Catalina, Diego y Martín están a punto de retomar el camino después de su descanso en la venta próxima a Torredonjimeno. Mientras se preparan para partir, ven entrar a Andrés, el dueño de una de las posadas de Úbeda, que vuelve desde Montilla, donde ha comprado cien arrobas de vino. Andrés, quien les mostró su firme apoyo cuando don Gil les acusó falsamente de robo, se sorprende al verlos.
Diego se adelanta, sonriendo a Andrés.
—Andrés, qué sorpresa verte. Hemos decidido dejar Úbeda y seguir nuestro camino hacia Sevilla. Desde allí, cuando podamos, queremos embarcarnos hacia las Américas.
Andrés se acerca, su expresión cambia a una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¿De verdad? Me alegra ver que estáis bien, pero ¿por qué habéis decidido marcharos?
Catalina, sintiendo la necesidad de explicar su situación, da un paso adelante.
—Don Gil ya no es una amenaza, pero sentimos que tenemos que continuar camino. Queremos buscar nuevas oportunidades y aventuras en las Américas. Además, Sevilla es nuestro primer paso para llegar allí.
Andrés asiente lentamente, comprendiendo sus motivos.
—Entiendo. Siempre habéis sido valientes y decididos. Úbeda os echará de menos, pero espero que encontréis lo que buscáis en Sevilla y más allá. Pero… Catalina. ¿Y Gonzalo? ¿No está con vosotros?
Catalina baja la mirada, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.
—No, Andrés. Yo decidí dejar a Gonzalo y partir sin él. Aunque nos queremos, sabía que debía seguir mi propio camino. Además, sus padres ya van siendo mayores y necesitarán el apoyo de su hijo. Encontrará una buena mujer que le acompañe en la vida.
Andrés asiente con comprensión, notando la tristeza en la voz de Catalina.
—Lo entiendo, es una decisión difícil. Pero estoy seguro de que siempre te llevará en su corazón, igual que tú a él.
Catalina sonríe débilmente, tratando de encontrar consuelo en las palabras de Andrés.
—Sí, espero que así sea. Esta decisión no ha sido fácil para ninguno de los dos, pero sé que debía seguir mi propio camino.
Martín, con un tono agradecido, añade:
—Andrés, no podemos olvidar el apoyo que nos brindaste cuando más lo necesitábamos. Nunca olvidaremos tu ayuda.
Andrés sonríe, su rostro reflejando sincera camaradería.
—No tenéis que agradecerme. Hice lo que era justo. Solo os pido que tengáis cuidado y que no perdáis nunca la esperanza. El camino a veces puede ser difícil, pero estoy seguro de que encontraréis vuestro destino.
Diego asiente, con una sonrisa firme.
—Gracias, Andrés. Tus palabras significan mucho para nosotros. Cuidaremos de nosotros mismos y seguiremos adelante con determinación.
Andrés se despide de ellos con un abrazo y palabras de aliento. Los tres amigos, renovados por el encuentro y las palabras de apoyo, retoman su camino con el ánimo en alto. Aunque el viaje será largo y lleno de desafíos, saben que dejan atrás buenos recuerdos y gente que les recordará con agrado.
Catalina se vuelve tras unos pasos y se detiene, quedándose inmóvil mientras mira hacia el patio de la posada. Diego y Martín, al notar su comportamiento, se miran entre sí con preocupación antes de acercarse a ella.
—Catalina, ¿qué te ocurre? —pregunta Martín, con voz suave.
Ella, con lágrimas en los ojos, los mira y toma una profunda respiración antes de hablar.
—No puedo continuar con vosotros. Lo que siento por Gonzalo es superior al cariño que os tengo a vosotros. Juan y Antonia se han portado conmigo como los padres que me faltan desde hace muchos años. No puedo abandonarlos de este modo. He comprendido que mi nueva vida está con ellos y con Gonzalo en Úbeda.
Diego y Martín se miran, asimilando sus palabras. Ambos saben lo difícil que ha sido para Catalina tomar esta decisión y la apoyan, aunque les cueste despedirse.
—Entendemos, Catalina —dice Diego, con una sonrisa comprensiva—. Lo importante es que sigas tu corazón.
—Siempre seremos amigos, pase lo que pase y la distancia que nos separe —añade Martín, dándole un suave apretón en el hombro.
Los tres dan media vuelta y regresan a la posada, donde se encuentran a Andrés. Catalina se adelanta y le explica su situación con voz temblorosa pero decidida.
—Andrés, ¿podrías llevarme de vuelta a Úbeda? He comprendido que mi vida está con Gonzalo.
Andrés, sin dudarlo, asiente.
—Por supuesto, Catalina. Te llevaré de vuelta a Úbeda.
Tras unos minutos de emociones y abrazos, Catalina se despide de sus amigos. Diego y Martín le desean lo mejor y le prometen mantenerse en contacto.
—Cuídate mucho, Catalina —dice Diego, con una sonrisa triste pero sincera.
—Te deseamos lo mejor en esta nueva etapa de tu vida —añade Martín.
Catalina los abraza con fuerza, agradecida por su comprensión y amistad.
—Gracias. Os deseo éxito en este viaje a Sevilla y en las Américas. Se que conseguiréis lo que os propongáis. No os olvidaré nunca.
—¡Catalina! —gritó Martín desde cierta distancia—. Cada vez que mires nuestra estrella guía, acuérdate de nosotros.
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