jueves, 9 de octubre de 2025

«La estrella guía. Epílogo»

Venid, niños, acercaos, que el fuego aún tiene brasa y la noche es larga. Me habéis pedido varias veces que os cuente cómo empezó todo… A veces parece que fue ayer, y otras, una vida entera detrás.



Cuando dejé Fuente el Fresno, era apenas una muchacha. Llevaba más miedos que ropa y más heridas que certezas. Pero también llevaba algo que nadie pudo quitarme: el deseo de ser libre. Aquel día, Diego y Martín —dos jóvenes de mirada clara y corazón leal— decidieron dejarlo todo para caminar conmigo. En realidad, fueron ellos quienes me animaron a dejar aquella vida sin alma, con mis tíos Ellos no sabían adónde íbamos, y yo tampoco, pero los tres sabíamos que no podíamos quedarnos.

Dormimos al raso muchas noches y, en otras, tuvimos la fortuna de hallar almas buenas. Pascual fue una de ellas: un hombre solo, de palabras escasas y manos ásperas, que nos dio abrigo sin pedir nada a cambio. En su casa humilde comprendí que, a veces, un trozo de pan compartido vale más que una fortuna.

Y Eulalia… ah, Eulalia. Esa mujer sí que era un vendaval. Libre como el aire, hacía de su capa un sayo y de su palabra un escudo. Nos dio lecciones que entonces no comprendí del todo: que quien teme al qué dirán nunca será dueño de su vida.

Después de Eulalia, la vida nos llevó por caminos aún más insólitos. Habíamos aprendido a escuchar el viento, a leer los gestos de los desconocidos, y a encontrar sentido en lo improbable. Fue entonces, entre las sierras, cuando lo imposible se volvió cotidiano… conocimos a un caballero flaco y soñador que decía luchar contra gigantes, enderezar tuertos y ayudar a damas y a los débiles de la sociedad, junto a su fiel escudero, que hablaba con la sensatez de quien conoce el hambre. Don Alonso Quijano y Sancho se llamaban. Pasaron como un relámpago en la noche, pero dejaron luz. Aquel encuentro me enseñó que hay locuras que valen más que mil razones. Y Miguel de Cervantes, un hombre al servicio del rey, a quien conocimos aquí, en el pueblo, se mostró muy interesado en nuestro encuentro con don Alonso y Sancho. Quién sabe… tal vez haya narrado algo de aquello.

En Baños de la Encina creí que podríamos quedarnos, pero la sombra de don Gil, el hombre que nunca aceptó un «no», volvió e hizo imposible la estancia. Fue entonces cuando comprendí que huir no siempre es cobardía, sino defensa. Nos marchamos, y así llegamos a Úbeda, donde la vida cambió.

Antonia y Juan, los tíos de Martín, nos recibieron con bondad. Allí, entre los olivares y las paredes encaladas, encontré la calma y la familia que nunca tuve. Y allí también conocí a Gonzalo, su hijo: un hombre bueno, de palabra justa y manos firmes. Con él aprendí que el amor verdadero no se impone, se ofrece.

¿El abuelo? —preguntó la niña, con los ojos tan abiertos que parecía que iban a estallar.

Catalina sonrió, pero no respondió de inmediato. Miró el fuego, como si en sus brasas aún ardiera aquel recuerdo. Luego, con voz suave, dijo:

Sí, Antoñita, mi niña. El abuelo.

Hubo un silencio breve, como si el aire se detuviera. Los niños se miraron entre ellos, incrédulos, y luego volvieron la vista hacia Gonzalo, que seguía escuchando en silencio, con una sonrisa apenas dibujada.

¿De verdad? —susurró la niña, como si temiera romper el hechizo.

Catalina asintió, y entonces los niños se abalanzaron sobre ella, abrazándola con fuerza, como si quisieran atrapar el pasado entre sus brazos.

Pero ni siquiera en Úbeda la paz fue sencilla. Cuando don Gil quiso vengarse, todo el pueblo se alzó por mí y por Martín y Diego. Aquella gente, que apenas nos conocía, se enfrentó al poder de un terrateniente por defender a una mujer y a dos jóvenes recién llegados al pueblo. Desde entonces, cuando escucho decir que el mundo es injusto, recuerdo a nuestros vecinos y pienso que no todo está perdido mientras existan personas así.

Después del juicio llegó el momento de decidir. Diego y Martín querían seguir hacia Sevilla y, más allá, hasta las Américas. Yo decidí partir con ellos, pese al amor que nos teníamos el abuelo y yo. Pero, una mañana, al encontrarnos con Andrés, el abuelo de Lucía y Adelina, vuestras amigas, supe que mi camino terminaba allí. Volví sobre mis pasos y regresé a Úbeda. Allí me esperaban el abuelo y sus padres, vuestros bisabuelos.

Y aquí sigo. La vida ha pasado, como pasa el viento entre los olivos. He visto crecer a mis hijos, vuestros padres y ahora os tengo a vosotros, que sois mi nueva esperanza. A veces me preguntáis si me arrepiento de algo. No, hijos míos. Cada paso, cada herida, cada adiós… todo me trajo hasta esta luz que aún me alumbra.

Si algo aprendí, es que la libertad no está solo en los caminos que recorremos, sino en las decisiones que tomamos. A veces, ser libre es marcharse; otras, es saber quedarse.

Así que, cuando crezcáis, no temáis al viaje ni al regreso. Seguid siempre vuestra estrella guía, como la que alumbró mi camino. Porque, aunque el cielo cambie y la vida os zarandee, siempre habrá una luz esperándoos al final del sendero —dijo mientras miraba tiernamente a los ojos de Gonzalo—.

¿Y qué fue de Diego y Martín? ¿Qué fue de ellos? —preguntó Juan, su nieto mayor.
—Las últimas noticias que tuvimos fueron que, tras algunas aventuras en Sevilla, partieron hacia las Indias. Seguro que les ha ido muy bien. Eran dos hombres que, aunque jóvenes, no le temían a nada. Eran decididos ante los peligros. Diego incluso combatió con los tercios por toda Europa. Nunca los he olvidado. Cuando miro al cielo y veo aquella estrella, aquella que brilla tanto hacia el este, pienso en ellos.

Bueno, niños —dijo Gonzalo con una sonrisa cálida—, ya la abuela os ha consentido mucho. A la cama, que mañana es lunes y tenéis que estudiar con don Anselmo. Tenéis que ser personas cultivadas para ser libres. No dejéis nunca que nadie pase por encima vuestro.

—¡Jo! ¡Abuelo! Un ratito más, por favor.

— Mañana, la abuela seguirá contando la historia. Es tarde ya y ¡a la cama!

Los niños, alegres y confiados, se abrazaron a sus abuelos. Catalina los rodeó con ternura, su rostro iluminado por la lámpara y la emoción. Gonzalo, de pie junto a ellos, los acogió con una sonrisa serena, posando sus manos sobre sus espaldas. La «estrella guía» brillaba sobre ellos, como si escuchara en silencio. Y los niños, aún riendo, corrieron hacia la casa, dejando tras de sí el calor de un abrazo que duraría toda la noche.



Gonzalo y Catalina se tomaron de la mano tras ellos y, mirando hacia aquella estrella, se preguntaron qué habría sido de Martín y Diego…





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