Decir román
paladino es devolverle al idioma su cuna y su destino. «Román», porque
desciende del latín, de aquella lengua madre que Roma sembró por toda la
península. Y «paladino», porque es el habla clara, la palabra pública, la voz
que el pueblo entiende. No es un término de élite, ni un capricho de academias:
es la lengua llana, nacida no en
salones ni cancillerías, sino en plazas, caminos y hogares. Como escribió
Gonzalo de Berceo, aquel monje poeta del siglo XIII, ... es la lengua en que «el pueblo fabla a su vecino. ¿Cabe
mayor definición?
Decir román
paladino es también un acto de humildad y verdad. No presume de
imperios ni pretende imponer fronteras. No dice «castellano», como si encerrase
la pluralidad bajo un reino. No dice «español», como si su vida terminara en un
mapa. Román paladino es el idioma libre que ha cruzado mares, que ha crecido en
bocas africanas, americanas, filipinas y hasta en rincones del Asia. Es la
lengua de los sin nombre y de los grandes nombres, de Cervantes y de los
juglares, de los exiliados y de los niños.
Usar este nombre es también un acto de resistencia contra el envaramiento,
contra el lenguaje hueco y el discurso oscuro. Es elegir la claridad,
la franqueza, la palabra directa. En tiempos de eufemismo y retórica vacía, el román paladino sigue siendo el idioma
de los que nombran las cosas por su nombre, sin afectación, sin mentira.
Reivindico, pues, este nombre antiguo, no como
arqueología, sino como bandera. No se trata de borrar lo que hay, sino de recordar lo que somos. Porque el español
—llámese como se llame— será siempre, en lo mejor de sí, román paladino: lengua clara, lengua del
pueblo, lengua viva.

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