jueves, 1 de mayo de 2025

«El adiós a Granada»

 

     Bajo el cielo incendiado del Albaicín, el atardecer del 3 de enero de 1492 parecía arder con la misma intensidad de las despedidas. La ciudad, recién entregada, respiraba un silencio espeso, como si toda su historia se hubiese detenido de golpe. Las casas blancas reflejaban los últimos destellos del día, mientras los cipreses oscuros se erguían como testigos solemnes del final de una era.

     Una pareja de jóvenes avanzaba en silencio por las callejuelas empedradas, dejando atrás todo cuanto conocían. Él, de porte firme, cargaba un hatillo liviano, apenas un puñado de recuerdos. Ella, envuelta en un manto que ya había visto demasiados inviernos, llevaba el rostro oculto bajo la capucha, pero sus pasos eran seguros, como si el dolor de dejar su hogar le diera fuerzas para seguir.

     —El Sol se oculta, como nosotros —murmuró él, con la voz ronca y quebrada.

     —No somos sombras —respondió ella, deteniéndose un instante y buscando su mirada—. Somos quienes hemos decidido no pertenecer a esta ciudad arrebatada.

     El Albaicín, que durante años había sido un refugio y un universo propio, ahora los despedía sin ceremonias. El crepúsculo teñía los tejados de ocre y rojo, alargando las sombras de los edificios, como si las mismas piedras lloraran por aquellos que se marchaban. Sus pasos resonaban entre las paredes encaladas, cada eco un recuerdo, cada giro un adiós.

     —¿Hacia dónde iremos? —preguntó él, deteniéndose al pie de una cuesta que caía hacia poniente.

     Ella se giró, con los ojos encendidos por la luz moribunda, y respondió con una voz serena pero firme:

     —Hacia donde la luz se pierde. Lejos de lo que nos han quitado, lejos de las cadenas. Donde nadie pueda juzgar nuestro amor.

     El viento de la sierra descendía entre las callejuelas, frío y afilado, trayendo consigo olores de leña quemada y de invierno. Desde la distancia, las torres de la Alhambra brillaban con el último fulgor del día, como un faro del pasado, recordando todo lo que había sido y lo que nunca volvería a ser.

     La pareja continuó su camino, aferrados el uno al otro, él con la mirada fija en ella, mientras ella, entristecida, no podía levantar la mitrada del suelo bajo el cielo carmesí. Cada paso los alejaba más de Granada, pero también los acercaba a algo nuevo, incierto, pero suyo. El atardecer consumía lentamente el cielo, y con él, los últimos hilos que aún los ataban a la ciudad.

     Cuando las sombras terminaron por cubrir el Albaicín, ellos ya eran parte del crepúsculo, dos figuras sombrías avanzando hacia el exilio, hacia el futuro...

     Al llegar a la Puerta de Elvira, la pareja se detuvo. La antigua puerta, imponente y silenciosa, parecía contener siglos de historias entre sus piedras desgastadas. Era el último umbral, la frontera entre lo que habían sido y lo que aún no sabían que serían.

     Él se giró primero, como si necesitara una última mirada a la ciudad que los había visto crecer. Desde allí, Granada se extendía bajo el cielo crepuscular, sus casas encaladas y tejados rojizos comenzaban a fundirse en la penumbra. A lo lejos, la Alhambra, aún iluminada por las últimas llamas del atardecer, se erguía con la dignidad de quien sabe que su belleza será eterna, aunque su tiempo haya pasado.

     —No volveremos a verla —murmuró él, apenas un susurro, pero cargado con todo el peso de la despedida.

     Ella se giró entonces, sus ojos reflejando tanto la luz menguante del horizonte como el dolor de esa certeza. Granada, aquella ciudad de jardines y palacios, de vida y amores, quedaba atrás. Pero no la ciudad de aquel día, no la ciudad entregada. Lo que dejaban era la Granada de sus recuerdos, la que ya no existía. 

     —Es un adiós a lo que fue —respondió ella, con una voz firme que buscaba ser consuelo—. Lo que queda aquí ya no nos pertenece.

     Durante un instante eterno, se quedaron en silencio, las manos entrelazadas. El viento frío que bajaba desde la sierra acariciaba la Puerta de Elvira y traía consigo un eco de sonidos perdidos: el tintineo de fuentes, los versos recitados en los patios, los murmullos de una ciudad vibrante. Todo eso quedaba encerrado tras ellos, sepultado bajo el peso del tiempo.

     Finalmente, ella tiró suavemente de su mano. La noche comenzaba a caer, y el horizonte poniente aún les ofrecía una promesa, aunque incierta. Cruzaron el umbral de la puerta sin mirar más atrás. Granada los había despedido con su última luz; ellos se llevaban consigo solo lo que no podían arrebatarles: el amor y la voluntad de buscar un nuevo comienzo.

     Detrás de ellos, la Puerta de Elvira se sumió en sombras, como un gigante de piedra que volvía a su vigilia eterna.




1 comentario:

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