Andrés (sirviendo vino a los demás) —Bueno, aquí estamos todos. Es hora de que pongamos en claro los detalles. No hay margen para errores.
Diego (asintiendo) —Catalina está desidida. Lo habló conmigo ayer en el mercado, y no hay duda de que quiere irse. Ahora depende de nosotros asegurarnos de que todo salga bien.
Marta, que estaba sentada al lado de su marido, escuchaba en silencio mientras cortaba trozos de pan y queso. Su expresión reflejaba preocupación, aunque hasta ese momento no había dicho nada. Martín, siempre observador, fue el primero en notar su inquietud.
Martín (mirándola) —¿Qué pasa, Marta? Te veo callada.
Ella levantó la mirada, dudando un momento antes de hablar.
Marta —No digo que no sea lo correcto, Martín. Pero… esto es muy arriesgado. Esa familia no es conocida por dejar pasar las cosas. Si descubren lo que estáis haciendo, ¿qué creéis que harán?
El silencio se instaló brevemente en la mesa, y fue Tomás quien rompió el hielo, colocando una mano tranquilizadora sobre la de su amiga.
Tomás —Nada va a pasar, Marta. Nos aseguraremos de que Catalina salga sin que nadie se dé cuenta. Además, no estarán solos. Diego y yo iremos con ella.
Marta (mirando a Tomás con preocupación) —Eso es lo que más me preocupa, Tomás. No es solo Catalina; sois vosotros también. Si os cogen, no quiero ni pensar en lo que podrían haceros.
Andrés (interviniendo con un tono calmado) —Es normal que tengas miedo, mujer. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Catalina lleva años viviendo en esa casa como si fuera una esclava. Si no hacemos algo ahora, nunca tendrá una oportunidad de escapar y una vida feliz.
Diego —Y no estamos improvisando. Las fiestas de Santa Sesilia son el momento perfecto. Con todo el pueblo distraído, nadie notará nada hasta que sea demasiado tarde.
Marta (riendo mientras corta pan) —Diego, Diego… repite Santa Cecilia. A ver, que me alegro el alma.
Diego —¿Santa Sesilia? ¿Qué tiene eso de particular?
Marta (aguantando la risa, mirando a Diego) —¡Lo ha dicho otra vez! ¡Santa Sesilia! Como si fuera con ese de serpiente. Ay, chicos, ¿no os parece cosa graciosa?
Andrés (sin poder contenerse) —¡Mucho! Es como si las palabras se resbalaran por la lengua, todo “s” arriba, “s” abajo.
Diego (mordiendo con calma) —Así hablamos los viscaínos, pues. ¿Y qué? ¿Peor es desir -forzando y exagerando la pronunciación- «zebolla» como si fuera bestia salvaje. «Zorro», «zapato»… Prínsipes pareséis con tanta seta.
Marta (poniendo gesto travieso) —No, si a mí me gusta. Es que tú, Diego, lo dices todo tan serio y de pronto: servesa, sielo, Saragosa… ¡Parece que el idioma se te ha vuelto niño!
Tomás (con tono conciliador) —¡Bah! Cada tierra tiene su son. Los andaluces también sesean. En La Mancha decimos en cá para decir en casa de, abalconás. ¡Y nadie se muere por eso!
Diego —¿¡Abalconás!?
Marta —¡Sí! Que, por ejemplo, la Ana de Francisco y Dolores. Que las tiene… -dijo con gestos de sopesarse el pecho
Diego (riéndose a carcajadas al fin, encogiéndose de hombros) —Pues si que las tiene bien puestas esa nesca polita, ¡pues! Prefiero hablar como en mi tierra que andar con zetas —procurando pronunciar exageradamente— que arañan paladar.
Andrés (con una sonrisa) —Yo he oído que los moros también seseaban. ¿Será que el buen Diego tiene algo de moro viejo?
Diego —¡Anda y que te frían un huevo! Yo soy viscaíno, y eso basta. ¿No habéis conosido a ningún viscaíno?
Tomás —Ya os dijimos, los Mendieta. Pero ellos ya nacieron aquí. Mi padre y mi abuelo contaban que cuando llegaron sus antepasados venían con una forma de hablar extraña. Apenas se les entendía. Les costó mucho hacerse entender hasta que dominaron el castellano.
Diego —Es el idioma que tenemos los viscaínos. Vascuense lo llamamos. Pero no creáis, a veses, entre nosotros también nos cuesta entendernos y tenemos que recurrir al castellano.
Marta —¡Y a ti, Martín! ¿No te hace gracia?
Martín —Ya me he acostumbrado. Pero aún así, hay veces que mezcla el castellano con el vascuence y hay que tener un poco de paciencia. Y ahora, brindemos. Por las eses de Diego y las zetas de Marta. ¡Y que no falte vino para que resbalen todas!
Diego —¡Y por las abalconás de Ana, la de Fransísco y Dolores!
Todos (ríendo y alzando sus copas) —¡Salud!
Martín: (apoyándose en la mesa) —El plan es sencillo. Mientras todos estén en la plaza durante las celebraciones, Catalina saldrá de la casa con lo poco que pueda llevar. Diego y yo nos encargaremos de distraer a cualquiera que pueda sospechar algo.
Tomás —Y mientras tanto, Andrés y yo estaremos listos con las mulas y el carro para partir hacia el sur. Si todo va bien, estaremos lejos del pueblo antes de que nadie se dé cuenta.
Marta suspiró, llevándose una mano al pecho. Aunque las palabras de los hombres tenían sentido, el temor seguía reflejado en sus ojos:
Marta —Lo entiendo, pero… solo os pido que tengáis cuidado. Catalina no merece lo que le han hecho. Pero no será fácil. Los Mendieta no son de mucha celebración.
Andrés (con una sonrisa tranquilizadora) —No te preocupes, Marta. No haremos nada que no podamos controlar. Nunca se pierden la misa mayor de Santa Lucía en la ermita. Es el momento propicio. Aparatada del pueblo y con tanta gente, tardarán en darse cuenta de la ausencia de Catalina. Eso nos dará tiempo para alejarnos lo máximo posible. Además, Ramiro es de buen beber y ese día más.
Diego —Ramiro puede ser fásil de distraer, ¿y su mujer?
Marta —De ella me encargo yo. Ya encontraré la manera de distraerla: algo que recoger en el interior de la ermita después de la misa. Siempre la limpiamos y ponemos en orden para que esté lista para el día siguiente. Y si insiste en que Catalina también esté presente, le diré que la deje con las demás muchachas disfrutando de la celebración. Ese día no se negará; es muy beata y no querrá quedar mal. Si algo tienen los Mendieta, es su extrema creencia. No faltan ni un domingo ni fiesta de guardar a misa. Son muy beatos.
Tomás (levantando su vaso de vino) —¡Eso es! Ahora, brindemos por el éxito de este plan.
Los demás levantaron sus vasos, aunque Marta lo hizo con algo de reticencia. La conversación continuó, afinando los detalles del plan. Hablaron sobre el momento exacto de la salida, las rutas que tomarían y los puntos donde podrían descansar durante el primer día de viaje. Todo debía estar perfectamente calculado.
Al final de la noche, mientras recogían los restos de la comida, Marta se acercó a Tomás en privado.
Marta —Cuida de Andrés, Tomás. Es todo lo que te pido.
Tomás (asintiendo con seriedad) —Lo haré, Marta. Prometo que volveremos con bien, y que Catalina tendrá la vida que merece. Tú y él sois los amigos que más quiero
Marta le dedicó una leve sonrisa antes de despedirse de los demás. Cuando la puerta de la casa de Andrés se cerró tras ellos, los cuatro amigos se miraron con determinación. Sabían que el éxito de su plan dependía de su unión y de no cometer errores. A partir de ese momento, cada día que pasaba los acercaba más al momento decisivo...

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