Aquella noche, en el campamento de Santa Fe, viendo desde la distancia las torres iluminadas de la Alhambra, mientras el rey Fernando estaba ausente por un tiempo, Isabel y Gonzalo se encontraron en el claro más apartado del campamento, donde las tiendas quedaban atrás y el rumor de los soldados se desvanecía entre los olivos. La Luna, alta y brillante, bañaba de plata los campos de Granada, y el aire olía a humo, a hierro de forja y a humedad. Las voces de los soldados llegaban lejanas.
Se miraron sin palabras, como si el tiempo entre ellos se hubiera detenido
desde la última vez que sus manos se rozaron en siendo apenas unos jóvenes que
despertaban a la vida en los jardines de palacio, en Madrigal de las Altas
Torres.
—¿Y si esta guerra no termina nunca? —susurró ella, tocando con delicadeza
la cicatriz que cruzaba su mejilla.
—Entonces que al menos esta noche sea nuestra —respondió él, envolviéndola
entre sus brazos, como si pudiera protegerla del destino mismo.
Una ligera brisa les trajo aromas de azahar. Por un instante, perdieron el
sentido del tiempo…
… En los
fríos y bulliciosos pasillos del palacio de Madrigal de las Altas Torres, la
vida de la infanta era una sucesión de obligaciones, lecciones de latín y misas.
Para Isabel, la infancia distaba mucho de ser un juego: cada día le recordaba
su posición y el tablero político del que formaba parte como pieza del rey Juan
II. La alegría era un bien escaso, y la presencia masculina —más allá de la
fría vecindad de cortesanos—, una verdadera rareza. Solo encontraba consuelo en
su hermano Alfonso, cómplice de la soledad noble que compartían, y en los
silencios de los sirvientes que velaban por su seguridad.
Fue en el
séquito del príncipe donde sus ojos descubrieron por primera vez al joven
escudero Gonzalo Fernández de Córdoba. No era como los cortesanos absortos en
títulos o herencias; su presencia era la de quien observa con cautela y actúa
con discreción. Su risa, franca e imprevista, contrastaba con la rigidez del
patio de armas.
Isabel lo
reconocía en ceremonias, en la sala del trono y a veces entre los muros del
jardín. Al devolverle la mirada, sentía un respeto que no era servil, sino
profundo, como si él contemplara también a la persona que ella era, no solo a
la infanta. En una ocasión, mientras leía en un banco de piedra, lo vio
acercarse, acompañado por Alfonso. La conversación fue banal, pero quedó
grabada en su memoria: su inclinación atenta, la sonrisa fugaz ante una
respuesta sagaz. Fueron momentos robados, señales apenas perceptibles, pero
significativas; un hilo invisible y sorprendentemente fuerte para ser solo
curiosidad.
La opresiva
formalidad de la corte vedaba cualquier forma de afecto fuera del deber. Isabel
aprendió a medir cada inflexión de voz, cada actitud, cada mirada. Y, sin
embargo, era Alfonso quien rompía esa armadura diaria con su espontaneidad, y
casi siempre, a su lado, estaba Gonzalo.
Sus cruces
de miradas sucedían siempre en lo público, donde el decoro disfrazaba lo que
ardía bajo la piel. Un comentario sobre un libro de caballería, una observación
del clima, servían de excusa para que sus almas conversaran sin palabras. El
silencio se convertía en un personaje más, un lenguaje secreto que hablaba por
ellos.
Cada cruce
de ojos era una punzada múltiple: reconocimiento de la propia soledad, admiración
y temor. Él no la veía simplemente como infanta, sino como mujer; ella lo
reconocía no solo como escudero, sino como alguien capaz de verla
verdaderamente. Era un florecer imperceptible, contenido por la distancia y por
la corona que dictaba su vida sin haber llegado aún a su cabeza.
El sol de la
tarde filtraba su luz dorada a través de las ramas de los naranjos del jardín
de palacio, proyectando largas sombras sobre los senderos de gravilla. Isabel
paseaba junto a su hermano Alfonso, seguidos de cerca por su dama de compañía,
doña Inés de Salvatierra, y, a cierta distancia, por el joven escudero Gonzalo.
El aire, perfumado de azahar, parecía suspender el tiempo en una calma
engañosa.
De pronto,
Alfonso se detuvo.
—Iré a buscar la cometa que dejé en la fuente —dijo con el descuido propio de
un niño.
Sin esperar
respuesta, hizo un gesto a doña Inés para que lo acompañara. Luego, con un
ademán hacia Gonzalo, añadió:
—Gonzalo, espera aquí. Acompaña a la infanta. No tardaré.
Y así, con
la misma ligereza con la que habían roto el paseo, se marcharon, dejando a
Isabel y Gonzalo a solas en el jardín.
El silencio
que cayó entre ellos era denso, colmado de todo lo que ninguno se atrevía a
decir. Isabel sintió cómo la proximidad del joven alteraba el compás de su
respiración; no era miedo, sino un anhelo contenido, tan dulce como peligroso.
Gonzalo, de pie a escasos pasos, miraba un punto indefinido, consciente de que
cualquier palabra mal dicha podía costarle a él su posición y a ella, su
reputación. Entonces, sus miradas se encontraron. En ese instante, el mundo
desapareció. Ninguno habló, pero ambos lo dijeron todo: respeto, atracción y el
dolor de saberse atados por deberes más firmes que el hierro.
En aquellos
ojos, Isabel vio a un hombre que no la miraba como infanta, sino como mujer. Y
Gonzalo, en los de ella, vio no solo a su señora, sino a alguien que le
comprendía con peligrosa claridad.
El crujido
de la grava anunció el regreso de Alfonso y doña Inés, y la realidad cayó sobre
ellos como un telón pesado. Cada uno retomó su papel: ella, la infanta serena;
él, el escudero prudente.
Pero Isabel
advirtió de inmediato el leve rubor que teñía las mejillas de Doña Inés. Con
una sonrisa apenas disimulada, comentó en voz baja, solo para el pequeño
círculo de los presentes:
—Parece que la brisa de los jardines de palacio ha tenido un efecto singular en
vos, Doña Inés. Jamás os había visto tan ruborizada. ¿Acaso mi hermano os ha
confiado un secreto que solo vos podéis compartir?
Alfonso
estalló en carcajadas, complacido con la ocurrencia. Gonzalo, aliviado, dejó
escapar una risa breve que le aflojó la tensión de los hombros. Doña Inés,
abrumada, bajó la mirada, incapaz de ocultar su sonrojo, lo que provocó nuevas
risas entre los dos hermanos.
Pero justo
entonces, el príncipe, con la inocencia afilada de los jóvenes, miró a su
hermana y dijo:
—Ah, pero tú también te ruborizas, hermanita, cuando Gonzalo está cerca. Te
olvidas de que eres Infanta de Castilla y te conviertes en una muchacha más de
la corte.
El silencio
que siguió fue inmediato, frío, brutal. Doña Inés palideció primero y luego
volvió a encenderse en un carmín intenso. Gonzalo sintió cómo la sangre le
subía al rostro con violencia; sus oídos ardían, su pecho se tensó, y no encontró
gesto ni palabra que ocultara la verdad que hasta entonces había protegido con
tanto cuidado.
Isabel
sostuvo la compostura como si la frase no le hubiese atravesado el corazón,
pero el calor en sus mejillas la traicionaba. El secreto que ambos habían
guardado tan bien acababa de ser revelado por la voz más inocente de todas.
Y, sin
embargo, mientras el grupo reanudaba el paseo entre comentarios torpes y risas
forzadas, Isabel y Gonzalo compartieron una última mirada rápida, cómplice, en
la que no había vergüenza, sino la certeza silenciosa de que lo que sentían ya
no podría deshacerse.
El sol de media tarde caía tibio sobre los jardines de palacio, tiñendo de
oro los setos y los naranjos en flor. Isabel paseaba entre risas con sus damas
de compañía, el rostro distendido por un raro momento de paz en medio de las
tormentas políticas que la cercaban. Un gesto ligero, un paso en falso, y de
pronto su pie se enganchó en una raíz escondida bajo la gravilla. El cuerpo de
la infanta cedió hacia adelante, su rodilla golpeó con violencia el borde de
piedra de la fuente. Un dolor agudo, inesperado, le arrancó un gemido ahogado.
—¡Mi señora! —gritó doña Inés, corriendo a socorrerla.
Las demás damas acudieron, presas de un pánico contenido, incapaces de mover a
Isabel, quien apretaba los labios para no gritar mientras el dolor le recorría
la pierna como mil agujas clavadas.
El griterío no tardó en romper la calma de la tarde.
Desde la balconada del piso superior, Gonzalo había estado observando
discretamente el paseo. El alboroto le arrancó de golpe la prudencia que tantas
veces lo había frenado. El corazón le martilleaba el pecho cuando, sin pensar,
corrió escaleras abajo, cruzando galerías como un halcón que se precipita al
vuelo.
Apareció entre el grupo de damas como si hubiera surgido de la nada.
—¡Apartaos! —ordenó con voz firme, sin rastro de titubeo.
Las damas se apartaron, sin osar a interponerse ante la urgencia de aquel
joven cuya mirada ardía con un fuego extraño. Gonzalo se agachó, evaluó con
rapidez la lesión de Isabel, y, con una determinación silenciosa, deslizó un
brazo bajo sus rodillas y otro en su espalda. Con decisión, se alzó sin
dificultad alguna. La infanta de Castilla, por primera vez en su vida, sintió
que su mundo se reducía al abrazo de un solo hombre. El sobresalto por la caída
se vio rápidamente sustituido por la inesperada sensación de ser sostenida por
él. Sus brazos eran firmes y fuertes, y a través de la fina tela de su jubón,
sintió la calidez de su cuerpo. El gesto, tan impropio para su condición, no le
causó indignación, sino una punzada de alivio. Con los ojos fijos en los suyos,
Isabel vio en la mirada de Gonzalo no solo la lealtad de un
súbdito, sino también una profunda y desesperada preocupación, un fuego que
ella misma reconocía. Su mente, habituada a las intrigas y el protocolo, se
quedó en blanco. Por un instante, solo existió el ardiente rubor de sus
mejillas y la abrumadora certeza de que, en los brazos de aquel joven llegado desde
Montilla años atrás para pasar al servicio de su hermano, ella no era la
infanta, sino simplemente una muchacha.
El contacto fue un latigazo para ambos.
Isabel, sorprendida, emitió apenas un suspiro, ahogado entre el dolor y otra
sensación más sutil, más peligrosa. Se aferró instintivamente al cuello de
Gonzalo, buscando estabilidad… y encontrando consuelo.
En el trayecto, el tiempo pareció doblarse sobre sí mismo.
Isabel, con el rostro levemente apoyado sobre el hombro de Gonzalo, levantó
la vista hacia él. Sus ojos lo buscaron, no con urgencia, sino con ternura
callada, con esa valentía que solo florece en el borde del desastre. Él no
podía devolverle la mirada mucho tiempo —cada vez que lo hacía, el mundo se
encogía a ese instante, como si nada más existiera—, pero tampoco podía
evitarlo.
Una y otra vez, sus ojos se encontraron: la prudencia obligada en los de
ella, la incertidumbre en los de él, y detrás de ambos, un amor imposible que
palpitaba con más fuerza que nunca.
Cuando al fin llegaron a los aposentos de la infanta, Gonzalo depositó con
delicadez a Isabel sobre el lecho, con una dulzura impropia de un asistente.
—Traed al médico —ordenó con decisión,
sin apartar la vista de ella.
—Ya va en camino, señor —respondió una de las damas, inclinándose.
Por un instante, mientras nadie miraba, Gonzalo se permitió un respiro. Sus
dedos rozaron apenas la sábana junto a la pierna de Isabel, como si necesitara
confirmarse a sí mismo que seguía allí, que no era un sueño, que el peligro no
había vencido.
Isabel, todavía aferrada a su pulso acelerado, le sostuvo la mirada, y sin
pronunciar palabra, le habló con los ojos: gratitud, afecto, deseo.
Era un instante robado, tan frágil como sagrado, antes de que el mundo, con
todo su peso, volviera a caer sobre ellos…
El amanecer sorprendió al guerrero y a la reina. La noche pasó sin que se
dieran cuenta. El campamento despertaba con las primeras luces. Se encaminaron
hacia la tienda real a tiempo de recibir noticias de un mensajero: —El rey
Fernando de regreso de Loja llegará esta mañana. Don Gonzalo, Su Majestad quiere incluiros en el grupo de negociadores
ente el rey Abū ‘Abd Allāh Muhammad ibn Abī il-Hasan ‘Alī —Boabdil— debido a la amistad que os
une ante el rey de Granada y a vuestras dotes diplomáticas. Tiene la certeza de
que sabréis encauzar las negociaciones ahora estancadas.
Gonzalo le dijo al mensajero que podía retirarse. El bravo guerrero
castellano miró a Isabel con tristeza; Isabel le respondió con unos ojos que
decían lo que sus labios no podían pronunciar. Nunca más volverían a tener un
encuentro a solas.
Gonzalo, girándose hacia la salida de la tienda tras una ceremoniosa
reverencia hacia su reina, apretó la empuñadura de su espada, no como soldado
presto a la batalla, sino como hombre que necesitaba sujetarse a algo firme
para no derrumbarse.
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