El sol se ocultaba detrás de las colinas, tiñendo el cielo de un anaranjado que se reflejaba en las tranquilas aguas de las Tablas de Daimiel. Diego y Martín regresaban al pueblo con una pequeña jaula en la que descansaban dos patos, fruto de una cacería más recreativa que provechosa. Conversaban animadamente, riendo por las peripecias de Martín, que casi había terminado sumergido en un lodazal mientras intentaba disparar.
Al llegar a las afueras de Fuente el Fresno, el camino serpenteaba cerca de unas casas dispersas. Fue entonces cuando ambos se detuvieron, casi al unísono, al ver una figura femenina en el exterior de una de las viviendas. Una joven, de cabello oscuro recogido a la espalda y mirada distraída, recogía con movimientos ágiles las prendas que colgaban de un tendedero. Su vestido, casi hecho jirones, dejaba entrever una vida de penurias, pero su porte y sus facciones transmitían una elegancia innata que contrastaba con su aspecto.
Diego
fue el primero en hablar, bajando la voz como si temiera romper la
calma del momento.
—¿La has visto, Martín? Qué rara es la belleza cuando menos la esperas.
Martín
asintió, pero su atención estaba fija en otro detalle.
—Sí, pero fíjate en su rostro. Parece que no sonríe desde hace años.
Antes
de que pudieran seguir observándola, una voz áspera cortó el
silencio de la tarde.
—¡Catalina! ¿Hasta cuándo vas a estar perdiendo el tiempo? ¡Entra de una vez! —La mujer que había hablado, de complexión robusta y rostro endurecido por los años, apareció en el umbral de la casa. Sus ojos lanzaron un vistazo rápido hacia el exterior, como asegurándose de que nadie estuviera mirando. Luego, sin más palabras, desapareció nuevamente en el interior.
La joven, que al parecer respondía al nombre de Catalina, bajó la cabeza con resignación. Sin terminar de recoger la ropa, tomó algunas prendas y se dirigió a la puerta, cargando una canasta desgastada. Los dos jóvenes observaron cómo la puerta se cerraba detrás de ella, dejando una extraña sensación en el aire.
Diego
apretó el paso sin decir nada más, pero Martín lo detuvo con un
ligero tirón del brazo.
—¿No has notado algo raro? Esa mujer no parecía su madre.
Diego
se encogió de hombros, aunque en su rostro se dibujaba una leve
preocupación.
—Sea quien sea, no tiene derecho a hablarle así. ¿Te fijaste en cómo bajó la cabeza? Parecía... no sé, como si estuviera acostumbrada a recibir órdenes sin más.
Ambos
permanecieron unos segundos en silencio, observando la casa a lo
lejos. Era una construcción sencilla, con las paredes encaladas y
los signos evidentes de falta de cuidado. Finalmente, Martín rompió
la quietud.
—Habrá que enterarse de quién es. Nadie merece vivir con una mirada tan triste.
Diego asintió, aunque en su interior sabía que no sería fácil. Algo en la actitud de Catalina y el tono de la mujer le hizo pensar que aquello no era una simple anécdota, sino un fragmento de una vida marcada por la dureza y, quizá, el abandono. Sin embargo, lo que más le inquietaba era la inexplicable sensación de que, de algún modo, el destino los había puesto frente a ella por una razón que aún no lograba comprender.
Martín conocía al dueño de la casa; en varias ocasiones le había realizado trabajos de herrería, reparando herramientas o colocando herraduras a las caballerías. Sin embargo, desconocía por completo la existencia de la muchacha. Tanto el hombre como la mujer apenas se dejaban ver por el pueblo, salvo en casos de necesidad, como acudir a la herrería o visitar el mercado ambulante algunos miércoles. Diego, en el tiempo que llevaba en el pueblo, nunca los había visto, y mucho menos a la joven.
El camino de vuelta al pueblo transcurrió en silencio. La imagen de Catalina, recogiendo la ropa bajo los últimos rayos del sol, permaneció grabada en la mente de ambos como un eco que no se disipaba con facilidad...

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