Catalina está sentada en la cama, la mirada fija en la ventana. La noche avanza lentamente, pero el sueño no llega. La noticia de la partida de Diego y Martín le ha dejado un hueco en el pecho.
Siente la urgencia de ir con ellos, de retomar aquel viaje que comenzaron juntos, como si una parte de sí misma aún perteneciera a esos días de caminos polvorientos y sueños lejanos. Pero también está Gonzalo, el hombre que la ama, el hombre al que teme herir si decide marcharse.
Se levanta y se mira en el espejo. Sus propios ojos le devuelven una pregunta que la carcome por dentro:
«¿Qué debo hacer? ¿Seguir mi corazón o quedarme aquí por amor?»
Sabe que si se queda, el tiempo puede convertir el sacrificio en resentimiento, y que si se va, dejará a Gonzalo con el corazón hecho añicos y, tal vez, el suyo también.
Suspira, frustrada, cuando oye la puerta abrirse suavemente. Gonzalo entra y, al verla perdida en sus pensamientos, se acerca con cautela.
—¿No puedes dormir? —pregunta, con voz queda.
Catalina niega con la cabeza.
—Estoy preocupada —admite—. La partida de Diego y Martín me ha dejado inquieta.
Gonzalo se sienta a su lado y le toma la mano con ternura.
—¿Qué te preocupa exactamente?
—Siento que debería irme con ellos —confiesa Catalina—. Pero también te amo a ti. No quiero hacerte daño.
La mirada de Gonzalo se nubla un instante, pero asiente despacio, como si ya hubiera anticipado esas palabras.
—Lo entiendo —dice—. Sabía que este momento podría llegar.
—¿Y qué crees que debería hacer? —susurra Catalina, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—No lo sé —responde Gonzalo—. Te amo, Catalina, y deseo que te quedes. Pero es tu decisión. Solo quiero que recuerdes que estaré aquí, pase lo que pase.
Catalina se apoya en su pecho, sintiéndose aliviada por su comprensión.
—Gracias —murmura—. Eres el hombre más noble que he conocido.
—Y tú, la mujer más valiente —contesta Gonzalo—. Te amo. Solo quiero que seas feliz.
—Yo también te amo —dice Catalina—. Pero tengo miedo de tomar la decisión equivocada.
—Confía en tu corazón —le susurra Gonzalo—. No te equivocarás.
Catalina cierra los ojos un momento, dejando que esas palabras la envuelvan.
—Creo que sé lo que debo hacer —dice al fin—. Pero necesito tiempo para pensarlo.
—Tómate todo el tiempo que necesites —responde Gonzalo—. Estaré aquí, esperándote.
Martín y Diego, con el semblante serio, terminan su almuerzo:
—Tío Juan, tía Antonia —comienza Martín, con voz firme aunque teñida de emoción—, queremos agradecerles, una vez más, por todo lo que han hecho por nosotros. Su hospitalidad, su apoyo cuando más lo necesitábamos... y su defensa frente a don Gil. Nunca lo olvidaremos.
—Pero no podemos posponer más nuestra marcha —continúa Diego—. Hoy mismo partiremos hacia Sevilla.
Un silencio sepulcral invade la cocina. Catalina siente un nudo en la garganta, las lágrimas asomando sin remedio. Baja la mirada por un instante, tratando de encontrar fuerzas, pero cuando vuelve a alzarla, sus ojos se posan en Gonzalo. Su voz tiembla cuando finalmente habla.
—Gonzalo, mi amor... —toma aire, como si necesitara reunir valor—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. No sé si algún día me arrepentiré de la decisión que he tomado, pero debo hacerlo.
Antonia y Juan intercambian una mirada cargada de pesar. Catalina se vuelve hacia ellos, conmovida.
—Madre, me has acogido como si fueras mi propia madre. Y tú, padre... has sido un padre para mí en todo este tiempo. No tengo palabras para agradeceros todo lo que habéis hecho por mí.
Hace una pausa, cerrando los ojos un instante antes de continuar, con la voz entrecortada por la emoción.
—Pero en la comarca puede quedar la duda de si me aproveché de la situación para alcanzar algo que estaba fuera de mi alcance... y contra eso no podría luchar.
El grupo se sume en un silencio aún más denso. Antonia, conmovida, toma la palabra.
—Hija... —su voz se quiebra, pero logra continuar—. En nosotros nunca surgirá esa duda. Ni en el pueblo, salvo en algunas bocas malintencionadas. Pero sabemos la clase de persona que eres, como también lo sabemos de Martín y Diego. No hay nada que demostrar.
Las lágrimas finalmente escapan de sus ojos, y Juan, con gesto solemne, se levanta.
—Vosotros sois jóvenes —dice, mirando a Martín y Diego—. Entiendo el ansia que tenéis de recorrer mundo, vivir aventuras y labraros un futuro. Es natural. Pero sabed que aquí siempre tendréis un hogar al que regresar.
Luego, posa su mirada en Catalina.
—Nos gustaría que te quedaras. Te defenderíamos ante cualquier infundio. Pero si decides marcharte, no te guardaremos rencor. Será duro... sobre todo para Gonzalo. Pero no podemos retenerte contra tu voluntad.
Dicho esto, Juan suspira y toma asiento, sumido en sus pensamientos. Catalina se acerca a Gonzalo, el corazón golpeándole el pecho.
—Gonzalo, cariño... —susurra, acariciando su rostro con manos temblorosas—. Sé que te hago daño con mi decisión, pero algo dentro de mí me dice que debo partir. Que mi lugar no está aquí, aunque bien lo quisiera. Ojalá pudieras venir conmigo, pero sé que no es posible. Nunca te olvidaré.
Las lágrimas inundan sus ojos, y Gonzalo la estrecha en sus brazos con una mezcla de amor y dolor, aferrándose a ella como si quisiera detener el tiempo.

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