... Ella colocó un nuevo LP en el tocadiscos, Lady Sings the Blues. Amanda volvió a sentarse, esta vez más cerca. Su rodilla tocó la de Tom, y él sintió el calor de su piel como una corriente eléctrica.
—¿Te incomoda que yo lleve la conversación? —preguntó, con voz baja, casi un susurro.
Tom dudó. No era incomodidad lo que sentía, era vértigo. Amanda no jugaba a seducir: ella era la seducción misma, sin esfuerzo, sin estrategia.
—No estoy acostumbrado —admitió.
Amanda sonrió, pero no con burla. Era una sonrisa de reconocimiento, como si ya hubiera escuchado esa frase antes.
—Eso está bien. Lo acostumbrado suele aburrirme.
Tom la miró. Quería decir algo que la sorprendiera, que la igualara en intensidad, pero no encontraba palabras. Amanda lo notó.
—No tienes que impresionarme, Tom. Solo tienes que estar aquí. Esta noche. Conmigo.
Se inclinó hacia él, y esta vez no hubo distancia.
El silencio se volvió cómplice, y el apartamento entero pareció contener la respiración. La ciudad seguía latiendo en compás de Jazz, entre ellos solo quedaban dos cuerpos, y el eco de una noche que no se repetiría.
Amanda no se apartó. Su rostro estaba tan cerca que Tom podía sentir el aliento cálido de sus palabras aún no dichas. La música comenzó a sonar: la voz de Billie Holiday llenó el aire con una melancolía que parecía hecha para ellos: A Foggy Day.
—¿Sabes qué me gusta de esta canción? —dijo Amanda, sin moverse—. Que no pide nada. Solo se queda. Como yo esta noche.
Tom tragó saliva. Su copa estaba vacía, pero no se atrevía a moverse. Amanda lo miraba como si pudiera leerle los pensamientos, como si supiera que él estaba a punto de decir algo que no diría.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué haces cuando no sabes qué decir?
—Escucho —respondió él, casi sin voz.
Amanda sonrió, esta vez con ternura. Se incorporó apenas, lo suficiente para tomar su copa y llenarla de nuevo. Luego la de él. El brandy cayó lento, como si el tiempo se hubiera vuelto líquido.
—Entonces escucha —dijo, entregándole la copa—. Porque esta noche no se trata de entender. Se trata de sentir.
Tom asintió, sin saber si lo hacía por convicción o por rendición. Amanda se acomodó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro. La seda de su vestido rozaba su brazo, y el perfume que llevaba parecía intensificarse con cada nota de la canción.
El gato se movió en la silla, apenas, como si también estuviera atento. La lámpara proyectaba sombras suaves en la pared, y el tocadiscos giraba como un corazón que no quiere detenerse.
—¿Te has sentido alguna vez fuera de lugar? —preguntó Amanda, sin levantar la cabeza.
—Todo el tiempo —respondió Tom.
—Entonces esta noche es tu lugar.
Y no hubo más palabras. Solo la voz de Billie, el brandy, el calor compartido, y el silencio que ya no era incómodo, sino necesario. Afuera, la ciudad seguía respirando Jazz. Dentro, Amanda y Tom se habían convertido en parte de la canción.
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