sábado, 24 de mayo de 2025

16 «La estrella guía» «Donde arriban a Baños de la Encina y se marchan»

 El sol se había ocultado tras los montes cuando Martín, Diego y Catalina dejaron atrás la imponente sierra. La jornada había sido extenuante, con caminos pedregosos y descensos abruptos que castigaban sus cuerpos y ponían a prueba su resistencia. Al llegar a las inmediaciones de Baños de la Encina, el paisaje comenzó a transformarse. Los olivares se extendían en hileras interminables, como guardianes inmóviles bajo un cielo que empezaba a teñirse de púrpura.


Estamos cerca de algún lugar habitado —comentó Martín, mirando el contorno de un cortijo que se recortaba contra el horizonte—. Tal vez podamos encontrar un sitio donde pasar la noche.

Diego, agotado, suspiró.

Con tal de no dormir al raso otra vez, cualquier sitio servirá. Mis huesos no aguantan más frío.

Catalina, siempre más precavida, frunció el ceño.

Debemos tener cuidado. No sabemos si ese cortijo está habitado. Si nos descubren, podríamos meternos en problemas.

Aun así, la necesidad apremiaba. Con pasos sigilosos, se acercaron al cortijo, un conjunto de edificios blancos con tejados de tejas rojizas. El silencio de la noche solo era interrumpido por el canto de los grillos. Las ventanas estaban cerradas y no se veía humo en la chimenea principal, lo que les hizo pensar que tal vez no había nadie en la casa.

Allí, el granero —susurró Martín, señalando una estructura al otro lado del patio—. Podríamos refugiarnos ahí por esta noche.

Se deslizaron en la oscuridad, evitando los pocos rayos de luna que se colaban entre los árboles. Martín abrió la puerta del granero con cuidado, procurando no hacer ruido, y los tres entraron. El olor a heno fresco los recibió, junto con la penumbra apenas rota por las rendijas de la madera, que dejaban pasar la luz de la luna.

Aquí estaremos a salvo —dijo Diego, dejándose caer sobre un montón de paja con un suspiro de alivio.

Catalina exploró el lugar con la ayuda de una pequeña lámpara que llevaba consigo. Fue entonces cuando notó algo colgando de una viga en el fondo del granero.

Mirad esto —llamó en voz baja.

Al acercarse, descubrieron varias chacinas colgadas: jamones, chorizos y morcillas. Era un hallazgo inesperado, pero en su hambre y cansancio les pareció un regalo caído del cielo.

¡Por fin algo de suerte! —exclamó Diego, salivando al ver los embutidos.

No podemos coger demasiado —advirtió Catalina, siempre consciente del riesgo—. Si alguien viene a inspeccionar, no deben notar nuestra presencia.

Martín asintió y tomó un cuchillo de su cinturón para cortar con precisión. Pronto tuvieron en sus manos un par de chorizos y una buena tajada de jamón. Se sentaron sobre el heno, compartiendo la comida bajo la luz tenue de la lámpara.

El sabor salado y ahumado de las chacinas les devolvió un poco de fuerzas. Diego, que parecía revivir con cada bocado, no pudo evitar bromear:

Si cada jornada termina con un banquete como este, no me quejo de los caminos.

Siempre encuentras algo que celebrar —replicó Catalina con una sonrisa cansada, mientras se limpiaba las manos en la falda.

Martín, más callado, masticaba en silencio, observando las sombras que se movían en las paredes del granero. Sus ojos se entrecerraron, como si su mente ya estuviera planeando la jornada siguiente.

Esto me recuerda cuando me encontré en medio de…

¡No! —gritaron al unísono Catalina y Diego—. Otra aventura, ahora no.

Descansemos. Mañana hemos de salir antes del amanecer —dijo firmemente Catalina—. Si alguien viene aquí, no nos pueden encontrar.

Antes de dormirse, Catalina recordó los momentos vividos en la sierra con Alonso Quijano, su fiel escudero y Cardenio, Con la mirada pensativa dijo a sus amigos: ¿Qué será de quienes dejamos atrás? La locura de Don Alonso, la paciencia del noble Sancho y las desdichas de Cardenio. Son historias para no olvidarlas. Dignas de ser escritas.

Los otros asintieron, conscientes de la necesidad de precaución. Se acomodaron como pudieron entre la paja, arropados con sus capas para protegerse del frío de la noche. Afuera, el viento susurraba entre los olivos, pero dentro del granero, la tranquilidad de aquel refugio les permitió, por primera vez en días, dormir con la sensación de cierta...

Cuando cerraron los ojos, cansados pero satisfechos, el granero quedó en silencio, con el aroma del heno y las chacinas aún flotando en el aire, como un recordatorio de que, incluso en los momentos más difíciles, la fortuna a veces sonreía a quienes se atrevían a buscarla.


El amanecer trajo consigo el fresco de la mañana y una luz suave que teñía los olivares de dorado. Martín, Diego y Catalina abandonaron el granero con el mayor sigilo, asegurándose de no dejar rastro de su breve estancia. El cortijo quedaba atrás, silencioso y dormido, mientras ellos avanzaban por el camino polvoriento hacia el pueblo que se vislumbraba en la lejanía.

Caminaron sin detenerse, dejando atrás el cansancio de la jornada anterior y confiando en que, en el pueblo, podrían encontrar alguna oportunidad para continuar su viaje con más recursos. Cuando llegaron a Baños de la Encina, poco antes del mediodía, el sol ya brillaba con fuerza, proyectando sombras sobre las calles empedradas del lugar. Admiraron el imponente castillo de Burgalimar, cuyas torres y murallas parecían custodiar el paso del tiempo.

Impresionante fortaleza —murmuró Martín, deteniéndose un momento para admirar su estructura—. Si sus piedras pudieran hablar, contarían historias de guerras y asedios.

O de cómo los señores viven cómodamente mientras otros cargan con el peso del mundo —replicó Diego con tono pragmático, secándose el sudor de la frente.

Catalina sonrió ligeramente.

Sea como sea, no nos quedemos aquí. La plaza parece ser el corazón del pueblo, y tal vez allí encontremos algo que nos ayude.

La plaza estaba animada, con pequeños puestos de carne, frutas, hortalizas, abalorios y telas. A un lado, dos hombres hablaban con un grupo de campesinos, buscando claramente a alguien que pudiera ofrecer sus manos para trabajar. Eran robustos, de piel curtida por el sol y con rostros que hablaban de largas jornadas al aire libre. Uno de ellos, un hombre alto con bigote espeso, alzó la voz:

¡Se buscan jornaleros para un cortijo cercano! Trabajo honesto y comida asegurada. ¡Poca paga, pero buen trato, comida y cama garantizadas!

Martín intercambió una mirada con Diego y Catalina. La idea de tener un techo, comida y un propósito, aunque fuera temporal, resultaba demasiado buena para ignorarla.

Nos ofrecemos los tres —dijo Martín con firmeza, dando un paso al frente.

Los dos hombres los observaron con cierto interés.

¿Y qué habilidades tenéis? —preguntó el del bigote.

Labores del campo, cuidado de animales… lo que nos echen encima —respondió Martín rápidamente, señalando a Diego y a sí mismo—. Ella —añadió, señalando a Catalina— tiene experiencia en labores domésticas.

Los hombres asintieron, satisfechos con la respuesta.

Bien. Hay sitio para los tres. Si sabéis trabajar, no habrá problemas. El cortijo está a un par de leguas de aquí. Subid al carro y os llevaremos.

El carro era sencillo pero resistente, cargado con sacos de grano y herramientas agrícolas. Martín y Diego ayudaron a cargar algunas cajas, mientras Catalina se acomodaba en un rincón, con una sensación de inquietud que intentaba disimular. El viaje fue breve pero lleno de baches, y la sorpresa de los tres fue grande al reconocer el cortijo al que habían llegado.

Este lugar… —murmuró Diego con una leve sonrisa incrédula—. Parece que la fortuna nos ha jugado una broma.

Calla, no digas nada —advirtió Catalina en voz baja—. Lo que hicimos anoche no debe saberse.

Martín asintió, observando con detenimiento a los trabajadores que ya se encontraban en los campos y establos. Algunos levantaron la vista hacia ellos con curiosidad, pero la mayoría siguió con sus tareas.

Al descender del carro, uno de los hombres que los había contratado, el de bigote, les asignó sus labores.

Vosotros dos, al campo —indicó, señalando a Martín y Diego—. Hay que atender los olivos y recoger lo que queda de la cosecha. También haréis turnos en el cuidado de los animales.

Luego, girándose hacia Catalina, continuó:

Y tú, muchacha, irás al servicio de la casa. Haz lo que te pidan las señoras y encárgate de la cocina cuando te lo ordenen. Si trabajáis bien, os quedaréis; si no, os echaremos sin miramientos. Hoy descansaréis y conoceréis el cortijo y a quienes aquí trabajan. Mañana empezaréis al clarear el día.

Catalina inclinó la cabeza en señal de aceptación, mientras los tres intercambiaban una última mirada. Sabían que las jornadas serían largas y agotadoras, pero al menos tendrían un lugar donde quedarse y algo que llevarse a la boca.

Mientras Martín y Diego se encaminaban hacia lo que serían sus aposentos —un cobertizo compartido con otros jornaleros—, Catalina fue conducida al interior del cortijo. Allí, una mujer mayor, de aspecto severo y enérgico, le explicó sus tareas: debía limpiar, ayudar en la cocina y atender a las órdenes de los amos.

Esto no será fácil, pero podría ser peor —se dijo Catalina, observando los muros encalados del cortijo y las sombras de las montañas a lo lejos.

Con determinación, los tres amigos se preparaban para afrontar lo que el destino les deparara. Ahora, empleados en aquel lugar que la noche anterior había sido solo un refugio provisional, mantenían firme su propósito: llegar a Sevilla, su última parada antes de embarcar hacia las Indias.

Al amanecer del día siguiente, mientras Martín y Diego se dirigían a los campos, Catalina fue nuevamente llevada al interior del cortijo. La misma mujer mayor, de gesto adusto y mirada aguda, le reiteró sus obligaciones: limpiar, ayudar en la cocina y obedecer sin cuestionar. Catalina asintió en silencio, ajustándose el pañuelo que cubría su cabello.

Antes de separarse para iniciar sus respectivas labores, los tres amigos se reunieron junto al carro que los había acompañado hasta allí. Se miraron con una mezcla de incertidumbre y determinación, sabiendo que a partir de ese momento cada uno enfrentaría su jornada por separado.

Bueno, esto no es precisamente lo que imaginábamos cuando salimos de la sierra -dijo Diego con una sonrisa torcida, intentando aligerar el ambiente-, pero al menos no pasaremos frío esta noche.

Y tendremos comida y unos reales que juntar para seguir camino, aunque nos cueste ganarlos —añadió Martín con seriedad—. Esto es solo un paso más en nuestro viaje. No perdamos de vista por qué estamos aquí.

Catalina asintió con firmeza.

Recordad que somos un equipo, aunque trabajemos por separado. Si algo ocurre, estaremos para apoyarnos. Nadie nos ha traído hasta aquí salvo nosotros mismos, y nadie nos sacará adelante si no lo hacemos juntos.

Diego le puso una mano en el hombro, ofreciéndole un gesto de apoyo.

Harás un buen trabajo, Catalina. Eres más fuerte de lo que a veces crees. Y tú, Martín, seguro que de esto sacas otra historia que contar.

Martín, con su habitual sentido del humor, añadió:

No sé cómo saldremos de esta. Espero que no como Don Alonso y su escudero.

Los tres rieron al unísono y se despidieron con un prolongado abrazo. Catalina dormiría en una construcción adjunta a la casa principal, junto al resto de mujeres del servicio, mientras que Martín y Diego compartirían alojamiento con los demás jornaleros.

Antes de alejarse, Catalina sonrió levemente y les advirtió:

No olvidéis que la paciencia es clave, tanto con los animales… como con los capataces.

Se miraron unos instantes, dejando que la camaradería les diera fuerzas para lo que venía. Luego, cada uno tomó su camino con renovada determinación, sabiendo que, aunque separados por las tareas del día, compartían el mismo objetivo: llegar juntos a Sevilla y encontrar el futuro que tanto anhelaban.

Con el paso de los días, y luego semanas, Catalina, Martín y Diego se adaptaron a la rutina del cortijo. Las jornadas eran agotadoras, pero en los escasos momentos de descanso buscaban encontrarse, manteniendo viva su amistad y compartiendo anécdotas que daban algo de color a sus días grises de trabajo. Por las noches, cuando todo el cortijo quedaba en calma, se reunían en un rincón apartado del granero o en el borde del patio, lejos de miradas indiscretas. En aquellos breves instantes, entre susurros y risas apagadas, recordaban que, pese a la dureza del presente, su destino seguía esperándolos en el horizonte.

Una de esas noches, bajo un cielo estrellado que parecía extenderse hasta el infinito, Diego llegó primero al lugar de encuentro, con el rostro manchado de polvo y paja.

Hoy casi me mato por culpa de un maldito gallo —dijo, dejando escapar un suspiro teatral mientras se dejaba caer en un montón de heno.

¿Qué pasó? -preguntó Martín, que llegó poco después, con una sonrisa que ya anticipaba la historia.

Estaba alimentando a las gallinas y, de repente, el gallo decidió que yo era su enemigo mortal. Se me lanzó como si fuera un soldado en la batalla. No sabéis lo difícil que es mantener la dignidad mientras corres delante de un gallo que quiere saltar sobre tu cabeza —dijo Diego, haciendo un gesto exagerado que provocó las carcajadas de los otros dos.

Catalina llegó en ese momento, cargando un pequeño envoltorio de tela:

¿Reírse sin mí? Imperdonable. Aquí traigo algo para acompañar la charla —anunció, mostrando un trozo de pan y un poco de queso que había logrado distraer de la cocina.

¡Milagro! —exclamó Diego, frotándose las manos con entusiasmo—. Siempre he dicho que la verdadera amistad es la que viene con comida.

Mientras comían, Martín compartió sus propias aventuras del día:

El capataz me hizo cargar un saco de grano que debía pesar tanto como yo. Cuando por fin lo dejé en el almacén, me di cuenta de que había un agujero en el saco y que iba dejando un reguero tras de mí.

Catalina rió, llevándose la mano a la boca para no hacer ruido.

¿Y el capataz no te dijo nada?

Claro que sí. Me dijo que "con más cuidado la próxima vez". Pero lo dijo mientras me daba otro saco para llevar —respondió Martín, negando con la cabeza.

Catalina, después de unos momentos de silencio, compartió algo más personal:

Hoy la señora del cortijo me pidió que probara un vestido que había sacado de un baúl viejo. Decía que le recordaba a su hija, que se casó y se fue a la ciudad. Me sentí… extraña. Por un momento, pensé en cómo sería tener una vida diferente, ser otra persona en otro lugar.

Diego, que siempre encontraba una forma de animar, le dio una palmada en el hombro:

Catalina, no necesitas un vestido para ser diferente. Ya eres distinta a cualquiera que conozcamos. Además, con todo respeto, dudo que ese vestido aguante otro día de trabajo como el que tienes.

Los tres rieron suavemente, sabiendo que en esos encuentros nocturnos encontraban no solo un descanso, sino una forma de mantener la esperanza. Hablar de sus días, compartir historias y recordar sus sueños los unía más allá de la fatiga y la monotonía.

A medida que pasaban los meses, aquellos encuentros se convirtieron en su refugio, un momento de humanidad en medio de la dureza de sus labores. Martín soñaba en voz alta con el día en que llegarían a las Indias y empezarían una vida nueva. Diego hacía planes para comprar un pequeño terreno donde plantar árboles frutales, y Catalina, aunque solía guardar sus deseos para sí misma, confesó en una ocasión que soñaba con abrir una posada donde los viajeros pudieran sentirse como en casa.

Así, entre risas, confesiones y el consuelo de saber que se tenían los unos a los otros, los tres amigos encontraron la fuerza para continuar, confiando en que cada día los acercaba más a un futuro mejor.

Sin embargo, aquellos meses habían sido tensos para Catalina. Don Gil del Alcázar y Fuenfría, dueño del cortijo, se había convertido en una sombra constante en su vida, con comentarios inapropiados y miradas que la hacían sentir incómoda. Al principio, Catalina intentó ignorarlo, pensando que quizá era su imaginación, pero la insistencia de Don Gil se tornó cada vez más evidente y agresiva. Su conducta se intensificaba en momentos en que la encontraba sola, y aunque Catalina lo evitaba tanto como podía, el hombre siempre encontraba la manera de cruzarse en su camino.


Una noche, incapaz de soportar más la situación, Catalina decidió compartir lo que estaba ocurriendo con Martín y Diego durante uno de sus encuentros habituales en el granero. Se aseguró de que nadie los escuchara antes de empezar a hablar, con el rostro serio y la voz temblorosa.

No puedo seguir aquí —confesó, apretando las manos con fuerza—. Don Gil no me deja en paz. Cada día se vuelve más insistente. Hoy incluso trató de arrinconarme en el salón mientras limpiaba. No pasó nada porque una doncella entró justo a tiempo, pero… no sé cuánto más podré esquivarlo.

Diego y Martín se miraron, alarmados. Diego, siempre impulsivo, se levantó de inmediato.

¡Ese cerdo no tiene derecho a tratarte así! Ya habíamos escuchado rumores entre los hombres, pero tú no nos decías nada cuando te preguntamos. Debiste decirnos lo que ocurría. ¡Le partiré la cara!

No sirve de nada enfrentarlo directamente, Diego —respondió Martín con calma, aunque su voz estaba cargada de rabia contenida—. Es el dueño del cortijo, y nosotros solo somos jornaleros. Si hacemos algo, las consecuencias caerán sobre nosotros.

Catalina les miró con determinación.

No quiero que os pongáis en peligro por mí. Solo quiero irme de aquí. Si nos quedamos, tarde o temprano pasará algo peor.

Martín asintió, pensando rápidamente.

Entonces nos iremos. Recogeremos nuestras cosas y el dinero que hemos ahorrado. Cuando todos estén dormidos, dejaremos el cortijo. Iremos a Úbeda. Allí tengo unos tíos y un primo a los que quiero mucho. Podremos refugiarnos allí un tiempo.

Diego, que aún parecía furioso, frunció el ceño.

¿Y dejaremos que ese malnacido salga impune?

Catalina negó con la cabeza.

No. Antes de irnos, dejaremos un mensaje para su mujer. Ella debe saber qué clase de hombre tiene a su lado.

Martín y Diego estuvieron de acuerdo. Pasaron los siguientes días preparando su huida con cuidado. Guardaron sus ahorros en pequeñas bolsas y reunieron sus pertenencias en el mínimo espacio posible, para no levantar sospechas. Catalina, por su parte, redactó una carta que dejarían en un lugar donde la dueña del cortijo la encontrara. En ella, con palabras directas pero respetuosas, relataba el comportamiento de Don Gil y explicaba los motivos de su partida:

Muy señora mía, la noble Doña Isabel:

Humildemente me atrevo a escrebirle estas palabras, con la esperanza de que lleguen a vuesa merced con el respeto y la verdad que traigo en el pecho. Mi nombre es Catalina, criada he sido en esta su casa por algunos meses, cumpliendo con cuanta obediencia y honra me es posible según mi pobre condición.

Mas no puedo ya quedarme más tiempo, ni despedirme como Dios manda, pues razones graves me empujan a salir sin más demora.

Debo decirle, señora, que vuestro marido, el señor Don Gil, no ha tenido conmigo el miramiento que a una moza honrada se le debe. Ha tenido palabras desmedidas, ojos atrevidos, y maneras que no son de cristiano. Al comienzo quise creer que era sólo desatino, y cerré los ojos, como quien no ve. Mas con los días, sus empeños se volvieron acosos, y acabó por querer encerrarme entre las paredes del salón, como si fuera cosa suya. Solo porque entró otra persona no pasó a más la desgracia.

No puedo, señora, ni debo, quedarme en lugar donde se me pierda el respeto ni peligre mi honra. Por ello parto, con otros compañeros que han tenido caridad de acompañarme y darme su amparo en esta decisión.

No digo esto por mal ni para armar alboroto, sino por justicia y porque vuesa merced merece saber la verdad. Sé bien que es mujer de juicio y de corazón limpio, y que sabrá qué hacer con lo que le cuento.

Agradezco de veras la mesa, el techo, y el trato que de vuesa merced recibí. Pero no soy moza que aguante deshonra ni se quede muda cuando el peligro ronda.

Dios la guarde muchos años.

Catalina






La noche elegida para escapar llegó. El cortijo estaba sumido en el silencio, con los habitantes dormidos tras un largo día de trabajo. Catalina, Martín y Diego esperaron hasta estar seguros de que nadie rondaba por el lugar. Catalina dejó la carta en la mesa del comedor, asegurándose de que estuviera en un sitio visible, junto a una vela apagada. Después, se reunió con sus amigos en la puerta trasera del cortijo.

¿Todos listos? —preguntó Martín en voz baja.

Listos —respondieron Diego y Catalina al unísono.

Con paso sigiloso, abandonaron el cortijo que les había servido de refugio y prisión durante meses. Caminaban bajo la luz de la luna menguante, guiados por la estrella que les marcaba el rumbo, avanzando rápidamente hacia el sendero que los alejaría de aquel lugar. Ninguno lo dijo en voz alta, pero los tres compartían una mezcla de alivio y ansiedad. Sabían que, si alguien descubría su huida antes de tiempo, las consecuencias podrían ser fatales.

Cuando el cortijo quedó atrás, ya pequeño entre la niebla, Catalina se detuvo por un momento. Miró a sus amigos, el miedo y la gratitud reflejados en su rostro.
—Gracias. No sé qué habría hecho sin vosotros.

Diego, siempre dispuesto a dar consuelo, la tomó de la mano con una sonrisa amplia, aunque algo forzada por la tensión del momento.
—Somos un equipo, Catalina. Nadie se queda atrás.

Martín, que había estado observando el horizonte en busca de señales de peligro, asintió con firmeza.
—Ahora sigamos adelante. Sevilla nos espera.

Con renovada determinación, los tres continuaron su camino, dejando atrás no solo el cortijo, sino también las sombras de lo que allí habían vivido. Aunque el futuro era incierto, había algo en su interior, algo indomable, que les aseguraba que, mientras permanecieran juntos, no habría obstáculo que no pudieran superar.

Silenciosamente cruzaron las calles de Baños de la Encina, un pueblo que pronto quedaría atrás, y con cada paso que daban, las huellas de su huida desaparecían bajo el manto de la noche. No volverían nunca más...




jueves, 22 de mayo de 2025

15 «La estrella guía» «Donde se encuentran con Alonso Quijano y Sancho»

 ... Después de una semana de travesía desde la casa de Eulalia, dejando atrás el bullicio de los pueblos y los caminos principales, Martín, Catalina y Diego caminaban en silencio solo interrumpido por el crujir de las hojas secas bajo sus pies y el canto lejano de algún ave. El aire era más fresco, y el paisaje salpicado de encinas y jaras les ofrecía una sensación de aventura renovada. Diego, que había dejado atrás su abatimiento por Eulalia, reía con cualquier ocurrencia de Catalina, quien, por su parte, no dejaba de admirar el entorno con ojos curiosos.

Tras abandonar las tierras calatravas y comprar algunas viandas y vino en El Viso del Marqués, se internaron en Sierra Morena dejando atrás, ahora sí, penurias y padeceres. Afrontaron el paso del Muladar Despeñaperros, testigo de correrías y razias entre moros y cristianos tiempo atrás. En pleno descenso ya camino de Sevilla y cerca del Salto del Fraile, Martín recordó lo que le contaron en la Venta de Cárdenas unos boyeros de Andújar que se dirigían a Madrid con cien arrobas del más fino aceite para la corte: según la historia del lugar, un lobo sanguinario acechaba a caminantes y viajeros, atacándolos hasta hacerlos despeñarse por los riscos.

Cuando la tarde ya oscurecía rápidamente, encontraron un refugio en el que guarecerse para pasar la noche. Martín avivó el fuego con un leño seco y, al ver que la noche avanzaba y que el ulular del viento entre los riscos teñía el ambiente de misterio, decidió compartir la historia que le habían contado los boyeros.

Dicen que por estos parajes, entre los desfiladeros y peñascos que se recortan contra el cielo nocturno, acecha un lobo sanguinario comenzó, su voz grave y pausada. No es un lobo cualquiera. Los viajeros que han osado cruzar estas tierras cuentan que es astuto, más grande que un oso y con ojos que brillan en la oscuridad. No ataca de inmediato. Se deja ver, se acerca poco a poco, con paciencia feroz, hasta que el miedo y el pánico ciegan a su presa… y entonces, al intentar huir, caen por los precipicios.

Catalina, envuelta en su manto, se estremeció. Instintivamente, se acercó más a la lumbre, buscando la calidez del fuego y la seguridad de la compañía.

¿Y si realmente está por aquí? murmuró con inquietud. No podemos saber si todo es solo una leyenda o una aventura más de tu imaginación.

Diego, quien en los Tercios se había enfrentado a los peligros de la carne y del acero, soltó una breve carcajada y golpeó con firmeza la empuñadura de su espada.

Si el lobo ha de aparecer, que venga declaró con seguridad. No habrá fiera ni bestia que me quite el sueño. Catalina, yo seré tu guardián, y este lobo, si osa acercarse, no verá amanecer.

Martín asegurando que era verdad lo que le habían contadosonrió ante la valentía de su compañero. Poco a poco, el grupo se sumió en un silencio atento, con el crepitar del fuego como único sonido. Más allá, en la noche cerrada, el viento susurraba entre las rocas, llevando quién sabe qué secretos de tiempos pasados.

A la mañana siguiente se dispusieron a emprender de nuevo el camino. Tras casi dos horas de viaje, de pronto, al salir de un recodo del sendero, divisaron a lo lejos una figura peculiar. Un hombre alto y desgarbado, vestido con una armadura de aspecto maltrecho, cabalgaba sobre un rocín tan flaco que casi se podían contar sus costillas. A su lado, un escudero regordete iba montado en un burro pequeño pero robusto, con alforjas cargadas de toda clase de objetos.


¿Qué será aquello? ―preguntó Catalina, frunciendo el ceño, sin disimular su curiosidad.
―Un loco, probablemente ―respondió Diego, ajustándose el sombrero para protegerse del sol.
Martín, siempre dispuesto a la broma, sonrió con picardía.
―O un caballero en busca de hazañas... aunque más bien parece en busca de comida.

Cuando se acercaron, escucharon al caballero hablar con gran elocuencia, gesticulando con una lanza vieja y astillada:
―¡Ea, Sancho! Te aseguro que esta tierra oculta tesoros de aventuras y peligros que solo un verdadero caballero andante como yo puede enfrentar.

El escudero, que parecía mucho más interesado en un pedazo de queso que mordisqueaba, respondió con voz resignada:
―Sí, señor, tesoros y peligros… pero mejor si los hallamos después de comer, que mi estómago no entiende de hidalguías.

Martín, Diego y Catalina se detuvieron a pocos pasos de ellos. El caballero notó su presencia y, con una reverencia desde lo alto de su montura, exclamó:
―¡Válgame Dios, qué ventura es la mía al encontrarme con compañeros de camino! Permitidme presentarme: soy Alonso Quijano, defensor de los débiles y azote de los malvados. Yo soy un caballero andante, y mi ejercicio es andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.*
* Tomado literalmente de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Diego tuvo que contener la risa, mientras Catalina observaba aquella figura con una mezcla de fascinación y asombro. Martín, por su parte, saludó con cortesía:
―Es un honor conocer a tan noble caballero. Yo soy Martín, y estos son mis compañeros, Catalina y Diego. ¿Qué os trae a estas tierras?

El hidalgo manchego enderezó su postura, señalando al horizonte con su lanza:
―Busco aventuras y afrentas que reparar. Pues el mundo está lleno de injusticias, y mi deber es erradicarlas. Vosotros, noble compañía, ¿acaso sois hidalgos en busca de lo mismo?

Catalina, divertida por la pomposidad de Don Alonso, respondió:
―Más bien somos viajeros que disfrutan del camino y de las historias que nos ofrece.

El escudero, que había permanecido callado, levantó la vista de su queso:
―Sancho, para serviros. Pero no os dejéis engañar: lo de las aventuras siempre acaba en azotes para mí y en quebrantos para el rocín y mi rucio.

Aquello provocó la risa de Diego, quien finalmente no pudo contenerse. Don Alonso lo miró con severidad, pero al ver la sonrisa sincera del joven, se relajó.
―La risa es el alimento del alma ―dijo con magnanimidad―, pero no subestiméis las gestas caballerescas. Todo hombre lleva un caballero dentro, aguardando su momento.
―¿Y las mujeres? ―preguntó Catalina, cruzando los brazos con gesto desafiante.
―Las mujeres son las musas y destinatarias de nuestros esfuerzos ―respondió con una inclinación de cabeza―. La señora Dulcinea del Toboso, por ejemplo, guía mi espíritu en todo momento.
Catalina soltó una carcajada:
―Creo que yo preferiría ser la dama andante, entonces, y buscar mis propias aventuras.
Sancho, encogiéndose de hombros, le dijo en voz baja:
―Peor no os podría ir que a nosotros, jovencita.

El grupo se echó a reír y, durante el resto de la jornada, compartieron el camino. Don Alonso relató sus hazañas con pasión, mientras Sancho las contradecía con comentarios prácticos. Martín, Catalina y Diego, entre risas y asombro, comprendieron que aquel encuentro sería uno de los más memorables de su viaje.

Cuando las últimas luces de la tarde proyectaban sus sombras alargadas sobre el camino, encontraron una cueva en la que refugiarse aquella noche.

Martín, Diego y Sancho se levantaron temprano aquella mañana fría, aún envueltos en el silencio de la sierra, donde el aire tenía un frescor que parecía recién nacido. Sus sombras se alargaban bajo los primeros rayos del sol mientras preparaban sus armas rudimentarias: Diego ajustaba la cuerda de un arco improvisado, afiló un trozo de rama recta a modo de flecha, Sancho improvisaba una honda con una tira de cuero y Martín afilaba un cuchillo, confiando en la destreza que le había valido más de una comida en tiempos de necesidad.

Si encontramos un conejo, daremos gracias al cielo; si es una liebre, tendremos un festín dijo Diego con una sonrisa cansada mientras se internaban en el matorral.

Y si no encontramos nada, haremos sopa de raíces y hojas replicó Sancho con su habitual resignación práctica.

Entre tanto, en el interior de la cueva, Don Alonso permanecía sentado junto a Catalina, quien, envuelta en su manto, escuchaba con atención las palabras del caballero. La luz titilante de las brasas proyectaba sombras en las paredes, creando un ambiente casi místico.

Os contaré, señora, una de mis más grandes aventuras empezó Don Alonso, adoptando un tono solemne que no disimulaba su entusiasmo—. Ocurrió que, en mis andanzas por estos reinos, di con un grupo de galeotes encadenados. Eran hombres miserables, condenados por el rey por sus crímenes cometidos, pero también hijos de la desgracia. Mi corazón, que no soporta la injusticia, se conmovió, y decidí liberarles.

Catalina arqueó una ceja, aunque mantuvo el gesto amable: ¿Liberasteis a criminales, mi señor?

No criminales, sino almas en pena, víctimas de un destino cruel respondió Don Alonso con vehemencia, levantándose para dramatizar su relato. Entre ellos, uno llamado Ginés de Pasamonte, un hombre astuto y de lengua viperina. Le encomendé una misión sagrada: que fuera al Toboso y testificara del amor que albergo por mi señora Dulcinea. ¿No es acaso ese el deber de todo caballero andante?

Catalina, que intuía las fantasías de su anfitrión, no pudo evitar sonreír, aunque con un leve toque de ironía. —¿Y cumplió el tal Ginés vuestra encomienda?

Don Alonso se detuvo, como si estuviera reflexionando. He de creer que sí, pues no cabe en mi espíritu dudar de la palabra de un hombre al que he otorgado mi confianza.

En ese momento, el sonido de un quejido de dolor resonó en la distancia, interrumpiendo la narración. Catalina se levantó de inmediato, preocupada.

¡Pareció un grito de un conejo herido! ¿Habrán encontrado algo los muchachos?

Don Alonso asintió con gravedad, ajustándose la vacía que tenía por yelmo que había reposado junto a él: —Sea lo que fuere, doña Catalina, no os preocupéis. Con Sancho, mi escudero fiel, no hay peligro al que no puedan enfrentarse. Y si lo hay, ¡por Dios que lo abatiré yo mismo con mi espada!

Catalina, sin embargo, parecía más interesada en la posibilidad de un desayuno decente que en las promesas heroicas del caballero: Esperemos que al menos hayan encontrado algo comestible.

La caza continuaba, y Martín, Diego y Sancho avanzaban sigilosamente por el bosque. Sancho, siempre con un ojo en el suelo, murmuraba para sí:

Con un poco de suerte, encontraremos un conejo. No tendremos que discutir sobre cómo cocinarlo.

Martín alzó una mano, indicando silencio. Había divisado dos conejos junto a unos matorrales. Diego tensó su arco lentamente, y Sancho, preparado con su honda improvisada, contuvo la respiración. La tensión era palpable, pero en sus rostros se dibujaba la determinación de quienes saben que el próximo bocado depende de su destreza.

La flecha voló certera, y el golpe de la piedra no se quedó atrás. Un momento después, dos conejos yacían en el suelo. Los tres hombres se miraron con satisfacción, conscientes de que aquella pequeña victoria les daría fuerzas para seguir adelante.


Con las presas en mano, regresaron a la cueva, donde Catalina y Don Alonso les esperaban junto al fuego. Mientras Sancho desplumaba las perdices con entusiasmo, Don Alonso retomaba su relato, tan embelesado por sus propias palabras como Catalina lo estaba por la promesa de un desayuno caliente.

El aroma de la perdiz y los conejos recién hechos en la lumbre llenaba la cueva, mezclándose con el chisporroteo del fuego y el murmullo de las conversaciones. Catalina se ocupaba de repartir porciones entre los presentes, mientras Sancho, siempre con hambre, miraba con ansias su plato, preguntándose si sería apropiado pedir otra ración.

De repente, un ruido de ramas y pasos apresurados se escuchó fuera de la cueva. Los presentes se giraron al unísono, alertados. Martín y Diego alcanzaron sus armas, mientras Don Alonso se levantaba de un salto, dispuesto a blandir su espada. Sin embargo, lo que apareció en la entrada no fue una amenaza, sino un hombre desaliñado, con el cabello alborotado, la ropa desgarrada y una expresión de cansancio profundo en el rostro.

¡Teneos! gritó Don Alonso al recién llegado.

El hombre, al escuchar la orden, levantó la mirada con una mezcla de sorpresa y alivio. Se tambaleó hacia el interior de la cueva, jadeando por el esfuerzo.

Señor, me llamo Cardenio… dijo entre respiros, con la voz quebrada. Perdón por la intromisión… Vi el humo de vuestro fuego y no pude resistir.

No hay nada que perdonar. El refugio de un caballero andante es resguardo para todos los que lo necesiten respondió el hidalgo con tono magnánimo. Venid, sentaos y compartid nuestro humilde desayuno. ¿Qué os trae por esta sierra?

Cardenio no necesitó más invitación. Se dejó caer junto al fuego y aceptó agradecido un plato de la comida recién preparada. Mientras devoraba con avidez, los demás le observaban con curiosidad. Era evidente que algo lo atormentaba; su aspecto y su semblante no dejaban lugar a dudas.

Tras beber un poco de agua que le ofreció Sancho, Cardenio alzó la mirada, notando la expectación en los rostros de sus anfitriones. Respiró hondo y comenzó a hablar, su voz cargada de emoción.

Os contaré, aunque me pese recordar los motivos que me han traído a éste lugar inhóspito… Mi corazón no encuentra descanso, y mi mente se tambalea como una barca en medio de una tormenta. Todo comenzó con ella… con Lucinda.

Al mencionar el nombre, su rostro se ensombreció. Catalina ladeó la cabeza, intrigada, mientras Sancho murmuraba por lo bajo: Otra historia de amor, ya lo veo venir.

Cardenio continuó, ignorando los comentarios: Lucinda era mi luz, mi esperanza. Crecí con ella, y desde jóvenes juramos que nuestras almas estaban destinadas a unirse. Pero mi felicidad no será duradera. Fernando, un noble amigo que, bajo la máscara de la amistad, ocultaba la daga de la traición.

Hizo una pausa, clavando la mirada en las brasas como si allí se encontraran las respuestas que buscaba.

Fernando, confiando en su posición y riqueza, engañó a Lucinda y a su familia. Prometió casarse con ella, asegurando que yo, pobre y sin títulos, jamás podría darle lo que ella merecía. ¡Oh, qué tormento recordar su boda! Cardenio apretó los puños, y su voz se quebró. En pleno altar, cuando Lucinda se negó a pronunciar los votos, sacó de su pecho una carta, escrita de su puño y letra, donde declaraba su amor por mí y su rechazo a ese matrimonio.

Los presentes se inclinaron hacia adelante, absortos en el relato.

Fernando, herido en su orgullo, huyó llevándose a Lucinda a la fuerza. Desde entonces, he vagado por esta sierra, buscando consuelo entre la soledad y la naturaleza, pero mi corazón sigue roto, y mi espíritu, perdido.

Se hizo un silencio denso en la cueva, roto únicamente por el crepitar del fuego. Catalina fue la primera en hablar, con voz dulce y compasiva:

Vuestra historia es amarga, Cardenio, pero mientras haya vida, hay esperanza. Quizás podáis encontrar justicia, o incluso recuperar lo que os han arrebatado.

Don Alonso, conmovido, se puso en pie y habló con tono solemne: ¡Cardenio, por mi honor como caballero andante, os prometo que si hay injusticia en vuestro caso, seré yo quien la deshaga! ¿No es acaso el deber de todo caballero auxiliar a los desdichados?

Sancho, por su parte, murmuró mientras limpiaba los restos de comida de su plato: Siempre nos metemos en líos por otros… aunque esta vez parece que será interesante.

Cardenio, agradecido por la compasión que le ofrecían, dejó escapar una tenue sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba completamente solo en su sufrimiento. Y mientras el fuego seguía ardiendo, sus palabras se mezclaron con la promesa de aventuras que comenzaban a gestarse en aquella cueva perdida en la sierra.

El desayuno terminó con un aire melancólico, como si los presentes supieran que aquel momento de camaradería no se repetiría. Don Alonso se levantó con determinación, ajustándose el yelmo y el peto, que reflejaban los débiles rayos del sol que ya iluminaban la entrada de la cueva. Sancho, tras un último bocado, se puso de pie con algo menos de entusiasmo, acariciando su vientre satisfecho.

Es hora de partir, Sancho. La aventura nos llama, y no seré yo quien la haga esperar dijo Don Alonso con voz solemne.

¿No podríamos esperar un poco más? Apenas hemos descansado replicó Sancho, mirando de reojo las brasas que aún chisporroteaban, como deseando un segundo desayuno.

¡Jamás! Un caballero debe responder al clamor del deber, aun con el estómago lleno sentenció Don Alonso.

Cuando el sueño comenzaba a aparecer Don Alonso y Sancho se acercaron a Catalina, Martín, Diego y Cardenio junto al fuego que les calentaba e iluminaba:


Mis jóvenes amigos dijo Don Alonso con solemnidad, mientras se ajustaba la camisa, mañana será el momento de despedirnos. Agradezco vuestra compañía durante estas jornadas y lamento no poder seguir a vuestro lado para protegeros con mi espada. He de seguir aquí penando. Sin embargo, confío en que la fortuna os sonreirá en vuestras empresas. Recordad que La libertad, queridos jóvenes**, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres...

**Sancho en el «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha»

Catalina, conmovida por la despedida, hizo una leve reverencia: Ha sido un honor conoceros, señor. Que vuestra valentía y vuestro espíritu de justicia os acompañen siempre.

Sancho, por su parte, miró a los tres con una mezcla de nostalgia y pragmatismo: Ojalá encontréis buen pan y buena cama allá donde vayáis. Y cuidado con esos caminos llenos de maleantes; no todos tienen la suerte de contar con un caballero como este añadió, señalando a Don Alonso con una sonrisa.

El hidalgo, con la mirada brillante, extrajo un pequeño frasco de su alforja y lo extendió hacia ellos; Aceptad este frasco de bálsamo de Fierabrás. Es un elixir milagroso que cura cualquier herida, incluso las más profundas. Lo he llevado conmigo durante mis aventuras, pero siento que ya no lo necesitaré. Vosotros, en cambio, sois jóvenes y enfrentáis los peligros de este mundo cruel. Que este bálsamo os proteja.

Martín tomó el frasco con cuidado, agradecido, aunque una sonrisa cómplice pasó entre él, Diego y Catalina, conscientes de las peculiaridades del caballero.

Lo guardaremos como un gran tesoro, Don Alonso respondió Martín, inclinando la cabeza. Y si alguna vez nos encontramos en apuros, pensaremos en vos y en vuestra sabiduría.

Así debe ser dijo Don Alonso, enderezándose con orgullo. Recordad que un caballero andante nunca retrocede ante la adversidad. Vosotros también, en vuestro modo, sois andantes. Seguid adelante con valor.

Con esas palabras, Don Alonso y Sancho reanudaron su camino. Aunque la despedida dejaba un sabor agridulce, sintieron que llevaban consigo algo más que el bálsamo: un recuerdo de amistad y las lecciones de un caballero que, a su manera, había marcado sus vidas.

Cardenio, con el rostro sombrío pero decidido, también se levantó: Yo tomaré mi propio camino. Agradezco vuestra hospitalidad y vuestras palabras de consuelo. Quizá algún día vuelva a encontrarme con Lucinda… o al menos con la paz que me ha sido arrebatada.

Catalina, Martín y Diego, que recogían ya sus pertenencias, se acercaron para despedirse.

Que la suerte os acompañe, Cardenio dijo Catalina, posando una mano en su hombro con afecto sincero.

Lo mismo os deseo a vos y a los vuestros respondió Cardenio con una leve inclinación de cabeza.

Así, cada grupo partió por su lado: Don Alonso y Sancho, quedaron en la cueva, mientras el hidalgo redactaba una carta que Sancho habría de entregar a la sin par Dulcinea; Cardenio, sin rumbo fijo, caminando hacia el sol que ascendía lentamente, como si buscara un camino que aún no se le había revelado. Catalina, Martín y Diego retomaron el camino hacia Sevilla, deseando dejar atrás la dureza de la sierra y encontrarse con las llanuras andaluzas y con el Guadalquivir.


Con cierto pesar, Catalina, Martín y Diego reanudaron su marcha hacia Sevilla, mientras las figuras quedaban atrás. En una última mirada de Catalina hacia la cueva, vio al hidalgo manchego descalzo de las medias, y puesto en cueros en camisa, y luego, sin más ni más, dar dos zapatetas en el aire, y dos vueltas de carnero de cabeza abajo y los pies arriba, descubriendo cosas que, por no verlas una vez, no quiso Sancho volver a mirarlas*

*Texto ligeramente adaptado del original El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

jueves, 15 de mayo de 2025

14 «La estrella guía». «Donde Catalina, Diego y Martín se encuentran con Eulalia»

 


... Mientras los tres viajeros avanzaban por el camino, recordando el refugio ofrecido que Pascual les dio y dejando atrás los últimos molinos de la comarca. Aunque el futuro era incierto, sus pasos eran decididos para afrontar lo que les viniera encima.

El sol proyectando sombras alargadas en el camino al amanecer. Las risas se transformaron en un cómodo silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Ahora que compartían no solo los pasos sino también el pasado, el futuro parecía menos incierto. Había algo reconfortante en saber que, aunque el destino aún se mantenía esquivo, no estaban solos.

Caminaron todo el día, salvo unas horas al mediodía, para dar cuenta de una parte de las viandas que Pascual les preparó esa mañana. Alimentos de los que guardaron una parte para la cena, por si no encontraban un lugar en el que tomar posada.

El sendero, cada vez más polvoriento y bordeado por campos de trigo aún en barbecho, se alargaba como una cinta sin fin hacia meridión. A medida que la tarde declinaba, la conversación entre los tres se fue desgranando en anécdotas y risas dispersas, hasta que, poco a poco, cayó en un silencio sereno, sólo roto por el crujir del polvo bajo sus pasos y el canto de abubillas, avutardas, calamones y otras aves que buscaban refugio en una laguna cercana. El cárabo, camuflado en alguno de los árboles cercanos y puntual como un monje, comenzaba ya a ulular desde algún árbol.

Fue Catalina quien rompió el silencio, volviéndose hacia Diego mientras el sol teñía de oro viejo el horizonte, ya presto a ocultarse tras unas lomas en la distancia:

¿Creéis que hallaremos posada esta noche?

Diego, siempre optimista, se encogió de hombros: —Si no la encontramos, pues haremos un fuego y dormiremos bajo las estrellas. No sería la primera ves.

Martín, que caminaba unos pasos por delante, señaló con el bastón que llevaba a modo de apoyo: —Mirad, allá. ¿Veis el humo? Parece que hay un caserío o tal vez un pequeño pueblo.

Catalina entrecerró los ojos para observar mejor: —Sí, lo veo. Quizá podamos comprar algo más de comida o pedir permiso para pasar la noche en algún establo.


Aceleraron el paso con renovada energía, guiados por la esperanza de hallar un lugar donde descansar. A medida que se aproximaban, el humo que antes apenas se divisaba en la distancia se alzaba ahora con mayor claridad sobre el horizonte, acompañado por el murmullo de voces lejanas y el eco metálico de un martillo golpeando sobre el yunque. Finalmente, al doblar un recodo del camino, sus ojos se llenaron de alivio al contemplar una pequeña aldea manchega. La iglesia se alzaba imponente sobre el caserío, rodeada de casas de adobe encalado y techos de tejas rojizas.

¿Qué buscáis por estos caminos? —preguntó un lugareño a la entrada de la aldea, con voz áspera pero sin rastro de hostilidad.


Diego dio un paso al frente, mostrándose amable: —Buenas tardes —saludó, con una sonrisa amigable—. Somos viajeros en busca de posada. ¿Podría indicarnos si aquí hay un lugar donde descansar esta noche?

El hombre se rascó la barba y señaló hacia el centro de la aldea: —No tenemos posada, pero hablad con la señora Eulalia. Tiene un corral grande y, si os gana la simpatía, puede que os deje quedaros. Su casa está al otro lado d ella aldea. La encontraréis fácilmente. No tiene pérdida. Tiene un pozo y flores al lado.

Los tres agradecieron la indicación y continuaron hacia la plaza, mientras el hombre volvía a su tarea y un perro les seguía con la mirada. La aldea, humilde pero acogedora, parecía un refugio prometedor para recuperar fuerzas antes de continuar su camino.

Los tres dejaron atrás la plaza con paso decidido, observando los detalles de la aldea mientras el sol, ya muy bajo en el horizonte, envolvía las casas en tonos dorados y anaranjados. Catalina fue la primera en distinguir la casa que buscaban: una vivienda sencilla, con la fachada de piedra necesitada de una mano de cal; del tejado salía un tenue hilo de humo por la chimenea. El pozo al frente, con un gran tiesto rebosante de geráneos encendidos a un lado, confirmó que estaban en el lugar correcto. Eulalia, de largo cabello rubio y rostro sereno, estaba sentada junto a la puerta abierta, vestida con ropas modestas de campesina. No parecía haberlos visto; su mirada se perdía en la distancia, iluminada por la luz del atardecer. A sus pies, un gato de pelaje gris dormitaba enroscado, ajeno a la llegada de los forasteros.


Martín miró a sus compañeros, alisándose la capa:

Deberíamos dejar que Catalina hable. Siempre es más fácil ablandar el corazón de alguien con una voz dulce.

Catalina le dedicó una mirada divertida antes de asentir:

De acuerdo. Pero no esperéis milagros.

Cuando llegaron a la altura de la mujer, Catalina dio un paso al frente, sonriendo con amabilidad:

Buenas tardes, señora.

¡Hola! ¿Qué queréis, muchachos? —preguntó con tono firme la mujer, aunque no descortés.

Era una mujer de rostro sereno y maduro, con el largo cabello rubio peinado con sencillez. A pesar de los años, mantenía una belleza natural que no necesitaba adornos. Sus ojos claros, entre verdes y ambarinos, los miraban con atención, sin mostrar desconfianza, pero tampoco entrega. Vestía con ropas modestas de campesina, un delantal sencillo ceñido a la cintura y las manos curtidas de quien vive del trabajo diario apoyadas en el regazo. Eulalia era bien conocida en la aldea por su modo de vida solitario, por vivir sin ataduras ni hombre a su lado, sin rendir cuentas a nadie. Había quienes la miraban con recelo por no seguir las formalidades esperadas de una mujer de su edad y condición, pero nadie dudaba de su entereza. Era libre, práctica, reservada y digna. De esas personas que, sin decirlo, han decidido que su casa es su mundo, y que quien cruce el umbral debe hacerlo con respeto.

Eulalia no siempre vivió en la aldea, llegó a ella hace ya más de una década, sola, con apenas un carro tirado por un mulo y un par de baúles. Venía del norte, decían algunos, aunque nadie sabía con certeza de dónde. Desde entonces, ha vivido sin marido, sin hijos, y sin dar explicaciones. En un tiempo en el que las mujeres debían ir de la mano del padre primero y del esposo después, su independencia fue primero motivo de murmullos, luego de rumores, y por último de un respeto a regañadientes, nacido de la costumbre y de cierta fascinación contenida.

Jamás acudió con regularidad a misa ni se dejó ver en las celebraciones patronales más allá de lo estrictamente necesario. No por rebeldía abierta, sino por una manera natural de estar al margen. Su trato era cortés, pero distante; ayudaba si se le pedía con respeto, pero no toleraba juicios ni imposiciones. Las otras mujeres la miraban con una mezcla de desconfianza y envidia mal disimulada. Los hombres, con una curiosidad que oscilaba entre el deseo y el temor.

Dicen que en su juventud fue amante de un noble o de un capitán de la guardia del rey que prometió llevársela lejos, pero que nunca cumplió su palabra. Otros aseguran que fue ella quien lo dejó, cansada de sus vaivenes sentimentales. Sea como fuere, jamás volvió a tener pareja estable, ni quiso. Eulalia aprendió a valerse por sí misma, a cultivar su huerto, a cuidar sus animales, y a defender su espacio con la firmeza de quien no espera ser salvada por nadie.

Hay algo de hechicera en su fama, pero no por embrujos ni pócimas, sino por el aura de misterio que la rodea. Es mujer de silencios largos, de palabras bien escogidas, de mirada que parece ver más allá. Los niños, al pasar frente a su casa, bajan la voz. Las mujeres mayores cruzan los dedos en el delantal. Pero si alguien del pueblo enferma, si una partera no llega a tiempo, si hay necesidad de una mano fuerte y sensata, es a su puerta donde llaman primero.

Eulalia es una mujer que vive ajena a la sumisión esperada, fiel a su propio código. Sola, pero no solitaria. Libre, a pesar de todo.

Nos han dicho que usted podría tener un lugar donde pasar la noche. Somos viajeros y no queremos causarle molestias. Podemos pagarle por la estancia o ayudarla en lo que necesite —dijo Catalina.

La mujer entrecerró los ojos, evaluándolos:

¿Pagar? No siempre es cuestión de monedas, muchacha. ¿De dónde venís?

Diego tomó la palabra esta vez, hablando con sinceridad:

Venimos de Fuente el Fresno, señora. Nos dirigimos a Sevilla a embarcarnos hasia las Indias, pero nuestros pies piden descanso, y la aldea nos parese un lugar seguro para recuperarnos.

La mujer mantuvo la mirada fija en ellos unos instantes antes de abrir del todo la puerta:

Bien. El cobertizo está limpio, aunque no esperéis comodidades. Si queréis cenar algo caliente, me ayudaréis a traer agua del pozo y leña para el fuego.

Los tres agradecieron la oferta, aliviados. El lugar, aunque sencillo, era más acogedor de lo que esperaban. En un rincón, unas gallinas picoteaban el suelo, mientras el gato se levantaba y estiraba bostezando.

La mujer señaló hacia el cobertizo:

Podréis dejar vuestras cosas allí. Y cuidado con el gato, que es más listo que el hambre y no se fía de nadie.

Martín, con una sonrisa, dejó el zurrón en el suelo y murmuró en voz baja:

Al menos no tenemos que compartir espacio con ovejas esta vez.

Catalina reprimió una carcajada mientras Eulalia les lanzaba una mirada inquisitiva:

¿Algo más que queráis añadir? —preguntó, cruzándose de brazos.

Nada, señora. Solo nuestro agradecimiento —dijo Diego con una inclinación de cabeza—. Ella es Catalina y él Martín. Yo me llamo Diego.

Mientras empezaban a instalarse, el cielo se teñía de un cálido color pardo; el sonido de la aldea se reducía a murmullos lejanos y al canto de los grillos y de las aves de la laguna cercana. Por primera vez en días, se sintieron casi en casa.

Catalina siguió a Eulalia hasta la pequeña cocina, un espacio modesto cuyas paredes, encaladas, estaban ligeramente oscurecidas por el humo de la chimenea alimentada con leña. Sobre una trébede descansaba un puchero de barro cocido lleno de agua caliente. En la mesa de madera desgastada por elñ paso del tiempo reposaban algunas cebollas, un puñado de ajos, una hogaza de pan que parecía recién horneada y dos palomos recién sacrificados. Eulalia comenzó a cortar las verduras con movimientos rápidos y precisos, mientras Catalina se ofrecía a ayudar.

Lava esas patatas en la tinaja —ordenó Eulalia, sin levantar la vista de su tarea—. Luego pelaremos unas cuantas para añadirlas al guiso.

Catalina obedeció y, mientras trabajaba, sintió la mirada de Eulalia sobre ella, aunque no dijo nada al principio. Después de unos minutos de silencio, la mujer habló: —Entonces, muchacha... ¿cuánto lleváis viajando tú y los muchachos?

Catalina se tomó un momento para responder, concentrándose en lavar las patatas: —Desde hace unos días, señora. Decidimos caminar juntos cuando nuestros caminos se cruzaron en Fuente el Fresno. Cada uno venía de una situación distinta, pero pronto supimos que estaríamos mejor unidos.

Eulalia asintió con un leve gruñido, como si evaluara esa respuesta: —No me llames señora. Eulalia es mi nombre. Unidos, dices... ¿Y cómo es que una joven como tú, con esa cara de no haber roto un plato, se echa a andar por estos caminos peligrosos?

Catalina sonrió con cierta melancolía: —A veces quedarse en un lugar es más peligroso que marcharse. No tenía familia que me quisiera realmente, así que decidí buscar mi propio destino.

Eulalia dejó de cortar cebollas por un momento, levantando la vista para observarla con más detenimiento: —Eso lo entiendo. Pero esos dos, Martín y Diego... No parecen hechos del mismo molde. El alto -señaló con un gesto hacia el exterior, donde se escuchaban risas apagadas de los hombres-, ese Martín parece un pícaro. ¿Y el otro? ¿Diego? Es más callado, pero hay algo en él que no termino de descifrar.

Catalina, entretenida ahora pelando las patatas, sonrió con suavidad: —Diego es... especial. Es noble, aunque no lo parezca a simple vista. Es el primero en ayudar cuando alguien lo necesita, pero nunca presume de lo que hace. A veces parece llevar una carga que no comparte con nadie.

Eulalia arqueó una ceja, interesada: —¿Una carga? Por cierto, no parece de la zona. Esa forma de hablar tan curiosa...

Catalina dudó antes de responder, como si se cuestionara hasta qué punto podía revelar los secretos de su amigo: —No estoy segura. A veces habla de su pasado, pero nunca en detalle. Dice que dejó atrás cosas importantes, pero no sé si se refiere a su familia, a alguien que amó, o a algo más. Es vizcaíno. Parece ser que por allí hablan de ese modo tan...gracioso.

Eulalia pareció reflexionar sobre esas palabras mientras colocaba las verduras en una olla de hierro sobre el fuego: —«Hmmmm». Bueno, si algo sé de hombres como ese, es que no caminan sin motivo. Y tú, muchacha, parece que lo tienes bien cerca.

Catalina sonrió, negando con la cabeza: —No es lo que parece, señora. Somos amigos, nada más.

Eulalia resopló, un sonido entre el escepticismo y la diversión: —Ya veremos, ya veremos.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Martín entró cargando un haz de leña, seguido por Diego, que llevaba dos cubos llenos de agua.: —¡El agua y la leña ya están aquí! Anunció Martín, dejando caer la leña en un rincón con más entusiasmo del necesario.

Eulalia puso las manos en las caderas, mirando el desorden: —Pues ya que estáis aquí, muchachos, poneos útiles. Martín, aviva el fuego, y tú, Diego, despluma los palomos.

Diego sonrió mientras dejaba los cubos en el suelo y se unía a Catalina en la mesa: —¿Molesto? Preguntó con un tono amistoso.

Siempre lo haces —respondió Catalina en broma, mientras le pasaba un cuchillo para que se uniera a la tarea.

Eulalia los observaba a los tres, sus ojos moviéndose entre ellos con curiosidad y algo de satisfacción. Tal vez aquella noche en su cocina sería más interesante de lo que había esperado.

La cena se preparó con sencillez, pero con la calidez que solo pueden aportar las manos experimentadas de una cocinera como Eulalia. Sobre la mesa, colocaron unos platos con gachas, laurel y un toque de pimentón, acompañado de pan y dos platos con queso, uno curado y otro fresco que Eulalia sacó como gesto de cortesía. Las bebidas eran modestas: agua fresca del pozo y un jarro de vino que tenía guardado en un pellejo de dos arrobas para ocasiones especiales.




Sentados alrededor de la mesa de madera ajada, los tres viajeros y su anfitriona se dispusieron a dar las gracias por los alimentos mientras la noche se asentaba sobre la aldea. La luz de una lámpara de aceite parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes ennegrecidas por el humo de la chimenea.

Martín, siempre el más charlatán del grupo, alzó su vaso y miró a Eulalia con una sonrisa: —Señora, no puedo dejar de alabar este guiso. ¡Si alguna vez abrís una taberna, tendría cola desde el amanecer!

Eulalia resopló, aunque con un brillo divertido en la mirada:

Llamadme Eulalia. Con que os llenéis el estómago y me deis mucha guerra, ya tengo bastante.

Tras unos momentos de charla ligera y risas, Martín golpeó la mesa suavemente con la palma de la mano, atrayendo la atención de todos.

Ahora, si me permitís, voy a contaros una historia para endulzar la velada. Pero os advierto: es una historia que no todos creerían.

Catalina, que terminaba de recoger las migas de pan en su plato, le dedicó una mirada divertida. Ya conocía el tipo de aventuras de su compañero de viaje: —Si viene de ti, seguro que será imaginativa e interesante. ¿De qué trata esta vez? ¿Un castillo encantado? ¿Un tesoro perdido?

Nada de eso, querida Catalina -respondió Martín, inclinándose hacia adelante con aire conspirador-. Esta trata de un encuentro que tuve hace años con un hombre... bueno, más bien un espectro.

Diego se acomodó en su silla, dejando su vaso en la mesa: —Esto se muestra intrigante. Adelante, Martín. Sorpréndenos.

Martín se aclaró la garganta dramáticamente antes de empezar:

Fue una noche obscura, mucho más que esta. Estaba volviendo al pueblo, cuando llegué a un viejo puente de piedra que nunca antes había visto en el lugar. Un puente con dos salidas que cruzaba el río. Una niebla ligera lo cubría todo, el tipo de lugar que se siente más frío de lo que debería. Mientras lo cruzaba, vi a un hombre parado justo en el centro del puente. Llevaba un sombrero ancho y una capa que le cubría casi todo el cuerpo.

Eulalia, que escuchaba mientras apuraba el último sorbo de vino, simuló sorpresa: —¿Y qué hiciste?

Me acerqué, claro está. -Martín se inclinó más, bajando la voz como si quisiera que la historia quedara entre ellos-. Le pregunté qué hacía allí tan tarde, pero no respondió. Solo levantó la cabeza y me mostró... un rostro que no olvidaré jamás. Era blanco como un hueso, casi sin ojos ni nariz, como un vacío que me miraba directamente al alma.

                                           

Catalina dejó escapar una exclamación ahogada, mientras Diego le daba un codazo con una sonrisa burlona: —¿Y no saliste corriendo?

¿Y perderme la oportunidad de saber quién o qué era? ¡Claro que no! -respondió Martín, indignado-. Pero antes de que pudiera decir más, el hombre o lo que fuera dio media vuelta y desapareció como humo llevado por el viento.

Eulalia se cruzó de brazos, con una mezcla de escepticismo y diversión: —¿Y no se te ocurrió que tal vez solo fuera un sueño o, peor, el reflejo de haber bebido demasiado vino barato?

Martín alzó una mano, fingiendo ofensa: —¡Nunca bebo cuando estoy solo, Eulalia! Bueno... casi nunca.

La risa estalló en la mesa, y la historia, aunque claramente exagerada, logró animar aún más la velada. La noche continuó entre bromas, pequeñas confidencias y la agradable sensación de haber encontrado, aunque fuera por unas horas, un lugar donde el calor del fuego y la compañía hacían olvidar los rigores del camino.

Tras terminar la cena, los tres jóvenes ayudaron a recoger la mesa bajo la mirada vigilante de Eulalia. Catalina se encargó de lavar los platos en un barreño con agua templada, mientras Martín y Diego guardaban lo que había sobrado y colocaban las sillas en su lugar. Eulalia, apoyada en el umbral de la cocina, supervisaba con una mezcla de satisfacción y algo de sorna, mientras observaba detenidamente a Diego.

Bueno, no sois tan inútiles como pensé al principio -dijo Eulalia, cruzándose de brazos-. Tal vez mañana os saque más provecho.

Los tres rieron con respeto, aunque Catalina no pudo evitar un leve rubor: —Gracias por la cena, señora. Ha sido un verdadero festín para nosotros.

Eulalia asintió, como si esas palabras fueran lo mínimo que esperaba: —Id a descansar. No os quiero oír hasta que salga el Sol. Y cuidado con el gallo, que le gusta picotear a los desconocidos.

Tras despedirse y desearse buenas noches, los tres salieron al fresco aire nocturno y cruzaron el pequeño patio hasta el corral. Allí, entre la paja y las paredes de adobe, encontraron un rincón relativamente cómodo donde acomodarse. Diego soltó el zurrón con un suspiro exagerado y se dejó caer sobre el heno, mientras Catalina extendía su manto para tumbarse y Martín colocaba un pequeño tronco bajo su cabeza a modo de almohada.

Pues bien —dijo Martín, estirándose como un gato—, ¿qué opináis de nuestra anfitriona?

Es estricta, pero tiene un buen corazón —respondió Catalina mientras se arropaba con su capa—. Nos ha dado un sitio donde dormir y comida más que suficiente. Eso ya dice mucho.

Martín asintió, con las manos cruzadas detrás de la cabeza: —Sí, pero no se le escapa nada. Nos ha estudiado como si quisiera saber hasta lo que no le hemos contado.

Diego soltó una carcajada, aunque en voz baja: —¡Qué esperáis! Una mujer como Eulalia debe haber visto de todo en su vida. Y no os miento si digo que creo que me tiene algo de simpatía.

¿A ti? Preguntó Catalina con una sonrisa incrédula.

Claro que sí. ¿No lo habéis notado pues? Me miraba como si fuera alguien sercano.

Martín sonrió y dijo:
—Yo diría que más bien te miraba como quien vigila que un cuervo no le robe el queso.

El comentario arrancó una carcajada general, lo suficientemente baja como para no despertar a las gallinas. Tras unos momentos, la conversación se apagó, y cada uno quedó absorto en sus pensamientos. El cielo, lleno de estrellas, se extendía sobre ellos como un manto infinito, y el suave murmullo del viento entre los olmos les acunaba hacia el sueño.

Catalina rompió el silencio por última vez, con voz queda: —No sé qué nos deparará mañana, pero me alegra estar aquí, con vosotros.

Martín, casi dormido, murmuró algo incomprensible, y Diego respondió en un tono grave y tranquilo: —Descansa, Catalina. Mañana será otro día.

Y así, en la paz de aquella noche manchega, los tres amigos cerraron los ojos, dejando que el cansancio del viaje los envolviera.

Diego dormía profundamente, su respiración pausada y serena, cuando un leve crujir de pasos sobre la gravilla le despertó. Abrió los ojos despacio, acostumbrándose a la penumbra, y distinguió la figura de Eulalia de pie en la entrada del corral. La luz tenue de una lámpara de aceite en su mano dibujaba sombras ondulantes en las paredes de adobe.

Diego —murmuró ella, con un tono bajo y firme—, ven conmigo.

Él parpadeó, confuso y todavía a medio despertar, pero se incorporó sin hacer ruido para no despertar a sus amigos. La miró con cierto recelo, pero su expresión no dejaba espacio para preguntas. Eulalia extendió la mano, y él, después de un instante de duda, se la tomó.

La siguió en silencio, cruzando el patio iluminado por el cielo estrellado, hasta la entrada de la casa. Una vez dentro, Eulalia cerró la puerta con cuidado y, sin soltarle la mano, le condujo por un estrecho pasillo. La lámpara proyectaba una luz cálida sobre las paredes, y el aroma a cera y leña aún flotaba en el aire.

¿Qué ocurre, Eulalia? —preguntó Diego finalmente, rompiendo el silencio con un susurro.


Ella se detuvo frente a una puerta entreabierta al final del pasillo y se volvió hacia él. Su mirada era intensa, cargada de una energía que Diego no supo interpretar de inmediato. Sin responder, abrió totalmente la puerta y lo condujo al interior de su habitación. Era un espacio sencillo, con una cama de madera, un arcón en una esquina y cortinas de lino que apenas se movían con la brisa nocturna.

Eulalia dejó la lámpara sobre una mesilla y, con movimientos pausados, se quitó la redecilla que cubría su cabello, dejando al descubierto su melena rubia salpicada de incipientes canas. Sus ojos, brillantes de deseo, seguían fijos en Diego, que permanecía en silencio, tratando de entender lo que estaba ocurriendo.

Diego -dijo ella finalmente, acercándose hasta quedar frente a él-, no soy una mujer de muchas palabras. Lo que quiero, lo tomo. Y esta noche, te quiero a ti.

Diego, sorprendido, sintió un calor recorrerle el cuerpo. Por un instante, pensó en resistirse, en buscar una excusa para regresar junto a sus amigos, pero algo en la mirada de Eulalia, en la seguridad de sus movimientos, le desarmó. Antes de que pudiera responder, ella, con firmeza y pasión le tomó por la nuca besándole con una intensidad que le dejó sin aliento.

Lo que siguió fue una noche marcada por la pasión, donde las barreras de la diferencia de edad y el contexto se desdibujaron en la penumbra de la habitación. Entre susurros, caricias y besos, ambos se entregaron al momento con una intensidad inesperada y la pasión desbocada, como si cada segundo fuera a ser el último. Eulalia, con una experiencia que Diego no había anticipado, marcó el ritmo de sus movimientos, mientras él se dejaba llevar por el deseo y el calor de la situación.

Cuando la madrugada comenzó a teñir el horizonte, los dos yacían juntos, agotados pero con una expresión de paz en sus rostros. Diego, con los ojos entreabiertos, miraba el techo mientras Eulalia descansaba con la cabeza apoyada en su pecho. Sin necesidad de palabras, ambos comprendieron que aquella noche sería un recuerdo imborrable, una chispa en el camino de sus vidas.

Sin embargo, la claridad del amanecer traería consigo preguntas y consecuencias, aunque en ese instante, ambos prefirieron no pensar en ello.

Con el primer canto del gallo, Martín y Catalina comenzaron a moverse entre la paja del corral, desperezándose del sueño. La luz suave del amanecer empezaba a teñir el cielo de tonos rosados, anunciando un nuevo día. Catalina fue la primera en notar la ausencia de Diego.

¿Dónde está? —preguntó, mientras se ponía el manto sobre los hombros para protegerse del fresco matutino.

Martín se estiró con un bostezo exagerado y miró alrededor: —No tengo idea. Quizá se levantó antes que nosotros. ¿Vamos al pozo? Necesito lavarme la cara antes de hacer conjeturas.

Ambos salieron al patio, donde el rocío de la noche aún cubría la hierba baja. El pozo estaba en el centro del patio. Catalina se inclinó para sacar un cubo de agua fresca, mientras Martín se acomodaba al lado.

En ese momento, vieron a Diego salir de la casa. Llevaba el cabello algo revuelto y un gesto de calma en el rostro, aunque al notar que lo observaban, pareció dudar por un instante. Caminó hacia ellos con aparente naturalidad, como si nada estuviera fuera de lo común.

¡Buenos días! —saludó Diego, inclinándose hacia el pozo para tomar un poco de agua y lavarse el rostro.

Catalina y Martín intercambiaron una mirada, ambos con la misma pregunta en los ojos. Fue Martín quien, como de costumbre, decidió ir directo al grano: —¿Y de dónde vienes, buen hombre? No te vimos en el corral al despertar.

Diego, aún inclinado, se tomó un momento para responder mientras se secaba el rostro con las manos: —Me desperté temprano y... pensé en dar una vuelta por la aldea. Quería tomar un poco de aire fresco antes de empesar el día.

Catalina, dudando de la explicación: —¿Una vuelta por la aldea? ¿Tan temprano? ¿Y qué hay en la casa de Eulalia? Porque claramente no venías del camino.

Diego se encogió de hombros, intentando restarle importancia: —Pasé a agradeserle por la sena de anoche. Nada más.

Martín lo miró fijamente, intentando descifrar si decía la verdad. Luego, con una sonrisa que dejaba entrever que no creía una palabra, le dio un amistoso golpe en el hombro: —Eres un tipo curioso, Diego. Pero bueno, cada quien guarda sus secretos.

Catalina no parecía tan dispuesta a dejarlo pasar: —Si es así, espero que hayas sido agradecido de verdad. La señora Eulalia nos dio mucho más de lo que podía ofrecer.

Diego asintió con seriedad, aunque sus ojos evitaron los de Catalina: —Lo fui. No os preocupéis.

El silencio que siguió fue breve pero cargado de curiosidad no resuelta. Finalmente, Martín decidió romperlo con su usual despreocupación: —Bueno, dejemos que Diego guarde sus misterios. Mientras tanto, ¿qué desayunamos? Que el día será largo.

Catalina suspiró, aunque parecía menos interesada en seguir interrogando a Diego: —Ya veremos qué podemos hacer con lo que nos queda. Vamos a preparar algo antes de que Eulalia nos encuentre holgazaneando.

Mientras se ocupaban de las tareas matutinas, Martín y Catalina no dejaron de intercambiar miradas intrigadas. Diego, por su parte, se mantenía en silencio, concentrado en cualquier cosa menos en sus compañeros. Aunque no se dijeron más palabras al respecto, era evidente que la curiosidad flotaba en el aire, y que el enigma de dónde había pasado la noche quedaría en sus mentes por mucho tiempo.

Catalina y Martín estaban en la pequeña cocina, revisando lo que quedaba de pan y queso en la despensa, mientras Diego, en el corral, ordeñaba una cabra para tener leche fresca en el desayuno. Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. Eulalia apareció en el umbral, irradiando una energía inusual para una mujer que, la noche anterior, se había mostrado tan reservada. Llevaba un vestido sencillo, algo arrugado, y su cabello —suelto y enredado— caía sobre los hombros con despreocupación. Una sonrisa luminosa adornaba su rostro, algo que los dos jóvenes no pudieron pasar por alto.

¡Buenos días! —saludó con una voz alegre mientras cruzaba la cocina hacia la mesa.

Catalina y Martín intercambiaron una mirada cargada de picardía. Martín levantó una ceja y sonrió de lado, mientras Catalina se mordía el labio para evitar soltar una carcajada. Ambos entendieron lo que había sucedido antes de que una palabra más fuera pronunciada, pero hicieron un esfuerzo por disimular.

Buenos días, Eulalia —respondió Catalina con amabilidad, aunque el brillo en sus ojos traicionaba su esfuerzo por mantener la compostura.

Eulalia se dirigió a ellos con paso decidido, moviéndose por la cocina como si la energía de la juventud se hubiera apoderado de ella: —Vamos, muchachos, dejad que os ayude. Hoy necesitamos un buen desayuno para empezar el día con fuerza.

No lo dudo —añadió Martín con una leve sonrisa y la mirada disimulada.

Mientras Eulalia hablaba, sus ojos se posaron en Diego, que acababa de entrar con un cubo con agua y otro con la leche recién ordeñada. Al verle, su sonrisa se ensanchó aún más: —Diego, ven aquí. A ver si tus manos son tan hábiles con un cuchillo como con un cubo.

Lo son. Lo son —apuntó con sorna Martín.

Diego se detuvo un momento, como si no esperara el tono tan amable, pero luego avanzó hacia la mesa y se sentó, tomando el cuchillo que Eulalia le ofrecía.
—Claro, Eulalia. ¿Qué hay que cortar? –Martín y Catalina se miraron con complicidad y sorpresa al escuchar como Diego trataba con un tono excesivamente familiar a su anfitriona.

Corta esas dos sandías, Diego —respondió ella, inclinándose ligeramente hacia él, mostrando sus senos entre un amplio escote, mientras le pasaba una tabla de madera—. Pero ten cuidado, no quiero que me las maltrates.

Las sandías, Diego. Los sandías. Que no las maltrates -Inquirió entre sonrisas Martín.

Catalina, que estaba amasando un poco de harina para preparar unas tortas, no pudo contener un leve carraspeo que sonó más a risa contenida. Diego, por su parte, fingía estar muy concentrado en cortar el las sandías, aunque sus hombros temblaban ligeramente a causa de cierto nerviosismo mientras en su cara aparecía cierto rubor.

Eulalia, sin darse cuenta del intercambio de miradas entre los jóvenes, siguió moviéndose por la cocina con ligereza, cantando una pequeña jota manchega al tiempo que sacaba un pequeño tarro de miel y algo de manteca: —«Dicen que La Mancha es fea, porque no tiene faroles, pero tiene unas mujeres que roban los corazones…» -Martín y Catalina se volvieron a mirar con picardía.

Esto os gustará para untar las tortas cuando estén listas. Diego, cariño, ¿podrías alcanzarme ese jarro de agua?

Diego, aunque algo incómodo con la atención que recibía, obedeció en silencio, extendiéndole el jarro. Eulalia tomó el recipiente, rozando levemente las manos de Diego, un gesto que no pasó desapercibido para Catalina, quien apartó la mirada rápidamente para no reírse.

Finalmente, Martín no pudo resistirse y, mientras colocaba los trozos de pan en la mesa, comentó con una voz cargada de falsa inocencia: —Qué gusto da trabajar en una cocina donde hay tan buen ambiente. No siempre se encuentra uno con tanta... ¿cómo decirlo? ¡Camaradería!

Eulalia le lanzó una mirada inquisitiva, aunque con una chispa divertida en los ojos: —Pues claro, muchacho. Si se trabaja, que sea con alegría. ¿No te gusta el ambiente de mi cocina?

¡Oh, me encanta! -respondió Martín, llevándose un trozo de pan a la boca para evitar decir más.

Catalina, sin poder contenerse, añadió mientras amasaba: —Sí, señora, este desayuno promete ser memorable. Seguro que será... especial.

Eulalia, ajena a los dobles sentidos, asintió satisfecha: —Lo será, muchacha, lo será. Aquí no se hace nada a medias.

Lo he notado -agregó Martín- Lo he notado.

Diego, consciente del juego de sus compañeros, se limitó a concentrarse en cortar las sandías, mientras el calor que subía a su rostro delataba que no estaba tan sereno como intentaba aparentar.

El desayuno avanzó entre risas contenidas y miradas cómplices. Aunque nadie dijo una palabra directa, la sensación de que algo había cambiado en el aire era imposible de ignorar.

El desayuno transcurrió con un ambiente relajado y ameno, aunque las miradas cómplices de Catalina y Martín seguían siendo inevitables. Eulalia, radiante y jovial, se ocupaba de servir las últimas tortas y de llenar los vasos con agua fresca y leche caliente, mientras los tres jóvenes se aprestaban a terminar el desayuno.

Bueno, creo que ya es hora de que nos pongamos en marcha -dijo Martín, sacudiéndose las migas de pan de las manos y levantándose de la mesa-. El camino nos espera, y si no salimos pronto, el sol nos quemará vivos antes del mediodía.

Catalina asintió, recogiendo sus cosas con eficiencia: —Sí, será mejor no demorarnos demasiado. Hemos descansado bien gracias a la hospitalidad de Eulalia, pero aún nos queda mucho por recorrer.

Diego, sin embargo, no se movió de inmediato. Permaneció sentado, mirando fijamente su plato vacío como si en él se escondieran las respuestas a las preguntas que rondaban su mente. Eulalia, que había notado su inquietud, dejó la jarra de agua sobre la mesa y le puso una mano en el hombro: —Diego, acompáñame un momento —dijo con suavidad, su tono casi maternal, pero con un matiz que solo él pudo percibir.

Catalina y Martín intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada mientras Diego se levantaba y seguía a Eulalia fuera de la cocina. La mujer le condujo hacia un rincón apartado fuera de la casa, bajo la sombra de un viejo olmo. Allí, donde las voces de los otros apenas llegaban, se volvió hacia él con una sonrisa serena pero cargada de significado: —Diego, quiero que sepas algo antes de que te marches -comentó Eulalia-. Lo que pasó anoche... fue especial para mí. Me diste una noche apasionada que no olvidaré.


Diego la miró en silencio, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero Eulalia continuó antes de que él pudiera hablar: —Pero soy una mujer que ha vivido mucho. He amado, he perdido, y he aprendido que mi lugar está aquí, en mi casa, mi aldea y mis días tranquilos. No soy de las que se atan a un hombre de por vida, Diego, y no quiero que te quedes aquí pensando que yo pudiera serlo.

Él asintió lentamente, procesando sus palabras con calma: —Lo entiendo, Eulalia. Fue una noche que tampoco olvidaré, pero esperaba que nuestros caminos fueran en la misma direcsión desde anoche.

Eulalia sonrió, con una mezcla de alivio y melancolía, y le puso una mano en la mejilla: —Eres un buen hombre, Diego. Sé que encontrarás lo que buscas, aunque quizá todavía no sepas qué es. Ahora, ve con tus amigos. El camino te espera.

Diego se inclinó hacia ella besando sus labios con dulzura. Beso que ella devolvió intensamente. No dijo nada más, pero en su mirada había congratulación. Regresó al corral, donde Catalina y Martín ya estaban ajustando los zurrones y preparando los bastones para caminar.

¿Listo? —preguntó Martín, alzando una ceja con curiosidad.

¡Listo! -Respondió Diego, con una leve sonrisa.

Catalina le observó con atención, como si intentara descifrar qué había ocurrido en ese breve encuentro, pero no dijo nada. El grupo se despidió de Eulalia con un gesto respetuoso, agradeciendo una vez más su hospitalidad, y se dirigió hacia el sendero que se alejaba de la aldea.

Mientras caminaban, Martín, con su tono habitual de humor, comentó: —Bueno, Diego, espero que hayas tenido tiempo de agradecerle adecuadamente a Eulalia por todo.

Diego sacudiendo la cabeza lo afirmó: —Lo hise, Martín. No te preocupes.

No. No me preocupo. Se con certeza que has sabido agradecer su hospitalidad.

Catalina, con una sonrisa más sutil, miró hacia el horizonte y murmuró: —Un lugar menos en el mapa, pero un recuerdo más en el camino.

Y así, los tres continuaron su viaje, dejando atrás la aldea y a Eulalia, cada uno con sus propios pensamientos sobre lo que habían vivido y lo que aún les esperaba...