domingo, 6 de julio de 2025

«Quiero fer una prosa en román paladino, en qual suele el pueblo fablar a su vecino...»

 


     Llamar «español/castellano» al idioma que hablamos es, a estas alturas, una costumbre arraigada, pero no por ello incuestionable. En realidad, el nombre arrastra complejidades políticas, geográficas e históricas que no siempre hacen justicia a su esencia. Por eso, hoy propongo rescatar un nombre antiguo, más noble, más exacto y más bello: román paladino.

     Decir román paladino es devolverle al idioma su cuna y su destino. «Román», porque desciende del latín, de aquella lengua madre que Roma sembró por toda la península. Y «paladino», porque es el habla clara, la palabra pública, la voz que el pueblo entiende. No es un término de élite, ni un capricho de academias: es la lengua llana, nacida no en salones ni cancillerías, sino en plazas, caminos y hogares. Como escribió Gonzalo de Berceo, aquel monje poeta del siglo XIII, ... es la lengua en que «el pueblo fabla a su vecino. ¿Cabe mayor definición?

Decir román paladino es también un acto de humildad y verdad. No presume de imperios ni pretende imponer fronteras. No dice «castellano», como si encerrase la pluralidad bajo un reino. No dice «español», como si su vida terminara en un mapa. Román paladino es el idioma libre que ha cruzado mares, que ha crecido en bocas africanas, americanas, filipinas y hasta en rincones del Asia. Es la lengua de los sin nombre y de los grandes nombres, de Cervantes y de los juglares, de los exiliados y de los niños.

Usar este nombre es también un acto de resistencia contra el envaramiento, contra el lenguaje hueco y el discurso oscuro. Es elegir la claridad, la franqueza, la palabra directa. En tiempos de eufemismo y retórica vacía, el román paladino sigue siendo el idioma de los que nombran las cosas por su nombre, sin afectación, sin mentira.

Reivindico, pues, este nombre antiguo, no como arqueología, sino como bandera. No se trata de borrar lo que hay, sino de recordar lo que somos. Porque el español —llámese como se llame— será siempre, en lo mejor de sí, román paladino: lengua clara, lengua del pueblo, lengua viva.

 


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