Dos
meses habían pasado desde la partida de Alonso. El calor húmedo de
las tierras del interior acompañaba a la expedición en su lento
avance hacia el corazón del imperio azteca. Entre alianzas frágiles
y tensiones constantes, el nombre de Tenochtitlan ya resonaba en cada
conversación, como un destino inevitable.
Una mañana,
mientras los capitanes discutían sobre provisiones y caminos, un
mensajero llegó al campamento con noticias de ultramar. Traía
cartas procedentes de la corte española, pero también rumores que
viajaban de boca en boca hasta llegar a oídos de Cortés.
—Alonso
Hernández de Portocarrero… encarcelado en España —leyó Cortés
en voz alta, con el rostro endurecido por la ira. De inmediato golpeó
la mesa con el puño cerrado—. Esto solo puede ser obra de Diego
Velázquez de Cuéllar. Su influencia alcanza más lejos de lo que
pensaba.
Los capitanes intercambiaron miradas tensas,
conscientes de lo que significaba: el gobernador de Cuba no perdonaba
la rebeldía de Cortés al lanzarse a la expedición sin su
autorización plena.
Malintzïn escuchaba en silencio, con
el rostro desencajado. Las palabras sobre Alonso la atravesaron como
una flecha. Sintió que todo lo que habían compartido se desmoronaba
de golpe: la pasión, las promesas, las miradas cargadas de futuro.
Durante días apenas habló, cumpliendo sus funciones de intérprete
con frialdad mecánica, sin el fuego que antes iluminaba su voz y sus
gestos.
Jerónimo de Aguilar, que percibía su desconsuelo, intentó consolarla una noche junto al fuego:
—Marina, la distancia no rompe lo
vivido. Alonso sigue siendo parte de ti, aunque ahora el destino le
sea adverso. No puedes permitir que tu dolor debilite lo que has
construido aquí.
Ella lo miró con ojos enrojecidos, pero
no respondió.
Fue Cortés quien, a su manera, terminó de
sacudirla de su abatimiento. Durante una reunión con los capitanes,
la vio callada, retraída. Golpeó la mesa con fuerza y la
señaló:
—Necesito a Malintzïn entera, no una sombra
de lo que fue. Tú no eres solo una mujer llorando por su esposo
ausente; eres el puente entre nosotros y estas tierras. Sin ti,
nuestras alianzas se quiebran, y sin alianzas no hay camino hacia
Tenochtitlan.
Las palabras de Cortés resonaron en el
interior de Malintzïn como golpes de tambor. Sintió una mezcla de
indignación y reconocimiento: indignación por la dureza con que
hablaba de su dolor, pero reconocimiento porque sabía que tenía
razón. Mientras él continuaba hablando, algo dentro de ella comenzó
a despertar del letargo.
—Sabes bien que Alonso era mi
mano derecha —prosiguió Cortés, y al mencionar su nombre,
Malintzïn sintió una punzada en el pecho, pero esta vez diferente,
no solo de dolor sino de determinación—. En él deposité toda mi
confianza al enviarlo a la corte. Quise que las noticias llegaran a
España de forma directa, sin la mediación de Velázquez. Nos
separan miles de leguas, pero te juro que haré cuanto esté en mi
mano para liberarlo desde aquí.
En ese momento, Malintzïn
comprendió que su dolor, por legítimo que fuera, se había
convertido en una prisión. Las palabras de Cortés no solo la
interpelaban como intérprete, sino que le recordaban quién había
sido antes de conocer a Alonso: una mujer capaz de navegar entre
mundos, de tomar decisiones que afectaban el destino de pueblos
enteros. El amor por Alonso no tenía por qué anular esa fuerza; al
contrario, podía alimentarla.
Sus palabras, firmes y en
parte reconfortantes, calaron en ella. Esa noche, a solas, Malintzïn
reflexionó largamente. Comprendió que su dolor era verdadero, pero
también que no podía dejarse dominar por él. Su destino estaba
ligado al de aquella expedición, y la memoria de Alonso solo podía
honrarla si proseguía con mayor firmeza aún.
Al
amanecer, se presentó ante Cortés y Jerónimo con el rostro
sereno.
—Seguiré adelante —dijo, con una voz que no
dejaba espacio a dudas—. No solo por mí, ni por vos, sino porque
ahora comprendo que mi lugar está en este camino. Y si hay alguna
posibilidad de ayudar a Alonso desde aquí, será cumpliendo con lo
que él mismo habría esperado de mí.
Jerónimo asintió
con una leve sonrisa, y Cortés la miró con una mezcla de
satisfacción y alivio. A partir de ese momento, Malintzïn retomó
con fuerza renovada su papel: ya no era solo la intérprete, ni solo
la esposa que había perdido a su compañero, sino una mujer
consciente de que sobre sus hombros descansaba parte del destino de
todos los que avanzaban hacia Tenochtitlan...
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