lunes, 15 de septiembre de 2025

27. «La estrella guía. La feria de ganado y la noche» (2)

 Todos levantaron sus copas al unísono, con los corazones alzados hacia el mismo destino. El sonido de las copas chocando resonó en el patio, y en ese momento, todos sabían que, sin importar las amenazas o las dificultades que pudieran surgir, no estaban solos. Se tenían los unos a los otros. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que les daba la fuerza para seguir adelante.

mplice, un gesto que Antonia supo interpretar al instante.

Ya va siendo hora de retirarse —dijo Juan, con tono suave pero firme—. Mañana puede ser un día agitado.

Todos, en silencio, comprendieron que era momento de despedirse. Diego y Martín se dirigieron a su habitación, Gonzalo hizo lo propio, mientras Catalina comenzó a caminar hacia su alcoba. Antonia y Juan se miraron, una mirada cargada de entendimiento. Sabían que debían actuar con rapidez, resolver la situación, y lo harían esa noche.

Antonia, con una determinación que solo ella poseía, fue la que tomó la iniciativa.

Gonzalo, espera —llamó con suavidad, al ver que él se alejaba hacia su habitación—. La puerta de tu habitación estaba abierta, y una gallina ha ensuciado el suelo. Espera un momento que lo limpie.

Catalina, que la seguía de cerca, se ofreció para ayudarla.

Si quieres, puedes ayudarme.

Catalina aceptó, sin hacer preguntas, y juntas entraron en la habitación de Gonzalo. Cuando Catalina vio la cama ya dispuesta, con las velas encendidas y las flores decorando el espacio, se detuvo un instante, sorprendida.

Antes de que pudiera decir algo, Antonia, con una mirada cálida, la interrumpió:

Si tú lo deseas, desde esta noche puedes dormir con Gonzalo. Es lo natural.

Catalina no pudo evitar las lágrimas. Conmovida por las palabras de Antonia y la calidez de su gesto, se abrazó a ella con fuerza, dejándose llevar por la emoción. Después, dándole un beso en la mejilla, le agradeció, sin palabras, todo lo que Antonia hacía por ella.

Antonia, sonriendo suavemente, la acarició el cabello.

Sé que todo será para bien. Nada tienes que temer, hija.

Con ese abrazo, se cerró un capítulo importante en la vida de Catalina. Había encontrado, por fin, el hogar que tanto había buscado, y la familia que la aceptaba y la amaba como una hija. Sin decir más, Antonia cerró la puerta de la habitación con suavidad, dejándola a solas.

Al cabo de unos minutos, Juan tomó del hombro a su hijo entrando los dos juntos a la casa. El corredor estaba oscuro, salvo por la luz tenue que se filtraba de las velas en la habitación. Los pasos de Juan y Gonzalo resonaban en el suelo de madera, como un preludio a lo que estaba por suceder. El padre no dijo nada, pero su mano en el hombro de Gonzalo se apoyaba firmemente, como si quisiera transmitirle una seguridad que él mismo aún no sentía.

Al llegar frente a la puerta, Juan la abrió con suavidad y, sin mirar a su hijo, le dio un leve empujón en la espalda. Gonzalo, que venía de la seguridad del patio, sintió cómo todo su ser vacilaba al cruzar el umbral. Dentro, Catalina lo esperaba, sentada en la cama, la figura suave de su silueta iluminada por la luz cálida de las velas. No había palabras, pero su presencia llenaba el espacio de una expectación palpable.


Al principio, Gonzalo no reaccionó. Solo la miró, los ojos fijados en ella, incapaz de articular ni un sonido. La escena era tan inesperada y tan intensa que la sorpresa lo paralizó. Catalina, consciente de la atención que ahora recaía sobre ella, no desvió la mirada. Sus ojos, brillantes y llenos de una quietud inexplicable, se encontraron con los de él.

El tiempo pareció detenerse en ese instante. Ninguno de los dos dijo nada. Había un silencio denso, pero no incómodo, solo la sensación de que algo profundo estaba ocurriendo. En su interior, Gonzalo sentía cómo su corazón aceleraba, cómo un sinfín de emociones se desbordaban, desde la incertidumbre hasta una dulzura inexplicable. Dio un paso al frente, y con cada movimiento, su respiración se volvió más profunda, más consciente.

Catalina permaneció inmóvil, como esperando algo, como si todo lo que había sucedido hasta ese momento les había preparado para este encuentro. Gonzalo finalmente dejó de mirar hacia atrás, donde su padre, con una presencia sabia y silenciosa, ya se había marchado, dejando a los dos en esa habitación que de algún modo parecía vacía, pero llena al mismo tiempo. La puerta se cerró con un suave clic, y en ese mismo instante, el espacio entre ellos se acortó aún más.

Él dio un paso más, acercándose, y Catalina no se movió. Sus ojos seguían fijos en él, expectantes, pero sin prisa. Gonzalo detuvo su paso cuando estuvo a un par de metros de ella, como si no se atreviera a dar el siguiente paso sin saber cómo lo tomaría ella, sin estar seguro de lo que se esperaba de él.

Catalina, al fin, rompió el silencio.

No tienes que hacer nada —dijo con voz suave, pero firme—. Solo ser tú. No quiero presionarte, Gonzalo. Pero este momento… creo que ya no podemos ocultarlo más. Lo que está entre nosotros, lo que hemos ido construyendo, ya no se puede negar.

Las palabras de Catalina lo sorprendieron, pero también lo tranquilizaron. Por fin, supo que no estaba solo en sus sentimientos. Un suspiro le escapó mientras sus ojos se suavizaban. Catalina había hablado, pero el corazón de Gonzalo aún latía de forma errática, sin saber si estaba preparado para lo que venía. Pero ya no había marcha atrás.

Finalmente, se acercó un poco más, y cuando estuvo cerca, sus manos temblorosas se alzaron hacia ella, un gesto cargado de dudas, pero también de una necesidad innegable. Catalina, sin dudarlo, levantó su rostro hacia él, invitándolo a dar el paso que ambos sabían que debía llegar.

Gonzalo, con la boca seca y el alma desbordada de sentimientos encontrados, se inclinó hacia ella. No hubo palabras, solo el contacto suave de sus labios, un beso tan tierno como necesario. El mundo fuera de esa habitación desapareció por un momento. Todo lo que importaba estaba allí, en ese instante, en esa conexión.


Aquella noche fue para Catalina y Gonzalo como el primer verso de un poema que el tiempo no se atrevería a borrar.

La habitación, humilde pero cálida, estaba envuelta en la luz temblorosa de una vela. Las flores silvestres yacían en el suelo, como si se hubieran rendido ante la intensidad de lo vivido. Las sábanas, desordenadas, conservaban el eco de caricias y susurros que no necesitaban palabras.

Afuera, el viento soplaba con fuerza, como si la tierra misma quisiera participar en su encuentro. Las ramas golpeaban las ventanas, las cortinas se agitaban como si celebraran cada roce, y cada ráfaga parecía un suspiro profundo que escapaba del pecho del mundo. Era como si la pasión que ardía entre ellos hubiera despertado a los elementos.

Catalina, con su camisón blanco apenas rozando la piel, se movía con la delicadeza de quien descubre el amor en cada gesto. Gonzalo, con el torso desnudo y los ojos encendidos por la emoción, la miraba como si fuera la primera y última luz que quisiera contemplar. Sus cuerpos se buscaron sin prisa, como si el mundo entero se hubiera detenido para permitirles ese instante sagrado.

Hubo ternura, sí, pero también pasión desatada, como fuego que se expande por el trigal. Cada roce, cada mirada, cada respiración compartida tejía un vínculo que iba más allá del deseo: era entrega, era confianza, era el inicio de una vida compartida. Catalina tembló, no de miedo, sino de plenitud. Gonzalo la sostuvo, no como quien posee, sino como quien honra.

Y cuando la vela se apagó, no fue el fin de la noche, sino el comienzo de un silencio lleno de promesas. Afuera, el campo dormía bajo el rugido del viento. Adentro, dos almas se habían encontrado en la oscuridad, y ya no volverían a estar solas...



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