domingo, 5 de octubre de 2025

36. «La estrella guía. Donde salen de Úbeda»

 

Catalina, Diego y Martín avanzan por el camino, dejando atrás Úbeda. Aunque cargan con suficientes provisiones gracias a la generosidad de Antonia, sus pensamientos están lejos de la abundancia de sus alforjas. Finalmente, tras varias horas de camino, llegan al Vado de Torralba, un hermoso paraje a orillas del Guadalquivir. Deciden acampar allí y reponer fuerzas para el siguiente tramo del viaje.

El sol comienza a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Diego y Martín se ocupan de instalar el campamento y preparar una hoguera mientras Catalina se aleja unos pasos, buscando un rincón tranquilo para reflexionar. La noche se cierne lentamente, pero el insomnio y la inquietud la mantienen alerta.

Catalina se sienta junto al río, observando el suave vaivén del agua iluminada por la luz de la luna. Sus pensamientos vuelven una y otra vez a Gonzalo y al hogar que ha dejado atrás. No puede evitar preguntarse si ha tomado la decisión correcta.

Martín se acerca, notando la expresión preocupada en su rostro.

Catalina, ¿te encuentras bien? —pregunta con suavidad.

Ella asiente, pero su mirada sigue perdida en el reflejo del agua.

Estoy inquieta, Martín. No puedo dormir. Pienso en todo lo que dejamos atrás, en lo que nos espera... y en Gonzalo.

Martín se sienta a su lado, buscando las palabras adecuadas para reconfortarla.

Sé que es difícil, Catalina. Todos sentimos el peso de esta decisión. Pero recuerda por qué emprendimos este viaje. Todos estamos buscando algo: aventura, oportunidades, un futuro mejor. Y lo encontraremos juntos.

Catalina lo mira, encontrando en sus ojos la determinación y el apoyo que necesita.

Gracias, Martín. Sé que tengo que ser fuerte, pero a veces... simplemente dudo.

Martín sonríe con ternura.

Es normal dudar, Catalina. Lo importante es que sigamos adelante. Estamos juntos en esto, y juntos enfrentaremos lo que venga.

Diego se une a ellos, llevando consigo una manta que coloca sobre los hombros de Catalina.

Hace frío —dice—. No queremos que te resfríes. Además, la hoguera ya está lista. Ven, compartamos algo de comida antes de dormir.

Catalina asiente y se levanta, aceptando la calidez de la manta y la compañía de sus amigos. Aunque la inquietud sigue ahí, la determinación y el apoyo de Diego y Martín la ayudan a encontrar un poco de paz en medio de sus preocupaciones.

Se sientan junto a la hoguera, compartiendo una sencilla cena de pan, queso y frutas. La conversación fluye con facilidad, recordando viejas anécdotas y planificando los siguientes días de viaje. Poco a poco, el cansancio vence a la inquietud, y Catalina se acurruca bajo las estrellas, finalmente encuentra el descanso que tanto necesita.


A la mañana siguiente, tras asearse y desayunar emprenden el camino hacia Jaén. Es ya media tarde cuando Catalina, Diego y Martín divisaron las primeras casas de Jaén. Habían recorrido cinco leguas desde el Vado de Torralba y el cansancio comenzaba a hacerse notar. Decidieron buscar una humilde posada para descansar y pasar la noche.

Al llegar a la posada, un lugar modesto pero acogedor, se aseguraron de que estuvieran cómodos antes de dirigirse a sus habitaciones. Catalina no podía dejar de pensar en Gonzalo, y aunque intentaba disimular su inquietud, Diego y Martín notaban su preocupación.

Catalina, sé que no ha sido fácil para ti —dijo Diego mientras compartían una comida en la pequeña taberna de la posada—. Pero recuerda que estamos juntos en esto. Si en algún momento necesitas hablar o desahogarte, estamos aquí para ti.

Catalina asintió agradecida, pero las palabras parecían no ser suficientes para calmar la tormenta en su interior.

Gracias, Diego. Lo sé, y lo aprecio. Solo que... todavía me cuesta asimilar todo lo que ha pasado. No puedo dejar de pensar en Gonzalo y en lo que dejamos atrás.

Martín, siempre pragmático, intentó darle una perspectiva diferente.

Catalina, es normal sentirte así. Todos dejamos algo importante atrás cuando decidimos emprender este viaje. Pero recuerda que también estamos construyendo algo nuevo, algo que puede ser igual de valioso.

Esa noche, mientras Diego y Martín caían rendidos por el cansancio, Catalina seguía despierta en su cama. La humilde habitación de la posada, con sus paredes de piedra encalada y el techo de vigas de madera, no lograba ofrecerle el consuelo que buscaba. Sus pensamientos seguían volviendo a Gonzalo, a los momentos que compartieron y a la promesa silenciosa de amor eterno.

Finalmente, decidió levantarse y salir al pequeño patio de la posada, buscando la tranquilidad de la noche para aclarar sus ideas.

El aire fresco y el cielo estrellado la recibieron, ofreciéndole un respiro de calma en medio de su tormento. Mientras contemplaba el firmamento, una estrella destacaba sobre las demás: su estrella guía. ¿Quería decirle algo? Catalina pensó que, aunque su corazón estaba dividido, debía continuar el viaje que había emprendido.

Gonzalo, ojalá algún día puedas entenderme —murmuró, alzando la vista hacia aquella estrella—. Debo encontrar mi propio camino, aunque eso signifique estar lejos de ti.

Con esta resolución, Catalina regresó a su habitación, decidida a enfrentar el nuevo día con fuerza y determinación. Aunque la nostalgia y la tristeza seguían ahí, sabía que tenía que avanzar y encontrar su propio destino.

Al despertar, tras desayunar, reinician su camino hacia Sevilla. Diego y Martín hablan sobre sus planes al llegar a la ciudad. Catalina continúa ensimismada con los pensamientos en lo que ha dejado atrás.

Después de caminar durante cinco horas, deciden hacer un alto en una venta próxima a Torredonjimeno. La venta es modesta, con un ambiente rústico pero acogedor. Los tres amigos se sientan en una mesa y piden algo de comida para recuperar fuerzas.

Diego y Martín no pueden evitar seguir hablando de sus planes para el futuro.

Martín, he escuchado que en Sevilla hay oportunidades para trabajar en los astilleros —dice Diego mientras prueba un trozo de pan—. Podríamos ganar dinero mientras esperamos un barco que nos lleve a las Américas.

Sí, he oído lo mismo —responde Martín—. También podríamos buscar trabajo en los mercados o en las tabernas. Lo importante es no quedarnos sin hacer nada.

Catalina escucha la conversación, pero sus pensamientos vuelven una y otra vez a Gonzalo y a lo que dejó atrás en Úbeda. Se siente dividida entre el deseo de seguir adelante y la nostalgia por lo que ha dejado.

Catalina, ¿te encuentras bien? —pregunta Martín, notando su silencio.

Ella asiente lentamente, tratando de esbozar una sonrisa.

Sí, solo estoy un poco cansada. Es todo.

Diego le lanza una mirada comprensiva.

Es normal sentirte así. Todos hemos dejado algo importante atrás. Pero recuerda que estamos juntos en esto y que siempre puedes contar con nosotros.

Catalina asiente, agradecida por el apoyo de sus amigos. La comida y el descanso en la venta les ayudan a recuperar energías, y después de un rato, están listos para continuar su camino.

Aunque el trayecto aún es largo, saben que cada paso los acerca más a su destino y a las oportunidades que les esperan en Sevilla. Catalina decide que, aunque su corazón esté dividido, no dejará que sus dudas la detengan. Sabe que debe encontrar su propio camino y enfrentarse a lo que venga con valentía...


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