A sus 21 años, Maia era una sombra. Literalmente. Vestida siempre de negro, desde el calzado hasta la capucha de la sudadera, se movía por la ciudad como un fantasma con una mochila amarilla sobre la espalda. Una mochila, su única compañera fiel, contenía su vida entera: libros, ropa de repuesto y un par de tenis más cómodos para cuando se sentía cansada.
Su elección por el negro no era una moda pasajera, sino una declaración. Un escudo contra el mundo, un abrazo de anonimato. En cada esquina, en cada café solitario, se perdía en las páginas de un libro, construyendo mundos paralelos donde no era necesario mostrar el rostro.
La gente la miraba, pero no la veía. Era invisible, un espectro que se deslizaba entre la multitud. Algunos la juzgaban, otros la compadecían, pero a Maia no le importaba. Había encontrado paz en la soledad, en la libertad de ser quien quisiera ser sin el peso de las expectativas.
Sin embargo, bajo esa capa de indiferencia, latía un corazón inquieto. A veces, en la quietud de la noche, se preguntaba si estaba perdiendo algo al vivir así. ¿Amistades? ¿Amor? ¿Una vida normal? Pero al instante, la melancolía se desvanecía, reemplazada por la sensación de libertad que sólo la soledad podía ofrecer.
Maia era un enigma, un misterio envuelto en sombras. Y aunque muchos la consideraban una extraña, ella sabía que era simplemente una joven con una mochila amarilla colgada sobre su espalda buscando su lugar en un mundo demasiado brillante para sus ojos.
Agradecimiento especial a @israel_fernandez_fotografia
miércoles, 19 de marzo de 2025
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