El día de la audiencia contra Don Gil llegó, y la familia entera acompañó a Catalina. Cuando llegaron al ayuntamiento, muchos vecinos ya se encontraban reunidos frente a las puertas. Los murmullos de solidaridad se mezclaban con los sonidos de los pasos apresurados de los que iban entrando a la casa consistorial.
Uno de los vecinos, Tomás, el buhonero, se acercó a Catalina y la miró con una expresión de apoyo.
—No te preocupes, Catalina. Sabemos que lo que dices es cierto —le dijo en voz baja, antes de darle un abrazo breve pero reconfortante—. No estás sola en esto. Muchos hemos visto lo que Don Gil es capaz de hacer.
Con un nudo en la garganta, Catalina asintió y, en silencio, se adentró en el edificio, acompañada de Diego y Martín. La tensión era palpable, pero el apoyo de los suyos le dio algo de fuerza.
Catalina fue la primera en ser llamada. El corregidor la miró desde su escritorio con una expresión impasible advirtiéndole que tenía la obligación de decir la verdad. Cuando ella comenzó a hablar, su voz, aunque temblorosa, no dejó de ser firme.
—Desde el primer día que llegué al cortijo de Baños de la Encina —empezó—, noté que Don Gil me miraba de una manera distinta, como si me viera como algo más que una simple criada.
El corregidor, detrás de la mesa, se inclinó levemente hacia adelante mostrando interés, pero no interrumpió.
—Cada día que pasaba, él se acercaba más, me hacía hablar a solas o me pedía que fuera a su despacho. Me dijo que si le concedía mis favores, podría vivir una vida mejor.
Las palabras de Catalina resonaron en la sala como un eco doloroso. El corregidor no mostró emoción alguna, pero la sala se llenó de un silencio pesado. Catalina continuó:
—Hubo ocasiones en las que me arrinconó... intentó besarme y tocó mi cuerpo. En esos momentos, me sentí humillada, atrapada, aterrada. No sabía qué hacer...
Un sollozo se le escapó, y con las manos temblorosas, secó las lágrimas que caían de sus ojos.
—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó el corregidor, su voz fría como el metal.
Catalina tragó saliva y miró al juez con determinación.
—Les conté lo que estaba pasando a mis amigos, a Diego y a Martín. Y cuando las circunstancias lo permitieron, decidimos escapar. No podía seguir viviendo así.
El corregidor la observó en silencio antes de darle la orden de salir de la sala.
—Gracias, Catalina. Te llamaremos nuevamente cuando hayamos escuchado a los demás.
Ella volvió a su lugar con lágrimas en los ojos, pero con una sensación extraña de alivio al saber que había dicho toda la verdad.
A continuación, fueron llamados Diego y Martín. Ambos ratificaron lo dicho por Catalina, con palabras simples pero firmes.
—Lo que ha dicho Catalina es la pura verdad —dijo Diego al corregidor, mirando a los ojos de su amigo—. Nosotros estábamos allí, notamos el cambio de carácter de Catalina con el paso de los días.
Martín asintió con la cabeza.
—Lo que Don Gil hizo no fue más que una vergüenza, una infamia —añadió. Entre los hombres del cortijo corrieron rumores de la actitud del dueño. Tratamos de hablar con Catalina, pero callaba. Lo hacía para no preocuparnos. Así fue, hasta que ya no pudo más y nos contó todo. Ahí fue cuando decidimos escapar.
Con las declaraciones de ambos, el corregidor les informó que se reunirían nuevamente una semana después, tras escuchar a Don Gil y poder estudiar todo con calma. Con todo estudiado, decidiría abrir un nuevo juicio si hubiera motivos.
Cuando salieron del ayuntamiento, el número de vecinos reunidos había crecido considerablemente. La multitud se apiñaba a las puertas de la casa consistorial, mostrando su apoyo sin dudarlo.
—¡Catalina, Diego, Martín! —gritó Tomás desde la multitud—. Sabemos que decís la verdad. No estáis solos. ¡Toda el pueblo está con vosotros!
Las palabras del vecino resonaron entre los presentes, y un suspiro colectivo se sintió en el aire.
El regreso a casa, arropados por Antonia, que abrazaba a Catalina con amor maternal, Juan y Gonzalo, fue en silencio, la gente caminaba en fila, el peso de la situación les envolvía. Una vez en la casa, el mediodía estaba ya alto, y decidieron pasar la tarde en casa, alejados de la tensión del mundo exterior. Catalina, con la cabeza llena de pensamientos, se dirigió al corral.
—Vamos, que la vaca no va a esperar —dijo Gonzalo, intentando aligerar el ambiente.
Catalina sonrió débilmente, agradecida por la normalidad de la tarea.
—Sí, vamos a ordeñar. Al menos por un rato, que todo parezca como antes —respondió ella, intentando encontrar consuelo en las pequeñas rutinas del día a día.
Sin embargo, todos sabían que el futuro seguía siendo incierto. Las tareas del campo y de la huerta quedaron para el día siguiente. Ese día, como si el tiempo quisiera ofrecerles un respiro, las tareas se redujeron a lo estrictamente necesario. Sin embargo, en la casa de Catalina, el futuro se sentía suspendido en el aire, como una sombra que aún no se atrevía a desvelar su verdadero rostro...

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