El domingo, tras la misa de doce, en Fuente el Fresno reinaba la calma. Las campanas de la iglesia aún resonaban suavemente en el aire mientras las familias regresaban a sus casas para reunirse en torno a la mesa y disfrutar de la comida dominical. Las calles del pueblo quedaban casi desiertas; la herrería cerraba sus puertas y la taberna apagaba su bullicio habitual hasta el lunes de madrugada. Era el único momento de la semana en el que el tiempo parecía detenerse, y precisamente por eso, Martín y Diego consideraron que era el momento ideal para llevar a cabo su plan.
La excusa era sencilla: una tijera que supuestamente el tío de Catalina había llevado a Martín para reparar. Aunque aquello no era cierto, Martín confiaba en su habilidad para improvisar si el hombre preguntaba al respecto.
—Si
se da cuenta de que no es verdad, me inventaré algo. Diré que le
confundí con otro cliente —dijo Martín mientras ajustaba la
tijera vieja que había sacado de entre las herramientas de su
taller.
Diego, que caminaba a su lado, sonrió divertido.
—No
eres tan buen mentiroso como crees. Imaginativo sí, pero mentiroso…
Solo procura que no terminemos siendo echados de allí a escobasos.
—¿Y tú qué? —respondió Martín con una media sonrisa—. No te veo muy convincente explicando por qué vienes conmigo. Diremos que somos a migos y me acompañas para ir luego a cazar a las lagunas.
—Pero no llevamos armas. Y ya casi estamos en la casa. No podemos regresar.
—Algo se nos ocurrirá en ese momento.
El camino hacia la casa en las afueras del pueblo transcurrió en silencio. El sonido de sus pasos resonaba en la tierra apisonada del sendero, acompañados solo por el canto lejano de algunos pájaros. La casa blanca, sencilla y de apariencia desgastada, estaba cerca. El tejado, cubierto de tejas desiguales, parecía inclinarse ligeramente hacia un lado, y el patio, delimitado por una cerca de madera medio caída, mostraba signos de abandono. A pesar de ello, había algo en el lugar que lo hacía parecer menos inhóspito de lo que debería.
—Ahí está —dijo Martín, señalando con la cabeza mientras ambos reducían el paso.
Diego asintió, pero su mirada se desvió hacia una leñera exterior. Allí estaba Catalina, inclinada junto a una pila de madera, atando un haz de leña con un cordel. Parecía absorta en su tarea, ajena a la llegada de los dos jóvenes.
—Es ella —murmuró Diego, casi sin darse cuenta.
—La veo —respondió Martín, tomando aire antes de empujar la débil reja a modo de puerta quecrujió al abrirse, llamando la atención de Catalina, que se enderezó rápidamente y les miró con una mezcla de sorpresa y cautela.
—Buenos
días —saludó Martín con un tono amigable, levantando ligeramente
la tijera como si fuera una bandera blanca.
—Hola —respondió
Catalina en voz baja, su mirada alternando entre ellos y la casa,
como si temiera que alguien más apareciera.
—Perdona que te moleste —continuó Martín—. Tu tío me pidió que reparara esta tijera, pero me di cuenta de que tal vez era urgente. Pensé que sería mejor traerla hoy, ya que tenía un rato libre.
Catalina
parpadeó, claramente confundida.
—¿Mi tío...? —empezó a
decir, pero se interrumpió al escuchar pasos que venían del
interior de la casa.
La
puerta se abrió, y la tía de Catalina apareció en el umbral. Su
rostro, serio y desconfiado, se iluminó con una ceja arqueada al ver
a los jóvenes en el patio.
—¿Qué queréis? —preguntó sin
rodeos, cruzando los brazos.
Martín,
sin perder la compostura, levantó nuevamente la tijera.
—Su
marido me dejó esto para reparar en la herrería. Pensé que sería
buen momento para traérselo.
La
mujer frunció el ceño, pero no dijo nada de inmediato. Tras tomar
la tijera, dirigió una mirada severa a Catalina, que bajó la cabeza
como si buscara evitar cualquier confrontación. Finalmente, con un
gruñido, le dijo:
—Catalina, guarda esa leña en la casa y
sigue con tu trabajo.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y desapareció tras la puerta, cerrándola con un golpe que resonó en el patio. Catalina, claramente incómoda, recogió el hatillo de leña con manos temblorosas, manteniendo la mirada baja mientras cumplía con la orden. Diego intentó ayudarla con el peso, pero ella, temerosa de su tía, rechazó la ayuda del joven.
—Lo siento si mi tía fue brusca. Ella... no confía mucho en la gente.
Diego
dio un paso adelante, tratando de suavizar la situación.
—No
pasa nada. Nosotros tampoco queríamos molestar.
Catalina
les miró por un momento, como si quisiera decir algo más, pero
finalmente se limitó a asentir.
—Buen día —dijo antes de
volver al interior de la casa, dejando a Martín y Diego en la
leñera, sintiendo que aquella pequeña interacción había dejado
más preguntas que respuestas.
Mientras
regresaban al pueblo, Martín rompió el silencio.
—¿Sabes
qué es lo peor? Esa tijera vieja estaba perfecta. Ni siquiera
necesitaba repararla. Y no la ha pagado.
Diego
sonrió de lado, aunque su mirada permanecía seria.
—Entonses
algo hemos aprendido hoy: esa casa está llena de temores, y mala
espina me da. —Dijo con su marcado acento vizcaíno.
Mientras regresaban al pueblo, el sol empezaba a descender en el horizonte, tiñendo los campos de un tono dorado. Diego y Martín caminaban en silencio por unos momentos, hasta que Martín rompió el mutismo con un suspiro.
Martín: —No sé tú, pero no me quito de la cabeza esa mirada de Catalina. No parecía solo incomodidad. Había algo más... tristeza, tal vez.
Diego: (asintiendo lentamente) —Lo sé. Y tampoco puedo dejar de pensar en cómo reasionó cuando la llamó su tía. No es solo que no confíe en nadie, como dijo. Esa mujer no la trata bien, eso está claro.
Martín: —Tienes razón. No sé cómo, pero deberíamos hacer algo. Esa chica... no parece tener a nadie.
Diego: —Lo he estado pensando. Quizás podamos encontrar una forma de hablar con ella a solas. Si nos cuenta algo de su vida, tal ves podamos ayudar.
Martín: (mirándolo con una sonrisa irónica) —¿Y cómo piensas hacerlo, héroe? ¿Te vas a plantar en el patio con una bandera blanca otra vez?
Diego: (riendo suavemente) —No lo sé, pero no pienso quedarme de brasos crusados. Si está sufriendo ahí, ¿no sería nuestra obligasión intentar aliviar sus penas?
Martín: —Eso está bien, Diego, pero cuidado. Meterse en asuntos ajenos puede traernos problemas. Ya viste cómo es la tía. Si llegamos a incomodar demasiado, podríamos ser nosotros quienes terminemos con el bastón detrás.
Diego: (con determinación) —Eso no me importa. Nadie debería vivir así. Lo que vi en sus ojos... No era solo tristesa, Martín. Era como si ni siquiera se atreviera a esperar algo mejor.
Martín: (bajando el tono) —Bueno, tampoco podemos resolver todo de un día para otro. Vamos a pensar con calma. Esta tarde vienen los chicos a la herrería. Tal vez entre todos podamos idear algo.
Diego: (sonriendo) —Sí, tienes rasón. Un poco de vino nos ayudará a despejar la cabesa. Pero no voy a dejar este asunto. Catalina merese algo mejor que lo que tiene ahí.
Ya en el pueblo, se dirigieron a la herrería de Martín, donde habían quedado con otros dos amigos, Andrés y Tomás. La pequeña forja estaba transformada por unas horas en un improvisado salón de juegos, con una mesa de madera en el centro y bancos desgastados por el uso. Sobre la mesa, descansaban un par de jarras de vino y unos dados desgastados que ya esperaban ser lanzados.
Andrés: (levantando la jarra al verlos entrar) —¡Por fin! Pensé que habíais cambiado el vino por agua bendita después de misa.
Martín: (riendo) —No te hagas el gracioso, Andrés. Ya estamos aquí, y venimos con ganas de ganaros todas las monedas.
Tomás: —Eso lo veremos, herrero. Pero antes, ¿alguien se anima con una partida de cartas?
Mientras mezclaban cartas y lanzaban los primeros dados, Andrés sacó su guitarra, afinándola con paciencia. Pronto, las risas y bromas se mezclaron con los primeros acordes de una seguidilla, que Andrés acompañó con su voz profunda y entonada.
Andrés (entonando con picardía):
«La
moza del río
me guiña un ojo,
y al pasar me pregunta
si
quiero hinojos.»
«Le
digo que sí,
pero a cambio quiero,
que me dé de su
jarro
un sorbo entero».
Los demás acompañaron con palmas y risas.
Martín: (con una sonrisa relajada) —Cantad otra, Andrés. Y esta vez, algo que hable de los que luchan por un sueño.
Andrés: (mirándolo con curiosidad) —¿Un sueño, eh? ¿Tienes alguno en mente, Martín?
Martín: (tras una pausa) —Quizás. Tal vez sea el de alguien más.
Diego, sentado a su lado, le lanzó una mirada rápida, sabiendo perfectamente a qué se refería. Las risas continuaron y el vino siguió corriendo, pero la conversación sobre Catalina flotaba en el aire, presente en sus pensamientos a pesar del jolgorio de la tarde. Sabían que no sería fácil, pero ambos estaban decididos: encontrarían la forma de volver a verla y, si podían, de ayudarla.
Andrés:
—Ahí va una pequeña jota:
«Por
los campos de mi tierra,
la libertad siempre ondea,
que el
vino y el aire puro
curan penas y mareas».
La tarde transcurría animada en la herrería, entre vino, pan y queso que Andrés había traído en un zurrón y que pagaría la pareja perdedora. Las risas llenaban el espacio mientras los vasos se vaciaban y los dados rodaban sobre la mesa de madera, acompañados por bromas y exclamaciones de victoria o derrota. Andrés, guitarra en mano, entonaba de vez en cuando alguna tonadilla, provocando que el ambiente se volviera aún más festivo.
Entre
tirada y tirada, Diego, con gesto pensativo, aprovechó una pausa
para dirigirse a Tomás, que se encontraba revisando las cartas para
la próxima partida.
—Oye, Tomás, tú que conoses
a casi todo el pueblo, ¿sabes algo de la familia que vive en la casa
de las afueras, en el camino a las lagunas?
Tomás
levantó la vista, intrigado.
—¿La casa blanca? Sí, claro.
Es la de los Mendieta. ¿Por qué preguntas?
—¿Viscaínos son? Preguntó Diego.
— Los antepasados del hombre, Antonio, llegaron aquí desde el norte tras la expulsión de los moros después de una batalla. Fueron de los primeros en asentarse cuando se fundó el pueblo. Vinieron gentes de muchas partes de Castilla, atraídas por las concesiones de tierras y la protección de los calatravos*.
Diego
hizo un gesto vago, intentando que no pareciera que su curiosidad
tenía un propósito concreto.
—No sé, pasé por allí hase
poco y me paresió... un lugar peculiar. No se ven mucho por el
pueblo, ¿no?
Tomás asintió, inclinándose hacia atrás en su banco.
—Peculiar, sí. —dijo Tomás— Esa es una manera de decirlo. Apenas se dejan ver. El hombre, Antonio, viene de vez en cuando al pueblo cuando le es necesario, pero siempre va al grano. Es un tipo serio, casi seco. Y la mujer, Clara... bueno, digamos que tiene una fama parecida. Nadie se acerca mucho a ellos. Vienen solo por lo justo y necesario.
Martín,
que estaba en una esquina preparando otro juego de dados,
intervino:
—Eso es verdad. Yo les he hecho algunos encargos,
pero siempre con prisas, y nunca cruzan más de dos palabras. Como si
hablar fuera una pérdida de tiempo.
Diego
asintió lentamente, pero no pudo evitar llevar la conversación
hacia Catalina.
—¿Y la chica? Catalina, creo que se llama.
¿Es su hija?
Andrés,
que afinaba su guitarra en silencio, alzó la mirada con
interés.
—No, no es su hija. Catalina es su sobrina. Llegó a
esa casa cuando era solo una cría. Por lo que sé, perdió a sus
padres en un accidente y se quedó al cuidado de ellos.
Tomás,
con el ceño fruncido, añadió:
—Eso fue hace mucho tiempo.
La mayoría ni siquiera se acuerda de que llegó al pueblo. Pero se
dice que no lo pasó nada bien.
Diego
apoyó los codos sobre la mesa, intrigado.
—¿Qué quieres
desir?
Tomás
dudó un momento, mirando a Andrés como si esperara que él tomara
la palabra. Finalmente, Andrés se encogió de hombros y
respondió:
—Corren rumores, ya sabes cómo es la gente.
Algunos dicen que su tía nunca la quiso realmente. Que la trata más
como a una criada que como a una sobrina. Otros dicen que Antonio
simplemente cierra los ojos a lo que pasa.
El
ambiente en la herrería se tensó ligeramente. Martín, que había
permanecido en silencio, dejó los dados sobre la mesa.
—Eso
explicaría por qué parece tan… apagada. La Catalina que vimos no
es una chica que haya recibido mucho cariño en su vida.
Andrés
tomó un trago de vino y añadió, con un tono reflexivo:
—No
es la primera vez que oigo cosas así. Pero también te digo, Diego,
que si piensas meterte en esto, ten cuidado. Antonio y su mujer no
son gente que acepte fácilmente que otros se inmiscuyan en sus
asuntos.
Diego asintió, pero no dijo nada más. En su interior, aquellas palabras habían encendido algo más que curiosidad. No podía ignorar lo que había oído, especialmente después de haber visto a Catalina y su comportamiento reservado. Sentía que algo debía hacerse, aunque aún no supiera cómo.
El ambiente volvió a relajarse con otra seguidilla de Andrés, quien, guitarra en mano, entonó otra pieza animada para dispersar la tensión:
«El
cura del pueblo
tiene
buen diente,
come
carne en la cena
y
ayuna en viernes.
En
sermones habla
de
vida austera,
pero
el vino en su mesa
nunca
se queda».
Sin embargo, en el corazón de Diego, aquella conversación había dejado una inquietud difícil de ignorar.
La tarde avanzaba, y las jarras de vino menguaban al ritmo de las carcajadas. Andrés, guitarra en mano, seguía entonando coplas y seguidillas mientras los demás aplaudían y coreaban algunos versos. Las caras de los jóvenes comenzaban a teñirse de un leve rubor, no solo por el calor de la forja, sino también por el efecto del vino.
Martín: (riendo mientras reparte los dados para la siguiente partida) —Andrés, ¿cuándo aprendiste a tocar la guitarra? Porque cantar, amigo mío, se nota que lo haces desde la cuna.
Andrés: (respondiendo con una sonrisa pícara) —Desde que supe que a las mozas les gusta más un trovador que un herrero con las manos llenas de hollín. ¿Verdad, Diego?
Diego: (levantando la jarra y riendo) —Eso depende. Un herrero puede fabricar regalos; tú solo prometes cansiones, y esas se las lleva el viento.
Tomás: (interrumpiendo con tono bromista) —Callaos ya, que ninguno de los dos ha visto a una moza más cerca de lo que están viendo a esta jarra. ¡Anda, llenadla de nuevo!
Martín se levantó tambaleándose ligeramente para rellenar las jarras, mientras Andrés afinaba de nuevo la guitarra, dispuesto a improvisar otra seguidilla.
Andrés: (entonando con voz firme)
«El
cura del pueblo
dice
que ayunemos,
y
él con guiso en la olla
vive
contento».
Las risas estallaron en la herrería, y Martín, ya de vuelta, golpeó la mesa con fuerza.
Martín: —¡Por Dios, Andrés, que te oiga el cura y te manda a confesar hasta los días de fiesta!
Andrés: (alzando la guitarra como si fuera un trofeo) —Que lo mande, hombre. ¡Le improviso otra mientras espero en el banco!
El jolgorio continuó mientras Diego, algo más pensativo, tomaba pequeños sorbos de su vino. Andrés, al notar su ensimismamiento, le dio un ligero codazo.
Andrés: —Diego, muchacho, deja de pensar en la sobrina de los Mendieta y disfruta de la tarde.
Diego: (fingiendo ofenderse) —¿Quién dise que estoy pensando en ella? Solo estoy disfrutando del momento.
Tomás: (con tono burlón) —Disfrutando del momento, dice... ¡Si se te nota en la cara que tienes más preguntas que respuestas!
Martín: (interviniendo con una sonrisa) —Dejadle en paz. Diego no es de hablar mucho, pero cuando algo le da vueltas en la cabeza, al final siempre encuentra el modo de resolverlo.
El ambiente relajado y las bromas siguieron llenando la tarde mientras Andrés arrancaba un nuevo canto, esta vez más animado.
Andrés:
«Por
estas tabernas
corren
los cuentos,
que
el vino no pregunta
y
sabe secretos».
Las risas volvieron a estallar, y Andrés, satisfecho con su propia ocurrencia, dejó la guitarra a un lado para unirse al juego de dados. La tarde avanzaba entre bromas, coplas y camaradería, dejando el aire cargado de vino, canciones y la promesa de más historias por venir.
El sol ya comenzaba a ocultarse, y la herrería se llenaba de sombras alargadas mientras el calor del día empezaba a disiparse. Las jarras de vino estaban casi vacías, pero el ánimo de los jóvenes seguía en su punto más alto.
Martín: (barajando un mazo de cartas gastadas) —Bueno, señores, propongo que terminemos esta tarde con una partida de cartas. Pero hay que hacerla interesante.
Tomás: (riendo mientras llena su jarra con el último resto de vino) —¿Interesante? ¿Qué estás tramando ahora, Martín?
Martín: —Sencillo: jugamos por parejas. La pareja que pierda paga lo que hemos bebido y comido. Todo lo que trajo Diego de la taberna.
Andrés: (levantando las manos con una sonrisa burlona) —¡Eso me gusta! Pero, ojo, que no vale hacer trampas, Martín. Sabemos que tienes más maña que suerte con estas cosas.
Martín: (haciéndose el ofendido) —¿Trampas yo? Por favor, Andrés, que soy un hombre honrado. Pero si pierdes, no te quejes luego.
Diego: —¿Y cómo hasemos las parejas?
Andrés: —Yo elijo. Tú y yo, Diego, contra estos dos farsantes. ¿Qué dices?
Tomás: (riendo) —"Farsantes", dice. Prepárate para perder, trovador.
Las parejas quedaron definidas: Andrés y Diego contra Martín y Tomás. Se sentaron en la mesa, con el mazo de cartas entre ellos. Martín repartió con movimientos precisos, y el juego comenzó.
El ambiente, aunque competitivo, seguía siendo festivo. Las bromas volaban de un lado a otro de la mesa, y las risas estallaban cada vez que alguno cometía un error o, por el contrario, lograba una jugada inesperada.
Tomás: (golpeando la mesa tras ganar una mano) —¡Eso! Y decíais que éramos farsantes. ¡Andrés, prepara la bolsa!
Andrés: (encogiéndose de hombros con falsa resignación) —Tranquilo, que esto no ha terminado. Diego, no nos falles ahora.
La partida estuvo reñida hasta el final. Las jarras de vino vacías servían como trofeos de una tarde bien aprovechada, y los restos del pan y el queso apenas eran testigos del entusiasmo que reinaba en la mesa. Finalmente, tras una última mano tensa, Andrés y Diego lograron imponerse.
Andrés: (levantándose de un salto y alzando los brazos) —¡Victoria! ¿Qué decías, Tomás? ¿Farsantes, nosotros? Anda, saca esas monedas.
Martín: (riendo mientras busca en su bolsa) —Está bien, está bien. Pero no digáis que no dimos pelea.
Tomás: (refunfuñando, pero con una sonrisa) —La próxima os lo pondremos más difícil.
Diego: —Eso si aún os queda algo en los bolsillos después de pagar.
El grupo estalló en carcajadas mientras Martín y Tomás reunían las monedas necesarias para pagar lo consumido. A pesar de la derrota, el buen humor reinaba entre ellos. La tarde había sido larga y animada, y ahora, con la noche acercándose, cada uno comenzó a pensar en sus próximos pasos.
Andrés: (guardando su guitarra) —Bueno, caballeros, esta ha sido una buena jornada. Pero mañana será otro día, y algunos tendremos que trabajar.
Diego: —Sierto, y yo tendré que explicar por qué falta vino en la taberna. Espero que mi jefe no pregunte demasiado.
Martín: (dándole una palmada en la espalda) —Si lo hace, dile que le hiciste un favor: lo trajiste al mejor lugar donde se puede disfrutar.
Los jóvenes se despidieron entre bromas y promesas de otra tarde similar. A medida que cada uno se marchaba, el eco de las risas y las coplas seguía resonando en la herrería, como un recuerdo vivo de un día bien compartido.
Con la noche cayendo sobre Fuente el Fresno, la herrería comenzaba a quedar en silencio. Martín, siempre meticuloso, decidió quedarse unos minutos más para ordenar las herramientas, recoger los dados y dejar todo en su sitio. Mientras tanto, Diego, Tomás y Andrés se despidieron en la puerta.
Martín: (desde el umbral) —¡No os vayáis a emborrachar por ahí, que mañana quiero veros vivos y enteros!
Andrés: (levantando la guitarra) —¡Tranquilo, Martín! Solo llevamos vino en la cabeza, no en las piernas.
Rieron mientras se alejaban. Al doblar la esquina de la Calle Real, Andrés, siempre animado, empezó a rasguear la guitarra con un ritmo alegre. La melodía de una jota manchega resonó en el aire nocturno, llenando las calles vacías con su vibrante energía.
Andrés:
(entonando con entusiasmo)
«En
Fuente el Fresno la Luna
se
asoma al portal,
y
las mozas al río
bajan
a bailar».
Tomás, inspirado por el ritmo, comenzó a cantar con su voz grave, llenando la noche de vida:
Tomás:
«Y
el cura del pueblo dice
que
no hay que beber,
pero
el vino en la misa
no
falta a su vez».
Ambos estallaron en carcajadas tras la estrofa, y Andrés respondió con otra copla, improvisando mientras subían la calle:
Andrés:
«En
casa del cura hay siempre
pan
y buen queso,
y
el gallo en la olla canta
al
vino espeso».
Tomás: (entre risas, señalando a Andrés) —¡Cuidado que un día te van a prohibir entrar en la iglesia!
Andrés: (con una sonrisa pícara) —Mientras no me prohíban entrar en la taberna, no pasa nada.
La Calle Real se iba quedando en calma, solo interrumpida por el eco la música y las tonadillas de Tomás y Andrés mientras se alejaban cantando. Diego caminaba junto a ellos hasta llegar a la taberna, cuyo cartel de madera crujía suavemente al compás de la brisa nocturna. La luz de un farol colgado sobre la entrada proyectaba sombras alargadas en el suelo.
Diego: (deteniéndose) —Bueno, muchachos, aquí os dejo. Yo me quedo en mi habitasión, que mañana hay que estar fresco para el trabajo.
Tomás: (dándole un golpecito en el hombro) —Fresco dice... ¡Si mañana vas a estar sirviendo vino a los mismos con quienes lo bebiste hoy!
Andrés: (riendo y alzando la guitarra) —Eso si no decides quedarte dormido junto al barril. ¡Hasta mañana, Diego!
Diego: (sonriendo) —No os preocupéis por mí. Vosotros llegad enteros a casa y no arméis ruido, que las vesinas no os van a resibir con flores si las despertáis.
Tomás: (con un gesto dramático) —¿Ruido? ¡Con esta compañía! Si Andrés toca otra vez, todo el pueblo saldrá a bailar.
Andrés: (riéndose mientras toma el brazo de Tomás para que sigan andando) —Anda, vámonos, poeta, que Diego ya tiene bastante con aguantarnos de día como para hacerlo también de noche.
Diego observó cómo ambos seguían su camino, sus cantos perdiéndose poco a poco en la lejanía, mezclándose con el suave rasgueo de la guitarra. Se quedó un momento en la calle, respirando el aire fresco de la noche, y luego empujó la puerta de la taberna. Adentro, el ambiente estaba tranquilo. Algunas mesas seguían vacías tras la jornada del mercado, sólo dos lámparas de aceite iluminaban el salón.
Tomando una de las lámparas, subió con paso lento las escaleras que llevaban a su habitación, un espacio modesto pero cómodo, con una cama de madera, una silla junto a la ventana y un pequeño baúl donde guardaba sus pertenencias. Se dejó caer en la cama, mirando el techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza. El eco de las risas y las coplas aún resonaba en su mente, pero sus pensamientos pronto volvieron a Catalina. Esa imagen suya, inclinada sobre la leña, parecía haber quedado grabada en sus ojos.
Diego: (susurrando para sí mismo) —Catalina… Algo habrá que haser.
La noche siguió su curso, y Diego, agotado pero inquieto, se fue quedando dormido con el murmullo del viento acariciando la ventana y el eco de las tonadillas que cantaban Andrés y Tomás:
«A
la Mancha manchega que hay mucho vino,
mucho pan, mucho aceite
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha no te alborotes,
porque
vas a la tierra de los machotes.
La
Virgencita del Prado le dijo a la del Pilar:
Si tú eres
Aragonesa yo soy Manchega y con sal.
Si tú eres Aragonesa yo
soy Manchega y con sal.
A
la Mancha manchega que hay mucho vino,
mucho pan, mucho aceite
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha no te alborotes,
porque
vas a la tierra de los machotes.
Una
rubia vale un duro, una morenita dos.
Yo me voy con lo barato,
rubia de mi corazón.
Yo me voy con lo barato, rubia de mi
corazón.
A
la Mancha manchega que hay mucho vino,
mucho pan, mucho aceite
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha no te alborotes,
porque
vas a la tierra de los machotes.
Los
demonios son los hombres, según dicen las mujeres,
Y siempre
están deseando que el demonio se las lleve.
Y siempre están
deseando que el demonio se las lleve.
A
la Mancha manchega que hay mucho vino,
mucho pan, mucho aceite
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha no te alborotes,
porque
vas a la tierra de los machotes».
Andrés y Tomás seguían avanzando por la Calle Real, con la guitarra marcando el ritmo de sus pasos. Entre risas y cánticos, sus voces resonaban en la quietud del pueblo, despertando a más de un vecino.
Andrés:
(entonando con fuerza)
«Por
las calles de Fuente el Fresno,
la noche manda,
y los mozos
cantamos
sin quien comanda».
Tomás soltó una carcajada y se unió al canto, palmeando el ritmo en el aire. Sin embargo, desde una ventana oscura del segundo piso de una de las casas, se escuchó un crujir de madera y un murmullo de enfado.
Vecina: (gritando desde la ventana) —¡A ver si calláis de una vez, desvergonzados! ¡Que hay gente decente que quiere dormir!
Los dos amigos se detuvieron, mirándose con una sonrisa traviesa. Andrés hizo un gesto exagerado de disculpa hacia la ventana, mientras Tomás trataba de contener la risa. Pero antes de que pudieran responder, un cubo de agua cayó desde lo alto, empapándolos a ambos. El chapoteo resonó en la calle, y los muchachos quedaron inmóviles por un instante, sorprendidos.
Tomás: (sacudiéndose el agua) —¡Por Dios bendito! ¡Ya podía haber sido vino!
Andrés: (riéndose mientras afinaba de nuevo la guitarra) —Esto merece una respuesta como Dios manda.
Sin pensarlo dos veces, Andrés rasgueó un acorde, y ambos comenzaron a cantar en dirección a la ventana:
Andrés
y Tomás, a
dúo:
«Si
el agua del pozo
fuera
buen vino,
serían
las vecinas
menos
mezquinas».
Desde otra ventana, otra vecina lanzó un gruñido de desaprobación, pero los muchachos, lejos de amedrentarse, improvisaron otra copla mientras se alejaban:
Tomás:
«Si
el cubo en la mano
te pesa mucho,
déjalo en la fuente
y
dame un achucho».
Las carcajadas de ambos resonaron en la noche mientras seguían su camino, con Andrés tocando un ritmo más alegre que nunca. La Calle Real, aunque ahora algo más mojada, volvía a llenarse de sus risas y de las notas juguetonas de la guitarra animaron a Tomás a entonar unas seguidillas:
«Para
bailar manchegas se necesitan.
Se necesitan, se necesitan
una
buena guitarra y unas postizas**...»
*Así se conocía a los caballeros de la Orden de Calatrava.
**Se refiere a castañuelas postizas, que son instrumentos de percusión típicos utilizados en bailes tradicionales como las manchegas. Se llaman "postizas" porque no están integradas directamente en las manos (como ocurre con otras formas de castañuelas) y suelen sujetarse con una cuerda o cinta. Este término enfatiza el uso de elementos necesarios para el baile, como la guitarra y las castañuelas, que complementan la música y el ritmo del baile. Este tipo de castañuela, es más abombada y ahuecada. Se componen de una parte macho y otra hembra. La hembra tiene el tono más alto que la macho.

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