Las faenas del muelle comenzaron temprano. Diego y Martín, pese a fuertes dolores de cabeza provocados por el exceso de vino de la noche anterior, se unieron a un grupo de jornaleros que descargaban mercancías recién llegadas de ultramar. Los sacos de cacao desprendían un aroma terroso y profundo, mientras los fardos de tabaco exhalaban notas dulces y secas. Había también barriles de azúcar, pegajosos por la humedad del viaje, y cajas de añil y cochinilla, tintes preciosos traídos desde las tierras cálidas del Caribe y del continente americano. Barriles repletos de vainilla. Oro y plata llegaban en cofres cerrados y férreamente vigilados.
Entre los cargamentos, se distinguían también cueros curtidos, algodón en bruto, y algunos objetos curiosos que los marineros mostraban con orgullo: máscaras talladas, semillas exóticas, y pequeñas esculturas de madera que parecían contar historias de selvas y volcanes.
El trabajo era duro, pero el ritmo constante les permitía pensar. Martín, mientras cargaba un saco de cacao sobre su hombro, observaba los galeones anclados, imaginando el momento en que uno de ellos los llevaría al otro lado del océano.
Mientras el Sol ascendía sobre el Guadalquivir, tiñendo de oro las aguas y los mástiles de los galeones, Diego se detuvo un instante para secarse el sudor con la manga. El aire estaba cargado de olores intensos: cacao, sal, madera húmeda, y el inconfundible perfume de la vainilla que se escapaba de los barriles abiertos por accidente.
—¿Te imaginas, Martín? —dijo, señalando con la barbilla uno de los barcos más grandes, con velas aún recogidas y escudos pintados en la popa—. Ese podría ser el que nos lleve a las Indias. A Veracruz, o quizás hasta Cartagena.
Martín bajó el saco con cuidado y se sentó sobre una pila de cueros, masajeándose el hombro.
—Si conseguimos el dinero, sí. Pero aún nos falta. Y no sé si el patrón del muelle pagará hoy.
En ese momento, un capataz gritó desde la plataforma de carga:
—¡Vosotros dos! ¡Los nuevos! ¡A la bodega del San Jerónimo! Hay que descargar cofres y cajas de porcelana. ¡Y con cuidado, que vienen de Manila!
Diego y Martín se miraron sorprendidos. Manila. El nombre resonaba como un eco lejano, exótico.
—¿De Manila? —susurró Martín, incorporándose—. Entonces este barco ha cruzado medio mundo.
—Y nosotros estamos aquí, descargando su vientre —respondió Diego con una sonrisa fatigada pero entusiasta.
—No, muchachos —intervino un trabajador veterano, sonriendo al oírlos—. Ese barco viene de Veracruz, de Nueva España. Desde Manila llega un galeón a Acapulco, también en Nueva España. De allí la carga se lleva por tierra hasta Veracruz, donde la embarcan de nuevo. Luego cruzan el Atlántico, haciendo escala en las Antillas y Canarias hasta llegar aquí, a Sevilla.
Martín y Diego guardaron silencio. El mundo, de pronto, se les abría desde Sevilla.
La bodega del San Jerónimo era oscura y húmeda. Allí, entre cajas envueltas en tela de arroz y cofres lacados, los dos amigos trabajaron con cuidado, maravillados por los grabados en porcelana, los frascos de especias, y los rollos de seda que parecían contener el color de otros cielos.
Al terminar la jornada, exhaustos pero fascinados, se sentaron en el muelle a contemplar el río. El mensaje de Marcos Ciutti aún ardía en el bolsillo de Diego, como una promesa.
—Esta ciudad está llena de caminos —dijo Martín, señalando hacia la Torre del Oro.
—Y nosotros apenas hemos comenzado a andar —respondió Diego sentado sobre un saco de tabaco.
Mientras el Sol descendía lentamente sobre el Guadalquivir y los últimos reflejos dorados se apagaban en las velas de los galeones, Diego y Martín se sentaron sobre los sacos vacíos, agotados pero en silencio. El bullicio del muelle comenzaba a menguar, y el aire se llenaba de ese sosiego que sólo llega cuando el trabajo ha cesado.
Martín, con la mirada perdida en el horizonte, murmuró:
—¿Crees que Catalina estará bien?
Diego tardó en responder. Se quitó el sombrero, lo giró entre las manos, y luego lo dejó sobre sus rodillas.
—Seguro que sí. En Úbeda la gente la quiere y tiene a Gonzalo a su lado y también a Antonia y a Juan. Y Catalina... ella siempre ha sabido sostenerse, incluso cuando todo parecía venirse abajo.
Martín asintió, sin apartar la vista del río.
—A veces me pregunto si hicimos bien en marcharnos. Ella nos dio más de lo que supimos agradecer.
—Nos dio valor —dijo Diego, con voz baja—. Y esperanza. Quizá por eso no quiso que la viéramos llorar cuando nos despedimos en la venta de Torredonjimeno.
El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Era el tipo de silencio que acompaña a los recuerdos compartidos, a las promesas no dichas, a los vínculos que siguen vivos aunque la distancia los haya estirado.
—Si alguna vez volvemos... —dijo Martín con añoranza.
—Sí... —respondió Diego, mirando el cielo que comenzaba a oscurecerse.
Y así, mientras las primeras estrellas se asomaban sobre Sevilla, los dos amigos se quedaron allí, con la memoria de Catalina latiendo entre ellos como una llama suave, como un hilo invisible que aún los unía a la tierra que dejaron atrás.
4. Un negocio con Ciutti
La brisa del río comenzaba a enfriarse cuando una silueta familiar se acercó entre los últimos reflejos del sol. Marcos Ciutti caminaba con paso ligero, el sombrero ladeado y una sonrisa que parecía saber más de lo que decía.
—¡Muchachos! —exclamó, deteniéndose frente a ellos—. Justo a tiempo. Tengo algo que podría interesaros… y no, no es vino esta vez.
Diego y Martín se incorporaron lentamente, aún con el recuerdo de Catalina flotando entre ellos como una nube tenue.
—¿Qué tienes en mente, Marcos? —preguntó Martín, con tono cauteloso.
—Una taberna, primero. La del Águila Negra. Buen sitio para hablar sin que las paredes escuchen demasiado. Os invito —dijo, haciendo un gesto amplio con la mano—. Y luego, si os interesa, os cuento de un pequeño negocio.
Caminaron juntos por las calles adoquinadas, entre faroles encendidos y voces que se mezclaban con el tintinear de copas. La taberna del Águila Negra era discreta, con mesas de madera gastada y un rincón apartado donde Ciutti los condujo.
Una vez sentados, con jarras de vino frente a ellos, Ciutti bajó la voz.
—Un caballero, de buena posición pero con el alma revuelta, me ha pedido que vigile a su esposa. Sospecha que le es infiel. No quiere escándalos, sólo certezas. Y yo… bueno, no puedo estar en todas partes. Pensé en vosotros. Tenéis buen ojo, sois discretos, y estáis necesitados de trabajo.
Diego frunció el ceño.
—¿Espiar a una mujer?
—Observar, nada más —respondió Ciutti, alzando las manos—. Seguirla, ver con quién se encuentra, si hay algo que deba saberse. Nada de intervenir. Sólo ojos y oídos.
Martín se cruzó de brazos, pensativo.
—¿Y qué ganamos nosotros?
—Dinero, claro. El caballero paga bien. Y si lo hacéis con tacto, puede que os recomiende para otros encargos. Sevilla está llena de secretos, y los secretos bien observados valen oro.
El silencio se instaló un momento. El ajetreo de la taberna seguía, ajeno a la conversación.
Ciutti se inclinó hacia adelante, bajando aún más la voz. La vela tembló ligeramente, proyectando sombras danzantes sobre sus mejillas.
—El marido es un hombre de muy buena posición en la ciudad; comerciante de paños y mercancías de oriente, bastante conocido en el barrio de San Lorenzo. Dice que su esposa ha cambiado de hábitos: sale sola, se ausenta por horas, y últimamente ha recibido cartas que no le permite leer. Sospecha que hay otro hombre. Algo puede haber. Ella es veinte años más joven y muy hermosa. Media ciudad se batiría en duelo por ella.
Martín frunció el ceño, pero no dijo nada. Diego se limitó a girar el vaso entre sus dedos.
—¿Y qué quiere exactamente? —preguntó finalmente.
—Que la sigáis. Discretamente. Que anotéis con quién se encuentra, dónde va, qué hace. Nada de intervenir, ni de hablar con ella. Sólo observar. Y si hay algo que deba saber, me lo decís. Yo se lo comunico. Él no quiere escándalos, sólo certezas.
Ciutti sacó una pequeña carpeta de cuero y unas hojas que dejó sobre la mesa.
—Aquí tenéis las direcciones que frecuenta. La casa, la iglesia, una tienda de perfumes en la calle Sierpes. Y una modista en la plaza del Pan. Empezad mañana. Os turnáis. Uno sigue, el otro espera. Y si hay algo raro, me lo contáis en esta misma taberna, al caer la noche. Lo anotáis todo en estos papeles.
Diego hojeó con cuidado. Las letras eran firmes, escritas con mano segura. Martín se inclinó para mirar.
—¿Y cuánto paga? —preguntó Martín, sin levantar la vista.
—Quince reales por día. Más si hay información útil. Y si lo hacéis bien, puede que os recomiende a otros.
Los tres se quedaron en silencio. Afuera, la noche comenzaba a envolver las calles. Dentro, la taberna seguía viva, pero en su rincón, el aire se había vuelto más denso.
—¿Entonces? —dijo Ciutti, alzando una ceja—. ¿Aceptáis?
Diego y Martín se miraron apenas un instante, como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de que Ciutti terminara de hablar. Luego, casi al unísono, respondieron:
—¡Aceptamos!
Ciutti sonrió, satisfecho. No era una sonrisa amplia, sino esa media curva que aparece cuando alguien sabe que ha logrado lo que quería.
—Sabía que lo veríais claro. El muelle cansa los huesos, pero los secretos… los secretos se pagan mejor.
Martín se inclinó hacia la vela, observando cómo la cera derretida formaba un pequeño lago en la base del candelabro.
—No queremos seguir cargando sacos. Ni esperar que algún patrón nos mire con lástima. Si hay otra forma de ganarse el pan, la probaremos.
Diego asintió, más serio.
—Pero no vamos a traicionar a nadie. Si esto se vuelve sucio, nos salimos.
—Por supuesto —dijo Ciutti, alzando su vaso—. Sólo ojos y oídos. Nada más.
Los tres brindaron en silencio. Afuera, la noche sevillana seguía viva, pero dentro de la taberna, algo había cambiado. Ya no eran sólo jornaleros del muelle. Ahora eran observadores. Testigos. Y quizás, sin saberlo, piezas de un juego más grande…

No hay comentarios:
Publicar un comentario