jueves, 22 de mayo de 2025

15 «La estrella guía» «Donde se encuentran con Alonso Quijano y Sancho»

 ... Después de una semana de travesía desde la casa de Eulalia, dejando atrás el bullicio de los pueblos y los caminos principales, Martín, Catalina y Diego caminaban en silencio solo interrumpido por el crujir de las hojas secas bajo sus pies y el canto lejano de algún ave. El aire era más fresco, y el paisaje salpicado de encinas y jaras les ofrecía una sensación de aventura renovada. Diego, que había dejado atrás su abatimiento por Eulalia, reía con cualquier ocurrencia de Catalina, quien, por su parte, no dejaba de admirar el entorno con ojos curiosos.

Tras abandonar las tierras calatravas y comprar algunas viandas y vino en El Viso del Marqués, se internaron en Sierra Morena dejando atrás, ahora sí, penurias y padeceres. Afrontaron el paso del Muladar Despeñaperros, testigo de correrías y razias entre moros y cristianos tiempo atrás. En pleno descenso ya camino de Sevilla y cerca del Salto del Fraile, Martín recordó lo que le contaron en la Venta de Cárdenas unos boyeros de Andújar que se dirigían a Madrid con cien arrobas del más fino aceite para la corte: según la historia del lugar, un lobo sanguinario acechaba a caminantes y viajeros, atacándolos hasta hacerlos despeñarse por los riscos.

Cuando la tarde ya oscurecía rápidamente, encontraron un refugio en el que guarecerse para pasar la noche. Martín avivó el fuego con un leño seco y, al ver que la noche avanzaba y que el ulular del viento entre los riscos teñía el ambiente de misterio, decidió compartir la historia que le habían contado los boyeros.

Dicen que por estos parajes, entre los desfiladeros y peñascos que se recortan contra el cielo nocturno, acecha un lobo sanguinario comenzó, su voz grave y pausada. No es un lobo cualquiera. Los viajeros que han osado cruzar estas tierras cuentan que es astuto, más grande que un oso y con ojos que brillan en la oscuridad. No ataca de inmediato. Se deja ver, se acerca poco a poco, con paciencia feroz, hasta que el miedo y el pánico ciegan a su presa… y entonces, al intentar huir, caen por los precipicios.

Catalina, envuelta en su manto, se estremeció. Instintivamente, se acercó más a la lumbre, buscando la calidez del fuego y la seguridad de la compañía.

¿Y si realmente está por aquí? murmuró con inquietud. No podemos saber si todo es solo una leyenda o una aventura más de tu imaginación.

Diego, quien en los Tercios se había enfrentado a los peligros de la carne y del acero, soltó una breve carcajada y golpeó con firmeza la empuñadura de su espada.

Si el lobo ha de aparecer, que venga declaró con seguridad. No habrá fiera ni bestia que me quite el sueño. Catalina, yo seré tu guardián, y este lobo, si osa acercarse, no verá amanecer.

Martín asegurando que era verdad lo que le habían contadosonrió ante la valentía de su compañero. Poco a poco, el grupo se sumió en un silencio atento, con el crepitar del fuego como único sonido. Más allá, en la noche cerrada, el viento susurraba entre las rocas, llevando quién sabe qué secretos de tiempos pasados.

A la mañana siguiente se dispusieron a emprender de nuevo el camino. Tras casi dos horas de viaje, de pronto, al salir de un recodo del sendero, divisaron a lo lejos una figura peculiar. Un hombre alto y desgarbado, vestido con una armadura de aspecto maltrecho, cabalgaba sobre un rocín tan flaco que casi se podían contar sus costillas. A su lado, un escudero regordete iba montado en un burro pequeño pero robusto, con alforjas cargadas de toda clase de objetos.


¿Qué será aquello? ―preguntó Catalina, frunciendo el ceño, sin disimular su curiosidad.
―Un loco, probablemente ―respondió Diego, ajustándose el sombrero para protegerse del sol.
Martín, siempre dispuesto a la broma, sonrió con picardía.
―O un caballero en busca de hazañas... aunque más bien parece en busca de comida.

Cuando se acercaron, escucharon al caballero hablar con gran elocuencia, gesticulando con una lanza vieja y astillada:
―¡Ea, Sancho! Te aseguro que esta tierra oculta tesoros de aventuras y peligros que solo un verdadero caballero andante como yo puede enfrentar.

El escudero, que parecía mucho más interesado en un pedazo de queso que mordisqueaba, respondió con voz resignada:
―Sí, señor, tesoros y peligros… pero mejor si los hallamos después de comer, que mi estómago no entiende de hidalguías.

Martín, Diego y Catalina se detuvieron a pocos pasos de ellos. El caballero notó su presencia y, con una reverencia desde lo alto de su montura, exclamó:
―¡Válgame Dios, qué ventura es la mía al encontrarme con compañeros de camino! Permitidme presentarme: soy Alonso Quijano, defensor de los débiles y azote de los malvados. Yo soy un caballero andante, y mi ejercicio es andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.*
* Tomado literalmente de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Diego tuvo que contener la risa, mientras Catalina observaba aquella figura con una mezcla de fascinación y asombro. Martín, por su parte, saludó con cortesía:
―Es un honor conocer a tan noble caballero. Yo soy Martín, y estos son mis compañeros, Catalina y Diego. ¿Qué os trae a estas tierras?

El hidalgo manchego enderezó su postura, señalando al horizonte con su lanza:
―Busco aventuras y afrentas que reparar. Pues el mundo está lleno de injusticias, y mi deber es erradicarlas. Vosotros, noble compañía, ¿acaso sois hidalgos en busca de lo mismo?

Catalina, divertida por la pomposidad de Don Alonso, respondió:
―Más bien somos viajeros que disfrutan del camino y de las historias que nos ofrece.

El escudero, que había permanecido callado, levantó la vista de su queso:
―Sancho, para serviros. Pero no os dejéis engañar: lo de las aventuras siempre acaba en azotes para mí y en quebrantos para el rocín y mi rucio.

Aquello provocó la risa de Diego, quien finalmente no pudo contenerse. Don Alonso lo miró con severidad, pero al ver la sonrisa sincera del joven, se relajó.
―La risa es el alimento del alma ―dijo con magnanimidad―, pero no subestiméis las gestas caballerescas. Todo hombre lleva un caballero dentro, aguardando su momento.
―¿Y las mujeres? ―preguntó Catalina, cruzando los brazos con gesto desafiante.
―Las mujeres son las musas y destinatarias de nuestros esfuerzos ―respondió con una inclinación de cabeza―. La señora Dulcinea del Toboso, por ejemplo, guía mi espíritu en todo momento.
Catalina soltó una carcajada:
―Creo que yo preferiría ser la dama andante, entonces, y buscar mis propias aventuras.
Sancho, encogiéndose de hombros, le dijo en voz baja:
―Peor no os podría ir que a nosotros, jovencita.

El grupo se echó a reír y, durante el resto de la jornada, compartieron el camino. Don Alonso relató sus hazañas con pasión, mientras Sancho las contradecía con comentarios prácticos. Martín, Catalina y Diego, entre risas y asombro, comprendieron que aquel encuentro sería uno de los más memorables de su viaje.

Cuando las últimas luces de la tarde proyectaban sus sombras alargadas sobre el camino, encontraron una cueva en la que refugiarse aquella noche.

Martín, Diego y Sancho se levantaron temprano aquella mañana fría, aún envueltos en el silencio de la sierra, donde el aire tenía un frescor que parecía recién nacido. Sus sombras se alargaban bajo los primeros rayos del sol mientras preparaban sus armas rudimentarias: Diego ajustaba la cuerda de un arco improvisado, afiló un trozo de rama recta a modo de flecha, Sancho improvisaba una honda con una tira de cuero y Martín afilaba un cuchillo, confiando en la destreza que le había valido más de una comida en tiempos de necesidad.

Si encontramos un conejo, daremos gracias al cielo; si es una liebre, tendremos un festín dijo Diego con una sonrisa cansada mientras se internaban en el matorral.

Y si no encontramos nada, haremos sopa de raíces y hojas replicó Sancho con su habitual resignación práctica.

Entre tanto, en el interior de la cueva, Don Alonso permanecía sentado junto a Catalina, quien, envuelta en su manto, escuchaba con atención las palabras del caballero. La luz titilante de las brasas proyectaba sombras en las paredes, creando un ambiente casi místico.

Os contaré, señora, una de mis más grandes aventuras empezó Don Alonso, adoptando un tono solemne que no disimulaba su entusiasmo—. Ocurrió que, en mis andanzas por estos reinos, di con un grupo de galeotes encadenados. Eran hombres miserables, condenados por el rey por sus crímenes cometidos, pero también hijos de la desgracia. Mi corazón, que no soporta la injusticia, se conmovió, y decidí liberarles.

Catalina arqueó una ceja, aunque mantuvo el gesto amable: ¿Liberasteis a criminales, mi señor?

No criminales, sino almas en pena, víctimas de un destino cruel respondió Don Alonso con vehemencia, levantándose para dramatizar su relato. Entre ellos, uno llamado Ginés de Pasamonte, un hombre astuto y de lengua viperina. Le encomendé una misión sagrada: que fuera al Toboso y testificara del amor que albergo por mi señora Dulcinea. ¿No es acaso ese el deber de todo caballero andante?

Catalina, que intuía las fantasías de su anfitrión, no pudo evitar sonreír, aunque con un leve toque de ironía. —¿Y cumplió el tal Ginés vuestra encomienda?

Don Alonso se detuvo, como si estuviera reflexionando. He de creer que sí, pues no cabe en mi espíritu dudar de la palabra de un hombre al que he otorgado mi confianza.

En ese momento, el sonido de un quejido de dolor resonó en la distancia, interrumpiendo la narración. Catalina se levantó de inmediato, preocupada.

¡Pareció un grito de un conejo herido! ¿Habrán encontrado algo los muchachos?

Don Alonso asintió con gravedad, ajustándose la vacía que tenía por yelmo que había reposado junto a él: —Sea lo que fuere, doña Catalina, no os preocupéis. Con Sancho, mi escudero fiel, no hay peligro al que no puedan enfrentarse. Y si lo hay, ¡por Dios que lo abatiré yo mismo con mi espada!

Catalina, sin embargo, parecía más interesada en la posibilidad de un desayuno decente que en las promesas heroicas del caballero: Esperemos que al menos hayan encontrado algo comestible.

La caza continuaba, y Martín, Diego y Sancho avanzaban sigilosamente por el bosque. Sancho, siempre con un ojo en el suelo, murmuraba para sí:

Con un poco de suerte, encontraremos un conejo. No tendremos que discutir sobre cómo cocinarlo.

Martín alzó una mano, indicando silencio. Había divisado dos conejos junto a unos matorrales. Diego tensó su arco lentamente, y Sancho, preparado con su honda improvisada, contuvo la respiración. La tensión era palpable, pero en sus rostros se dibujaba la determinación de quienes saben que el próximo bocado depende de su destreza.

La flecha voló certera, y el golpe de la piedra no se quedó atrás. Un momento después, dos conejos yacían en el suelo. Los tres hombres se miraron con satisfacción, conscientes de que aquella pequeña victoria les daría fuerzas para seguir adelante.


Con las presas en mano, regresaron a la cueva, donde Catalina y Don Alonso les esperaban junto al fuego. Mientras Sancho desplumaba las perdices con entusiasmo, Don Alonso retomaba su relato, tan embelesado por sus propias palabras como Catalina lo estaba por la promesa de un desayuno caliente.

El aroma de la perdiz y los conejos recién hechos en la lumbre llenaba la cueva, mezclándose con el chisporroteo del fuego y el murmullo de las conversaciones. Catalina se ocupaba de repartir porciones entre los presentes, mientras Sancho, siempre con hambre, miraba con ansias su plato, preguntándose si sería apropiado pedir otra ración.

De repente, un ruido de ramas y pasos apresurados se escuchó fuera de la cueva. Los presentes se giraron al unísono, alertados. Martín y Diego alcanzaron sus armas, mientras Don Alonso se levantaba de un salto, dispuesto a blandir su espada. Sin embargo, lo que apareció en la entrada no fue una amenaza, sino un hombre desaliñado, con el cabello alborotado, la ropa desgarrada y una expresión de cansancio profundo en el rostro.

¡Teneos! gritó Don Alonso al recién llegado.

El hombre, al escuchar la orden, levantó la mirada con una mezcla de sorpresa y alivio. Se tambaleó hacia el interior de la cueva, jadeando por el esfuerzo.

Señor, me llamo Cardenio… dijo entre respiros, con la voz quebrada. Perdón por la intromisión… Vi el humo de vuestro fuego y no pude resistir.

No hay nada que perdonar. El refugio de un caballero andante es resguardo para todos los que lo necesiten respondió el hidalgo con tono magnánimo. Venid, sentaos y compartid nuestro humilde desayuno. ¿Qué os trae por esta sierra?

Cardenio no necesitó más invitación. Se dejó caer junto al fuego y aceptó agradecido un plato de la comida recién preparada. Mientras devoraba con avidez, los demás le observaban con curiosidad. Era evidente que algo lo atormentaba; su aspecto y su semblante no dejaban lugar a dudas.

Tras beber un poco de agua que le ofreció Sancho, Cardenio alzó la mirada, notando la expectación en los rostros de sus anfitriones. Respiró hondo y comenzó a hablar, su voz cargada de emoción.

Os contaré, aunque me pese recordar los motivos que me han traído a éste lugar inhóspito… Mi corazón no encuentra descanso, y mi mente se tambalea como una barca en medio de una tormenta. Todo comenzó con ella… con Lucinda.

Al mencionar el nombre, su rostro se ensombreció. Catalina ladeó la cabeza, intrigada, mientras Sancho murmuraba por lo bajo: Otra historia de amor, ya lo veo venir.

Cardenio continuó, ignorando los comentarios: Lucinda era mi luz, mi esperanza. Crecí con ella, y desde jóvenes juramos que nuestras almas estaban destinadas a unirse. Pero mi felicidad no será duradera. Fernando, un noble amigo que, bajo la máscara de la amistad, ocultaba la daga de la traición.

Hizo una pausa, clavando la mirada en las brasas como si allí se encontraran las respuestas que buscaba.

Fernando, confiando en su posición y riqueza, engañó a Lucinda y a su familia. Prometió casarse con ella, asegurando que yo, pobre y sin títulos, jamás podría darle lo que ella merecía. ¡Oh, qué tormento recordar su boda! Cardenio apretó los puños, y su voz se quebró. En pleno altar, cuando Lucinda se negó a pronunciar los votos, sacó de su pecho una carta, escrita de su puño y letra, donde declaraba su amor por mí y su rechazo a ese matrimonio.

Los presentes se inclinaron hacia adelante, absortos en el relato.

Fernando, herido en su orgullo, huyó llevándose a Lucinda a la fuerza. Desde entonces, he vagado por esta sierra, buscando consuelo entre la soledad y la naturaleza, pero mi corazón sigue roto, y mi espíritu, perdido.

Se hizo un silencio denso en la cueva, roto únicamente por el crepitar del fuego. Catalina fue la primera en hablar, con voz dulce y compasiva:

Vuestra historia es amarga, Cardenio, pero mientras haya vida, hay esperanza. Quizás podáis encontrar justicia, o incluso recuperar lo que os han arrebatado.

Don Alonso, conmovido, se puso en pie y habló con tono solemne: ¡Cardenio, por mi honor como caballero andante, os prometo que si hay injusticia en vuestro caso, seré yo quien la deshaga! ¿No es acaso el deber de todo caballero auxiliar a los desdichados?

Sancho, por su parte, murmuró mientras limpiaba los restos de comida de su plato: Siempre nos metemos en líos por otros… aunque esta vez parece que será interesante.

Cardenio, agradecido por la compasión que le ofrecían, dejó escapar una tenue sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba completamente solo en su sufrimiento. Y mientras el fuego seguía ardiendo, sus palabras se mezclaron con la promesa de aventuras que comenzaban a gestarse en aquella cueva perdida en la sierra.

El desayuno terminó con un aire melancólico, como si los presentes supieran que aquel momento de camaradería no se repetiría. Don Alonso se levantó con determinación, ajustándose el yelmo y el peto, que reflejaban los débiles rayos del sol que ya iluminaban la entrada de la cueva. Sancho, tras un último bocado, se puso de pie con algo menos de entusiasmo, acariciando su vientre satisfecho.

Es hora de partir, Sancho. La aventura nos llama, y no seré yo quien la haga esperar dijo Don Alonso con voz solemne.

¿No podríamos esperar un poco más? Apenas hemos descansado replicó Sancho, mirando de reojo las brasas que aún chisporroteaban, como deseando un segundo desayuno.

¡Jamás! Un caballero debe responder al clamor del deber, aun con el estómago lleno sentenció Don Alonso.

Cuando el sueño comenzaba a aparecer Don Alonso y Sancho se acercaron a Catalina, Martín, Diego y Cardenio junto al fuego que les calentaba e iluminaba:


Mis jóvenes amigos dijo Don Alonso con solemnidad, mientras se ajustaba la camisa, mañana será el momento de despedirnos. Agradezco vuestra compañía durante estas jornadas y lamento no poder seguir a vuestro lado para protegeros con mi espada. He de seguir aquí penando. Sin embargo, confío en que la fortuna os sonreirá en vuestras empresas. Recordad que La libertad, queridos jóvenes**, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres...

**Sancho en el «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha»

Catalina, conmovida por la despedida, hizo una leve reverencia: Ha sido un honor conoceros, señor. Que vuestra valentía y vuestro espíritu de justicia os acompañen siempre.

Sancho, por su parte, miró a los tres con una mezcla de nostalgia y pragmatismo: Ojalá encontréis buen pan y buena cama allá donde vayáis. Y cuidado con esos caminos llenos de maleantes; no todos tienen la suerte de contar con un caballero como este añadió, señalando a Don Alonso con una sonrisa.

El hidalgo, con la mirada brillante, extrajo un pequeño frasco de su alforja y lo extendió hacia ellos; Aceptad este frasco de bálsamo de Fierabrás. Es un elixir milagroso que cura cualquier herida, incluso las más profundas. Lo he llevado conmigo durante mis aventuras, pero siento que ya no lo necesitaré. Vosotros, en cambio, sois jóvenes y enfrentáis los peligros de este mundo cruel. Que este bálsamo os proteja.

Martín tomó el frasco con cuidado, agradecido, aunque una sonrisa cómplice pasó entre él, Diego y Catalina, conscientes de las peculiaridades del caballero.

Lo guardaremos como un gran tesoro, Don Alonso respondió Martín, inclinando la cabeza. Y si alguna vez nos encontramos en apuros, pensaremos en vos y en vuestra sabiduría.

Así debe ser dijo Don Alonso, enderezándose con orgullo. Recordad que un caballero andante nunca retrocede ante la adversidad. Vosotros también, en vuestro modo, sois andantes. Seguid adelante con valor.

Con esas palabras, Don Alonso y Sancho reanudaron su camino. Aunque la despedida dejaba un sabor agridulce, sintieron que llevaban consigo algo más que el bálsamo: un recuerdo de amistad y las lecciones de un caballero que, a su manera, había marcado sus vidas.

Cardenio, con el rostro sombrío pero decidido, también se levantó: Yo tomaré mi propio camino. Agradezco vuestra hospitalidad y vuestras palabras de consuelo. Quizá algún día vuelva a encontrarme con Lucinda… o al menos con la paz que me ha sido arrebatada.

Catalina, Martín y Diego, que recogían ya sus pertenencias, se acercaron para despedirse.

Que la suerte os acompañe, Cardenio dijo Catalina, posando una mano en su hombro con afecto sincero.

Lo mismo os deseo a vos y a los vuestros respondió Cardenio con una leve inclinación de cabeza.

Así, cada grupo partió por su lado: Don Alonso y Sancho, quedaron en la cueva, mientras el hidalgo redactaba una carta que Sancho habría de entregar a la sin par Dulcinea; Cardenio, sin rumbo fijo, caminando hacia el sol que ascendía lentamente, como si buscara un camino que aún no se le había revelado. Catalina, Martín y Diego retomaron el camino hacia Sevilla, deseando dejar atrás la dureza de la sierra y encontrarse con las llanuras andaluzas y con el Guadalquivir.


Con cierto pesar, Catalina, Martín y Diego reanudaron su marcha hacia Sevilla, mientras las figuras quedaban atrás. En una última mirada de Catalina hacia la cueva, vio al hidalgo manchego descalzo de las medias, y puesto en cueros en camisa, y luego, sin más ni más, dar dos zapatetas en el aire, y dos vueltas de carnero de cabeza abajo y los pies arriba, descubriendo cosas que, por no verlas una vez, no quiso Sancho volver a mirarlas*

*Texto ligeramente adaptado del original El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

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