Hoy he leído algo que me ha conmovido profundamente: el inicio de la flotilla indígena Yaku Mamá por el Amazonas. Imagino a esas más de 50 personas, representantes de comunidades que han vivido toda la vida junto al río, embarcándose en un viaje de más de 3.000 kilómetros para llevar sus voces hasta la COP30 en Belém, Brasil. Pienso en lo que eso significa: no es solo una travesía física, sino un acto de coraje, resistencia y amor por la tierra.
El nombre Yaku Mamá me hace pensar en la fuerza de la naturaleza y en la conexión profunda que estas comunidades tienen con el río y la selva. La serpiente anaconda que protege el Amazonas es un símbolo potente: la misma fuerza que necesita la flotilla para enfrentar los desafíos de este viaje y de la lucha por sus derechos.
No puedo evitar sentirme inspirado y, al mismo tiempo, interpelado. Cada kilómetro que recorran es un recordatorio de que el cambio climático no es solo una discusión política o científica; es la vida de personas que nos enseñan a respetar la tierra y a escucharlos antes de que sea demasiado tarde. Ojalá sus voces lleguen alto y claro a la COP30, porque su mensaje no es solo suyo: nos pertenece a todos.

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