lunes, 14 de abril de 2025

5 «La Estrella guía» «Donde se encuentran con Catalina en el mercado»


 El corto tramo de camino que les quedaba transcurrió en un silencio casi reverencial. La imagen de Catalina, recogiendo la ropa bajo los últimos rayos del sol, permaneció grabada en la mente de ambos como un eco persistente, imposible de disipar. No hicieron comentarios al respecto, pero ambos sabían que esa escena no se borraría fácilmente de su memoria.

Dos semanas después, un miércoles de mercado, la plaza de Fuente el Fresno se llenó de vida y bullicio. Carros cargados con mercancías llegaban desde los alrededores, e incluso desde Manzanares y Ciudad Real. Los vendedores instalaban sus puestos, ofreciendo desde frutas y verduras hasta utensilios y telas. Frente a la taberna donde Diego trabajaba atendiendo a parroquianos y forasteros, Martín ocupaba un pequeño espacio vendiendo y reparando herramientas, además de arreglar pucheros y otros utensilios de metal. Era un día agitado, y el joven herrero se esforzaba por mantener el ritmo con los clientes que se acercaban con sus encargos.

Catalina llegó a la plaza acompañada por su tía. La mujer, con la misma actitud áspera que Diego y Martín recordaban, dio instrucciones rápidas y con desdén antes de marcharse hacia el puesto de pescado salado y ahumado. Catalina, obediente, se dirigió al tenderete de telas baratas situado junto al puesto de Martín. Mientras revisaba las muestras, Martín, que trabajaba ajustando una hoz desgastada, levantó la vista y la reconoció de inmediato. Su postura, sus gestos y esa mezcla de timidez y resignación en su mirada confirmaron que era la misma joven que había visto semanas atrás en el camino de regreso de las Lagunas.

El corazón de Martín dio un vuelco, y dejó a un lado la herramienta que tenía entre manos. Durante unos segundos, la observó en silencio, como si quisiera asegurarse de que no era un espejismo. Luego, con una determinación repentina, abandonó su puesto y cruzó la calle para entrar en la taberna. Allí, Diego estaba sirviendo vino a un grupo de hombres que discutían animadamente sobre los precios del grano.

Diego, tienes que salir un momento —dijo Martín en voz baja, pero con urgencia.

Diego, que apenas levantaba la vista mientras servía, respondió distraído:

No puedo, el jefe me tiene vigilado.

Es importante, te lo prometo. —Martín insistió, y su tono logró captar la atención de Diego, que finalmente le miró a los ojos. Había algo en su expresión que no admitía réplica.

Dame un segundo.

Diego se acercó a su jefe, un hombre corpulento y de carácter bonachón que estaba tras la barra supervisando.

¿Puedo salir un momento? Prometo que vuelvo enseguida. Es... algo personal.

El jefe frunció el ceño, pero asintió con un gesto impaciente.

No tardes, muchacho que hoy tenemos la casa llena.

Diego salió al exterior junto a Martín, quien señaló discretamente hacia el puesto de telas. Catalina seguía allí, mirando las piezas de algodón y lino barato que el vendedor extendía frente a ella. A pesar de su vestimenta humilde, destacaba en medio de la multitud por su porte sereno y esa belleza natural que tanto había llamado la atención de ambos en su primer encuentro.

Es ella —susurró Martín.

Diego la observó en silencio, confirmando que se trataba de la joven que no había podido olvidar desde aquel atardecer en el camino. Sin darse cuenta, había empezado a caminar hacia el puesto, pero Martín le detuvo sujetándolo del brazo.

Espera. No sabemos nada de ella ni de la situación con su tía. Podría ser comprometido para ella.

Diego se detuvo, aunque sus ojos no se apartaban de Catalina. Había algo en su semblante que le impulsaba a actuar, una mezcla de curiosidad y una extraña necesidad de ofrecerle algún tipo de ayuda, aunque ni él mismo sabía cómo.

No vamos a quedarnos quietos, Martín. No después de lo que vimos. Al menos déjame hablar con ella.

De acuerdo —aceptó Martín, suspirando—, pero seamos cautos. Si esa mujer vuelve y nos encuentra aquí, podría armar un escándalo.

Mientras discutían en voz baja, Catalina terminó su compra y se giró para buscar a su tía entre los puestos. Fue en ese momento cuando sus ojos se cruzaron con los de Diego, que la miraba con una mezcla de curiosidad y calidez. Catalina pareció dudar un instante, pero luego desvió la mirada rápidamente, como si temiera haber hecho algo indebido. Sin embargo, ese breve contacto visual fue suficiente para encender una chispa en Diego, quien decidió que no dejaría que esta oportunidad se desvaneciera sin intentar algo.

Catalina también recordaba que días atrás había visto a los dos jóvenes en el camino cuando regresaban aquella tarde. Reconoció a Diego por su porte decidido y a Martín, que en ese momento se encontraba unos poco más atrás. Aunque evitó mirar directamente a ambos, no pudo evitar sentir una punzada de curiosidad. Eran rostros nuevos en su vida, rostros que contrastaban con la monotonía de las figuras que la rodeaban.

Mientras se alejaba del puesto de telas, Diego, impulsado por aquella curiosidad que parecía compartida, dio unos pasos hacia ella. Martín lo observó desde su lugar, manteniendo cierta distancia, como si prefiriera no intervenir. Diego, consciente de que no podía dejar que el momento pasara, se acercó con cautela y se detuvo a una distancia prudente.

Buenos días —dijo Diego con tono amable, intentando no parecer invasivo. Catalina se detuvo, sorprendida por el saludo. Levantó la mirada y asintió ligeramente, apretando contra su pecho la tela que acababa de comprar.

Buenos días —respondió en voz baja, con un tono reservado pero educado.

Hubo un breve silencio en el que ambos parecían evaluarse mutuamente. Diego se atrevió a continuar:

Te vi hase unos días, por el camino de Daimiel. Veníamos de casar. ¿Vives por allí, en la casa blanca de las afueras?

Catalina asintió de nuevo, pero esta vez lo hizo con cierta timidez, como si temiera dar demasiada información.

Sí. Allí vivo… con mi tíos.

Diego percibió la vacilación en su voz, pero decidió no insistir. En cambio, señaló la tela que llevaba.

¿Para qué es la tela? ¿Vas a haser algo con ella?

Catalina bajó la vista hacia su compra, casi como si hubiera olvidado que la llevaba en las manos.

Mi tía me pidió que la comprara. Dice que me hará un vestido, pero... es para ella. Yo solo lo coso.

Diego esbozó una sonrisa ligera, intentando aligerar el ambiente.

Debe de ser un trabajo difísil. Nunca he cosido, pero me imagino que no es sensillo pues.

No lo es tanto si tienes práctica —respondió Catalina, permitiéndose una leve sonrisa que se desvaneció tan rápido como apareció.

En ese momento, la voz áspera de su tía resonó en la distancia.

¡Catalina! ¿Dónde te metes?

Catalina giró la cabeza rápidamente hacia el lugar de donde provenía el grito. Luego volvió a mirar a Diego, su expresión volviéndose más seria.

Tengo que irme.

Claro, no te entretengo más. Fue un gusto hablar contigo. Me llamo Diego y mi amigo Martín—dijo, retrocediendo un paso para no incomodarla.

Igualmente. Yo Catalina —hizo una pequeña inclinación de cabeza y se dio la vuelta, apresurándose hacia donde la esperaba su tía.

Diego la observó hasta que desapareció entre la multitud. Se volvió hacia Martín, que le miraba con los brazos cruzados y una ceja levantada.

¿Y? ¿Qué has averiguado?

No mucho. Vive con su tía y su tío. Cose. Parese que no tiene mucha libertad.

No te pongas a salvar almas, Diego —advirtió Martín con un tono medio en broma, medio serio.

Diego sonrió de lado, aunque no pudo evitar que una sombra de inquietud cruzara su mirada.

No pienso salvar a nadie. Pero, Martín… esa chica tiene algo. No sé qué es, pero lo tiene.

Martín —cruzado de brazos, mirando cómo Catalina desaparece entre la multitud— Bueno, ¿y ahora qué? ¿Vas a pasar días pensando en esa conversación de dos minutos?

Diego sonriendo de lado, pero con seriedad en la mirada, Martín, algo no me cuadra. Esa chica... No parese tener una vida fásil. ¿Has visto cómo reacsionó cuando la llamó su tía? Era como si tuviera miedo.

Sí —asintiendo con la cabeza levemente— Sí, lo noté. Y no es solo eso. Yo conozco a la gente de esa casa, he trabajado para ellos un par de veces. El hombre me llevó herramientas para reparar y he puesto herraduras a sus caballerías en su cuadra. Pero no tenía ni idea de que vivía allí una chica joven. No la vi nunca desde que estoy en el pueblo.

Diego —mirándole con interés- ¿Y cómo son? ¿El hombre? ¿La mujer?

El hombre no habla mucho, pero paga lo justo y no es desagradable. La mujer… Bueno, digamos que no tiene fama de ser amable. Siempre me hablaba como si me estuviera haciendo un favor.

Entonces algo no encaja. Si apenas salen de la casa y la chica parese tan apartada… No sé, Martín, siento que deberíamos averiguar más.

Martín, arqueando una ceja ¿«Deberíamos»? ¿De verdad te estás metiendo en esto? Porque, si lo haces, no me dejes a medias.

No te preocupes, no pienso arrastrarte. Pero, escucha, ¿y si vamos hasta su casa algún día? No ahora, claro, pero cuando tengamos un rato. Podríamos… no sé, asercarnos con alguna excusa. Tú has trabajado para ellos, ¿no? Seguro que puedes encontrar algo.

Siempre me metes en tus líos. Pero tienes razón. Puedo inventarme algo sobre revisar herramientas o preguntar si necesitan algo nuevo.

Perfecto. Yo te acompaño, pero no voy a meterme mucho. Solo quiero entender qué pasa con esa chica.

Martín, riendo con ironía, —ah, claro, claro. No te metes mucho. Solo lo justo para no dormir pensando en ella, ¿verdad?

Diego, riendo también y dándole un golpe ligero en el hombro Anda, vuelve al puesto, que si no, te quedas sin clientela. Luego hablamos más.

Y tú a lo tuyo en la taberna, Diego. Y si me haces cargar con una bronca de esa mujer, te lo haré pagar.

Diego —bromeando mientras regresa a la taberna— Invito a la primera jarra de vino. ¡Así que deja de quejarte!



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