lunes, 20 de octubre de 2025

12. «Malintzïn» «Se enraízan las alianzas»

A medida que la expedición avanzaba, llegaron rumores inquietantes: Diego Velázquez de Cuéllar, gobernador de Cuba, había enviado una fuerza con órdenes de detener a Cortés y llevarlo de regreso a La Habana, cuestionando su lealtad y la legitimidad de sus acciones en México. La noticia no tardó en llegar a oídos del propio Cortés, mientras revisaba los informes con Malintzïn y Jerónimo de Aguilar.

Velázquez no descansará hasta vernos fracasados —comentó Cortés, frunciendo el ceño—. Pero no permitiré que su orden nos detenga aquí.

Malintzïn asintió con calma:
—Debemos prever cada movimiento y anticiparnos a sus tácticas. Con la disciplina de nuestros hombres y la alianza de los pueblos, podemos neutralizar su intento.

La expedición enviada desde Cuba llegó al litoral con cierta altanería, confiada en su superioridad numérica y en la autoridad del gobernador. Sin embargo, Cortés conocía bien a sus hombres y las capacidades de los recién incorporados. Los enfrentamientos fueron rápidos y decisivos. Las tropas de Velázquez no esperaban la organización, la táctica y la astucia que Cortés había desarrollado desde su llegada a México.

Los combates se produjeron en las playas y caminos cercanos al campamento principal. Flechas y lanzas se cruzaban con espadas y arcabuces, y pronto quedó claro que la disciplina de los hombres de Cortés superaba a la de los enviados de Cuba. Con maniobras calculadas, emboscadas estratégicas y el apoyo de los pueblos aliados, la fuerza cubana fue derrotada sin que Cortés sufriera bajas significativas.

Una vez que la victoria estuvo asegurada, Cortés reunió a los sobrevivientes, que miraban con temor y desconfianza a su nuevo comandante.

No estáis aquí para luchar contra nosotros —les dijo—. A partir de ahora sois parte de esta expedición. Vuestra lealtad y vuestra habilidad nos serán útiles. Quien quiera permanecer con nosotros, encontrará un lugar bajo mi mando; quien desee regresar a Cuba, puede hacerlo, con la garantía de que lo dejaré marchar en paz.

La mayoría, comprendiendo que resistirse sería inútil, aceptó unirse a Cortés. Entre ellos, algunos de los capitanes de Velázquez demostraron ser hombres de talento y disciplina, y pronto fueron incorporados a la planificación de la expedición.

Cortés, observando cómo los hombres adoptaban su disciplina, sintió satisfacción. No solo había neutralizado la amenaza de Velázquez, sino que había reforzado su ejército con nuevos efectivos que ahora estaban completamente bajo su mando.

A partir de ese momento, la expedición se fortaleció no solo numéricamente, sino también en cohesión, estrategia y confianza en la autoridad de Cortés. Sin embargo, la presencia de estos hombres, algunos todavía con resentimiento hacia su nuevo líder y sus aliados, añadió una capa adicional de tensión que requeriría toda la astucia de Malintzïn para mantener la unidad y la lealtad en la marcha hacia Tenochtitlan.

Tras la derrota de la expedición enviada por Velázquez, Cortés reorganizó rápidamente su ejército. Cristóbal de Olid tomó un papel destacado como capitán, supervisando la integración de los nuevos soldados y asegurando que la disciplina se mantuviera intacta. Aunque su resentimiento hacia Cortés y la cercanía de Malintzïn no desaparecía, Olid mostró su eficacia al frente de los hombres, combinando autoridad y experiencia militar.

Mantendremos la disciplina y no permitiremos que los recién llegados creen desorden —dijo Olid, con voz firme, mientras organizaba las filas—. Cortés puede ocuparse de la estrategia; yo velaré por la unidad.

La marcha hacia Tenochtitlan prosiguió con paso constante. Cortés confiaba en su capacidad para anticipar los movimientos de los pueblos locales, pero sabía que Malintzïn era la clave para consolidar alianzas y evitar enfrentamientos innecesarios. Cada jornada, mientras avanzaban por senderos y ríos, Malintzïn se acercaba a los pueblos vecinos, traducía, explicaba intenciones y medía la reacción de los líderes. Su habilidad para entender las costumbres, las preocupaciones y los temores de los pueblos oprimidos por los mexicas permitió que varios de ellos se unieran a la expedición, aportando guerreros y recursos.

Si mostramos respeto y claridad, muchos pueblos buscarán nuestra protección —comentó Malintzïn a Cortés durante una de las paradas—. Ellos saben que los mexicas los someten; nosotros podemos ofrecerles una alternativa.

Cortés la miró, reconociendo no solo la precisión de sus palabras, sino también el valor de su presencia:
—Sin ti, no lograríamos estas alianzas. Tu capacidad para traducir es solo una parte de lo que haces. Guías, aconsejas y proteges al grupo con tu inteligencia.

Olid escuchaba desde un lado, conteniendo su malestar. Su resentimiento no disminuía, pero su deber como capitán y la necesidad de mantener la cohesión del ejército lo obligaban a actuar con profesionalismo. Supervisaba la disciplina, resolvía problemas con los nuevos soldados y se aseguraba de que la marcha mantuviera su firmeza y seguridad.

La combinación de estrategia militar, diplomacia y liderazgo permitió que la expedición continuara sumando aliados a medida que avanzaba. Malintzïn se consolidaba como pieza clave de Cortés, mientras él comenzaba a percibir la fuerza de la mujer más allá de sus habilidades como intérprete: era su consejera, su mediadora y, silenciosamente, alguien que comenzaba a ocupar un espacio personal en su vida.

La marcha hacia Tenochtitlan, pese a los desafíos y tensiones internas, mantenía un rumbo firme. Cortés confiaba en Olid para la seguridad de sus hombres, y en Malintzïn para asegurar alianzas y gestionar las relaciones humanas. La expedición, uniendo fuerzas españolas y pueblos aliados, avanzaba cada vez más cerca del corazón del imperio mexica.

Los días pasaban, y la tensión que Olid sentía ante la cercanía entre Cortés y Malintzïn se hacía cada vez más evidente. Sus gestos, sus silencios y su concentración en los asuntos menores del campamento delataban una inquietud que no pasaba desapercibida.

Pedro de Alvarado, siempre perspicaz y amigo cercano de Cortés y de Olid, decidió intervenir. Lo encontró una tarde revisando las provisiones cerca del campamento y lo llamó a un lado.

Cristóbal —comenzó Alvarado con tono firme, pero conciliador—. No puedes permitir que tus celos nublen tu juicio. Malintzïn es indispensable para la expedición, y tú lo sabes.

Olid lo miró con el ceño fruncido, conteniendo un hilo de resentimiento:
—No es solo eso. Su presencia junto a Cortés… me resulta insoportable.

Te entiendo —dijo Alvarado—. Pero piensa: ella no es tuya, y Cortés no ha hecho nada indebido. Son dos almas que tenían que encontrarse. Tu fuerza está en el campo de batalla y en tu capacidad como capitán. Eso es lo que importa ahora.

Olid bajó la mirada, en conflicto. La disciplina y la obediencia que siempre lo habían caracterizado se enfrentaban a un sentimiento que no podía controlar.

Lo sé —dijo finalmente, con un hilo de voz—. Pero verlo tan cerca de ella me irrita, y no puedo evitarlo.Alvarado lo miró con comprensión y le dio una palmada ligera en el hombro:
—Entonces haz lo que debes. No pierdas tu energía en lo que no puedes cambiar. Ella seguirá siendo la compañera de Cortés, y tú uno de sus capitanes. Si quieres mantener tu prestigio y tu papel, olvídalo.

Olid asintió lentamente, aceptando a regañadientes la verdad: no había nada que hacer respecto a Malintzïn. Sus celos seguirían ahí, latentes, pero debía centrarse en su deber como capitán. La lealtad al ejército y a Cortés exigía que controlara sus emociones y mantuviera la disciplina.

Está bien —susurró, más para sí que para Alvarado—. No hay nada que pueda hacer.

Alvarado sonrió levemente:
—Eso es lo que quería oír. Ahora vuelve con tus hombres y demuestra por qué eres indispensable en esta expedición. Pero antes, saca una jarra de ese licor tan fuerte que guardas y brindemos por el éxito de esta empresa. Éxito del que obtendremos amplios beneficios.

Olid esbozó una sonrisa contenida, aceptando la invitación. Sacó con cuidado la jarra de licor, ese fuego líquido que los nativos preparaban y que solo compartía en momentos excepcionales, sirviéndolo en dos vasos de barro.

Olid esbozó una sonrisa contenida y sacó con cuidado la botella de licor, ese fuego líquido que solo compartía en momentos excepcionales. Sirvió dos vasos y brindaron:

Por la expedición —dijo Olid—, y por la buena fortuna que nos ha acompañado hasta ahora.

Alvarado chocó suavemente su vaso contra el de Olid y, poco a poco, fueron bebiendo más de la cuenta. Las risas se hicieron más sueltas y la voz más alta, mientras el licor los embriagaba lentamente, llevándolos a olvidar por un momento la tensión acumulada y los desafíos que les aguardaban.

Cortés, que observaba desde cierta distancia, se acercó con paso firme pero sin severidad.

Alvarado, Olid, Ya es suficiente por hoy —les dijo, con un dejo de reproche en la voz, aunque moderado—. Mañana continuaremos la marcha, y necesitamos estar atentos y fuertes. Descansad esta noche; la expedición no se detiene por la embriaguez.

Olid y Alvarado, algo sonrojados y todavía con el sabor del licor en la garganta, asintieron. Cortés los dejó allí, asegurándose de que se retiraran a descansar, consciente de que, aunque las emociones y los excesos podían surgir, la disciplina y la firmeza eran esenciales para mantener el rumbo hacia Tenochtitlan.

Mientras la expedición retomaba la marcha, Olid y Alvarado se enfrentaban a un obstáculo inesperado: la dificultad para manejar sus caballos con soltura. La resaca de la noche anterior hacía que sus monturas se impacientaran, tropezaran y, en ocasiones, amenazaran con desequilibrarlos. Los soldados y los nativos observaban la escena con mezcla de diversión y asombro, y no perdían oportunidad de bromear sobre la torpeza de sus capitanes.

Cortés, al percibir el desorden que podía derivarse de estos tropiezos, se acercó con voz firme pero sin severidad:

Olid, Alvarado, cuidado con las monturas. No es un juego; un hombre caído puede poner en riesgo toda la marcha. Para beber, hay que saber hacerlo. Es decir, en momentos que no suponga riesgo alguno para la expedición

Olid, apretando la mandíbula, trató de recomponerse mientras su caballo se resistía a las órdenes del jinete. Alvarado, por su parte, luchaba por controlar su montura y no perder el equilibrio. Ambos suspiraron y finalmente lograron estabilizarse, conscientes de que la paciencia y la concentración eran necesarias tanto como la fuerza.

Malintzïn, observando la escena a cierta distancia, no pudo evitar una leve sonrisa. Aunque no era asunto suyo, comprendía que estas pequeñas dificultades humanas podían afectar la moral de los soldados y, en consecuencia, la coordinación de la expedición.

Domar caballos y dominar hombres —comentó Cortés, señalando a Alvarado y Olid con una mezcla de ironía y advertencia—. Ambas tareas requieren disciplina.

Olid y Alvarado asintieron, aceptando la corrección. La marcha continuó, más firme y organizada, con la lección clara: incluso los capitanes debían someterse a la disciplina y demostrar control, pues la seguridad de todos dependía de ello.

La expedición continuó su avance, con la moral reforzada por la unidad momentánea y la confianza renovada entre los oficiales y los jefes locales, mientras Malintzïn, al margen, observaba a la tropa con una mezcla de atención y cautela.

A medida que la expedición avanzaba, los líderes de los pueblos aliados comenzaron a mostrar interés por los caballos, animales desconocidos para ellos y que despertaban tanto asombro como respeto. Admiraban la destreza con la que los españoles los montaban, y no tardaron en expresar su deseo de aprender.

Queremos comprender estos animales —decían algunos jefes locales—, para usarlos en defensa de nuestros pueblos y acompañar sus estrategias.

Cortés y sus capitanes intercambiaron miradas, poco entusiasmados ante la idea de enseñar lo que consideraban una ventaja táctica y estratégica demasiado valiosa. La paciencia requerida para instruir a hombres sin experiencia con caballos no era atractiva, y el riesgo de accidentes no los alentaba.

Malintzïn, percibiendo la importancia de ganarse la confianza y la cooperación de los pueblos aliados, se acercó con diplomacia:

Señores —les dijo, con voz calmada y persuasiva—. Enseñarles a montar no significa perder nuestra ventaja, sino fortalecer la alianza. Si les enseñan, nos respetarán más y se sentirán partícipes de nuestra expedición. Además, la confianza que les transmitamos ahora les hará seguirnos con mayor determinación.

Cortés frunció el ceño, evaluando las palabras de Malintzïn, consciente de que su influencia entre los pueblos y la expedición era decisiva. Finalmente, asintió:

Está bien —dijo con voz firme—. Pero no dejen que esto se convierta en distracción. Cada lección será breve y controlada. Los oficiales supervisarán las prácticas, asegurando que nadie se lastime.

Así, bajo la vigilancia de los oficiales y la guía de Malintzïn como mediadora, comenzaron las lecciones. Algunos nativos, sorprendidos al principio por la fuerza y el tamaño de los caballos, se mostraron temerosos, mientras otros observaban con fascinación. Poco a poco, con paciencia y correcciones precisas de los españoles, lograron montar con relativa seguridad, a veces tambaleándose, otras logrando breves galopes, provocando sonrisas y exclamaciones de orgullo entre sus compañeros.

Malintzïn supervisaba cada encuentro, explicando con claridad las instrucciones, anticipando los temores y suavizando la frustración de los aprendices. Su habilidad para mediar entre culturas hacía que el proceso, que podía haber sido fuente de conflictos o accidentes, se convirtiera en una oportunidad de reforzar la alianza, consolidar la confianza y mostrar que la cooperación podía traer beneficios reales para ambas partes.

Incluso Cortés, observando desde cierta distancia, reconoció la inteligencia de Malintzïn: no solo traducía palabras, sino que transformaba la interacción en un puente de respeto y lealtad que ningún ejército podría garantizar solo con fuerza...







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