las nueces que le quedaban. Diego borró las huellas junto a la entrada de la cueva. Martín echó una última mirada al lugar. No volverían.
El camino hasta el carro fue difícil. En la penumbra tropezaban con raíces, ramas, piedras. Catalina caminaba entre Diego y Martín. A ratos se tambaleaba, pero no se quejaba. Martín la sostenía sin hablar, atento a cada gesto, cada paso.
Cuando llegaron al claro, el carro los esperaba. Tomás lo había cubierto con sacos de harina, mantas y herramientas. Había sitio para esconderse. El caballo resoplaba con calma.
—Subid —dijo Tomás—. Iremos despacio hasta el cruce. Allí cogeremos el camino viejo hacia Ciudad Real. No suele haber vigilancia, pero si alguien pregunta, vais dormidos. ¿Entendido?
Diego y Martín ayudaron a Catalina a subir primero. Luego se acomodaron a su lado, entre sacos y telas. El cielo comenzaba a aclarar, un tenue resplandor detrás de las colinas. El carro echó a andar con un traqueteo suave. El ritmo de los baches les fue adormeciendo los nervios.
Durante el trayecto apenas hablaron. Solo las miradas entre los tres decían algo. Catalina sintió la mano de Martín sobre la suya en uno de los baches. No la apartó. Diego los miró, y por primera vez, sonrió sin reservas.
A media mañana, cuando el sol ya calentaba el polvo del camino, Catalina se atrevió a preguntar:
—¿Y si nos paran?
Tomás, sin girarse, respondió:
—No lo harán. Pero si ocurre, no habléis. Yo me encargo.
Y siguieron.
Pasadas tres horas, dando un rodeo a Malagón, Martín dijo a sus amigos:
—¿Qué os parece si continuamos los tres juntos? Podemos trazar un plan común. Me he habituado a vosotros y no quisiera separarme.
—¡Buena idea! —exclamó sonriente Catalina.
—¡Bien me parese! —dijo Diego, con su característico acento vizcaíno—. ¿Y si nos vamos a Las Indias?
—¿A Las Indias? —repitió Tomás, sorprendido.
—Sí. A un mundo nuevo. Podremos comenzar desde cero —dijo Catalina, sonriente.
—Sentiremos mucho que os vayáis tan lejos —dijo Tomás—. Marta, Andrés y yo, y otros del pueblo, os hemos tomado mucho aprecio desde que llegasteis. Si os vais de España, casi imposible volver a veros.
—Y nosotros a vosotros —respondió Catalina—. Os extrañaremos mucho.
—Echaremos de menos las tardes de caza, los dados, y tus cantes burlones, Andrés.
Horas después, tras algo más de seis leguas de recorrido, cuando las primeras casas dispersas de Ciudad Real comenzaron a asomar en el horizonte, Catalina se asomó entre los sacos. Sintió vértigo, pero también alivio.
—Lo hemos conseguido —dijo Martín en voz baja.
El sol estaba a punto de ponerse en el horizonte cuando Andrés detuvo el carro: a menos de media legua, las primeras casas de Ciudad Real se hacían visibles. Diego, Catalina y Martín habrían de continuar a pie. Con dos molinos de viento como testigos mudos, Tomás se adelantó, observó el camino y regresó junto a los demás.
Tomás: Hasta aquí os podemos acompañar. No sería prudente entrar juntos. Vosotros seguid por el sendero de la izquierda. En una hora estaréis entre gente.
Catalina (bajando del carro con ayuda de Diego): No sé cómo daros las gracias. Si no fuese por vosotros y Marta...
Andrés (interrumpiendo con una sonrisa cansada): No hace falta. Hay veces en que uno ayuda no por gratitud, ni por deber, sino porque no hacerlo sería volverse piedra por dentro.
Diego (mirando al suelo, luego a Tomás): Me habría perdido más de una vez sin vuestra cabeza fría. No lo olvidaré.
Tomás (apretándole el brazo con firmeza): No te pierdas ahora, ni tú ni ninguno. Lo que os espera ahí delante puede ser duro, pero más duro es vivir de rodillas.
Catalina (mirando al sur, luego a ellos): La estrella sigue allí, Es la primera en salir. ¿Sabéis? No deja de brillar. Cada vez que la vea, me acordaré de esta noche, de esta ayuda… de vosotros.
Tomás (con voz más grave): No sigáis la estrella. Haced que la estrella os siga a vosotros.
Se miran por última vez. Ninguno hace grandes gestos. Un apretón de manos. Un silencio largo. Y luego, Catalina echa a andar. Martín y Diego la siguen. Tomás y Andrés los ven alejarse por el sendero polvoriento, mientras la Luna empieza a levantar su primer resplandor sobre los campos de La Mancha.
Diego, con los ojos entornados, musitó:
—Hemos empesado...





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