Hella no necesitaba presentaciones. Bastaba con verla ahí, en la azotea, con la escopeta apoyada en la cadera y el telescopio a su lado como un centinela. Nadie más en la ciudad tenía esa mirada: serena, vertical, como si llevara el universo tatuado detrás de los párpados.
Desde niña, el cielo nocturno había sido su refugio. Su abuelo, astrónomo aficionado, le enseñó a nombrar las estrellas antes que las capitales. Le dejó un telescopio, de esos que pesan más por los recuerdos que por el metal. Pero con el tiempo, lo que pesaba era la rabia.
Las farolas no dormían. Ni los anuncios, ni los focos de los estadios, ni los carteles comerciales. La ciudad brillaba como una jaula encendida. Y el cielo, su cielo, se había vuelto mudo.
Hella habló. Nadie escuchó. Escribió, protestó, impartió charlas y talleres sobre la noche perdida. Todo fue en vano. Entonces lo entendió: si quería devolverle las estrellas al mundo, tendría que empezar disparando a lo que las escondía.
Salía de madrugada. Con precisión quirúrgica, rompía lámparas, reventaba bombillas, silenciaba postes enteros. La ciudad se fue apagando por fragmentos, y con cada apagón, un pedazo del cosmos regresaba.
La imagen de ella empezó a circular en redes: joven, sola, de pie bajo una Vía Láctea que parecía protegerla. Algunos la llamaban terrorista. Otros, loca: «La loca de las estrellas». Pero en el fondo, todos sabían lo mismo: había encendido algo que no podían volver a apagar.
—No lucho contra la luz —dijo una vez a un periodista que se atrevió a subir a su azotea—. Lucho por la oscuridad que permite ver.
Desde entonces, no volvieron a encontrarla. Solo quedaban los rastros: farolas rotas, cuadernos con mapas celestes, y en cada barrio, una noche más pura.
Dicen que aún recorre las ciudades, telescopio al hombro, escopeta en mano. Y que cuando el cielo brilla de verdad, no es solo por las estrellas. Es porque Hella está por allí.

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