Cuando enterraron a sus padres, Catalina fue llevada a la casa de sus tíos en Fuente el Fresno. Ellos se harían cargo de la niña puesto que no tenían hijos. Apenas entendía lo que ocurría; el murmullo de los adultos, la humedad de las lágrimas de su abuela al despedirse y la mirada severa de su tía Clara se entremezclaban en un torbellino que hacía temblar sus pequeños hombros.
—Déjala ahí, —ordenó Clara, señalando un catre en un rincón del establo. Catalina miró con ojos desconcertados el lugar que ahora sería su hogar. A sus ocho años, esperaba que alguien la abrazara, que le prometieran que todo iba a salir bien. Pero el único sonido que recibió fue el crujir de las botas de su tío Ramiro al alejarse, seguido del portazo que cerraba un capítulo de su infancia.
El tiempo en esa casa transcurrió con la monotonía de una prisión. Cada amanecer, Catalina era la primera en levantarse. Encendía el fuego, alimentaba a los animales y limpiaba hasta que sus manos quedaban ásperas como el suelo que fregaba. Clara y Ramiro apenas le dirigían la palabra, salvo para darle órdenes. En su mundo de silencio y trabajo, Catalina aprendió a guardar su tristeza como se guarda una joya rota, oculta y olvidada.
A medida que pasaron los años, su figura se fue esculpiendo por el trabajo duro. A los 21 años, su rostro ya no era el de una niña asustada, pero en sus ojos permanecía el brillo apagado de la soledad. Sin embargo, algo comenzó a cambiar un miércoles de mercado en el que que acompañó a su tía a la plaza.
El mercado de Fuente el Fresno era un espectáculo vibrante que Catalina apenas podía asimilar. Al cruzar el arco que marcaba la entrada a la plaza, fue como si el mundo se hubiera abierto ante ella por primera vez. El aire estaba impregnado de olores: especias, frutas maduras, queso curado, y el aroma embriagador del pan recién horneado. Las voces de los vendedores se mezclaban en un caos armonioso, ofreciendo desde calabazas hasta cuchillos, desde gallinas hasta telas de colores vivos, pescados ahumados y en salazón, aperos de labranza y todo tipo de mercaderías, ofrecidas a gritos por los vendedores para llamar la atención de los posibles compradores.
Catalina caminaba como en un sueño. Pocas veces había estado rodeada de tantas personas. Mujeres con delantales manchados negociaban el precio de las verduras y otros productos, niños corrían con risas despreocupadas, y los hombres cargaban sacos con el sudor perlando sus frentes. Todo aquello era tan distinto al silencio y la monotonía de su vida en la finca que casi se sintió abrumada.
Cada puesto era un mundo nuevo. En uno, un herrero golpeaba una hoja de metal bajo un toldo improvisado, las chispas iluminando brevemente las sombras. En otro, una anciana ofrecía mazapanes y dulces envueltos en papel de colores. Catalina se detuvo frente a un mostrador repleto de frutas brillantes: naranjas, granadas y uvas que parecían joyas bajo la luz del sol. No estaba acostumbrada a ver colores tan vivos ni sentido el impulso de querer algo solo porque era hermoso.
Pero lo que realmente la emocionaba era la libertad que se respiraba allí. Nadie le daba órdenes, nadie la miraba con reproche. Era una más entre la multitud, y por primera vez sintió que podía elegir qué hacer, dónde ir. Incluso su tía Clara, ocupada regateando con un carnicero, parecía haber olvidado por un momento su presencia. Catalina aprovechó esa breve libertad para pasear entre los puestos, descubriendo pequeños tesoros: pañuelos bordados, abalorios de distintos tipos, un espejo de bolsillo enmarcado en metal que le devolvió una imagen de sí misma que casi no reconocía.
El bullicio no la asustaba; al contrario, la llenaba de vida. Cada risa, cada grito, cada murmullo le recordaba que el mundo era más grande de lo que había imaginado. Cerró los ojos por un instante y dejó que todo aquello la envolviera. Sentía que su pecho se ensanchaba, como si estuviera respirando aire puro después de años de encierro. Por primera vez en mucho tiempo, Catalina vislumbró la posibilidad de un destino distinto al que hasta entonces había conocido.
El mercado de Fuente el Fresno era un mundo aparte, un remolino de vida que Catalina apenas podía comprender. Desde el momento en que entró en la plaza, sintió como si el aire cambiara, como si el bullicio mismo tuviera el poder de arrancarla del peso de su rutina. El sonido de los vendedores pregonando sus productos llenaba el espacio:
—¡Naranjas dulces como la miel! —¡Queso fresco recién hecho! —¡Sartenes de hierro, duran toda la vida!
Las voces se mezclaban con las risas de los niños que correteaban entre los puestos y el constante crujir de las ruedas de los carros sobre las piedras.
Catalina no recordaba la última vez que había visto tanta gente junta. Sus ojos se movían rápidos, como queriendo captarlo todo de una sola vez. Hombres cargados con sacos de grano se abrían paso entre las multitudes; mujeres con cestas al brazo discutían precios con los tenderos, y un anciano tocaba una flauta de madera, mientras un perro dormitaba a sus pies. A su alrededor, todo estaba lleno de movimiento, de voces, de colores, y Catalina se sentía pequeña pero viva, como si estuviera despertando de un sueño largo y gris.
Había un olor en el aire que lo abarcaba todo, una mezcla de pan recién horneado, hierbas frescas, tierra húmeda y sudor. A medida que caminaba detrás de su tía Clara, quien discutía con un carnicero, Catalina dejó que sus sentidos la llevaran. Sus ojos se posaron en un puesto repleto de frutas: granadas de un rojo intenso, manzanas verdes y jugosas, y racimos de uvas que parecían joyas al sol. Al pasar junto a otro tenderete, se detuvo a observar un paño bordado con flores azules, tan delicado que por un momento deseó poder tocarlo, llevarlo consigo, aunque sabía que no podía.
Por primera vez en mucho tiempo, nadie la llamaba ni la reprendía. Su tía estaba demasiado ocupada regateando, y Catalina aprovechó ese tiempo de olvido para vagar unos metros más allá. Frente a un herrero que martillaba un trozo de metal ardiente, las chispas volaron como luciérnagas. Unas niñas jugaban a saltar la cuerda, sus risas agudas atravesaban el aire; un tendero voceaba el precio de sus frutas y verduras mientras otro probaba su suerte con los embutidos. Todo a su alrededor era vida, y Catalina se dejó envolver por ella.
Lo que realmente le emocionaba era la libertad que se respiraba allí. Nadie le daba órdenes, nadie la miraba con reproche. Era una más entre la multitud, y por primera vez sintió que podía elegir qué hacer, dónde ir. Incluso su tía Clara, ocupada regateando con un carnicero, parecía haber olvidado por un momento su presencia. Catalina aprovechó esa breve libertad para seguir paseando entre los puestos, descubriendo pequeños tesoros: pañuelos bordados, abalorios de distintos tipos...
El bullicio no la asustaba; al contrario, se sentía llena de vida. Cada risa, cada grito, cada zumbido de conversaciones que se entrelazaban le recordaba que el mundo era más grande de lo que había imaginado. Por un instante, cerró los ojos y dejó que todo aquello la envolviera. Sentía que su pecho se ensanchaba, como si estuviera respirando aire puro después de años de encierro.
Se detuvo junto a un puesto donde una anciana vendía pequeños espejos de bolsillo, enmarcados en metal bruñido. Tomó uno y lo alzó para mirarse. El reflejo le devolvió una imagen que apenas reconocía: una joven de ojos oscuros y rostro serio, pero con un leve rubor en las mejillas que el viento del mercado había encendido. ¿Era esa realmente ella? Durante un instante, sintió una chispa de curiosidad, una sensación de estar viva que hacía años no experimentaba.
Todo en el mercado le hablaba de un mundo que no conocía. Allí, la gente reía, discutía, intercambiaba historias. Todo parecía más libre, más ancho que los límites de la finca donde había pasado tantos años. En el mercado, nadie la miraba como un mueble más de la casa. Era solo una joven más entre la multitud, y aquella idea la llenó de una alegría inesperada.
Cuando su tía Clara la llamó con brusquedad para cargar un paquete, la chispa de aquella libertad pareció apagarse un poco, pero no del todo. Mientras regresaban a la finca, con el sol cayendo lentamente detrás de las colinas, Catalina no podía dejar de pensar en lo que había sentido en la plaza. Una alegría extraña, como si por un momento hubiese probado algo más, algo que ahora sabía que existía y que, de algún modo, debía alcanzar...

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