... Mientras los tres viajeros avanzaban por el camino, recordando el refugio ofrecido que Pascual les dio y dejando atrás los últimos molinos de la comarca. Aunque el futuro era incierto, sus pasos eran decididos para afrontar lo que les viniera encima.
El sol proyectando sombras alargadas en el camino al amanecer. Las risas se transformaron en un cómodo silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Ahora que compartían no solo los pasos sino también el pasado, el futuro parecía menos incierto. Había algo reconfortante en saber que, aunque el destino aún se mantenía esquivo, no estaban solos.
Caminaron todo el día, salvo unas horas al mediodía, para dar cuenta de una parte de las viandas que Pascual les preparó esa mañana. Alimentos de los que guardaron una parte para la cena, por si no encontraban un lugar en el que tomar posada.
El sendero, cada vez más polvoriento y bordeado por campos de trigo aún en barbecho, se alargaba como una cinta sin fin hacia meridión. A medida que la tarde declinaba, la conversación entre los tres se fue desgranando en anécdotas y risas dispersas, hasta que, poco a poco, cayó en un silencio sereno, sólo roto por el crujir del polvo bajo sus pasos y el canto de abubillas, avutardas, calamones y otras aves que buscaban refugio en una laguna cercana. El cárabo, camuflado en alguno de los árboles cercanos y puntual como un monje, comenzaba ya a ulular desde algún árbol.
Fue Catalina quien rompió el silencio, volviéndose hacia Diego mientras el sol teñía de oro viejo el horizonte, ya presto a ocultarse tras unas lomas en la distancia:
—¿Creéis que hallaremos posada esta noche?
Diego, siempre optimista, se encogió de hombros: —Si no la encontramos, pues haremos un fuego y dormiremos bajo las estrellas. No sería la primera ves.
Martín, que caminaba unos pasos por delante, señaló con el bastón que llevaba a modo de apoyo: —Mirad, allá. ¿Veis el humo? Parece que hay un caserío o tal vez un pequeño pueblo.
Catalina entrecerró los ojos para observar mejor: —Sí, lo veo. Quizá podamos comprar algo más de comida o pedir permiso para pasar la noche en algún establo.
—¿Qué buscáis por estos caminos? —preguntó un lugareño a la entrada de la aldea, con voz áspera pero sin rastro de hostilidad.
Diego dio un paso al frente, mostrándose amable: —Buenas tardes —saludó, con una sonrisa amigable—. Somos viajeros en busca de posada. ¿Podría indicarnos si aquí hay un lugar donde descansar esta noche?
El hombre se rascó la barba y señaló hacia el centro de la aldea: —No tenemos posada, pero hablad con la señora Eulalia. Tiene un corral grande y, si os gana la simpatía, puede que os deje quedaros. Su casa está al otro lado d ella aldea. La encontraréis fácilmente. No tiene pérdida. Tiene un pozo y flores al lado.
Los tres agradecieron la indicación y continuaron hacia la plaza, mientras el hombre volvía a su tarea y un perro les seguía con la mirada. La aldea, humilde pero acogedora, parecía un refugio prometedor para recuperar fuerzas antes de continuar su camino.
Los tres dejaron atrás la plaza con paso decidido, observando los detalles de la aldea mientras el sol, ya muy bajo en el horizonte, envolvía las casas en tonos dorados y anaranjados. Catalina fue la primera en distinguir la casa que buscaban: una vivienda sencilla, con la fachada de piedra necesitada de una mano de cal; del tejado salía un tenue hilo de humo por la chimenea. El pozo al frente, con un gran tiesto rebosante de geráneos encendidos a un lado, confirmó que estaban en el lugar correcto. Eulalia, de largo cabello rubio y rostro sereno, estaba sentada junto a la puerta abierta, vestida con ropas modestas de campesina. No parecía haberlos visto; su mirada se perdía en la distancia, iluminada por la luz del atardecer. A sus pies, un gato de pelaje gris dormitaba enroscado, ajeno a la llegada de los forasteros.
—Deberíamos dejar que Catalina hable. Siempre es más fácil ablandar el corazón de alguien con una voz dulce.
Catalina le dedicó una mirada divertida antes de asentir:
—De acuerdo. Pero no esperéis milagros.
Cuando llegaron a la altura de la mujer, Catalina dio un paso al frente, sonriendo con amabilidad:
—Buenas tardes, señora.
—¡Hola! ¿Qué queréis, muchachos? —preguntó con tono firme la mujer, aunque no descortés.
Era una mujer de rostro sereno y maduro, con el largo cabello rubio peinado con sencillez. A pesar de los años, mantenía una belleza natural que no necesitaba adornos. Sus ojos claros, entre verdes y ambarinos, los miraban con atención, sin mostrar desconfianza, pero tampoco entrega. Vestía con ropas modestas de campesina, un delantal sencillo ceñido a la cintura y las manos curtidas de quien vive del trabajo diario apoyadas en el regazo. Eulalia era bien conocida en la aldea por su modo de vida solitario, por vivir sin ataduras ni hombre a su lado, sin rendir cuentas a nadie. Había quienes la miraban con recelo por no seguir las formalidades esperadas de una mujer de su edad y condición, pero nadie dudaba de su entereza. Era libre, práctica, reservada y digna. De esas personas que, sin decirlo, han decidido que su casa es su mundo, y que quien cruce el umbral debe hacerlo con respeto.
Eulalia no siempre vivió en la aldea, llegó a ella hace ya más de una década, sola, con apenas un carro tirado por un mulo y un par de baúles. Venía del norte, decían algunos, aunque nadie sabía con certeza de dónde. Desde entonces, ha vivido sin marido, sin hijos, y sin dar explicaciones. En un tiempo en el que las mujeres debían ir de la mano del padre primero y del esposo después, su independencia fue primero motivo de murmullos, luego de rumores, y por último de un respeto a regañadientes, nacido de la costumbre y de cierta fascinación contenida.
Jamás acudió con regularidad a misa ni se dejó ver en las celebraciones patronales más allá de lo estrictamente necesario. No por rebeldía abierta, sino por una manera natural de estar al margen. Su trato era cortés, pero distante; ayudaba si se le pedía con respeto, pero no toleraba juicios ni imposiciones. Las otras mujeres la miraban con una mezcla de desconfianza y envidia mal disimulada. Los hombres, con una curiosidad que oscilaba entre el deseo y el temor.
Dicen que en su juventud fue amante de un noble o de un capitán de la guardia del rey que prometió llevársela lejos, pero que nunca cumplió su palabra. Otros aseguran que fue ella quien lo dejó, cansada de sus vaivenes sentimentales. Sea como fuere, jamás volvió a tener pareja estable, ni quiso. Eulalia aprendió a valerse por sí misma, a cultivar su huerto, a cuidar sus animales, y a defender su espacio con la firmeza de quien no espera ser salvada por nadie.
Hay algo de hechicera en su fama, pero no por embrujos ni pócimas, sino por el aura de misterio que la rodea. Es mujer de silencios largos, de palabras bien escogidas, de mirada que parece ver más allá. Los niños, al pasar frente a su casa, bajan la voz. Las mujeres mayores cruzan los dedos en el delantal. Pero si alguien del pueblo enferma, si una partera no llega a tiempo, si hay necesidad de una mano fuerte y sensata, es a su puerta donde llaman primero.
Eulalia es una mujer que vive ajena a la sumisión esperada, fiel a su propio código. Sola, pero no solitaria. Libre, a pesar de todo.
—Nos han dicho que usted podría tener un lugar donde pasar la noche. Somos viajeros y no queremos causarle molestias. Podemos pagarle por la estancia o ayudarla en lo que necesite —dijo Catalina.
La mujer entrecerró los ojos, evaluándolos:
—¿Pagar? No siempre es cuestión de monedas, muchacha. ¿De dónde venís?
Diego tomó la palabra esta vez, hablando con sinceridad:
—Venimos de Fuente el Fresno, señora. Nos dirigimos a Sevilla a embarcarnos hasia las Indias, pero nuestros pies piden descanso, y la aldea nos parese un lugar seguro para recuperarnos.
La mujer mantuvo la mirada fija en ellos unos instantes antes de abrir del todo la puerta:
—Bien. El cobertizo está limpio, aunque no esperéis comodidades. Si queréis cenar algo caliente, me ayudaréis a traer agua del pozo y leña para el fuego.
Los tres agradecieron la oferta, aliviados. El lugar, aunque sencillo, era más acogedor de lo que esperaban. En un rincón, unas gallinas picoteaban el suelo, mientras el gato se levantaba y estiraba bostezando.
La mujer señaló hacia el cobertizo:
—Podréis dejar vuestras cosas allí. Y cuidado con el gato, que es más listo que el hambre y no se fía de nadie.
Martín, con una sonrisa, dejó el zurrón en el suelo y murmuró en voz baja:
—Al menos no tenemos que compartir espacio con ovejas esta vez.
Catalina reprimió una carcajada mientras Eulalia les lanzaba una mirada inquisitiva:
—¿Algo más que queráis añadir? —preguntó, cruzándose de brazos.
—Nada, señora. Solo nuestro agradecimiento —dijo Diego con una inclinación de cabeza—. Ella es Catalina y él Martín. Yo me llamo Diego.
Mientras empezaban a instalarse, el cielo se teñía de un cálido color pardo; el sonido de la aldea se reducía a murmullos lejanos y al canto de los grillos y de las aves de la laguna cercana. Por primera vez en días, se sintieron casi en casa.
Catalina siguió a Eulalia hasta la pequeña cocina, un espacio modesto cuyas paredes, encaladas, estaban ligeramente oscurecidas por el humo de la chimenea alimentada con leña. Sobre una trébede descansaba un puchero de barro cocido lleno de agua caliente. En la mesa de madera desgastada por elñ paso del tiempo reposaban algunas cebollas, un puñado de ajos, una hogaza de pan que parecía recién horneada y dos palomos recién sacrificados. Eulalia comenzó a cortar las verduras con movimientos rápidos y precisos, mientras Catalina se ofrecía a ayudar.
—Lava esas patatas en la tinaja —ordenó Eulalia, sin levantar la vista de su tarea—. Luego pelaremos unas cuantas para añadirlas al guiso.
Catalina obedeció y, mientras trabajaba, sintió la mirada de Eulalia sobre ella, aunque no dijo nada al principio. Después de unos minutos de silencio, la mujer habló: —Entonces, muchacha... ¿cuánto lleváis viajando tú y los muchachos?
Catalina se tomó un momento para responder, concentrándose en lavar las patatas: —Desde hace unos días, señora. Decidimos caminar juntos cuando nuestros caminos se cruzaron en Fuente el Fresno. Cada uno venía de una situación distinta, pero pronto supimos que estaríamos mejor unidos.
Eulalia asintió con un leve gruñido, como si evaluara esa respuesta: —No me llames señora. Eulalia es mi nombre. Unidos, dices... ¿Y cómo es que una joven como tú, con esa cara de no haber roto un plato, se echa a andar por estos caminos peligrosos?
Catalina sonrió con cierta melancolía: —A veces quedarse en un lugar es más peligroso que marcharse. No tenía familia que me quisiera realmente, así que decidí buscar mi propio destino.
Eulalia dejó de cortar cebollas por un momento, levantando la vista para observarla con más detenimiento: —Eso lo entiendo. Pero esos dos, Martín y Diego... No parecen hechos del mismo molde. El alto -señaló con un gesto hacia el exterior, donde se escuchaban risas apagadas de los hombres-, ese Martín parece un pícaro. ¿Y el otro? ¿Diego? Es más callado, pero hay algo en él que no termino de descifrar.
Catalina, entretenida ahora pelando las patatas, sonrió con suavidad: —Diego es... especial. Es noble, aunque no lo parezca a simple vista. Es el primero en ayudar cuando alguien lo necesita, pero nunca presume de lo que hace. A veces parece llevar una carga que no comparte con nadie.
Eulalia arqueó una ceja, interesada: —¿Una carga? Por cierto, no parece de la zona. Esa forma de hablar tan curiosa...
Catalina dudó antes de responder, como si se cuestionara hasta qué punto podía revelar los secretos de su amigo: —No estoy segura. A veces habla de su pasado, pero nunca en detalle. Dice que dejó atrás cosas importantes, pero no sé si se refiere a su familia, a alguien que amó, o a algo más. Es vizcaíno. Parece ser que por allí hablan de ese modo tan...gracioso.
Eulalia pareció reflexionar sobre esas palabras mientras colocaba las verduras en una olla de hierro sobre el fuego: —«Hmmmm». Bueno, si algo sé de hombres como ese, es que no caminan sin motivo. Y tú, muchacha, parece que lo tienes bien cerca.
Catalina sonrió, negando con la cabeza: —No es lo que parece, señora. Somos amigos, nada más.
Eulalia resopló, un sonido entre el escepticismo y la diversión: —Ya veremos, ya veremos.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Martín entró cargando un haz de leña, seguido por Diego, que llevaba dos cubos llenos de agua.: —¡El agua y la leña ya están aquí! Anunció Martín, dejando caer la leña en un rincón con más entusiasmo del necesario.
Eulalia puso las manos en las caderas, mirando el desorden: —Pues ya que estáis aquí, muchachos, poneos útiles. Martín, aviva el fuego, y tú, Diego, despluma los palomos.
Diego sonrió mientras dejaba los cubos en el suelo y se unía a Catalina en la mesa: —¿Molesto? Preguntó con un tono amistoso.
—Siempre lo haces —respondió Catalina en broma, mientras le pasaba un cuchillo para que se uniera a la tarea.
Eulalia los observaba a los tres, sus ojos moviéndose entre ellos con curiosidad y algo de satisfacción. Tal vez aquella noche en su cocina sería más interesante de lo que había esperado.
La cena se preparó con sencillez, pero con la calidez que solo pueden aportar las manos experimentadas de una cocinera como Eulalia. Sobre la mesa, colocaron unos platos con gachas, laurel y un toque de pimentón, acompañado de pan y dos platos con queso, uno curado y otro fresco que Eulalia sacó como gesto de cortesía. Las bebidas eran modestas: agua fresca del pozo y un jarro de vino que tenía guardado en un pellejo de dos arrobas para ocasiones especiales.
Sentados alrededor de la mesa de madera ajada, los tres viajeros y su anfitriona se dispusieron a dar las gracias por los alimentos mientras la noche se asentaba sobre la aldea. La luz de una lámpara de aceite parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes ennegrecidas por el humo de la chimenea.
Martín, siempre el más charlatán del grupo, alzó su vaso y miró a Eulalia con una sonrisa: —Señora, no puedo dejar de alabar este guiso. ¡Si alguna vez abrís una taberna, tendría cola desde el amanecer!
Eulalia resopló, aunque con un brillo divertido en la mirada:
—Llamadme Eulalia. Con que os llenéis el estómago y me deis mucha guerra, ya tengo bastante.
Tras unos momentos de charla ligera y risas, Martín golpeó la mesa suavemente con la palma de la mano, atrayendo la atención de todos.
—Ahora, si me permitís, voy a contaros una historia para endulzar la velada. Pero os advierto: es una historia que no todos creerían.
Catalina, que terminaba de recoger las migas de pan en su plato, le dedicó una mirada divertida. Ya conocía el tipo de aventuras de su compañero de viaje: —Si viene de ti, seguro que será imaginativa e interesante. ¿De qué trata esta vez? ¿Un castillo encantado? ¿Un tesoro perdido?
—Nada de eso, querida Catalina -respondió Martín, inclinándose hacia adelante con aire conspirador-. Esta trata de un encuentro que tuve hace años con un hombre... bueno, más bien un espectro.
Diego se acomodó en su silla, dejando su vaso en la mesa: —Esto se muestra intrigante. Adelante, Martín. Sorpréndenos.
Martín se aclaró la garganta dramáticamente antes de empezar:
—Fue una noche obscura, mucho más que esta. Estaba volviendo al pueblo, cuando llegué a un viejo puente de piedra que nunca antes había visto en el lugar. Un puente con dos salidas que cruzaba el río. Una niebla ligera lo cubría todo, el tipo de lugar que se siente más frío de lo que debería. Mientras lo cruzaba, vi a un hombre parado justo en el centro del puente. Llevaba un sombrero ancho y una capa que le cubría casi todo el cuerpo.
Eulalia, que escuchaba mientras apuraba el último sorbo de vino, simuló sorpresa: —¿Y qué hiciste?
—Me acerqué, claro está. -Martín se inclinó más, bajando la voz como si quisiera que la historia quedara entre ellos-. Le pregunté qué hacía allí tan tarde, pero no respondió. Solo levantó la cabeza y me mostró... un rostro que no olvidaré jamás. Era blanco como un hueso, casi sin ojos ni nariz, como un vacío que me miraba directamente al alma.
Catalina dejó escapar una exclamación ahogada, mientras Diego le daba un codazo con una sonrisa burlona: —¿Y no saliste corriendo?
—¿Y perderme la oportunidad de saber quién o qué era? ¡Claro que no! -respondió Martín, indignado-. Pero antes de que pudiera decir más, el hombre o lo que fuera dio media vuelta y desapareció como humo llevado por el viento.
Eulalia se cruzó de brazos, con una mezcla de escepticismo y diversión: —¿Y no se te ocurrió que tal vez solo fuera un sueño o, peor, el reflejo de haber bebido demasiado vino barato?
Martín alzó una mano, fingiendo ofensa: —¡Nunca bebo cuando estoy solo, Eulalia! Bueno... casi nunca.
La risa estalló en la mesa, y la historia, aunque claramente exagerada, logró animar aún más la velada. La noche continuó entre bromas, pequeñas confidencias y la agradable sensación de haber encontrado, aunque fuera por unas horas, un lugar donde el calor del fuego y la compañía hacían olvidar los rigores del camino.
Tras terminar la cena, los tres jóvenes ayudaron a recoger la mesa bajo la mirada vigilante de Eulalia. Catalina se encargó de lavar los platos en un barreño con agua templada, mientras Martín y Diego guardaban lo que había sobrado y colocaban las sillas en su lugar. Eulalia, apoyada en el umbral de la cocina, supervisaba con una mezcla de satisfacción y algo de sorna, mientras observaba detenidamente a Diego.
—Bueno, no sois tan inútiles como pensé al principio -dijo Eulalia, cruzándose de brazos-. Tal vez mañana os saque más provecho.
Los tres rieron con respeto, aunque Catalina no pudo evitar un leve rubor: —Gracias por la cena, señora. Ha sido un verdadero festín para nosotros.
Eulalia asintió, como si esas palabras fueran lo mínimo que esperaba: —Id a descansar. No os quiero oír hasta que salga el Sol. Y cuidado con el gallo, que le gusta picotear a los desconocidos.
Tras despedirse y desearse buenas noches, los tres salieron al fresco aire nocturno y cruzaron el pequeño patio hasta el corral. Allí, entre la paja y las paredes de adobe, encontraron un rincón relativamente cómodo donde acomodarse. Diego soltó el zurrón con un suspiro exagerado y se dejó caer sobre el heno, mientras Catalina extendía su manto para tumbarse y Martín colocaba un pequeño tronco bajo su cabeza a modo de almohada.
—Pues bien —dijo Martín, estirándose como un gato—, ¿qué opináis de nuestra anfitriona?
—Es estricta, pero tiene un buen corazón —respondió Catalina mientras se arropaba con su capa—. Nos ha dado un sitio donde dormir y comida más que suficiente. Eso ya dice mucho.
Martín asintió, con las manos cruzadas detrás de la cabeza: —Sí, pero no se le escapa nada. Nos ha estudiado como si quisiera saber hasta lo que no le hemos contado.
Diego soltó una carcajada, aunque en voz baja: —¡Qué esperáis! Una mujer como Eulalia debe haber visto de todo en su vida. Y no os miento si digo que creo que me tiene algo de simpatía.
—¿A ti? Preguntó Catalina con una sonrisa incrédula.
—Claro que sí. ¿No lo habéis notado pues? Me miraba como si fuera alguien sercano.
Martín
sonrió y dijo:
—Yo diría que más bien te miraba como quien
vigila que un cuervo no le robe el queso.
El comentario arrancó una carcajada general, lo suficientemente baja como para no despertar a las gallinas. Tras unos momentos, la conversación se apagó, y cada uno quedó absorto en sus pensamientos. El cielo, lleno de estrellas, se extendía sobre ellos como un manto infinito, y el suave murmullo del viento entre los olmos les acunaba hacia el sueño.
Catalina rompió el silencio por última vez, con voz queda: —No sé qué nos deparará mañana, pero me alegra estar aquí, con vosotros.
Martín, casi dormido, murmuró algo incomprensible, y Diego respondió en un tono grave y tranquilo: —Descansa, Catalina. Mañana será otro día.
Y así, en la paz de aquella noche manchega, los tres amigos cerraron los ojos, dejando que el cansancio del viaje los envolviera.
Diego dormía profundamente, su respiración pausada y serena, cuando un leve crujir de pasos sobre la gravilla le despertó. Abrió los ojos despacio, acostumbrándose a la penumbra, y distinguió la figura de Eulalia de pie en la entrada del corral. La luz tenue de una lámpara de aceite en su mano dibujaba sombras ondulantes en las paredes de adobe.
—Diego —murmuró ella, con un tono bajo y firme—, ven conmigo.
Él parpadeó, confuso y todavía a medio despertar, pero se incorporó sin hacer ruido para no despertar a sus amigos. La miró con cierto recelo, pero su expresión no dejaba espacio para preguntas. Eulalia extendió la mano, y él, después de un instante de duda, se la tomó.
La siguió en silencio, cruzando el patio iluminado por el cielo estrellado, hasta la entrada de la casa. Una vez dentro, Eulalia cerró la puerta con cuidado y, sin soltarle la mano, le condujo por un estrecho pasillo. La lámpara proyectaba una luz cálida sobre las paredes, y el aroma a cera y leña aún flotaba en el aire.
—¿Qué ocurre, Eulalia? —preguntó Diego finalmente, rompiendo el silencio con un susurro.
Ella se detuvo frente a una puerta entreabierta al final del pasillo y se volvió hacia él. Su mirada era intensa, cargada de una energía que Diego no supo interpretar de inmediato. Sin responder, abrió totalmente la puerta y lo condujo al interior de su habitación. Era un espacio sencillo, con una cama de madera, un arcón en una esquina y cortinas de lino que apenas se movían con la brisa nocturna.
Eulalia dejó la lámpara sobre una mesilla y, con movimientos pausados, se quitó la redecilla que cubría su cabello, dejando al descubierto su melena rubia salpicada de incipientes canas. Sus ojos, brillantes de deseo, seguían fijos en Diego, que permanecía en silencio, tratando de entender lo que estaba ocurriendo.
—Diego -dijo ella finalmente, acercándose hasta quedar frente a él-, no soy una mujer de muchas palabras. Lo que quiero, lo tomo. Y esta noche, te quiero a ti.
Diego, sorprendido, sintió un calor recorrerle el cuerpo. Por un instante, pensó en resistirse, en buscar una excusa para regresar junto a sus amigos, pero algo en la mirada de Eulalia, en la seguridad de sus movimientos, le desarmó. Antes de que pudiera responder, ella, con firmeza y pasión le tomó por la nuca besándole con una intensidad que le dejó sin aliento.
Lo que siguió fue una noche marcada por la pasión, donde las barreras de la diferencia de edad y el contexto se desdibujaron en la penumbra de la habitación. Entre susurros, caricias y besos, ambos se entregaron al momento con una intensidad inesperada y la pasión desbocada, como si cada segundo fuera a ser el último. Eulalia, con una experiencia que Diego no había anticipado, marcó el ritmo de sus movimientos, mientras él se dejaba llevar por el deseo y el calor de la situación.
Cuando la madrugada comenzó a teñir el horizonte, los dos yacían juntos, agotados pero con una expresión de paz en sus rostros. Diego, con los ojos entreabiertos, miraba el techo mientras Eulalia descansaba con la cabeza apoyada en su pecho. Sin necesidad de palabras, ambos comprendieron que aquella noche sería un recuerdo imborrable, una chispa en el camino de sus vidas.
Sin embargo, la claridad del amanecer traería consigo preguntas y consecuencias, aunque en ese instante, ambos prefirieron no pensar en ello.
Con el primer canto del gallo, Martín y Catalina comenzaron a moverse entre la paja del corral, desperezándose del sueño. La luz suave del amanecer empezaba a teñir el cielo de tonos rosados, anunciando un nuevo día. Catalina fue la primera en notar la ausencia de Diego.
—¿Dónde está? —preguntó, mientras se ponía el manto sobre los hombros para protegerse del fresco matutino.
Martín se estiró con un bostezo exagerado y miró alrededor: —No tengo idea. Quizá se levantó antes que nosotros. ¿Vamos al pozo? Necesito lavarme la cara antes de hacer conjeturas.
Ambos salieron al patio, donde el rocío de la noche aún cubría la hierba baja. El pozo estaba en el centro del patio. Catalina se inclinó para sacar un cubo de agua fresca, mientras Martín se acomodaba al lado.
En ese momento, vieron a Diego salir de la casa. Llevaba el cabello algo revuelto y un gesto de calma en el rostro, aunque al notar que lo observaban, pareció dudar por un instante. Caminó hacia ellos con aparente naturalidad, como si nada estuviera fuera de lo común.
—¡Buenos días! —saludó Diego, inclinándose hacia el pozo para tomar un poco de agua y lavarse el rostro.
Catalina y Martín intercambiaron una mirada, ambos con la misma pregunta en los ojos. Fue Martín quien, como de costumbre, decidió ir directo al grano: —¿Y de dónde vienes, buen hombre? No te vimos en el corral al despertar.
Diego, aún inclinado, se tomó un momento para responder mientras se secaba el rostro con las manos: —Me desperté temprano y... pensé en dar una vuelta por la aldea. Quería tomar un poco de aire fresco antes de empesar el día.
Catalina, dudando de la explicación: —¿Una vuelta por la aldea? ¿Tan temprano? ¿Y qué hay en la casa de Eulalia? Porque claramente no venías del camino.
Diego se encogió de hombros, intentando restarle importancia: —Pasé a agradeserle por la sena de anoche. Nada más.
Martín lo miró fijamente, intentando descifrar si decía la verdad. Luego, con una sonrisa que dejaba entrever que no creía una palabra, le dio un amistoso golpe en el hombro: —Eres un tipo curioso, Diego. Pero bueno, cada quien guarda sus secretos.
Catalina no parecía tan dispuesta a dejarlo pasar: —Si es así, espero que hayas sido agradecido de verdad. La señora Eulalia nos dio mucho más de lo que podía ofrecer.
Diego asintió con seriedad, aunque sus ojos evitaron los de Catalina: —Lo fui. No os preocupéis.
El silencio que siguió fue breve pero cargado de curiosidad no resuelta. Finalmente, Martín decidió romperlo con su usual despreocupación: —Bueno, dejemos que Diego guarde sus misterios. Mientras tanto, ¿qué desayunamos? Que el día será largo.
Catalina suspiró, aunque parecía menos interesada en seguir interrogando a Diego: —Ya veremos qué podemos hacer con lo que nos queda. Vamos a preparar algo antes de que Eulalia nos encuentre holgazaneando.
Mientras se ocupaban de las tareas matutinas, Martín y Catalina no dejaron de intercambiar miradas intrigadas. Diego, por su parte, se mantenía en silencio, concentrado en cualquier cosa menos en sus compañeros. Aunque no se dijeron más palabras al respecto, era evidente que la curiosidad flotaba en el aire, y que el enigma de dónde había pasado la noche quedaría en sus mentes por mucho tiempo.
Catalina y Martín estaban en la pequeña cocina, revisando lo que quedaba de pan y queso en la despensa, mientras Diego, en el corral, ordeñaba una cabra para tener leche fresca en el desayuno. Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. Eulalia apareció en el umbral, irradiando una energía inusual para una mujer que, la noche anterior, se había mostrado tan reservada. Llevaba un vestido sencillo, algo arrugado, y su cabello —suelto y enredado— caía sobre los hombros con despreocupación. Una sonrisa luminosa adornaba su rostro, algo que los dos jóvenes no pudieron pasar por alto.
—¡Buenos días! —saludó con una voz alegre mientras cruzaba la cocina hacia la mesa.
Catalina y Martín intercambiaron una mirada cargada de picardía. Martín levantó una ceja y sonrió de lado, mientras Catalina se mordía el labio para evitar soltar una carcajada. Ambos entendieron lo que había sucedido antes de que una palabra más fuera pronunciada, pero hicieron un esfuerzo por disimular.
—Buenos días, Eulalia —respondió Catalina con amabilidad, aunque el brillo en sus ojos traicionaba su esfuerzo por mantener la compostura.
Eulalia se dirigió a ellos con paso decidido, moviéndose por la cocina como si la energía de la juventud se hubiera apoderado de ella: —Vamos, muchachos, dejad que os ayude. Hoy necesitamos un buen desayuno para empezar el día con fuerza.
—No lo dudo —añadió Martín con una leve sonrisa y la mirada disimulada.
Mientras Eulalia hablaba, sus ojos se posaron en Diego, que acababa de entrar con un cubo con agua y otro con la leche recién ordeñada. Al verle, su sonrisa se ensanchó aún más: —Diego, ven aquí. A ver si tus manos son tan hábiles con un cuchillo como con un cubo.
—Lo son. Lo son —apuntó con sorna Martín.
Diego se
detuvo un momento, como si no esperara el tono tan amable, pero luego
avanzó hacia la mesa y se sentó, tomando el cuchillo que Eulalia le
ofrecía.
—Claro, Eulalia. ¿Qué hay que cortar? –Martín y
Catalina se miraron con complicidad y sorpresa al escuchar como Diego
trataba con un tono excesivamente familiar a su anfitriona.
—Corta esas dos sandías, Diego —respondió ella, inclinándose ligeramente hacia él, mostrando sus senos entre un amplio escote, mientras le pasaba una tabla de madera—. Pero ten cuidado, no quiero que me las maltrates.
—Las sandías, Diego. Los sandías. Que no las maltrates -Inquirió entre sonrisas Martín.
Catalina, que estaba amasando un poco de harina para preparar unas tortas, no pudo contener un leve carraspeo que sonó más a risa contenida. Diego, por su parte, fingía estar muy concentrado en cortar el las sandías, aunque sus hombros temblaban ligeramente a causa de cierto nerviosismo mientras en su cara aparecía cierto rubor.
Eulalia, sin darse cuenta del intercambio de miradas entre los jóvenes, siguió moviéndose por la cocina con ligereza, cantando una pequeña jota manchega al tiempo que sacaba un pequeño tarro de miel y algo de manteca: —«Dicen que La Mancha es fea, porque no tiene faroles, pero tiene unas mujeres que roban los corazones…» -Martín y Catalina se volvieron a mirar con picardía.
—Esto os gustará para untar las tortas cuando estén listas. Diego, cariño, ¿podrías alcanzarme ese jarro de agua?
Diego, aunque algo incómodo con la atención que recibía, obedeció en silencio, extendiéndole el jarro. Eulalia tomó el recipiente, rozando levemente las manos de Diego, un gesto que no pasó desapercibido para Catalina, quien apartó la mirada rápidamente para no reírse.
Finalmente, Martín no pudo resistirse y, mientras colocaba los trozos de pan en la mesa, comentó con una voz cargada de falsa inocencia: —Qué gusto da trabajar en una cocina donde hay tan buen ambiente. No siempre se encuentra uno con tanta... ¿cómo decirlo? ¡Camaradería!
Eulalia le lanzó una mirada inquisitiva, aunque con una chispa divertida en los ojos: —Pues claro, muchacho. Si se trabaja, que sea con alegría. ¿No te gusta el ambiente de mi cocina?
—¡Oh, me encanta! -respondió Martín, llevándose un trozo de pan a la boca para evitar decir más.
Catalina, sin poder contenerse, añadió mientras amasaba: —Sí, señora, este desayuno promete ser memorable. Seguro que será... especial.
Eulalia, ajena a los dobles sentidos, asintió satisfecha: —Lo será, muchacha, lo será. Aquí no se hace nada a medias.
—Lo he notado -agregó Martín- Lo he notado.
Diego, consciente del juego de sus compañeros, se limitó a concentrarse en cortar las sandías, mientras el calor que subía a su rostro delataba que no estaba tan sereno como intentaba aparentar.
El desayuno avanzó entre risas contenidas y miradas cómplices. Aunque nadie dijo una palabra directa, la sensación de que algo había cambiado en el aire era imposible de ignorar.
El desayuno transcurrió con un ambiente relajado y ameno, aunque las miradas cómplices de Catalina y Martín seguían siendo inevitables. Eulalia, radiante y jovial, se ocupaba de servir las últimas tortas y de llenar los vasos con agua fresca y leche caliente, mientras los tres jóvenes se aprestaban a terminar el desayuno.
—Bueno, creo que ya es hora de que nos pongamos en marcha -dijo Martín, sacudiéndose las migas de pan de las manos y levantándose de la mesa-. El camino nos espera, y si no salimos pronto, el sol nos quemará vivos antes del mediodía.
Catalina asintió, recogiendo sus cosas con eficiencia: —Sí, será mejor no demorarnos demasiado. Hemos descansado bien gracias a la hospitalidad de Eulalia, pero aún nos queda mucho por recorrer.
Diego, sin embargo, no se movió de inmediato. Permaneció sentado, mirando fijamente su plato vacío como si en él se escondieran las respuestas a las preguntas que rondaban su mente. Eulalia, que había notado su inquietud, dejó la jarra de agua sobre la mesa y le puso una mano en el hombro: —Diego, acompáñame un momento —dijo con suavidad, su tono casi maternal, pero con un matiz que solo él pudo percibir.
Catalina y Martín intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada mientras Diego se levantaba y seguía a Eulalia fuera de la cocina. La mujer le condujo hacia un rincón apartado fuera de la casa, bajo la sombra de un viejo olmo. Allí, donde las voces de los otros apenas llegaban, se volvió hacia él con una sonrisa serena pero cargada de significado: —Diego, quiero que sepas algo antes de que te marches -comentó Eulalia-. Lo que pasó anoche... fue especial para mí. Me diste una noche apasionada que no olvidaré.
Él asintió lentamente, procesando sus palabras con calma: —Lo entiendo, Eulalia. Fue una noche que tampoco olvidaré, pero esperaba que nuestros caminos fueran en la misma direcsión desde anoche.
Eulalia sonrió, con una mezcla de alivio y melancolía, y le puso una mano en la mejilla: —Eres un buen hombre, Diego. Sé que encontrarás lo que buscas, aunque quizá todavía no sepas qué es. Ahora, ve con tus amigos. El camino te espera.
Diego se inclinó hacia ella besando sus labios con dulzura. Beso que ella devolvió intensamente. No dijo nada más, pero en su mirada había congratulación. Regresó al corral, donde Catalina y Martín ya estaban ajustando los zurrones y preparando los bastones para caminar.
—¿Listo? —preguntó Martín, alzando una ceja con curiosidad.
—¡Listo! -Respondió Diego, con una leve sonrisa.
Catalina le observó con atención, como si intentara descifrar qué había ocurrido en ese breve encuentro, pero no dijo nada. El grupo se despidió de Eulalia con un gesto respetuoso, agradeciendo una vez más su hospitalidad, y se dirigió hacia el sendero que se alejaba de la aldea.
Mientras caminaban, Martín, con su tono habitual de humor, comentó: —Bueno, Diego, espero que hayas tenido tiempo de agradecerle adecuadamente a Eulalia por todo.
Diego sacudiendo la cabeza lo afirmó: —Lo hise, Martín. No te preocupes.
—No. No me preocupo. Se con certeza que has sabido agradecer su hospitalidad.
Catalina, con una sonrisa más sutil, miró hacia el horizonte y murmuró: —Un lugar menos en el mapa, pero un recuerdo más en el camino.
Y así, los tres continuaron su viaje, dejando atrás la aldea y a Eulalia, cada uno con sus propios pensamientos sobre lo que habían vivido y lo que aún les esperaba...





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