El Sol de aquel domingo de mediados de abril se alzaba en el cielo, despejado y luminoso, mientras Diego y Martín cerraban la taberna tras la misa mayor. Equipados con sus viejas escopetas y una bolsa con pan, queso y un odre de vino, partieron hacia las cercanías de las Tablas de Daimiel para pasar el día cazando.
El paisaje, teñido de los colores otoñales, era un mosaico de matorrales y pequeños arroyos. Los jóvenes pasaron la mañana avanzando entre cañaverales y álamos, sin demasiada suerte con la caza, aunque el paseo y las risas hicieron que el tiempo transcurriera de manera amena. A media tarde, con un par de perdices y tres patos y algo de cansancio acumulado, emprendieron el regreso al pueblo.
Al pasar por un prado alejado de las casas, Diego se detuvo al ver una figura familiar. A lo lejos, Catalina estaba sentada sobre una piedra, vigilando cuatro ovejas que pastaban cerca. El viento agitaba su falda desgastada y el pañuelo que llevaba sujetando el cabello. Al escuchar el crujir de las ramas bajo los pasos de los jóvenes, levantó la vista y los observó con una mezcla de curiosidad y cautela.
Martín: (sonriendo al verla) —¡Catalina! No esperábamos encontrarte por aquí.
Catalina
se levantó, sujetando un palo largo que usaba para dirigir a las
ovejas, y les dedicó una leve sonrisa.
—Mis tíos me mandaron
cuidar del rebaño. Siempre hay que buscar donde las ovejas
encuentren algo decente para comer.
Diego: (acercándose con calma) —¿Sueles venir tú sola hasta aquí? Es bastante lejos de tu casa.
Catalina
asintió, apretando el palo entre sus manos.
—Sí, pero estoy
acostumbrada. No hay nadie más que lo haga, y a ellas no les importa
caminar un poco más.
Martín y Diego intercambiaron una mirada, recordando lo que Andrés y Tomás les habían contado días atrás. Tras unos momentos de silencio, Martín se sentó en una piedra cercana, invitando a Catalina a que también lo hiciera.
Martín: —¿Nos acompañas un rato? Si te parece, claro.
Catalina
dudó un momento, pero al ver la sinceridad en sus ojos, cedió.
—Un
rato no hará daño —dijo, dejando el palo apoyado en la piedra
antes de sentarse junto a ellos.
Diego
sacó el odre de vino y se lo ofreció.
—¿Quieres un poco? Es
solo vino, pero quita la sed.
Ella
negó con la cabeza, aunque agradeció el gesto.
—Gracias,
pero no puedo. Si llego con olor a vino, no terminaría bien para mí.
Martín
frunció el ceño al escuchar eso, pero no dijo nada. En cambio,
Diego decidió ser directo.
—Catalina, hemos oído cosas sobre
tus tíos. Que no te tratan como deberían. ¿Es cierto?
Catalina
levantó la mirada hacia él, sorprendida por la pregunta, pero en
lugar de enfadarse, soltó un leve suspiro.
—No sé lo que os
habrán dicho, pero no es fácil vivir en esa casa. Llegué cuando
era solo una niña, después de que mis padres murieran. Pensé que
tendría una familia con ellos, pero pronto entendí que para mi tía
solo era una carga y una sirvienta.
Martín: (con tono suave) —¿Y tu tío? ¿No hace nada para ayudarte?
Catalina
negó con la cabeza, su voz más baja ahora.
—Él no se mete.
Prefiere no discutir con ella. Me manda a hacer cosas, pero nunca con
malas palabras. Mi tía... es diferente. Siempre tiene algo que
reprocharme, aunque haga lo que me pida.
Diego
apretó los puños, conteniendo la rabia que le provocaban sus
palabras.
—Eso no está bien, Catalina. Nadie debería vivir
así.
Catalina
bajó la mirada, apretando las manos en su regazo.
—Es lo que
hay. No tengo a dónde ir, ni nadie más que me cuide. Así que hago
lo que puedo.
El
silencio que siguió fue pesado, roto solo por el balido de una de
las ovejas que se había acercado a ellos. Martín, intentando
aliviar la tensión, sonrió y dijo:
—Pues si algún día
decides que necesitas una mano, no dudes en buscarnos. No somos
ricos, pero siempre habrá un apoyo para ti.
Catalina
levantó la mirada hacia ellos, sorprendida por la oferta. Sus ojos
brillaban con una emoción que no pudo ocultar del todo.
—Gracias...
De verdad.
Diego
se levantó, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—No
tienes que agradecer nada. Solo recuerda que no estás sola.
Catalina asintió, mientras los jóvenes la ayudaban a levantarse. El sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles, y el aire se llenaba con el suave aroma del campo.
Catalina: —Será mejor que regrese antes de que se haga tarde. Si no estoy en casa a tiempo... bueno, ya sabéis.
Martín: —Déjanos acompañarte un tramo. Así no vas sola.
Catalina dudó, pero finalmente aceptó. Juntos caminaron por el sendero de regreso, conversando de cosas más ligeras, aunque en el corazón de cada uno pesaba el conocimiento de lo que ella enfrentaba en aquella casa. Sin embargo, ahora Catalina sabía que tenía a alguien dispuesto a escucharla, y eso, aunque pequeño, era un primer paso hacia algo mejor.
A medida que se acercaban a la casa de los Mendieta, Catalina se detuvo en un punto del camino donde los árboles comenzaban a dispersarse y el terreno se volvía más abierto. Miró a los dos jóvenes con una mezcla de agradecimiento y preocupación.
Catalina: (bajando la voz) —Mejor no sigáis más. Si mi tía o mi tío nos ven juntos… No quiero que haya problemas, ni para vosotros ni para mí.
Diego: (con seriedad) —Catalina, no tienes que preocuparte por nosotros. Pero si algo pasa...
Catalina: (interrumpiéndolo, con una leve sonrisa) —Si algo pasa, sabré dónde encontraros.
Martín
dio un paso adelante, inclinándose ligeramente hacia ella.
Martín:
—Recuerda lo que dijimos. Si necesitas algo, cualquier cosa, solo
busca a Diego en la taberna o ven a la herrería. Siempre habrá
alguien para ayudarte.
Catalina asintió, y por un momento pareció querer decir algo más, pero se detuvo. Su mirada pasó de Martín a Diego, deteniéndose un segundo más en este último antes de girarse hacia el sendero que llevaba a su casa.
Catalina: —Gracias, de verdad. No estoy acostumbrada a que alguien se preocupe por mí… pero os lo agradezco mucho.
Diego
esbozó una sonrisa tranquila, aunque sus ojos reflejaban la
preocupación que sentía por ella.
Diego:
—No tienes que agradecer nada. Cuídate, Catalina.
Catalina
levantó el palo con el que guiaba a las ovejas y comenzó a
alejarse. Después de unos pasos, se giró una última vez.
Catalina:
—Espero que hayáis disfrutado de la caza. Quizás un día podamos
volver a hablar.
Sin esperar respuesta, continuó su camino. Los jóvenes se quedaron en silencio, observándola hasta que desapareció tras un recodo del sendero. Martín fue el primero en romper el silencio.
Martín: (cruzando los brazos) —Es valiente, pero no deja de ser triste verla así.
Diego: (mirando hacia donde había desaparecido Catalina) —No sé cómo, pero algo habrá que hacer.
Martín asintió, aunque sabía que no sería fácil. Sin más palabras, ambos retomaron el camino hacia el pueblo, con la imagen de Catalina y su historia grabadas en sus pensamientos...

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