miércoles, 17 de septiembre de 2025

28. «La estrella guía. Al día siguiente»

 El amanecer de Catalina y Gonzalo fue como si el mundo entero contuviera el aliento para no interrumpirlos.



La luz dorada se filtraba por la ventana de madera, acariciando sus rostros aún somnolientos. Las sábanas, desordenadas por la noche compartida, conservaban el calor de sus cuerpos y el perfume tenue de las flores silvestres que ahora yacían esparcidas por el suelo. Catalina, envuelta en su camisón blanco, giró lentamente hacia Gonzalo, que la observaba con una sonrisa apenas dibujada, el torso desnudo iluminado por el sol naciente.

No hubo palabras. Sólo el roce de sus manos, el suspiro compartido, y esa mirada que decía más que cualquier promesa. Afuera, los campos despertaban con el canto de los pájaros, pero dentro de aquella habitación humilde, el tiempo parecía suspendido. Era su primer despertar juntos, y todo —la luz, el silencio, el desorden íntimo del lecho— conspiraba para sellar ese instante como sagrado.

Gonzalo se inclinó y apoyó su frente en la de ella. Catalina cerró los ojos, y en ese gesto, el día comenzó. No con ruido, ni con prisas, sino con la certeza de que el amor, cuando es verdadero, se revela en los detalles más pequeños: una caricia, una sonrisa, un amanecer compartido.

Antes del canto del gallo, Antonia y Juan ya se habían levantado. Se dirigían a la plaza del pueblo en la que, el día anterior, Juan y algunos vecinos, decidieron organizarse para afrontar la defensa de los jóvenes que tenía acogidos en su casa. Al llegar a la plaza, esta estaba llena de vecinos. Esperaban ayuda, pero no tanta. Úbeda entera, conocedora de la buena reputación de la familia salió en su mayoría en la defensa de Catalina, Diego y Martín, a quienes ya conocían y sabían que nada avieso habían hecho. Allí, todos juntos, esperarían la llegada de don Gil y sus hombres. El capataz del cortijo de don Gil, al ver la situación, decidió salir al encuentro de este para prevenirle de la situación. Cuando Juan vio salir al capataz, pidió que unos hombres fueran a su casa para proteger a los muchachos. Veinte hombres, armados con aperos de labranza y algunos arcabuces, salieron decididos hacia la casa, que estaba situada en las afueras del pueblo.

El alguacil mayor, acompañado de dos alguaciles, al ver la aglomeración y las intenciones del pueblo, exigió que se disolvieran. Un panadero alzó la voz y respondió que no se moverían de allí hasta que don Gil desistiera de sus propósitos. El alguacil insistió en que se dispersaran, advirtiendo que lo que hubiera que resolverse se haría conforme a la justicia. Entonces Inés, la mujer de Paco el molinero, abriéndose paso entre la multitud, tomó la palabra y dijo:

Ya conocemos como se las gasta la justicia en asuntos que afectan a los poderosos. Siempre a favor de estos. Esta vez no ocurrirá así. Conocemos a Juan y Antonia. Sabemos que son una familia ejemplar. De sus buenas acciones para con los demás. Siempre han ayudado a quienes lo necesitaran sin preguntar, ni esperar nada a cambio. Muchos en el pueblo hemos recibido su ayuda en momentos concretos. Nunca protegerían a quienes hubieran cometido delito alguno. Todos prorrumpieron una ovación atronadora y gritos de apoyo a lo dicho por la mujer. El alguacil mayor, dijo que se debía respetar la ley. Que se habría que escuchar a Don Gil.

Antonia, tomando la palabra:

De acuerdo. Lo aceptamos. También exigimos que se deje hablar a toda aquella persona que quisiera aportar su opinión. Que no se coarte a nadie en su derecho a hablar.

Así se hará. —dictó el alguacil mayor— No obstante, nos atendremos a lo que sentencie el Corregidor una vez oídas las partes.

Lo aceptamos. Pero repito, siempre que se deje hablar a toda aquella persona que desee hacerlo. —Sentenció Antonia con un tono de voz enérgico.

Mientras esto ocurría en la plaza, los veinte hombres armados llegaron a la casa. Esto alarmó a Gonzalo, Martín, Catalina y Diego. Especialmente a ella, que sufrió un ataque de ansiedad.


 —¿Qué sucede? ¿Quiénes son esos? —preguntó Catalina, con la voz entrecortada.

Tranquila, Catalina —dijo Gonzalo, acercándose a ella y tomándola de la mano—. Son amigos.

Martín y Diego también se acercaron para reconfortarla.

Todo está bien —dijo Martín—. No te preocupes.

Sí, Catalina —añadió Diego—. Estamos aquí contigo.

Gonzalo, que conocía a quienes habían llegado, se acercó a la puerta y les habló.

¿Qué ocurre? ¿Por qué venís así?

Venimos a petición de tu padre —respondió uno de los hombres—. Nos ha dicho que viniéramos a protegeros por si don Gil y sus hombres se dirigen a la casa.

¿Don Gil? —Preguntó Catalina—. ¿Viene hacia aquí?

No lo sabemos —respondió el hombre—. Pero sabed que el pueblo entero se ha concentrado en la plaza para defenderos si es necesario.

¿El pueblo? —preguntó Catalina, con sorpresa.

Sí, Catalina —dijo el hombre—. El pueblo entero está con vosotros. No permitirán que don Gil os haga daño alguno.

Gracias —dijo Catalina, con los ojos llenos de lágrimas—. Gracias por venir.

No tienes nada que agradecer —dijo el hombre—. Estamos aquí para velar por vosotros. Nada os ocurrirá si se dejaran caer por aquí.

¿Y qué está pasando en la plaza? —preguntó Diego.

No lo sabemos con certeza —respondió el hombre—. Pero parece que hay una gran discusión con el Alguacil Mayor.

¿Una discusión? —preguntó Catalina.

Sí —respondió el hombre—. Pero no te preocupes. Juan y Antonia están allí. Ellos lo resolverán. Antonia es una mujer de carácter y sabe como actuar.

Eso espero —dijo Catalina—. No quiero que nadie salga herido.

No te preocupes —dijo el hombre—. Todo estará bien.

Gracias —dijo Catalina—. Gracias por todo.

No tienes nada que agradecer —dijo Edelmiro, el más bravo de todos—. Estamos aquí para ayudaros.

Después de estas palabras, Catalina se sintió más tranquila. La presencia de los hombres armados y las palabras de aliento del hombre le habían devuelto la esperanza.

¿Qué os parece si les ofrecemos algo de comer? —dijo Catalina.

Gracias —respondió Edelmiro—. Pero no queremos molestaros.

No es ninguna molestia —dijo Catalina—. Queremos agradeceros vuestro apoyo.

Como quieras —dijo—. Nos vendrá bien.

¡Y que no falten una jarras de vino! —Gritó Martín.

Catalina, junto con Gonzalo, Martín y Diego, se dispuso a preparar algo de comer para los hombres armados. Mientras tanto, en la plaza, Juan y Antonia seguían discutiendo con el alguacil mayor. La tensión se palpaba en el ambiente...





No hay comentarios:

Publicar un comentario

A mis, pocos, pero queridos lectores

Llevo un tiempo sin publicar las continuaciones de los relatos que estoy desarrollando. Estoy atravesando un pequeño parón creativo. Tengo a...