La torre se alzaba sobre la colina como un vigía de otro tiempo, con sus piedras desgastadas por siglos de viento y olvido. En Huércal-Overa, nadie subía hasta allí después del ocaso. Decían que la torre no estaba realmente vacía, que algo o alguien aún la habitaba.
Marta y Daniel, pareja y arqueólogos especializados en Al-Ándalus, llevaban días estudiando documentos antiguos que mencionaban la estructura. Su origen nazarí estaba claro, pero los textos hablaban de ella con una reverencia extraña, como si no fuese solo una fortificación, sino un umbral.
Pese a las advertencias de los lugareños, decidieron subir al amanecer. La luz recién nacida entre nubes teñía el cielo de tonos azules intensos cuando llegaron. El viento ululaba alrededor, y al cruzar la puerta de entrada, un silencio espeso los envolvió.
Dentro, la penumbra reinaba. Las paredes conservaban inscripciones en árabe antiguo, algunas desvaídas, otras aún legibles. Daniel sacó su linterna y enfocó una de ellas:
«Quien traspase esta puerta sin ser llamado, no regresará a su mundo.»
—Un aviso para enemigos —susurró Marta, aunque su voz sonó menos segura de lo que habría querido.
Daniel sonrió, restándole importancia, y avanzó hacia el interior. El suelo de piedra estaba cubierto de polvo, pero no de siglos, sino de días. Alguien había estado allí recientemente.
Entonces, el aire cambió.
Una corriente helada, muy espesa, recorrió la estancia, y de algún rincón invisible brotó un susurro. Un cántico en árabe, dulce y melancólico, que flotaba como el eco de un pasado que se negaba a morir. Marta sintió que su corazón se aceleraba.
Daniel se giró hacia ella, pero su expresión había cambiado. Su mirada estaba perdida, como si escuchara algo que ella no podía oír.
—¿Daniel? —preguntó Marta, con la piel erizada.
Él no respondió. Su cuerpo comenzó a moverse, pero no por voluntad propia. Sus pasos lo guiaban hacia el fondo de la torre, donde la oscuridad se volvía más densa, más profunda.
Y entonces la vio.
La figura de una mujer emergió de las sombras, envuelta en un velo de seda verde esmeralda que parecía moverse con vida propia. Sus ojos eran pozos negros, infinitos, y su mano, al tomar la suya, parecía convocar algo más antiguo que la propia torre.
Marta gritó y corrió hacia Daniel, pero una fuerza invisible paró su carrera en seco. La sombra tomó su mano y, en un parpadeo, él ya no estaba.
El silencio volvió.
La torre permanecía idéntica, como si nada hubiera sucedido. Pero Marta sabía la verdad.
Daniel no había salido.
Corrió hacia afuera, temblorosa, esperando verlo aparecer. Pero la torre solo la observaba, indiferente. Su único testigo era el cielo oscuro.
Y entonces, en un golpe de brisa, lo escuchó.
Un susurro, dulce y lejano, como el eco de otra época.
—Adiós, Marta…
Ella cerró los ojos y sintió el peso del pasado envolviéndola. Daniel no estaba muerto.
Solo estaba… en otro tiempo.
Un tiempo del que quizá nunca podría regresar.
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