Diego, atento al rumbo, señaló que aquella desviación los alejaría del camino hacia Sevilla. Martín respondió con firmeza que unos días de descanso les vendrían bien, además de que alejarse del trayecto esperado los ayudaría a evitar posibles problemas si alguien los estaba buscando por viajar con Catalina, aún menor de edad y bajo tutela de sus tíos, quienes conservaban su patria potestad. Los tres estuvieron de acuerdo.
Mientras avanzaban por el sendero, bromeaban sobre quién se quedaría con el último trozo de queso. Aunque el horizonte seguía siendo incierto, sus pasos eran firmes y sus corazones ligeros, llenos de gratitud por el refugio, la comida y las historias compartidas.
Catalina, con su risa contagiosa, señaló a Diego con un dedo acusador.
—¡Te lo comerías de un solo bocado, como un lobo hambriento!
Diego se llevó la mano al pecho, simulando indignación. Tardó un segundo antes de responder, fingiendo ofensa.
—¿Yo? ¡Qué injusto! Si algo me enseñó mi tiempo de aventuras con los tercios es a compartir.
Martín, que cargaba el zurrón de provisiones al hombro, alzó la vista al cielo con aire reflexivo.
—¿Compartir? Sí, claro... Como aquella vez que llegaste al mesón y te acabaste tú solo tres platos de gachas y una jarra de vino de Málaga.
Los tres estallaron en carcajadas, el eco de su buen humor extendiéndose entre los árboles. Pasaron algunos minutos en silencio antes de que Catalina, tras mirar el horizonte perdida en sus pensamientos, rompiera la calma con un tono más serio.
—A veces me pregunto qué habría sido de nosotros si no nos hubiéramos encontrado en Fuente el Fresno. ¿Os acordáis de cómo llegasteis allí?
Diego asintió, pensativo.
—Claro que sí. Llegué buscando trabajo después de pasar por Toledo. No sabía ni dónde iba a dormir esa noche, pero el dueño del mesón me dejó quedarme a cambio de limpiar el establo. Era invierno, ¿te acuerdas? Un frío que calaba hasta los huesos.
—Yo también llegué en invierno —añadió Martín—, pero por otros motivos. Huyendo de una disputa en mi pueblo. Un tipo trató de acusarme de robarle unas ovejas que ni siquiera había visto en mi vida. Mi madre me dio unas monedas y me dijo: «Lárgate antes de que la cosa empeore».
—A mí no me dieron monedas. Ni siquiera palabras amables. Solo órdenes. "Limpia esto", "haz aquello". Sabéis que los de la casa donde vivía no eran mi familia de verdad. Yo... siempre sentí que no pertenecía a ese lugar.
—Pero te defendías bien. Esa ves que te vi plantarle cara al mercader en la plasa... Fue cuando supe que eras alguien espesial.
—Solo intentaba que no me robara lo poco que tenía. Aunque... fue Martín quien me sorprendió de verdad aquel día. ¿Recuerdas?
—¿Cómo olvidarlo? Ese mercader era un tramposo, pero tú ya lo tenías casi vencido con las palabras. Yo solo... digamos que reforcé tu argumento cuando empujé el carro para que rodara cuesta abajo.
—Ese carro acabó en el arroyo —añadió Diego entre risas—. ¡El mercader se puso tan furioso que pensábamos que nos iba a perseguir con una horca!
—Y así fue como empezamos a hablar. Tres desconocidos que, por un capricho del destino, decidieron unir sus caminos.
También se despedía el astro rojo, desfallecido en la sangre de la propia luz, ungiendo con su cárdena lumbre todo el paisaje ponentino, mientras por el lado de oriente se dormían la tierra -y el mar (lejano)- a la sombra de la noche.*
* Del libro «El metal de los muertos». De Concha Espina
El camino se estrechaba a medida que avanzaban, serpenteando entre colinas suaves y campos que comenzaban a teñirse con los tonos dorados de la tarde. A pesar de la fatiga acumulada, la conversación animada les ayudaba a mantener el ánimo en alto.
—Deberíamos pensar en dónde pasar la noche. No sé vosotros, pero yo preferiría evitar otro frío como el de éstas dos noches pasadas en la cueva.
Diego asintió, frunciendo el ceño.
—Si seguimos el sendero, tal ves encontremos algún refugio antes de que caiga la noche. Aunque, si no hay más remedio, buscaré madera para una fogata. No quiero repetir la experiensia de dormir sobre piedras heladas.
—¿Desde cuándo eres tan precavido, Diego? Tú, tan aventurero y duro.
—¡Ah! Porque claro, nosotros no merecemos la dureza del camino, ¿eh? Ya veremos cómo te quejas si el suelo es demasiado duro esta noche.
Catalina se aproximó a la entrada y empujó la puerta de madera, que crujió con un sonido profundo. Dentro, el molino estaba casi intacto, salvo por el polvo acumulado en cada rincón.
—Mañana deberíamos partir temprano —murmuró Diego, apoyando la espalda contra la pared—. Cuanto menos tiempo pasemos en sitios donde puedan encontrarnos, mejor.
—¿Creéis que alguien aún nos busca?
Martín sostuvo su mirada por un momento antes de responder.
—Si lo hacen, pronto solo verán nuestras huellas desvanecerse en el polvo.
El molino, testigo silencioso de la conversación, pareció asentir con el viento que susurró entre sus paredes. La noche cayó lentamente, envolviendo a los viajeros en una calma precaria, mientras el futuro, incierto pero prometedor, aguardaba más allá de aquel refugio improvisado.
La noche había caído por completo sobre el viejo molino. Afuera, el viento susurraba entre las aspas inmóviles, mientras en su interior la oscuridad se espesaba, apenas rota por la tenue luz de la hoguera que habían conseguido encender. El calor de las llamas era un alivio tras la larga caminata, y su parpadeo proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra.
Catalina se sentó con las piernas cruzadas cerca del fuego, envuelta en su capa. Sus manos, extendidas hacia las llamas, temblaban ligeramente, aunque no por el frío. Diego y Martín la observaban de reojo, respetando su silencio. Sabían que aquella noche era diferente. No se trataba solo de un refugio, sino del primer descanso en su nueva vida, lejos de aquella casa donde solo la veían como una carga.
—Ahora que estamos aquí, ¿cómo te sientes?
Catalina tardó en responder, como si tuviera que buscar las palabras dentro de sí misma.
—Extraña… como si de repente el mundo fuera más grande de lo que creía.
Diego asintió, mirándola con comprensión.
—Lo es. Espesialmente cuando tienes la libertad de desidir dónde ir.
Catalina sonrió levemente, pero su expresión se tornó pensativa. Observó las llamas como si en ellas pudiera encontrar respuestas.
—Nunca pensé que alguien querría ayudarme —susurró—. Siempre me dijeron que debía conformarme, que aquella casa era lo mejor que podía esperar.
Martín apoyó los antebrazos sobre sus rodillas y clavó la vista en el fuego.
—A veces nos hacen creer que no tenemos opción. Que nuestra vida ya está escrita antes de que podamos tomar el lápiz.
Diego tomó una rama y removió las brasas con ella.
—Pero tú desidiste escribir la tuya. Y nosotros estaremos contigo para que nadie vuelva a arrebatarte esa opsión.
Martín se recostó contra una de las sacas de grano abandonadas en un rincón.
—Mañana seguiremos adelante. Úbeda nos dará un respiro, pero no podemos quedarnos demasiado tiempo.
Diego se estiró y soltó un suspiro.
—Lo importante es que sigamos juntos. Ya nos hemos acostumbrado a eso, ¿no?
Catalina los miró con afecto y asintió.
—Sí… juntos.
Las llamas chisporrotearon, y más allá del molino, el viento continuó su viaje sin rumbo. En esa noche tranquila, los tres compartieron el silencio, cada uno perdido en pensamientos distintos, pero con una certeza común: el camino que habían elegido, por incierto que fuera, ya era suyo.
—Bueno… No ha sido la mejor cama, pero al menos no hemos pasado la noche al raso —murmuró, mirando a Martín, que terminaba de ajustarse el zurrón.
—Tenemos que ponernos en marcha —dijo Martín, ajustando la hebilla de su bolsa—. Si queremos llegar a Despeñaperros sin llamar la atención, mejor salir cuanto antes.
Diego asintió y, tras apagar los últimos restos de la hoguera con un puñado de tierra, salió del molino para inspeccionar el sendero. La tierra aún guardaba la frescura de la madrugada, y el horizonte se extendía ante ellos con la promesa de un nuevo día.
Catalina ajustó su ropa y echó una última mirada al interior del molino. Había sido solo un refugio pasajero, pero en aquel espacio había nacido una certeza: podía confiar plenamente en sus amigos.
Los tres emprendieron la marcha con pasos firmes, dejando atrás el desvencijado molino y adentrándose en el camino que los conduciría hacia Úbeda. A medida que avanzaban, la conversación se entremezclaba con el sonido del viento y el crujir de la tierra bajo sus pies.
El vizcaíno sonrió con calma, alzando ligeramente los hombros.
—Pues si pasa, habrá que ser hábiles con las palabras. Y si las palabras no bastan, siempre está la opsión de tomar las de Villadiego —bromeó, aunque en su tono había un fondo de precaución.
—Cuando lleguemos a Despeñaperros, buscaremos un lugar discreto. Necesitaremos descansar antes de seguir más al sur.
Catalina observó el camino con una mezcla de emoción y temor. Sabía que cada paso los acercaba a un futuro incierto, pero también que cada paso era suyo, decidido por ellos y no por otros.
El día clareaba poco a poco, disipando las sombras y tiñendo el cielo con tonos encendidos. Martín y Diego observaban a Catalina mientras emprendían la marcha, sus voces y pasos llenando el sendero. El molino quedaba atrás, inmóvil y silencioso bajo la luz de la mañana, testigo de tres viajeros que, aunque con un destino incierto, compartían una certeza: el camino ya era suyo...




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