Comencé a escuchar Jazz a los 16 años, una noche de otoño
de 1976, gracias a Juan Carlos Cifuentes —«Cifu»— y su
programa Jazz porque sí, en Radio Nacional de España.
Sonaba Take the "A" Train.
No soy un entendido en música, y mucho menos en Jazz.
Las cosas me gustan o no me gustan, en mayor o menor medida. Desde aquella
noche, ya lejana, el Jazz se convirtió en mi mayor
pasión musical. El intérprete y compositor que más me gusta es Duke
Ellington, por su inmensa variedad de estilos —algunos creados por él—.
Según cuentan, Stravinski dijo: Duke Ellington es
el mejor compositor del siglo XX. Su creatividad es innegable.
He dicho que The Duke es mi
intérprete favorito. No. No es así. Duke Ellington, muy
probablemente, no habría sido el mismo sin su banda. Sin sus músicos. Algunos
de ellos fueron fundamentales en su música: arreglistas de sus temas y
compositores de muchas piezas legendarias de la orquesta. Aunque no me cabe
duda de que, de haber seguido un camino en solitario o en formaciones más
pequeñas, también habría sido extraordinario.
Me he referido a los músicos de Duke Ellington,
y a que algunos fueron principales arreglistas de muchos de sus temas. Sería
injusto destacar a uno por encima de los demás… pero lo haré: Billy
Strayhorn. De él dijo The Duke: «Billy Strayhorn era
mi brazo derecho, mi brazo izquierdo, mis ojos detrás de la cabeza…». Strayhorn estuvo
en la banda desde su llegada, en 1939, hasta su muerte, en 1967.
Otros grandes músicos y colaboradores de Duke
Ellington fueron: Mi admirado Johnny Hodges (saxo
alto). Harry Carney (saxo barítono), el miembro más
leal: tocó con Ellington desde los 17 años hasta la muerte
de The Duke, en mayo de 1974. Carney murió
unos meses más tarde, en octubre; Cootie Williams (trompeta),
un pilar del jungle style de los años 20 y 30; Paul
Gonsalves (saxo tenor): otro muy admirado, Juan Tizol (trombón
de pistones), quien introdujo ritmos latinos en la orquesta y fue autor de
temas míticos como Caravan y Perdido. La
lista de sus grandes músicos sería interminable.
Duke Ellington, musicalmente, no fue una sola persona.
Fue el núcleo de una grandiosa galaxia.
Fue Count Basie quien me enseñó
a entender el swing. Esa sensación de que la música te
empuja hacia adelante sin necesidad de prisa. Ese arte de decir más con
menos. The Count tocaba el piano como quien da
indicaciones suaves desde el fondo del escenario: un par de acordes, un golpe
preciso, y todo el mundo sabía qué hacer.
No soy un experto, ya lo he dicho, ni pretendo serlo. Solo sé
que Count Basie me transmite algo que pocos músicos
logran. Su estilo es directo, elegante, sencillo.
Escucharle es como ver caminar a alguien con clase: no necesita hablar alto
para que lo escuchen.
Su orquesta fue una escuela de swing. En sus
filas tocaron algunos de los mejores músicos que ha dado el Jazz: Freddie
Green, en la guitarra rítmica, marcando el pulso como un metrónomo humano; Joe
Williams, esa voz profunda, templada, que parecía contar historias más que
cantar canciones; Frank Foster; Frank Wess; Thad
Jones; Snooky Young; Sonny Payne... La lista es
interminable. Cada uno con su estilo, pero todos orbitando en torno a esa calma
energética que irradiaba Basie desde el piano.
Count Basie fue el arquitecto del swing sencillo, del groove imparable. Mientras Ellington escribía
partituras como paisajes sonoros, Count Basie construía
autopistas por las que el ritmo corría sin obstáculos. No eran opuestos, eran
complementarios. Escuchar un tema como April in Paris, con
esos metales afilados y esa falsa cadencia final que siempre vuelve a arrancar,
es una clase de orquestación, de humor, y de precisión.
Duke Ellington fue el gran compositor del Jazz. Pero Count Basie fue
su gran impulsor. El que hizo bailar a todo el mundo sin decir una palabra de
más.
El Jazz de
Basie era como él: elegante,
conciso, generoso. Cuando suena su orquesta, uno se siente parte de algo mayor.
Como si todo encajara.
Count Basie, musicalmente, no fue solo un director de orquesta. Fue una forma de
entender el ritmo, la economía del sonido, el alma del swing.
La grabación de Duke Ellington Meets
Count Basie (1961) es uno de los momentos más históricos del Jazz,
no solo por la calidad musical, sino por lo simbólico de reunir a las dos
grandes orquestas del swing en una sola sesión de estudio.
Aunque se conocían desde los años 30, no se habían unido
nunca para una grabación formal. Había una especie de «rivalidad amistosa»
entre ellos, pero también un profundo respeto mutuo.
La grabación tuvo lugar los días 6 y 7 de julio de
1961 en los legendarios estudios Columbia 30th Street de
Nueva York. Fue organizada por Teo Macero, productor visionario de
Columbia (más tarde también productor de Miles Davis).
La idea era sencilla pero monumental: reunir a las
dos orquestas completas en el estudio, tocando juntas. No alternando
temas, sino literalmente fusionadas: dos secciones de
trompetas, dos de saxos, dos baterías, dos pianos, dos estilos.
Los arreglos permiten que cada banda brille sin opacar a la
otra. Hay temas en los que domina el estilo de Basie (riffs sencillos,
impulsivos), y otros con el sello más estructurado de Ellington.
Uno de los momentos más recordados es Battle Royal,
tema de apertura donde ambas orquestas se enfrentan con elegancia, sin competir
realmente, sino celebrando lo mejor de cada una.
¿Cómo suenan dos orquestas juntas?
El resultado no es un caos, sino una sinergia
sorprendente. El swing de Basie se
mezcla con la riqueza armónica de Ellington, y los músicos —todos
de altísimo nivel— encuentran su lugar sin estorbarse.
Destacan solistas como: Johnny Hodges (saxo
alto -Ellington-) Harry Sweets Edison (trompeta,
-Basie-). Paul Gonsalves (tenor, -Ellington-). Frank
Wess y Frank Foster (tenores, -Basie-. También es notable el contraste
entre los dos baterías: Sonny Payne (explosivo –Basie-)
y Sam Woodyard (más sólido y sutil –Ellington-).
El disco fue muy bien recibido por la crítica y el público.
Se lo consideró un homenaje mutuo y un regalo para los amantes del jazz tradicional.
Aunque no fue revolucionario —no era esa la intención—, sí fue un
símbolo de unidad, respeto y celebración del jazz de gran orquesta.
Curiosamente, nunca volvieron a grabar
juntos después de estas sesiones. Esta fue la única vez que Ellington
y Basie compartieron un álbum completo.
¡Dios! Qué inmensa suerte tuvieron los que presenciaron esa
grabación. Términos: