Han pasado casi dos meses desde que don Gil fue apresado y puesto ante la justicia. Ni Catalina, ni Diego, ni Martín corren ya peligro. La casa de Juan y Antonia había recuperado la tranquilidad y, con ella, una rutina que hacía tiempo parecía inalcanzable.
Sin embargo, en el corazón de Diego y Martín se agitaba una inquietud distinta. Llevaban días dándole vueltas a la idea de reanudar el viaje hacia Sevilla. Allí esperaban encontrar una oportunidad para embarcarse hacia las Américas, donde el futuro prometía fortuna y aventura. Pero no era fácil tomar la decisión de marcharse, y menos aún encontrar la manera de comunicárselo a Catalina.
Desde que se conocieron y tomaron la determinación de viajar juntos en Fuente el Fresno, habían atravesado caminos polvorientos, sorteado peligros y compartido penalidades que los habían convertido en compañeros inseparables. Separarse de Catalina, después de todo lo vivido, les pesaba en el alma. No querían que la despedida fuera dolorosa ni que ella sintiera que la dejaban atrás sin más.
También estaba el asunto de Juan y Antonia. La pareja los había acogido sin pedir nada a cambio, ofreciéndoles techo, comida y protección cuando más lo necesitaban. No querían marcharse sin demostrar su gratitud ni dar la impresión de que, ahora que el peligro había pasado, simplemente se desentendían de ellos.
Una tarde, mientras Catalina ayudaba a Antonia en la cocina, Martín y Diego salieron al patio para discutir por última vez lo que harían.
—Martín, han sido días maravillosos aquí en Úbeda. Tus tíos nos han acogido muy bien y Catalina... Catalina está feliz con Gonzalo —dijo Diego.
—Lo sé, Diego. Pero no podemos olvidar nuestro sueño, nuestra promesa —respondió Martín.
—Sevilla y luego las Américas... Lo sé. Pero, ¿cómo se lo diremos a Catalina? Y a tus tíos, que nos han abierto su casa y su corazón.
—No lo sé. Pero tenemos que encontrar el momento y las palabras adecuadas.
—¿Qué tal si hablamos con Catalina primero? Ella entenderá nuestra necesidad de seguir adelante.
—Sí, pero también debemos considerar cómo se sentirá al saber que nos vamos y que ella se queda.
—Tienes razón. Pero tenemos que intentarlo.
—¿Qué tal si hablamos con ella mañana por la mañana? Así tendremos tiempo para pensar en lo que vamos a decir.
—Me parece bien. Y después podemos hablar con tus tíos.
—Sí, pero eso será más difícil. Les debemos mucho.
—Lo sé. Pero también tenemos que pensar en nuestro futuro.
—Tienes razón. Debemos ser valientes y decirles la verdad.
—Juntos encontraremos las palabras adecuadas.
—Eso espero.
—Martín, ¿qué crees que hará Catalina?
—No lo sé, Diego. Ella está enamorada de Gonzalo y es feliz aquí. Tiene la familia que merece.
—Sí, pero también es una mujer fuerte e independiente.
—Tienes razón. Tomará la decisión que sea mejor para ella.
—Eso espero.
Diego y Martín se quedaron en silencio, mirando el cielo estrellado, pensativos.
Durante la cena el ambiente era relajado, pero Martín y Diego sabían que pronto cambiaría.
Martín se levantó, seguido por Diego. Ambos se dirigieron a Juan y al resto de la familia.
—Tío Juan, tía Antonia, Catalina, Gonzalo —comenzó Martín, su voz un poco temblorosa—. Diego y yo tenemos que hablar con ustedes sobre algo importante.
Juan, que estaba sentado en su sillón, asintió con la cabeza.
—Decidnos, muchachos. ¿Qué pasa?
Diego tomó la palabra, mirando a todos a la cara.
—Como saben, llegamos a Úbeda huyendo de don Gil. Gracias a ustedes, hemos encontrado aquí un hogar y un refugio. Pero ahora que don Gil está preso y Catalina está a salvo, sentimos que ha llegado el momento de seguir nuestro camino.
Un silencio incómodo llenó la habitación. Catalina bajó la mirada, sintiendo una punzada de tristeza en el pecho.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Juan, frunciendo el ceño.
—Queremos decir que vamos a retomar nuestro viaje a Sevilla —respondió Martín—. Ya no tiene sentido que nos quedemos aquí.
Catalina levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Y tú, Catalina? —preguntó Diego, notando su silencio—. ¿Qué piensas hacer?
Catalina dudó un momento, pero finalmente respondió:
—Yo... yo me quedaré aquí.
La respuesta alivió a Gonzalo, Juan y Antonia, pero en Martín y Diego dejó una punzada de decepción.
Juan se aclaró la garganta y, con una mirada firme pero llena de esperanza, intervino:
—Chicos, escuchadme un momento. Sabemos de vuestro deseo de aventura, pero pensad en lo que tenéis aquí. Úbeda es un buen lugar para prosperar. Podéis aprender un oficio, ayudar en los negocios del pueblo y, con el tiempo, construir un futuro seguro. No todo lo que importa está más allá de Sevilla o en las Américas.
Antonia añadió, con voz suave pero convincente:
—No os obligamos a quedarte, pero aquí tenéis la oportunidad de crecer sin riesgos innecesarios. Podréis ayudar a Catalina, a Gonzalo, y a nosotros. Tenéis un hogar, amigos y respeto. ¿No es eso también un tesoro?
Martín y Diego se miraron, meditando en silencio las palabras de Antonia y Juan. Sabían que había verdad en lo que decían, pero la llamada de la aventura seguía latiendo en sus corazones.
—Como quieras —dijo Martín, esforzándose por disimular su tristeza.
—Nos vamos —añadió Diego, con un gesto firme—. Les deseamos lo mejor en todo lo que hagan en sus vidas. Nunca les olvidaremos. Y tú, Catalina, sabemos que serás feliz. Te lo mereces.
La conversación murió ahí, pero la tensión siguió flotando en el aire. Catalina sentía el peso de sus propias dudas, atrapada entre el amor que la ataba a Gonzalo y el impulso de seguir otro camino...
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