martes, 8 de abril de 2025

2 «La estrella guía» «Donde Martín de Escalona llega a Fuente el Fresno»

 


Martín tiene veintitrés años, aunque por la intensidad de su mirada y la firmeza de sus brazos curtidos por el sol, cualquiera habría apostado que el mundo ya le había puesto a prueba más de una vez. Natural de Escalona, un rincón apacible a orillas del Alberche, donde los chopos murmuran secretos al viento y las gentes viven al ritmo lento del río. Allí había crecido entre travesuras, meriendas al aire libre y una educación que mezclaba la picaresca con la nobleza de carácter. Fuerte, moreno, con una expresión siempre entre la sonrisa y el reto, Martín era de esos hombres que uno recuerda aunque sólo lo haya visto una vez. Pero lo que verdaderamente lo hacía inolvidable era su sentido del humor, tan afilado como una navaja albaceteña y tan contagioso como el canto de una cigarra en verano.

Durante años, su alegría natural le había abierto las puertas de muchas casas, pero también de algunos corazones. Y fue precisamente uno de esos corazones, el de Lucía —una joven de su mismo pueblo, de ojos de almendra y dulzura engañosa—, el que acabaría hiriéndolo más profundamente de lo que él mismo habría querido admitir. Martín se enamoró con esa mezcla de candor y entusiasmo que sólo se permite a los jóvenes, creyendo que su pasión bastaría para vencer cualquier obstáculo. Pero Lucía, aunque lo miraba con ternura, prefería la seguridad de un futuro más estable, y acabó prometida con un comerciante mayor que ella, pero con fortuna y apellido. El día que supo de ese compromiso, Martín no dijo palabra. Recogió lo poco que tenía y, sin despedirse de nadie, abandonó Escalona con la intención de perderse entre las llanuras manchegas.

Durante un año de deambular errante, se convirtió en trovador, en aprendiz de muchas cosas y maestro de ninguna. Durmió en pajares, en hospederías de mala muerte, en casas ajenas cuando la hospitalidad se lo permitía, y alguna vez bajo un cielo tachonado de estrellas. De pueblo en pueblo, sobrevivía haciendo pequeños trabajos: limpiaba cuadras, cargaba fardos, tocaba la bandurria en las plazas, o contaba historias —muchas ciertas, otras no tanto— a cambio de un cuenco de sopa o un vaso de vino. Pero donde Martín dejaba verdadera huella era entre las gentes, que en cuanto lo conocían, se rendían a su simpatía y su descaro. Nunca faltaban las risas a su paso, ni las miradas curiosas, ni alguna que otra moza que se quedaba prendada de su verbo ágil y sus gestos generosos.

Una de esas paradas lo llevó a La Puebla de Montalbán, donde se hospedó durante unas semanas ayudando a Pedro de Guzmán, propietario de un molino junto al Tajo y las Barrancas Burujón, a reparar unas compuertas. Fue allí donde se vio envuelto en una aventura que casi le cuesta el pellejo. La mujer del alcalde, doña Beatriz, era conocida por su porte distinguido, su carácter altivo y su belleza sin par a pesar de los años. Lo que no sabían tantos era que también se aburría como una piedra en aquel caserón de altos muros y largas sobremesas. Martín la conoció en una fiesta patronal y, entre bailes y palabras galantes, la chispa prendió sin remedio. Durante los días en los que el alcalde estaba fuera del pueblo, se vieron a escondidas durante varias noches en el molino de Pedro, que dormía como un tronco y no lo despertaban ni el disparo de diez cañones cercanos. Pero los secretos vuelan, y más cuando hay servidores y miradas indiscretas. Una mañana, el propio alcalde —hombre celoso, bruto y dado al aguardiente— enterado d ellos amoríos de su mujer con Martín, apareció en el molino con un par de alguaciles, preguntando por un joven forastero de verbo suelto y sonrisa fácil. Martín supo entonces que había llegado la hora de correr. Saltó por una ventana, cruzó el Tajo a nado y no se detuvo hasta llegar a Sonseca, con el corazón desbocado y sin más propiedades que las ropas que vestía.

No fue la única peripecia de ese año incierto. En Tembleque, por ejemplo, se ganó el respeto de todo el pueblo cuando evitó que una carreta tirada por dos mulas desbocadas, atropellase a un niño. Saltó sin pensar, atrapó al muchacho y rodaron ambos por el polvo, ilesos pero cubiertos de tierra. Las gentes del lugar le ofrecieron quedarse, incluso le propusieron trabajar como mozo de carga en el mercado, pero algo en Martín no se detenía. Era como si el viento lo empujara siempre hacia adelante, hacia un destino que aún no conocía.

Y fue ese mismo viento el que lo llevó a Aranjuez, donde pasó unas semanas al servicio del cura don Matías, un sacerdote entrado en carnes, de manos suaves y sermones interminables. El hombre, que vivía solo en una casona modesta junto a la iglesia de San Antonio, contrató a Martín como mozo de faenas: encender la lumbre, acarrear agua, limpiar la sacristía y acompañarlo en sus visitas a enfermos o viudas devotas. A cambio, le ofrecía techo, comida y algo de doctrina, que el joven aceptaba con gesto respetuoso, aunque más por necesidad que por vocación.

Durante un tiempo, todo marchó bien. Martín cumplía con sus tareas y se cuidaba de no contrariar al cura, aunque en el fondo le hacían gracia sus manías: el modo solemne de persignarse antes de cada trago de vino, el temblor que le entraba al hablar de las mujeres, o la forma en que escondía los dulces que las beatas le traían en una alacena bajo llave. Pero como era de esperar, la tranquilidad no duró mucho.

Un día, Martín descubrió que el buen don Matías guardaba en el desván unas botellas de licor que no se mencionaban en las homilías. Licores traídos desde Potes, una localidad norteña perdida entre angostos paisajes y altas montañas, y de sabor tan poderoso que uno se olvidaba hasta del Padre Nuestro. Tentado por la curiosidad —y por el aburrimiento—, el joven ideó una pequeña trampa: con una caña fina y un trapo, logró destapar una botella sin que se notara y la fue vaciando poco a poco, rellenándola después con una infusión de anís, agua y un toque de miel para disimular.

Durante días, el cura no notó nada. Pero una noche de tormenta, en la que decidió servirse un copita para espantar el frío del alma, descubrió el engaño al primer sorbo. Pegó tal alarido al llamar al joven que se oyó en media calle. Martín, al escuchar el grito, salió por la ventana del cuarto con sus cosas al hombro y se perdió entre los árboles del Jardín del Príncipe, dejando tras de sí una nota escrita con lápiz en una hoja de misal:

Padre, no es pecado robarle a un ladrón del placer. Que el Señor me lo perdone, y usted también si le nace.

Aquella travesura fue comentada entre risas y ceños fruncidos por todo la feligresía de la zona, aunque nadie supo realmente quién era el forastero pícaro que había engañado a don Matías. Martín, por su parte, se guardó la historia como una más en su repertorio de relatos, adornándola a gusto según el público y el vino disponibles.

Así fue como, con la memoria llena de historias y los pies aún polvorientos, llegó a Fuente el Fresno una tarde de primavera. El campo parecía recién lavado por las lluvias, y el aire olía a tomillo y romero. Martín, cansado del camino pero con esa eterna disposición para la aventura, se dejó llevar por las callejuelas encaladas hasta dar con el taller del herrero. El hombre, llamado Julián, era ancho de espaldas y parco en palabras, pero supo reconocer en el joven una mezcla de energía, fuerza y necesidad. Tras una breve conversación, lo aceptó como ayudante, y Martín se convirtió, por primera vez en meses, en parte de algo estable.

La herrería era un mundo nuevo para él, lleno de ruidos metálicos, sudor y brasas encendidas. Pero Martín aprendía con rapidez. Sus manos fuertes se adaptaron a los martillos y tenazas, y su sentido del humor animaba las mañanas más monótonas. Mientras forjaban herraduras o reparaban herramientas de labranza, contaba sus aventuras con tal gracia que incluso Julián, que apenas se reía, acababa sonriendo entre dientes. En poco tiempo, el joven se ganó el aprecio del pueblo. Las gentes venían no sólo por los encargos, sino también por las historias, que Martín contaba como si fuesen gestas antiguas: la huida de La Puebla como si se tratara de un romance caballeresco, o el rescate del niño en Tembleque como una hazaña heroica.

Y aunque parecía que por fin había encontrado un lugar donde echar raíces, en su interior Martín sabía que el viento seguía llamándolo. Aquel lugar, con su calma y su gente buena, era sólo una estación más. Lo que él buscaba —aunque no lo supiera aún— no era un oficio ni una cama caliente, sino algo más profundo: una razón, un sentido, quizás una redención.

Fue en Fuente el Fresno donde Martín empezó a recuperar el ánimo, aunque en su interior sabía que su destino no sería quedarse allí para siempre. Su corazón inquieto buscaba algo más, algo que todavía no podía nombrar. Y sería en aquella misma plaza del pueblo, durante un día de mercado, donde su camino se cruzaría con un destino aún sin desentrañar.





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