Pasados
unos días, la expedición continuó avanzando por el territorio
cercano a Tenochtitlan, siempre atenta a los signos de resistencia o
cooperación de los pueblos que encontraban. Cada parada se convertía
en una oportunidad para establecer alianzas, y Malintzïn desempeñaba
un papel crucial: no solo traducía, sino que analizaba los gestos,
las palabras y las costumbres de los jefes locales, identificando
cómo ganarse su confianza y lealtad.
Los pueblos
oprimidos por los mexicas recibían a los españoles con cautela, a
veces con resistencia, pero también con esperanza. Historias de
tributos excesivos, abusos y violencia habían circulado ampliamente,
y la promesa de Cortés de liberar a las comunidades bajo su dominio
despertaba interés y simpatía. Malintzïn, con su diplomacia,
ofrecía explicaciones precisas, modulando cada frase para que los
mensajes de Cortés fueran comprendidos sin ambigüedades y evitando
cualquier malentendido cultural que pudiera poner en peligro la
alianza.
—Nuestra
fuerza no busca destruirlos indiscriminadamente —decía,
interpretando las palabras de Cortés—. Queremos que sus pueblos
sean libres, que puedan decidir su destino y participar como aliados,
no como vasallos forzados.
Los
capitanes españoles observaban cómo la intervención de Malintzïn
abría puertas que antes parecían cerradas. Incluso los jefes más
recelosos comenzaban a ceder, interesados en sumarse a una coalición
que prometía protección y una oportunidad de liberación.
Con cada
pueblo que se unía, los españoles ganaban no solo hombres y
recursos, sino también información sobre rutas, fortalezas y
costumbres locales. Las conversaciones con los jefes aliándose
permitían anticipar posibles obstáculos, conocer el terreno y
preparar futuras maniobras militares. Cortés, atento a cada detalle,
iba consolidando un ejército diverso y comprometido, que combinaba
la experiencia militar española con la fuerza y el conocimiento
local de los aliados.
A medida
que la expedición se acercaba a Tenochtitlan, la confianza de los
pueblos sometidos por los mexicas se convertía en un activo
estratégico. Malintzïn, siempre presente y observadora, comprendía
que su papel trascendía la traducción: era la voz que unía dos
mundos, el puente entre culturas y la garante de la cohesión de un
ejército que, sin sus intervenciones, habría enfrentado
innumerables conflictos internos.
Cada día
que avanzaban, la cercanía de Tenochtitlan se sentía más tangible.
Las noticias sobre la magnitud de la ciudad, sus templos y su riqueza
corrían entre los aliados, aumentando tanto la expectativa como la
tensión. La expedición española, fortalecida por las alianzas
forjadas, estaba lista para los desafíos que les aguardaban, con
Malintzïn desempeñando un papel decisivo en cada negociación y
estrategia.
Al
aproximarse a los límites del territorio mexica, la expedición se
encontró con un grupo de guerreros enviados como exploradores y
mensajeros por los gobernantes de Tenochtitlan. Su apariencia
imponente y su postura desafiante dejaba claro que cualquier mal paso
podría desatar un enfrentamiento.
Cortés,
consciente del peligro de un conflicto prematuro, reunió rápidamente
a los capitanes, jefes aliados y a Malintzïn. La intérprete tomó
la palabra con calma y firmeza:
—Ellos
nos observan y evalúan nuestras intenciones —explicó—. Debemos
transmitir respeto, autoridad y transparencia. Si perciben amenaza,
responderán con violencia. Pero si sienten que buscamos alianza o
entendimiento, será posible avanzar sin derramamiento de sangre.
Malintzïn
se adelantó, acompañada de Jerónimo de Aguilar para asegurar la
traducción correcta. Se acercó al grupo mexica con gesto sereno y
palabras medidas, explicando la presencia de los españoles, la
alianza con los pueblos vecinos y la intención de Cortés de no
imponerse sobre territorios sometidos sin negociación.
—No
venimos a destruirlos —decía, modulando cada frase—. Hemos
venido con otros pueblos y deseamos acuerdos que respeten a todos. Si
nos permiten pasar, podremos conversar con los líderes y buscar
soluciones que beneficien a ambos lados.
Los
guerreros mexicas intercambiaron miradas, evaluando la sinceridad de
las palabras y la confianza que emanaba de la mediadora. Sus jefes,
siguiendo las recomendaciones de los emisarios, accedieron a un
diálogo limitado, permitiendo que Cortés y sus capitanes se
acercaran bajo condiciones estrictas, entre las que se encontraban no
permitir el paso de jefes nativos, evitando un enfrentamiento
inmediato.
Durante la
negociación, Malintzïn corrigió con sutileza malentendidos
culturales y de lenguaje que podrían haber desatado violencia:
gestos, expresiones y términos que los mexicas consideraban
ofensivos eran explicados y matizados para evitar malentendidos.
Cortés, impresionado por la eficacia de la intérprete, reconocía
que cada palabra y cada movimiento de Malintzïn protegían a la
expedición de errores que podrían costarles la vida.
Este primer
contacto fue un éxito relativo: no se logró un acuerdo formal, pero
se estableció un canal de comunicación y se evitó la
confrontación. Además, la actuación de Malintzïn consolidó su
posición ante los pueblos aliados y ante los capitanes españoles:
su influencia crecía, y su capacidad de mediación comenzaba a ser
vista como un elemento tan estratégico como cualquier maniobra
militar.
Con el sol
cayendo, la expedición se replegó a su campamento, consciente de
que cada día que avanzaban hacia Tenochtitlan requeriría
diplomacia, paciencia y la pericia de aquellos capaces de tender
puentes entre mundos tan distintos.
Tras el
primer contacto con los emisarios mexicas, Cortés reunió a sus
mandos españoles, nativos y a Malintzïn en una tienda amplia, lejos
del bullicio del campamento. La estrategia para el encuentro formal
con los gobernantes de Tenochtitlan debía ser precisa: cualquier
error podía desatar una guerra inmediata.
—No
podemos permitirnos aparecer como invasores —dijo Cortés, con voz
grave—. Debemos mostrar respeto, fuerza contenida y la unidad de
todos nuestros aliados. Malintzïn, tu papel será decisivo; cada
palabra, cada gesto, cada traducción debe transmitir sinceridad y
prudencia.
Malintzïn
asintió, consciente de la responsabilidad que recaía sobre ella. Su
conocimiento de los matices culturales y lingüísticos de los
mexicas podía marcar la diferencia entre la diplomacia y el
conflicto.
Los
capitanes y jefes aportaron ideas y propuestas: Olid y Alvarado
insistían en la necesidad de mostrar disciplina y control militar,
mientras que otros recordaban la importancia de incluir a los pueblos
aliados, para que vieran que la expedición española no actuaba de
manera unilateral.
—Nuestros
aliados deben sentirse partícipes —explicó Malintzïn—. Ellos
conocen la situación de los mexicas y su experiencia es valiosa. Si
perciben que respetamos sus consejos y conocimientos, su apoyo será
firme.
Se
estableció un plan en varias fases: primero, se recibiría a los
emisarios de
Moctezuma/Motēcuzōmah
Xōcoyōtzin*
en un lugar neutral, donde se podrían mostrar las fuerzas combinadas
de españoles e indígenas aliados, pero sin provocar intimidación.
Luego, se realizarían propuestas
cuidadosamente preparadas
por Cortés y traducidos por Malintzïn, enfatizando la intención de
negociar, respetar a los pueblos y buscar acuerdos que liberaran a
las comunidades oprimidas por los mexicas.
Se prestó
especial atención a los pequeños detalles: gestos, posturas y
símbolos que los mexicas considerarían importantes. Cada capitán
debía actuar con disciplina, y los aliados locales, acompañando la
ceremonia, darían testimonio de la fuerza unida de la coalición.
—Este
encuentro definirá mucho más que alianzas —dijo Cortés, mirando
a todos—. Será la primera impresión de lo que somos capaces de
lograr juntos. Si todo sale bien, los mexicas entenderán que nuestra
llegada no es un simple acto de fuerza, sino una oportunidad de
cambio para quienes han sufrido bajo su dominio.
Malintzïn
observaba a Cortés, consciente de que también su relación personal
influía en la percepción de los líderes indígenas: su presencia,
su serenidad y su inteligencia reforzaban la autoridad de Cortés
ante los ojos de todos. La estrategia estaba diseñada no solo para
la política y la guerra, sino para consolidar la cohesión de un
ejército diverso y la confianza de los pueblos que dependían de su
palabra y su mediación.
Cuando la
reunión terminó, todos los capitanes y aliados comprendieron que el
éxito de la expedición no dependía únicamente de la fuerza
militar, sino de la capacidad de comunicación, negociación y
diplomacia que Malintzïn y Cortés podían ejercer juntos. La
preparación estaba lista, y el encuentro formal con los gobernantes
mexicas se aproximaba como un momento decisivo que definiría el
rumbo de la expedición.
La
expedición llegó al lugar acordado para el encuentro con los
mexicas al amanecer. La zona había sido elegida cuidadosamente: un
claro amplio, suficientemente neutral para que los emisarios y jefes
mexicas se sintieran seguros, pero también lo bastante visible para
que los aliados locales y los soldados españoles mostraran su
presencia.
Los
primeros en aparecer fueron los jefes locales lujosamente ataviados
que habían decidido acompañar a Cortés, sus gestos mezclaban
respeto y curiosidad, atentos a cada movimiento de los españoles.
Los soldados, disciplinados y organizados al mando de sus oficiales,
se colocaron estratégicamente, mientras que los caballos, se
mantenían tranquilos, formando una línea que reflejaba una fuerza
contenida que causaba honda impresión entre los mexicas.
Malintzïn
caminó al frente junto a Cortés, su porte sereno y firme,
lujosamente vestida al modo de su pueblo, marcaba la pauta. Cada
gesto suyo era medido, cada mirada transmitía autoridad y calma. Los
emisarios mexicas se acercaron con cautela, evaluando la disposición
de la expedición y los símbolos de respeto que se mostraban: las
posturas rectas de los españoles engalanados con sus mejores
vestimentas de guerra, la inclusión de los aliados locales, y la
claridad de las intenciones expresadas por Malintzïn y Cortés.
—Venimos
en busca de entendimiento —dijo Cortés, su voz firme pero
tranquila—. No buscamos conflictos innecesarios. Nuestra presencia
aquí es para dialogar y encontrar caminos que beneficien a todos los
pueblos oprimidos por la autoridad de Tenochtitlan.
Malintzïn
tradujo cuidadosamente cada palabra, matizando los términos para que
los emisarios no percibieran amenaza y para enfatizar la intención
de cooperación. Además, corrigió con sutileza ciertos gestos de
los soldados que podrían ser interpretados como arrogancia o
agresión. Cada movimiento de su parte suavizaba tensiones y
facilitaba que los líderes mexicas escucharan con atención.
Las
primeras palabras se intercambiaron con cautela, pero la habilidad de
Malintzïn permitió que el diálogo fluyera con claridad. Los jefes
mexicas preguntaban sobre los aliados locales, sobre las intenciones
reales de los españoles y sobre el futuro de sus pueblos. Malintzïn
respondía con precisión, mostrando el respeto por sus culturas y
subrayando la necesidad de libertad y seguridad que ofrecía Cortés.
Cristóbal
de Olid, aún con resquemor hacia Cortés, observando la interacción,
notó cómo la influencia de Malintzïn y la prudencia de Cortés
mantenían bajo control cualquier atisbo de hostilidad. Alvarado,
advirtiendo esto, se colocó junto a su compañero de armas y amigo
para tranquilizarle, mientras los otros capitanes, aunque impacientes
por mostrar fuerza, comprendieron que la diplomacia, guiada por la
intérprete, era la mejor arma en ese momento.
El
encuentro finalizó sin incidentes, con un acuerdo preliminar para
continuar las negociaciones en los próximos días y un
reconocimiento mutuo de respeto entre las partes. La expedición
regresó al campamento satisfecha: se había evitado un conflicto
innecesario y se había consolidado la importancia de Malintzïn como
mediadora, cuyo juicio y diplomacia eran ahora tan valiosos como la
fuerza de los soldados.
La
experiencia dejó claro que, más allá de la disciplina y la
estrategia militar, la conquista dependía de la inteligencia, la
prudencia y la capacidad de construir puentes entre culturas.
Malintzïn y Cortés, cada vez más cercanos, se habían convertido
en el eje sobre el que giraban tanto la diplomacia como la moral de
la expedición.
Tras ese
contacto con los emisarios mexicas, Cortés y sus capitanes
decidieron organizar reuniones más formales con los pueblos aliados
cercanos a Tenochtitlan. Cada encuentro debía consolidar la
confianza, coordinar estrategias y asegurar que los aliados
comprendieran su papel en la expedición.
Malintzïn
se convirtió en la figura central de estas negociaciones. Su
presencia inspiraba respeto: los jefes locales observaban con
atención cómo transmitía las palabras de Cortés, modulando el
lenguaje y los gestos para que no hubiera malentendidos. Con
paciencia, explicaba que los españoles no impondrían su voluntad
sin considerar los intereses de cada comunidad, que su objetivo era
la liberación de los pueblos sometidos por los mexicas y que la
alianza debía basarse en reciprocidad y cooperación.
—No
busquen privilegios ni recompensas inmediatas —decía Malintzïn—.
La fuerza de nuestra unión estará en la confianza mutua y en la
defensa de lo que cada uno considera sagrado y justo. Si actuamos
juntos, los mexicas no podrán imponerse más sobre ustedes.
Cortés
escuchaba atentamente, consciente de que cada palabra de la
intérprete fortalecía su posición y la de sus capitanes. Cristóbal
de Olid y Pedro de Alvarado colaboraban, ajustando las estrategias
militares según la información que los aliados proporcionaban,
mientras otros oficiales supervisaban la logística y la seguridad.
Las
conversaciones revelaban la desconfianza inicial de algunos jefes
locales, pero también su esperanza de liberación. Malintzïn
corregía malentendidos culturales y evitaba tensiones que podrían
romper la negociación, mientras Jerónimo de Aguilar apoyaba con
traducciones precisas y explicaciones adicionales cuando era
necesario.
Con cada
reunión, la expedición ganaba fuerza: hombres, provisiones,
conocimiento del terreno y aliados comprometidos. La presencia de
Malintzïn y Jerónimo de Aguilar, más la coordinación con los
capitanes españoles y jefes nativos demostraban que la empresa no
dependía únicamente de la fuerza militar, sino de la habilidad de
comunicación, la diplomacia y la organización.
Al terminar
la jornada, los capitanes y jefes aliados compartieron un breve
encuentro informal, intercambiando historias, experiencias y pequeños
gestos de camaradería. Malintzïn, siempre atenta, observaba cómo
la confianza se consolidaba no solo a través de palabras, sino
mediante la acción y el respeto mutuo. Cortés, a su lado, reconocía
silenciosamente que su éxito en la región no sería posible sin la
inteligencia y la diplomacia de la intérprete.
Con estas
negociaciones, la expedición estaba lista para avanzar hacia
Tenochtitlan con un ejército no solo reforzado en número, sino
cohesionado en estrategia, confianza y propósito. Cada paso dado
hacia la gran ciudad mexica demostraba que la combinación de fuerza
y persuasión, guiada por Malintzïn y los líderes españoles, era
la clave para el futuro de la conquista.
El avance
hacia Tenochtitlan se realizó con cautela. La expedición, reforzada
por los aliados locales, avanzaba a través de caminos que
serpenteaban entre lagunas y campos, mientras los capitanes españoles
vigilaban posibles emboscadas. Los rumores sobre la magnitud de la
ciudad y la fuerza de los mexicas circulaban entre los soldados,
mezclando respeto y temor.
Al
aproximarse a los primeros poblados bajo control mexica, comenzaron a
aparecer señales de alerta: guerreros que observaban desde lo alto
de colinas, mensajeros que desaparecían en el horizonte y habitantes
que se mostraban recelosos ante los recién llegados. Cada gesto
podía interpretarse como desafío o sumisión, y aquí la labor de
Malintzïn se volvió nuevamente crucial.
—No
debemos provocarles —decía a Cortés, mientras caminaban entre
aliados y soldados—. Cualquier malentendido podría desencadenar un
ataque prematuro. Debemos mostrar respeto, paciencia y firmeza.
Los
soldados españoles, con su experiencia en combate, seguían atentos,
mientras los jefes aliados indicaban las rutas más seguras y los
lugares donde podrían establecer campamentos temporales. Malintzïn
traducía y mediaba, asegurándose de que tanto los mensajes de
Cortés como las preocupaciones de los aliados fueran entendidos
correctamente.
Dentro de
Tenochtitlan, la tensión crecía. Los mexicas, observando la
aproximación de un ejército combinado, evaluaban cada movimiento.
Algunos guerreros cruzaban palabras y miradas, desconfiados de las
intenciones de los recién llegados. Malintzïn, al percibir la
inquietud, modulaba las palabras de Cortés, explicando su deseo de
diálogo y cooperación, evitando cualquier gesto que pudiera ser
interpretado como amenaza.
—Queremos
hablar con los líderes —traducía Malintzïn a los emisarios
mexicas—. No venimos a destruir, sino a buscar acuerdos que
protejan a todos los pueblos sometidos y establezcan nuevas reglas de
convivencia.
Cortés,
observando la eficacia de la intérprete, comprendía que cada paso
dentro de la ciudad dependía tanto de la prudencia como de la
fuerza. La relación entre ellos, ya marcada por cercanía y
confianza, se percibía también entre los soldados y aliados: la
coordinación era más fluida, las órdenes se ejecutaban con
precisión y la diplomacia de Malintzïn evitaba incidentes que
podrían haber resultado fatales.
Las
primeras tensiones dentro de la ciudad fueron gestionadas con
habilidad: gestos, palabras y ofrecimientos de respeto disminuyeron
la hostilidad inicial. Los emisarios mexicas, al ver la disposición
de los aliados locales y la claridad de los mensajes, comenzaron a
colaborar, aunque con cautela.
Así, la
expedición logró establecer un primer contacto seguro en
Tenochtitlan, consolidando
la posición de Cortés y Malintzïn como líderes de una empresa que
no dependía únicamente de la fuerza militar, sino de la
inteligencia, la diplomacia y la capacidad de construir puentes entre
mundos distintos. Cada gesto, cada palabra y cada mirada eran ahora
piezas fundamentales en el tablero de la conquista. La labor de
Jerónimo de Aguilar resultaba de vital importancia para corregir los
fallos de traducción que Malintzïn, al no dominar por completo el
idioma español, cometía.
Una vez
dentro de Tenochtitlan, la expedición se encontró con una ciudad
imponente, llena de canales, templos y mercados que reflejaban la
riqueza y el poder mexica. Sin embargo, esa magnificencia no ocultaba
la tensión palpable: los habitantes observaban con recelo a los
recién llegados, evaluando sus gestos y sus intenciones.
Cortés
reunió a sus capitanes y aliados locales para organizar un primer
encuentro formal con los líderes mexicas. Malintzïn, al frente de
la mediación, inspeccionó cuidadosamente la disposición de todos,
corrigiendo con sutileza posturas y gestos que pudieran resultar
ofensivos. Sabía que cualquier error cultural podía desencadenar un
conflicto, incluso antes de que se iniciaran las negociaciones.
—Mantengan
la calma y la firmeza —dijo a los españoles—. Debemos mostrar
respeto y autoridad a la vez. Los aliados locales nos respaldan; sus
palabras también cuentan.
El
encuentro comenzó con un intercambio de saludos ceremoniales, donde
los jefes mexicas evaluaban la sinceridad de Cortés y sus
acompañantes. Malintzïn se movía con precisión entre las partes,
traduciendo palabras y explicando gestos, evitando que la tensión
escalara. Cada pregunta de los líderes mexicas era contestada con
paciencia, matizando los términos y asegurando que los mensajes
fueran comprendidos en su sentido correcto.
—Queremos
garantizar la seguridad de sus pueblos —traducía Malintzïn—. La
alianza que proponemos permitirá la liberación de quienes han
sufrido bajo la autoridad mexica, y protegerá a todos los que
decidan unirse a nosotros.
Algunos
jefes mexicas mostraban desconfianza, cuestionando las promesas de
los españoles y la verdadera intención de sus aliados locales.
Malintzïn, anticipando posibles malentendidos, introducía
explicaciones adicionales y relatos de pueblos ya liberados,
reforzando la idea de que la cooperación beneficiaría a todas las
comunidades.
Mientras
tanto, Cortés observaba atento la reacción de los mexicas,
ajustando su tono y gestos según la interpretación de Malintzïn.
Los capitanes españoles reconocían que su fuerza militar no
bastaría: la negociación, guiada por la intérprete, era ahora la
clave para evitar un conflicto prematuro.
El
resultado de esta primera reunión fue alentador: no se alcanzó un
acuerdo completo, pero se logró reducir la hostilidad y establecer
un canal de comunicación. Los mexicas percibieron que la expedición
española no buscaba un ataque inmediato, sino una negociación
respaldada por aliados locales y mediada con cuidado.
Al final de
la jornada, Hernán Cortés, Malintzïn, Jerónimo de Saavedra, Los
jefes aliados y los capitanes españoles, regresaron al campamento.
La intérprete había demostrado nuevamente su capacidad para manejar
conflictos internos y externos, consolidando su posición como figura
estratégica indispensable. Cortés, reconociendo su habilidad y
juicio, comprendió que cada paso hacia la conquista de Tenochtitlan
dependería no solo de la fuerza, sino de la inteligencia y
diplomacia que ella ofrecía en cada interacción.
Tras
varias jornadas de negociaciones y la cuidadosa evaluación de la
situación dentro de Tenochtitlan, Cortés decidió organizar el
primer encuentro formal con Moctezuma, el huey
tlatoani. La reunión debía realizarse en un lugar neutral y seguro,
cuidadosamente elegido por los emisarios mexicas y con la aprobación
de los aliados leales.
Cortés y sus capitanes prepararon cada detalle: la disposición de
los soldados, los gestos de respeto, y la manera en que se
presentarían ante el monarca.
Malintzïn,
al frente de la mediación, explicó a los aliados y a los soldados
españoles cómo debían comportarse. Su voz era firme y serena,
transmitiendo seguridad y prudencia:
—Cada
palabra es importante, cada gesto puede ser interpretado de forma
equivocada —dijo—. No busquemos imponer, sino mostrar respeto y
firmeza. Yo traduciré todo con precisión y cuidado.
Cuando el
día llegó, la comitiva española avanzó por los canales y puentes
hacia el lugar designado. Moctezuma apareció acompañado de nobles y
guardias, su porte imponente transmitía autoridad, pero también
curiosidad y cautela. El silencio se hizo absoluto mientras ambos
líderes se observaban; cada gesto, cada movimiento era medido.
—Gran
señor —comenzó Cortés, con voz firme—. Venimos con respeto y
con la intención de dialogar. Nuestra expedición no busca destruir,
sino encontrar caminos que beneficien a todos los pueblos que sufren
bajo su gobierno.
Malintzïn
tradujo cada palabra con delicadeza, cuidando que las expresiones no
perdieran matiz ni fueran malinterpretadas. Luego, tradujo con la
misma precisión la respuesta de Moctezuma, quien habló con cortesía
pero con firmeza, mostrando que entendía las intenciones de los
recién llegados, pero sin ceder terreno a la presión.
—No temo
a tus palabras —decía Moctezuma—, pero debo velar por mi pueblo
y mi autoridad. Comprenderé tu propuesta, pero las decisiones se
tomarán con cuidado.
La reunión
continuó con un intercambio de ideas y gestos medidos, donde
Malintzïn se convirtió en el puente indispensable entre dos mundos.
Su inteligencia, prudencia y habilidad para manejar matices
culturales y diplomáticos aseguraron que la tensión no se
transformara en conflicto. Cortés, consciente del valor de la
intérprete, observaba cada movimiento, respaldándola con firmeza y
respetando su juicio.
Cuando el
encuentro concluyó, ambos líderes se retiraron con la certeza de
que se había establecido un canal de comunicación y respeto.
Malintzïn, al observar a Cortés, comprendió que su papel iba más
allá de traducir: era un eje estratégico, mediadora y guía, cuya
influencia podía determinar el curso de la expedición y la vida de
numerosos pueblos.
La
expedición regresó al campamento, fortalecida por la diplomacia y
el entendimiento alcanzados. Malintzïn se convirtió en una figura
central: su decisión, inteligencia y prudencia no solo consolidaban
la autoridad de Cortés, sino que protegían a sus aliados y guiaban
a los soldados españoles en un territorio desconocido y complejo.
Cortés, siempre atento a su consejo y respaldando cada una de sus
intervenciones, reconocía que sin ella, la empresa de conquistar y
negociar con los pueblos mexicas habría sido imposible.
Así
culminó esta fase de la expedición: con la certeza de que la fuerza
no bastaba, y que la combinación de diplomacia, astucia y
determinación —personificada en Malintzïn— sería la clave para
el futuro de la expedición y la historia que juntos estaban
escribiendo. El resto lo dicta la historia. Una historia que hay que
tomar, siempre, de distintas fuentes...
*
Motēcuzōmah
Xōcoyōtzin.
Escrito
según la pronunciación náhualt clásica.