miércoles, 30 de julio de 2025

La cara visible y la cara oculta de la Luna: lo que realmente vemos desde la Tierra




     La Luna siempre muestra la misma cara a la Tierra. Esto ocurre porque su rotación tarda lo mismo que su traslación alrededor de nuestro planeta (unos 27 días), un fenómeno conocido como rotación sincrónica. Por esta razón, durante siglos se creyó que los humanos solo podíamos ver el 50% de la superficie lunar: la llamada cara visible.

     Sin embargo, la realidad es un poco más compleja. Gracias a un fenómeno astronómico llamado libración, podemos observar algo más de la mitad de la Luna, en distintas fases y momentos del mes.

¿Qué es la libración?

     La libración lunar es un ligero «bamboleo» en el movimiento de la Luna que se debe a varios factores:

  1. La órbita elíptica de la Luna (no es perfectamente circular).
  2. La inclinación del eje lunar respecto a su órbita.
  3. El efecto de perspectiva desde la Tierra, que varía a lo largo del día.

     Estas libraciones (en longitud, latitud y diurna) permiten que, desde la Tierra, podamos ver hasta un 59% de la superficie lunar total, aunque nunca todo al mismo tiempo.

¿Cuándo vemos esas zonas adicionales?

     Durante las fases creciente y menguante, la iluminación de la Luna cambia, y al mismo tiempo la libración nos permite «asomarnos» un poco más allá de sus bordes. No vemos partes centrales de la cara oculta, pero sí regiones limítrofes que técnicamente pertenecen a ella.

     En distintos momentos del mes, podemos llegar a observar alrededor de un 9% de la llamada «cara oculta», aunque siempre en fragmentos y desde el borde.

¿Y la cara oculta completa?

     La cara oculta de la Luna, representa el 50% de su superficie que nunca está directamente orientada hacia la Tierra. El 41% de esa cara lejana permanece completamente invisible desde la superficie terrestre. Solo la conocemos gracias a sondas espaciales y misiones tripuladas como las del programa Apolo.

En resumen:

  1. En un momento dado, solo vemos el 50% de la Luna.
  2. Gracias a la libración, a lo largo del mes podemos observar un 9% adicional.
  3. En total, desde la Tierra podemos llegar a ver hasta un 59% de la superficie lunar.
  4. Nunca podemos ver el 100% desde aquí.
  5. La libración es la clave que nos permite observar un poco más allá del límite.
Explicación de la tercera imagen:

Parte derecha: Órbita elíptica de la Luna

  1. "Moon Orbit Plane" = Plano orbital de la Luna (representado como un anillo azul turquesa).

  2. La órbita de la Luna no es un círculo perfecto, sino una elipse.

  3. Se indican los dos puntos extremos:

    1. Perigee (Perigeo): punto más cercano de la Luna a la Tierra.

    2. Apogee (Apogeo): punto más lejano de la Luna respecto a la Tierra.

  4. La línea blanca y la línea roja representan diferentes posiciones de observación de la Luna en su órbita elíptica.
    La variación en velocidad orbital que provoca la libración en longitud se deriva de esta excentricidad.

miércoles, 9 de julio de 2025

«Durazno»


     En el barrio, donde el sol andaluz suele calentar los días, Durazno es una figura legendaria entre la comunidad felina. Conocido así por el color de su pelaje, que evoca la piel suave de un melocotón maduro, nadie sabe a ciencia cierta quién fue el primero en otorgarle ese apodo. Sin embargo, el nombre se ha extendido como la pólvora, resonando en cada patio y cada tejado donde los gatos de la zona se reúnen.


     Durazno no es un gato cualquiera; es el capo, el líder indiscutible de todos los gatos del barrio. Su autoridad no se basa en la fuerza bruta, sino en una combinación de astucia, experiencia y un carisma innato que solo los verdaderos líderes poseen. Al verlo recostado en la hierba, disfrutando de su merecido descanso después de una noche de aventuras, es imposible no recordar a Thomas O'Malley, el aristogato callejero de espíritu libre y corazón de oro, que con su encanto conquistaba a todos. Durazno, al igual que O'Malley, tiene ese aire de sabiduría callejera y esa confianza que solo se forja en innumerables noches de caza y romances bajo la luna de julio.


     Sabedor de su poderío y de su indiscutible estatus como amo y señor del barrio, Durazno entreabrió los ojos al sentir la presencia de quien se asomaba a su descanso. Tras un rápido vistazo, evaluando sin esfuerzo al intruso y confirmando que no representaba amenaza alguna para su tranquila siesta, volvió a sumergirse en los brazos de Morfeo de los gatos con la placidez de un rey en su trono.

domingo, 6 de julio de 2025

«Quiero fer una prosa en román paladino, en qual suele el pueblo fablar a su vecino...»

 


     Llamar «español/castellano» al idioma que hablamos es, a estas alturas, una costumbre arraigada, pero no por ello incuestionable. En realidad, el nombre arrastra complejidades políticas, geográficas e históricas que no siempre hacen justicia a su esencia. Por eso, hoy propongo rescatar un nombre antiguo, más noble, más exacto y más bello: román paladino.

     Decir román paladino es devolverle al idioma su cuna y su destino. «Román», porque desciende del latín, de aquella lengua madre que Roma sembró por toda la península. Y «paladino», porque es el habla clara, la palabra pública, la voz que el pueblo entiende. No es un término de élite, ni un capricho de academias: es la lengua llana, nacida no en salones ni cancillerías, sino en plazas, caminos y hogares. Como escribió Gonzalo de Berceo, aquel monje poeta del siglo XIII, ... es la lengua en que «el pueblo fabla a su vecino. ¿Cabe mayor definición?

Decir román paladino es también un acto de humildad y verdad. No presume de imperios ni pretende imponer fronteras. No dice «castellano», como si encerrase la pluralidad bajo un reino. No dice «español», como si su vida terminara en un mapa. Román paladino es el idioma libre que ha cruzado mares, que ha crecido en bocas africanas, americanas, filipinas y hasta en rincones del Asia. Es la lengua de los sin nombre y de los grandes nombres, de Cervantes y de los juglares, de los exiliados y de los niños.

Usar este nombre es también un acto de resistencia contra el envaramiento, contra el lenguaje hueco y el discurso oscuro. Es elegir la claridad, la franqueza, la palabra directa. En tiempos de eufemismo y retórica vacía, el román paladino sigue siendo el idioma de los que nombran las cosas por su nombre, sin afectación, sin mentira.

Reivindico, pues, este nombre antiguo, no como arqueología, sino como bandera. No se trata de borrar lo que hay, sino de recordar lo que somos. Porque el español —llámese como se llame— será siempre, en lo mejor de sí, román paladino: lengua clara, lengua del pueblo, lengua viva.

 


viernes, 4 de julio de 2025

Duke & Count

Siempre quise tener este disco: Duke Ellington Meets Count BasieBattle Royal.

    Comencé a escuchar Jazz a los 16 años, una noche de otoño de 1976, gracias a Juan Carlos Cifuentes —«Cifu»— y su programa Jazz porque sí, en Radio Nacional de España. Sonaba Take the "A" Train.

     No soy un entendido en música, y mucho menos en Jazz. Las cosas me gustan o no me gustan, en mayor o menor medida. Desde aquella noche, ya lejana, el  Jazz se convirtió en mi mayor pasión musical. El intérprete y compositor que más me gusta es Duke Ellington, por su inmensa variedad de estilos —algunos creados por él—. Según cuentan, Stravinski dijo: Duke Ellington es el mejor compositor del siglo XX. Su creatividad es innegable.

     He dicho que The Duke es mi intérprete favorito. No. No es así. Duke Ellington, muy probablemente, no habría sido el mismo sin su banda. Sin sus músicos. Algunos de ellos fueron fundamentales en su música: arreglistas de sus temas y compositores de muchas piezas legendarias de la orquesta. Aunque no me cabe duda de que, de haber seguido un camino en solitario o en formaciones más pequeñas, también habría sido extraordinario.

     Me he referido a los músicos de Duke Ellington, y a que algunos fueron principales arreglistas de muchos de sus temas. Sería injusto destacar a uno por encima de los demás… pero lo haré: Billy Strayhorn. De él dijo The Duke: «Billy Strayhorn era mi brazo derecho, mi brazo izquierdo, mis ojos detrás de la cabeza…». Strayhorn estuvo en la banda desde su llegada, en 1939, hasta su muerte, en 1967.

     Otros grandes músicos y colaboradores de Duke Ellington fueron: Mi admirado Johnny Hodges (saxo alto). Harry Carney (saxo barítono), el miembro más leal: tocó con Ellington desde los 17 años hasta la muerte de The Duke, en mayo de 1974. Carney murió unos meses más tarde, en octubre; Cootie Williams (trompeta), un pilar del jungle style de los años 20 y 30; Paul Gonsalves (saxo tenor): otro muy admirado, Juan Tizol (trombón de pistones), quien introdujo ritmos latinos en la orquesta y fue autor de temas míticos como Caravan y Perdido. La lista de sus grandes músicos sería interminable.

     Duke Ellington, musicalmente, no fue una sola persona. Fue el núcleo de una grandiosa galaxia.

     Fue Count Basie quien me enseñó a entender el swing. Esa sensación de que la música te empuja hacia adelante sin necesidad de prisa. Ese arte de decir más con menos. The Count tocaba el piano como quien da indicaciones suaves desde el fondo del escenario: un par de acordes, un golpe preciso, y todo el mundo sabía qué hacer.

     No soy un experto, ya lo he dicho, ni pretendo serlo. Solo sé que Count Basie me transmite algo que pocos músicos logran. Su estilo es directo, elegante, sencillo. Escucharle es como ver caminar a alguien con clase: no necesita hablar alto para que lo escuchen.

     Su orquesta fue una escuela de swing. En sus filas tocaron algunos de los mejores músicos que ha dado el JazzFreddie Green, en la guitarra rítmica, marcando el pulso como un metrónomo humano; Joe Williams, esa voz profunda, templada, que parecía contar historias más que cantar canciones; Frank FosterFrank WessThad JonesSnooky YoungSonny Payne... La lista es interminable. Cada uno con su estilo, pero todos orbitando en torno a esa calma energética que irradiaba Basie desde el piano.

     Count Basie fue el arquitecto del swing sencillo, del groove imparable. Mientras Ellington escribía partituras como paisajes sonoros, Count Basie construía autopistas por las que el ritmo corría sin obstáculos. No eran opuestos, eran complementarios. Escuchar un tema como April in Paris, con esos metales afilados y esa falsa cadencia final que siempre vuelve a arrancar, es una clase de orquestación, de humor, y de precisión.

     Duke Ellington fue el gran compositor del Jazz. Pero Count Basie fue su gran impulsor. El que hizo bailar a todo el mundo sin decir una palabra de más.

     El Jazz de Basie era como él: elegante, conciso, generoso. Cuando suena su orquesta, uno se siente parte de algo mayor. Como si todo encajara.

     Count Basie, musicalmente, no fue solo un director de orquesta. Fue una forma de entender el ritmo, la economía del sonido, el alma del swing.

     La grabación de Duke Ellington Meets Count Basie (1961) es uno de los momentos más históricos del Jazz, no solo por la calidad musical, sino por lo simbólico de reunir a las dos grandes orquestas del swing en una sola sesión de estudio.

     Aunque se conocían desde los años 30, no se habían unido nunca para una grabación formal. Había una especie de «rivalidad amistosa» entre ellos, pero también un profundo respeto mutuo.

     La grabación tuvo lugar los días 6 y 7 de julio de 1961 en los legendarios estudios Columbia 30th Street de Nueva York. Fue organizada por Teo Macero, productor visionario de Columbia (más tarde también productor de Miles Davis).

    La idea era sencilla pero monumental: reunir a las dos orquestas completas en el estudio, tocando juntas. No alternando temas, sino literalmente fusionadas: dos secciones de trompetas, dos de saxos, dos baterías, dos pianos, dos estilos.

    Los arreglos permiten que cada banda brille sin opacar a la otra. Hay temas en los que domina el estilo de Basie (riffs sencillos, impulsivos), y otros con el sello más estructurado de Ellington.

    Uno de los momentos más recordados es Battle Royal, tema de apertura donde ambas orquestas se enfrentan con elegancia, sin competir realmente, sino celebrando lo mejor de cada una.

¿Cómo suenan dos orquestas juntas?

    El resultado no es un caos, sino una sinergia sorprendente. El swing de Basie se mezcla con la riqueza armónica de Ellington, y los músicos —todos de altísimo nivel— encuentran su lugar sin estorbarse.

    Destacan solistas como: Johnny Hodges (saxo alto -Ellington-) Harry Sweets Edison (trompeta, -Basie-). Paul Gonsalves (tenor, -Ellington-). Frank Wess y Frank Foster (tenores, -Basie-. También es notable el contraste entre los dos baterías: Sonny Payne (explosivo –Basie-) y Sam Woodyard (más sólido y sutil –Ellington-).

    El disco fue muy bien recibido por la crítica y el público. Se lo consideró un homenaje mutuo y un regalo para los amantes del jazz tradicional. Aunque no fue revolucionario —no era esa la intención—, sí fue un símbolo de unidad, respeto y celebración del jazz de gran orquesta.

   Curiosamente, nunca volvieron a grabar juntos después de estas sesiones. Esta fue la única vez que Ellington y Basie compartieron un álbum completo.


¡Dios! Qué inmensa suerte tuvieron los que presenciaron esa grabación. 

Términos:

Swing. Estilo predominante en el Jazz durante las décadas de 1930 y 1940, conocido por su ritmo contagioso y bailable.

Groove:

Sensación rítmica profunda y contagiosa.

El groove es esa energía rítmica que fluye con naturalidad, haciendo que quieras mover la cabeza, los pies o el cuerpo. Es una combinación de ritmo, repetición, dinámica y acento, que crea una base rítmica sólida y atractiva. A menudo surge del trabajo conjunto entre bajo, batería y otros instrumentos rítmicos. En resumen:

El groove no es solo qué se toca, sino cómo, con qué energía y con qué intención.
Nace de la interacción entre ritmo, repetición (para crear base), dinámica (para dar matiz) y acento (para marcar carácter).

Se dice que una canción «tiene groove» cuando suena con alma, con pulso, con cuerpo.


miércoles, 2 de julio de 2025

«La sombra»

 04:57 de la madrugada.

Comienza julio. Sigo tumbado, despierto, en la quietud tibia de la habitación. El ventilador susurra, la puerta de la terraza permanece abierta y la persiana, a medio bajar, deja colarse el aliento cálido de la noche. Fue ese calor denso el que me arrancó del sueño.

Sin moverme apenas, me giré hacia la terraza. Y allí estaba: una sombra pequeña, viva, deslizándose entre la penumbra con movimientos breves, casi coreografiados. Se detenía, como escuchando algo secreto, y luego seguía. La perdí durante unos minutos, sumido en pensamientos nebulosos. Después volvió. Y sin más, desapareció por donde vino, discreta, como si el aire mismo la hubiera absorbido.