El sol brillaba con fuerza en la plaza de Úbeda cuando Don Gil y sus hombres hicieron su aparición montados a caballo. La multitud, que abarrotaba el lugar, observaba con tensión la llegada del terrateniente. Juan y Antonia se encontraban al frente, junto al Alguacil Mayor.
—Vengo a buscar a tres jóvenes que se han refugiado aquí —respondió Don Gil, señalando con desprecio a la multitud—. ¡Son unos ladrones! ¡Hace tiempo robaron objetos de valor y dinero de mi cortijo y deben pagar por ello!
—Estoy al tanto de la situación, Don Gil —dijo el Alguacil Mayor—. Este asunto se resolverá con arreglo a la justicia. Ya he dado aviso al Corregidor Real, y será él quien, tras escuchar a ambas partes, dicte sentencia.
El Alguacil Mayor se volvió hacia Juan, quien representaba al pueblo.
—Juan, ¿estáis de acuerdo con que sea el Corregidor quien juzgue este caso?
—Sí, Alguacil Mayor —respondió Juan—. El pueblo de Úbeda confía en la justicia y acatará la decisión del Corregidor.
El Alguacil Mayor miró entonces a Don Gil.
—¿Aceptáis también la decisión del corregidor?
Don Gil, visiblemente contrariado, asintió con la cabeza.
—Así sea —dijo con aspereza—. Aunque no estoy de acuerdo con que se dilate más este asunto.
—La justicia requiere su tiempo, Don Gil —replicó el Alguacil Mayor—. Pero tened por seguro que se hará lo correcto.
Luego se dirigió a la multitud:
—Vecinos de Úbeda, habéis sido testigos de las acusaciones de Don Gil contra estos jóvenes. El Corregidor Real llegará en breve y escuchará vuestros testimonios. Os pido que mantengáis la calma y el orden hasta que se dicte sentencia.
Un murmullo de aprobación recorrió la plaza. La tensión era palpable, pero la presencia del Alguacil Mayor y la promesa de un juicio justo mantenían la situación bajo control.
Minutos después, el Corregidor Real llegó a la plaza. Dada la multitud congregada y la imposibilidad de celebrar el juicio en el salón del ayuntamiento, decidió llevarlo a cabo allí mismo. Acto seguido, estableció el orden del proceso:
En primer lugar, el Alguacil Mayor expondría lo sucedido.
Después, Don Gil presentaría sus acusaciones.
A continuación, los jóvenes ejercerían su derecho a la defensa.
Finalmente, se tomarían declaraciones de testigos y de quienes desearan intervenir.
El corregidor hizo llamar a Martín, Catalina y Diego, que habían sido llamados por el Alguacil Mayor. Llegaron minutos después, escoltados por Gonzalo y los veinte hombres que habían acudido para protegerlos. Cuando todo estuvo dispuesto, la vista dio comienzo.
—Señor Alguacil Mayor, describa usted el motivo por el que se encuentra aquí —ordenó el Corregidor.
—Señoría, esta mañana, desde muy temprano, gran parte de la población comenzó a reunirse en la plaza. Ante esta situación, decidí presentarme junto con dos de mis hombres para averiguar la causa. Me informaron que esperaban la llegada de Don Gil, quien venía a ajustar cuentas con estos jóvenes, acusándolos de robo en su propiedad tiempo atrás. Según su capataz, se encontraban en el pueblo. Juan y Antonia, aquí presentes, certifican que están en su casa, no como refugiados, sino como parte de su familia, y que les defenderán de todas las acusaciones. El pueblo, en su mayoría, ha mostrado su apoyo a ellos. Esta es la situación, Señoría. Me limito a describir los hechos tal como los he presenciado, sin tomar partido alguno.
—Gracias, Alguacil Mayor. Ha actuado usted correctamente —señaló el Corregidor Real antes de volverse hacia Don Gil—. Don Gil, ¿qué tenéis que decir al respecto?
—Señoría, estos jóvenes son unos ladrones. Hace días, mientras trabajaban en mi cortijo, sustrajeron objetos de valor y una importante suma de dinero. He venido a Úbeda para llevarme a los culpables y que paguen por sus crímenes.
—¿Tenéis alguna prueba de lo que afirmáis, Don Gil? —preguntó el corregidor.
—Mi capataz y otros trabajadores del cortijo son testigos de lo ocurrido —respondió Don Gil—. Además, la desaparición de los objetos y el dinero coincide con su huida del cortijo.
—Ya veo —dijo el corregidor—. Ahora, demos la oportunidad a los acusados de defenderse. Martín, Catalina y Diego, ¿qué tenéis que decir ante estas acusaciones?
Martín, Catalina y Diego se miraron entre sí antes de que Martín tomara la palabra:
—Señoría, nosotros no hemos robado nada. Es cierto que trabajamos en el cortijo de Don Gil, pero nos fuimos porque Catalina estaba siendo perseguida y molestada por él. No pudimos soportarlo más y decidimos marcharnos para protegerla.
—¿Es cierto lo que dice este joven, Don Gil? —preguntó el Corregidor Real.
Don Gil se puso visiblemente nervioso.
—Es una calumnia —respondió con aspereza—. Jamás he asediado a nadie.
—¿Y por qué se fueron entonces? —insistió el corregidor.
—No lo sé, señoría —contestó Don Gil, tratando de mantener la compostura—. Supongo que se asustaron ante la idea de tener que rendir cuentas por el robo.
El corregidor se volvió hacia los testigos.
—Capataz, ¿qué puede decirnos sobre lo ocurrido en el cortijo?
El capataz, alterado y balbuceante, comenzó a hablar:
—Señoría, yo no vi el robo con mis propios ojos, pero puedo confirmar que los jóvenes abandonaron el cortijo de forma repentina de madrugada y que, poco después, se descubrió la falta de objetos de valor y dinero.
—¿Y los demás trabajadores? —preguntó el Corregidor Real.
—Algunos dicen haber visto a los jóvenes salir del cortijo con unas bolsas, pero nadie puede asegurar que llevaran algo robado —respondió el capataz.
El corregidor meditó un momento antes de continuar:
—A ver, jóvenes, ¿qué llevabais en aquellos bultos?
—Señor corregidor —intervino Catalina en ese momento—, no llevábamos más que nuestras pertenencias personales. Nada más. No nos llevamos nada que no nos perteneciera.
—¿Y el dinero? ¿Llevabais dinero? —inquirió el magistrado.
—Así es, señoría —apuntó Diego con firmeza—. Era el dinero que nos pagaron el día anterior por nuestro trabajo. Esperamos para irnos hasta que nos pagaran. Hasta ese día, procuramos estar siempre cerca de Catalina para protegerla de ese hombre —añadió, señalando a Don Gil.
—¿Alguien más desea tomar la palabra? —preguntó el corregidor.
Varios vecinos levantaron la mano y comenzaron a dar su testimonio. Todos coincidieron en destacar la honestidad y la bondad de Juan y Antonia.
—Señoría —dijo una anciana—, conozco a Juan y Antonia desde hace muchos años. Son personas honradas y trabajadoras. Jamás les he visto hacer nada malo.
—Yo también quiero hablar —intervino un hombre—. Estos jóvenes son buenas personas. Han sufrido mucho en su vida y no creo que sean capaces de robar nada a nadie. Desde que están en Úbeda, no han hecho nada malo. Al contrario, cuando alguien ha necesitado ayuda, la han prestado sin pedir nada a cambio. Son muy trabajadores y honrados.
—Y yo —añadió una mujer— puedo asegurar que estos muchachos son inocentes. Si las acusaciones fueran ciertas, si realmente hubieran robado todo lo que ese hombre dice, ¿por qué se habrían quedado tan cerca del cortijo? Habrían huido muy lejos.
En ese momento, uno de los hombres de Don Gil levantó la mano y se dirigió al juez:
—Señoría, si me lo permitís, quisiera aportar testimonio.
—Adelante. Decid vuestro nombre y el puesto que ocupáis en el cortijo de Don Gil.
—Señoría, me llamo Vicente Soler Ruíz, vecino de Torreperogil y encargado de las caballerías en el cortijo. Puedo certificar que el dinero que llevaban era el que ganaron con el sudor de su frente. Fue el capataz quien se lo entregó aquella tarde. Nada más que sus posesiones se llevaron. Lo que dice Don Gil es incierto. Todo ha sido un ardid para castigar la negativa de la muchacha a ceder a sus deseos.
Los vecinos concentrados en la plaza prorrumpieron en vítores y aplausos ante la declaración de aquel hombre. Don Gil, muy alterado, pidió la palabra, a lo que el corregidor accedió.
El Corregidor Real interrogó al capataz sobre lo testimoniado por el trabajador. Este lo confirmó sin titubeos.
El juez escuchó atentamente los testimonios de los vecinos. Cuando hubieron terminado de hablar, tomó un respiro y repasó sus notas antes de levantar la mirada hacia Don Gil. En la plaza, la expectación era total.
—Don Gil, ¿qué tenéis que decir ante estos testimonios?
Don Gil permaneció en silencio, visiblemente abrumado por las palabras de los vecinos y de sus propios trabajadores.
—No tengo nada que decir —respondió finalmente.
El corregidor se dirigió al acusador:
—Deduzco entonces que vuestra acusación es falsa. ¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
—¡Esto es una farsa...! —masculló Don Gil entre dientes, mirando con furia al capataz y a Vicente—. ¡Todo esto es una conspiración contra mí!
—¿Negáis las pruebas presentadas? —lo interrumpió el corregidor.
Don Gil abrió la boca, pero la cerró de inmediato. Sabía que no tenía escapatoria.
—No tengo nada más que decir —cedió al fin.
La multitud respondió con un clamor unánime:
—¡Son inocentes! ¡Son inocentes!
El corregidor levantó la mano para pedir silencio:
—Visto lo expuesto, y en virtud de la autoridad que me ha sido conferida por Su Majestad el Rey Don Felipe II, declaro que Martín, Catalina y Diego son inocentes de los cargos que se les imputan. Asimismo, estudiaré el caso detenidamente para investigar a Don Gil del Alcázar y Fuenfría, por faltar a la verdad y, con ello, tratar de perjudicar a estos tres jóvenes. Igualmente, investigaré lo ocurrido entre él y Catalina. No se puede admitir que nadie, por muy poderoso que sea, abuse del poder y autoridad que tenga o le sea otorgada. El rey y las leyes velan por la mejor de las dignidades para todos sus vasallos. Y yo, como representante de esa voluntad real, estoy encargado de su cumplimiento. Jóvenes, estáis convocados para dentro de cinco días en esta audiencia para dar testimonio de lo ocurrido. Don Gil del Alcázar y Fuenfría, lo haréis en siete días. Pueden aportar los documentos y testimonios que crean conveniente para sostener sus posturas. Tanto de acusación, como de defensa. De no acudir, quien quiera que no lo haga, será perseguido por la justicia hasta ser puesto a nuestra disposición.
Con la sentencia del corregidor, la tensión en la plaza se desvaneció. Un murmullo de alivio recorrió a la multitud, que pronto se convirtió en vítores. Juan y Antonia abrazaron a los jóvenes con lágrimas en los ojos. Gonzalo se acercó a Catalina y la tomó de la mano.
—Sabía que todo saldría bien —le dijo Gonzalo.
—Gracias a tus padres y a toda esta gente que nos ha apoyado —respondió Catalina.
Don Gil, visiblemente contrariado, abandonó la plaza acompañado por sus hombres. Sólo el capataz y Vicente se quedaron en el pueblo. No quisieron seguir trabajando para un hombre como aquel.
Durante un momento, todo quedó en silencio. Luego, Juan dio un paso adelante y estrechó las manos del capataz y de Vicente. Un murmullo de aprobación recorrió a la multitud. Poco después, alguien comenzó a aplaudir, y en cuestión de segundos, toda la plaza estalló en vítores. En ese momento, Juan se dirigió a la multitud concentrada:
—Vecinos de Úbeda, habéis demostrado una vez más que la unión hace la fuerza. Gracias por vuestro apoyo en defensa de la verdad y de la justicia.
Acto seguido, Juan, acompañado por su familia y decenas de vecinos, se dirigió a la taberna cercana para celebrar la justicia recibida. El tabernero, un hombre orondo con un delantal manchado de grasa y vino, se adelantó con una gran sonrisa:
—¡La primera ronda de vino y queso corre de mi cuenta! —anunció, alzando unas jarras llenas de vino. La multitud respondió con un nuevo clamor de aplausos y vítores. La justicia había triunfado.
El alcalde, que se había unido a la celebración reconociendo la importancia del gesto del capataz y de Vicente, les ofreció trabajo en Úbeda. Ante la actitud honesta de ambos, y de acuerdo con el Alguacil Mayor, les ofreció dos puestos como alguaciles. El capataz aceptó agradecido; Vicente lo rechazó, igualmente agradecido. Regresaría a Torreperogil, donde estaba su familia y unas tierras a las que sacaría provecho.
Cuando las jarras de vino y los platos estuvieron vacíos, el alcalde pidió silencio:
—Vecinos de Úbeda, hoy la ciudad ha sido testigo de que cuando la verdad es única y firme, la justicia está con ella. Este hecho es motivo suficiente para que, ante la actitud vecinal, sea el ayuntamiento quien se encargue de las costas de la celebración. ¿Estáis de acuerdo?
Todos afirmaron con vítores y aplausos. Manuel, el herrero, añadió con sorna: — Alcalde, el ayuntamiento no lo paga, lo pagamos nosotros con los impuestos. Ahora, si tiene a bien hacerlo su señoría con sus posibles…
Los ubetenses estallaron en carcajadas mientras otra voz gritó: —Posibles que salen también de los impuestos. —El alcalde, algo malhumorado, soportó el comentario mientras las risas aumentaban en la plaza.
Rápidamente, los taberneros del pueblo improvisaron en la plaza para la festividad. Mesas de madera se llenaron de panes, viandas y jarras de vino. Músicos con laúdes, zanfoñas, flautas y tamboriles llenaron el aire con su música. Los niños correteaban entre los adultos, que bailaban al ritmo de las melodías.
Este día quedaría marcado como una fecha señalada en el pueblo. Se establecería el 28 de septiembre como la fiesta mayor de Úbeda*. La música y los bailes se prolongaron hasta bien entrada la noche. Los protagonistas, la familia de Juan y Antonia, no dejaban de recibir agasajos y felicitaciones.
*Hecho imaginativo. La fiesta mayor coincide con esta fecha, pero en honor de San Miguel.
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