Cuando la puerta del café se abrió y la vi entrar, el corazón me dio un vuelco. No era solo otra cliente buscando un salvoconducto; era el fantasma que Rick había intentado ahogar en ginebra durante meses. Ilsa estaba allí, iluminada por esa luz que parece seguirla a todas partes, y supe que la paz en el Rick’s Café Américain había terminado.
Cuando ella me vio al piano, se acercó. Sentí que el tiempo retrocedía hasta París.
«—Hola, Sam.
—Hola, señorita. No esperaba verla de nuevo.
—Ha pasado el tiempo.
—Es verdad. Mucha agua bajo el puente…
Se inclinó hacia mí, con una dulzura que dolía, y susurró:
—Tócala una vez, Sam. Por los viejos tiempos.
—No sé de qué me habla, señorita.
—Tócala, Sam...»
Intenté resistirme. Sabía que esa melodía era dinamita. Ella comenzó a susurrarla... Rick estaba en el salón de juegos y la oiría. Pero mis manos ya estaban sobre las teclas. Mientras tocaba, vi cómo a Ilsa se le perdía la mirada en algún rincón de París, en una ciudad que ya no existía para ninguno de los dos.
Entonces apareció Rick. Venía como un trueno, dispuesto a romper el piano si hacía falta… hasta que la vio. Se quedó petrificado. Como si alguien le hubiera disparado en el alma. El mundo se detuvo. Yo seguía tocando, pero el ritmo lo marcaba la tensión entre ellos. Se miraron largo rato, una mirada que decía más que todos los gritos de París. En los ojos de Rick había reproche, dolor y una pregunta que lo atravesaba: «¿Por qué has venido aquí?».
Ella estaba tan hermosa como al despedirnos en París en el café «La Belle Aurore», cuando aún ninguno sabía que no acudiría a la estación. Rick volvió a ser, por un instante, el hombre que creía en algo, el que luchó en España contra el fascismo antes de que la derrota y el abandono lo endurecieran. Vi cómo libraba una batalla interna entre el odio que se obligaba a sentir y el amor que nunca logró enterrar.
Ilsa no bajó la vista. En su mirada había súplica y una tristeza infinita. No era una mujer que viniera a jugar. Cargaba con algo que la estaba consumiendo. Quería correr hacia él, explicarlo todo, pero la sombra de Victor Laszlo y el peso del deber la mantenían inmóvil.
El silencio era espeso, lleno de lluvia de París y humo de Casablanca. Rick parecía a punto de romperse, pero solo apretó la mandíbula. Yo hice lo único sensato que podía hacer: me llevé el piano a otra parte del café. Renault observaba la escena con una sonrisa cínica; él siempre disfrutaba del drama. Yo solo quería desaparecer.
Más tarde, cuando las luces se apagaron, Rick tomó una botella de whisky y la golpeó contra la mesa.
«—De todos los garitos, de todas las ciudades de todo el mundo, ella entra en el mío.»
Me preguntó qué estaba tocando.
«—Una cosa mía.
—Para. Ya sabes lo que quiero oír.
—No.
—La tocaste para ella, puedes tocarla para mí.
—No recuerdo.
—¡Si ella lo soporta, yo también! ¡Tócala!
—Sí, jefe.»
Mi música abrió la caja de los truenos. Lo llevó de vuelta a París, a la estación abarrotada de gente que deseaba huir de la ciudad que estaba siendo tomada por los nazis, a la nota que yo mismo le entregué: «Richard, no puedo irme contigo ni verte nunca más…». Aquella maldita nota que lo rompió para siempre.
Cuando Ilsa volvió a aparecer ante él, lo arrancó de golpe de aquellos recuerdos. No sé qué se dijeron. Solo vi que ella se marchaba con lágrimas en los ojos y que Rick hundía la cabeza entre los brazos.
Y entonces ocurrió. Rick perdió… o quizá ganó, según se mire. Tenía los salvoconductos de Ugarte, y pensé que volvería a cegarse por amor. Pero eligió lo contrario: eligió perder. Vendió el café a Ferrari, se aseguró de que todos los empleados quedáramos protegidos, y preparó la huida. Fingió que escaparía con ella, pero en el aeropuerto entregó los salvoconductos para que los rellenaran con los nombres de Victor e Ilsa.
Ella se resistió. Él insistió. Y ya sabes lo que pasó después.
¿Y yo? No podía quedarme en Casablanca. Llevaba muchos años cuidando de Rick, aunque él nunca lo admitiera. Cuando el avión despegó y Renault y Rick comenzaron su «bonita amistad», yo caminaba junto a ellos. No sabía adónde íbamos, pero por primera vez en mucho tiempo, Rick no caminaba solo.
Nota- El texto de los diálogos corresponde a «Casablanca». (Michael Curtiz, 1942).
Imágenes inspiradas en la película y generadas por Gemini.


No hay comentarios:
Publicar un comentario