domingo, 8 de febrero de 2026

Otra historia de la torre: «1439. El secreto de la Torre de Huércal-Overa»

La noche del asedio, el aire en el valle del Almanzora pesaba más de lo habitual. El Adelantado de Murcia Alonso Yáñez Fajardo observaba desde su campamento la silueta de la fortaleza de Overa, una mole inexpugnable que desafiaba cualquier lógica militar. Entre sus hombres, Tomás de Morata, el almogávar más audaz de las huestes lorquinas, no miraba los muros con sed de gloria, sino con la angustia de quien sabe que el tiempo se agota.

Semanas atrás, durante una tregua en los campos de batalla, mientras se negociaba la rendición del castillo, Tomás había conocido a Amani, la hija de un noble nazarí. Una mujer que, según decían, conocía los secretos de las estrellas y los caminos ocultos de la sierra. El amor entre el guerrero cristiano y la dama musulmana había crecido en los márgenes de una guerra que ahora los ponía frente a frente.

La huida en el silencio

Mientras el ejército dormía, Tomás se despojó de su armadura pesada. Solo con su daga y una cuerda de cáñamo, comenzó a escalar la pared de roca viva. No buscaba la sangre, sino la vida de la mujer que amaba. Gracias a las señales que Amani le había enviado mediante luces desde la torre, Tomás alcanzó una de las ventanas superiores antes de que la Luna llegara a su cenit.

Al encontrarse en la penumbra de la estancia, Amani ya lo esperaba con un pequeño hatillo y el corazón acelerado.

Si te quedas, mañana serás cautiva; si vienes conmigo, serás libre, pero perderás tu mundo —susurró Tomás. Ella, mirando por última vez los tapices de su alcoba, tomó la mano del almogávar. Utilizando el mismo camino de sombras por el que él había subido, descendieron la muralla en un silencio sepulcral, protegidos por la oscuridad y el conocimiento que ella tenía de los pasos secretos entre los matorrales.

El asalto y el sacrificio

Una vez que Amani estuvo a salvo en un refugio oculto tras la línea de los cristianos, Tomás regresó a su deber. Para salvarla a ella, debía tomar la torre. Volvió a trepar, esta vez con el acero desenvainado. En la muralla, el centinela apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Morata cumpliera con su letal misión.

Cuando las puertas del fortín se abrieron y las tropas de Fajardo entraron a degüello, Tomás ya no buscaba tesoros. Se mantuvo en la retaguardia, con la mirada fija en el horizonte donde el Sol empezaba a despuntar sobre los campos y ramblas. El castillo había caído, pero entre el humo y el estrépito de la batalla, solo él sabía que el verdadero tesoro ya no estaba tras esos muros, sino esperándolo bajo el cielo abierto.

El peso de la traición

Sin embargo, el triunfo amargaba el paladar del almogávar. Las órdenes del Adelantado de Murcia habían sido tajantes: no debía quedar alma libre en Overa; todo aquel que sobreviviera al acero debía ser encadenado y hecho cautivo para su posterior venta o canje. Mientras sus compañeros de armas arrastraban a los prisioneros hacia el campamento, Tomás sentía el frío del miedo por primera vez.

Sabía que, si alguien descubría a Amani en aquel refugio de la sierra, su destino sería la esclavitud y el suyo la horca por desobedecer al adelantado. Durante los días que duró el asentamiento de las tropas en la villa conquistada, Tomás compartía su ración de comida y agua en secreto, escabulléndose entre las sombras de las ramblas al caer la tarde para asegurar que ella seguía a salvo. Cada vez que regresaba al campamento y veía las hogueras de las huestes lorquinas, comprendía que ya no pertenecía del todo a ninguno de los dos mundos.

Solo cuando el ejército recibió la orden de marchar hacia la siguiente plaza, Tomás logró camuflar a Amani con ropajes de soldado y, aprovechando el caos de la partida, iniciar el largo y peligroso camino hacia las tierras de Lorca, donde esperaba que el apellido Morata fuera escudo suficiente para proteger un secreto que olía a pólvora y jazmín.

La gracia del Adelantado

La angustia terminó por quebrar el silencio de Tomás de Morata. Sabía que Alonso Yáñez Fajardo no solo era su superior, sino un hombre que depositaba en él una confianza ciega. Incapaz de sostener la mirada de su señor mientras ocultaba tal secreto, Tomás solicitó audiencia privada en la tienda del Adelantado, bajo el estandarte de Murcia que ondeaba tras la victoria.

Allí, con la cabeza descubierta y la mano sobre el pomo de su espada, confesó su falta. Le habló de los encuentros durante las negociaciones, de la huida antes del asalto y de cómo Amani aguardaba oculta en una cueva de la rambla. Tomás no pidió clemencia para sí mismo, sino protección para ella.

Alonso Yáñez escuchó en silencio, observando el mapa de las tierras conquistadas. Tras un largo suspiro, se acercó al almogávar.

Me has entregado una fortaleza, Morata, pero casi pierdo a mi mejor hombre por un secreto —dijo Fajardo con voz grave—. No quiero cautivos que rompan la lealtad de mis caballeros.

La decisión del Adelantado fue tan firme como generosa. Comprendiendo que un amor así era un lazo más fuerte que cualquier cadena, aprobó la unión. Sin embargo, impuso una condición que sellaría el destino de la joven: Amani debía recibir el bautismo y abrazar la fe cristiana. Solo así podría dejar de ser una enemiga de la Corona para convertirse en la legítima esposa de un hidalgo lorquino.

Amani, viendo en el gesto del Adelantado la mano del destino que tanto había leído en las estrellas, aceptó. En una pequeña ceremonia ante los muros de la torre recién ganada, el agua bendita borró su nombre antiguo tomando por nombre cristiano el de Juana de Overa, en honor al rey Juan II de Castilla. El Adelantado actuó como padrino, otorgándole su bendición y el derecho a vivir libre en las tierras que antes vigilaba desde lo alto.

El brote de una nueva estirpe

Años después, aquel amor forjado entre dos mundos dio su fruto más valioso. Juana y Tomás tuvieron un hijo que heredó la destreza del almogávar y la sabiduría de la dama nazarí. Aquel joven, que creció escuchando la historia de la escalada nocturna de su padre, se convirtió en un caballero de intachable honor.

Con el tiempo, tras la toma definitiva del reino granadino, los propios Reyes Católicos reconocerían la lealtad y el linaje de aquel hombre nombrándolo alcaide de Overa. Así, aquel niño nacido de un pacto de amor y perdón terminó gobernando las mismas piedras que su padre escaló en silencio una noche de 1439, sellando para siempre la historia de su familia con la de la villa.





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