lunes, 12 de mayo de 2025

13 «La estrella guía. Donde Catalina, Martín y Diego se encuentran con Pascual»


 Las nubes se disiparon, dejando al descubierto un cielo nocturno limpio y profundo. Los viajeros buscaron con ansias la estrella que días atrás vieron la segunda noche que pasaron en la cueva de Fuente el Fresno. Cuando al fin la localizaron, una oleada de alivio recorrió sus cuerpos. Ahora sabían hacia dónde dirigirse. La ansiedad que les oprimía el pecho comenzó a desvanecerse, y sus corazones retomaron un ritmo más sereno. La vasta llanura, que momentos antes parecía un abismo infranqueable, dejó de ser una amenaza. Se transformó en un camino hacia su destino inicial.

Con paso firme, pero sin perder el ritmo pausado que exigía el terreno desigual, los tres viajeros reanudaron su marcha. Catalina, envuelta en su manto oscuro, alzó la vista hacia el cielo. En sus ojos brillaba una mezcla de esperanza y determinación. Fue ella quien primero divisó la luz tenue de un fuego a lo lejos.

¡Mirad! —dijo, señalando con la mano.

Diego y Martín se detuvieron, entrecerrando los ojos para agudizar la vista. En efecto, más allá de la penumbra del páramo, una débil pero constante luminosidad les confirmaba que no estaban solos.

Es un fuego, y donde hay fuego, hay gente —afirmó Diego con voz grave, pero aliviada.

Martín, más joven y siempre inquieto, sonrió ampliamente.

Si tienen pan y un poco de vino, esta noche seré el hombre más feliz de toda La Mancha.

La broma arrancó una risa breve, pero sincera, entre los tres. Después de horas de incertidumbre y silencio opresivo, aquel momento de ligereza era un bálsamo.

Caminaron con renovado vigor, guiados por la estrella salvadora y la cada vez más nítida claridad del fuego. Catalina se permitió soñar en voz alta:

Quizá nos reciban con hospitalidad. Tal vez incluso tengan un lugar cálido donde podamos descansar.

Y si no —replicó Martín, fingiendo gravedad—, haré que se conmuevan con mis historias de aventuras y valentía.

Diego resopló.

Tus historias no conmoverían ni a un ladrón hambriento, Martín.

Se rieron de nuevo y, con cada carcajada, el peso de la jornada parecía disiparse un poco más. Finalmente, cuando estuvieron lo bastante cerca, distinguieron una pequeña choza de adobe junto a un corral. Dentro, unos leños ardían bajo el cuidado de un hombre curtido por el trabajo de campo y el pasar de los años, con una barba canosa que enmarca su expresión tranquila. Sus ojos, claros y llenos de vida, reflejan la sabiduría de alguien que ha pasado muchas noches solo, observando el cielo estrellado y escuchando el silencio del campo. A pesar de su vida solitaria, no es un hombre huraño. Hay en él una hospitalidad sincera, propia de quien ha aprendido que compartir lo poco que tiene es parte de la riqueza de vivir. Su voz, grave pero cálida, transmite confianza y pragmatismo. No es hombre de palabras vanas; cada frase que pronuncia parece encerrar una verdad simple pero profunda.

Al ver a los jóvenes acercarse a la portezuela abierta de la choza, el hombre levantó la vista, alerta, pero no hostil.

¿Quién va? —preguntó con firmeza.

Viajeros perdidos, amigo —respondió Diego con tono respetuoso—. Una estrella y la luz del fuego nos han traído hasta aquí.

El hombre estudió sus rostros con detenimiento antes de relajarse y esbozar una sonrisa.

Entonces sois sabios. Pasad. No puedo ofrecer mucho, pero hay un poco de sopa caliente y techo para pasar la noche.

La gratitud de los viajeros fue inmediata. Mientras entraban en la cabaña, dejando atrás el frío de la llanura, Catalina susurró:

A veces basta con una estrella para guiarte hasta lo que necesitas.

Martín asintió. Diego, con una leve sonrisa, añadió:

Y con algo de fe para seguir caminando.

Dentro, el calor era reconfortante. Las llamas crepitaban, proyectando su luz sobre las paredes de barro y las mantas amontonadas en los bancos. El hombre, que se presentó como Pascual, sirvió tres cuencos de sopa con conejo y un trozo de pan duro a cada viajero. No era un banquete, pero tras horas de incertidumbre y frío, les supo a gloria.

Catalina sostuvo el cuenco entre sus manos, disfrutando el calor que se extendía por sus dedos. Miró a Pascual con curiosidad.

¿Vivís aquí solo?

Pascual removió el fuego con un palo antes de asentir.

Sí, joven. Este es mi rincón del mundo. Me gano la vida cuidando ovejas. No es mucho, pero me basta.

Martín, que ya había devorado la mitad de su sopa, alzó la vista con interés.

¿Y nunca sentís el deseo de marchar? De ver otras tierras, otros caminos…

Pascual sonrió, pero su mirada tenía la profundidad de alguien que ha reflexionado mucho sobre la vida.



Cuando era joven, soñaba con recorrer mundo. Pero con el tiempo aprendí que el valor de un lugar no está en lo que ofrece, sino en lo que tú haces de él. Este rincón puede parecer vacío para quien lo ve por primera vez, pero para mí es un hogar.

Diego asintió con respeto.

Hay sabiduría en vuestras palabras, Pascual. Hoy la niebla nos hizo sentir que estábamos en un abismo, pero gracias a la estrella hemos encontrado luz y refugio. Quizá, como decís, a veces lo que necesitamos no está lejos, sino justo donde aprendemos a mirar.

Catalina contempló el fuego, absorta en sus pensamientos. Afuera, el viento ululaba como recordándoles la inhóspita inmensidad de la llanura manchega. Dentro, el refugio se había transformado en un santuario, un lugar de resguardo no solo contra el frío, sino contra las dudas y temores que los acompañaban.

Pascual rompió el silencio con una sonrisa.

Y ahora, deberíais descansar. La estrella os condujo hasta aquí, pero el camino aún es largo. Hay un montón de paja en el establo; será más cómodo que el suelo de esta choza.

Los tres viajeros agradecieron la oferta con sinceridad y, después de terminar su sopa, se dirigieron al establo. Allí, rodeados del olor a heno y el suave resoplar de las ovejas, prepararon un lugar donde dormir.

Mientras se acomodaban, Catalina habló en voz baja:

¿Os habéis dado cuenta? Este hombre vive solo, sin riquezas ni grandes comodidades, pero tiene paz. Quizá sea eso lo que todos buscamos en el fondo: un lugar donde no necesitemos más de lo que tenemos.

Martín, envuelto en una manta, reflexionó un momento antes de responder.

Tal vez tengas razón, pero antes de encontrar mi paz, quiero ver el mundo. Caminar por senderos desconocidos, cruzar ríos y mares; subir y descender montañas.

Diego, acostado a su lado, sonrió sin abrir los ojos.

Y terminarás volviendo a un lugar como este, Martín. Todos los caminos, al final, nos llevan al mismo destino: un hogar.

Antes de ir a dormir, os voy a contar algo que me sucedió meses atrás. Antes de conoceros... —empezó a decir Martín, mientras se acomodaba sobre un montón de paja a modo de colchón, con un brillo travieso en los ojos.

¡No, por favor! —interrumpió Catalina rápidamente, levantando las manos como si estuviera espantando una plaga—. Que la última vez que nos contaste algo antes de dormir, no pude pegar ojo en toda la noche.

¿Por qué? —preguntó Diego, entrecerrando los ojos mientras trataba de ocultar una sonrisa—. ¿Por la historia o por los ronquidos de Martín?

¡Eh! Mis ronquidos son heroicos —protestó Martín, inflando el pecho con fingido orgullo.

Sí, como un oso con dolor de muelas —replicó Catalina, provocando las risas de Diego y el viejo Pascual, que observaba la escena en silencio, entretenido.

¡Venga ya! Esto es distinto —insistió Martín, tratando de recuperar la atención—. Esta historia tiene acción, misterio... ¡y un macho cabrío!

¿Una cabra? —preguntó Catalina, tratando de sonar seria pero fallando al contener una sonrisa.

No, un macho cabrío. Pero si no queréis escucharla...

No queremos —dijeron Catalina y Diego al unísono, casi como un acto ensayado.

Martín suspiró dramáticamente, como si su orgullo hubiera sido herido, y se recostó contra la pared de adobe.

Pues nada, os la contaré mañana. Pero os vais a arrepentir, porque es una historia que...

Martín, ¡a dormir! —exclamó Catalina, lanzándole una manta para que se tapara.

Y así, entre risas y protestas, el grupo se acomodó para descansar, mientras Martín murmuraba algo sobre cómo la cabra había sido incomprendida en toda su gloria.

La noche transcurrió en calma, y al amanecer, las primeras luces del día bañaron el páramo con una luz dorada.

Cuando los tres jóvenes despertaron, desde la choza contigua les llegó el olor a leche de oveja caliente. La voz grave de Pascual les urgía a desayunar:

¡Vamos, dormilones! El día no espera, y el pan tampoco.

El aroma a pan recién tostado, a gachas humeantes y a queso recién cortado se mezclaba con el de la leche caliente, creando una fragancia que espabiló a los viajeros más rápido que cualquier grito de batalla.

Catalina fue la primera en levantarse. Se alisó el vestido mientras se dirigía a la puerta.

Si Pascual cocina igual de bien que nos acoge, no pienso dejar ni una miga —dijo, sonriendo.

Diego y Martín, aún somnolientos, se miraron y asintieron al unísono. Dejaron a un lado las mantas y siguieron a su compañera.

Al llegar, encontraron a Pascual sentado junto a la mesa improvisada, con un cuchillo en la mano y una hogaza partida en rebanadas gruesas. Había dispuesto unas cuencas de madera con queso y vasos de leche aún humeantes. En el fuego, las gachas esperaban listas para ser servidas.

¡Ale, sentaos! No os vais a ir de aquí con hambre, eso lo aseguro —dijo Pascual, con una sonrisa bajo su barba canosa.

Martín tomó un trozo de queso y lo probó, cerrando los ojos placenteramente.

Pascual, si alguna vez me pierdo por estos lares, que sepa el mundo que vine aquí por este queso.

Y yo por el pan —añadió Diego, mordiendo con entusiasmo.

Pascual soltó una carcajada de buena gana, mientras Catalina, más práctica, les recordaba:

Comed, que tenemos un largo camino por delante. Y no os olvidéis de dar las gracias.

Entre bocados y risas, el grupo se preparó para afrontar el nuevo día, con la fuerza que solo da un buen desayuno.

Antes de partir —dijo Pascual, cruzando los brazos frente al pecho y mirándolos con seriedad—, quiero escuchar esa historia de Martín y la cabra. Llevo mucho tiempo solo en este lugar y necesito algo que me alegre el día... o al menos que me haga dudar de la cordura humana.

Martín, que ya estaba ajustándose la capa como si estuviera listo para emprender una gran hazaña, se detuvo en seco. Miró a Pascual con los ojos entrecerrados, luego a Catalina y Diego, que trataban de ocultar las sonrisas, y se irguió como un trovador ante su audiencia.

Muy bien, Pascual. Pero aviso: esta historia es real. Y no garantizo que al terminar no sientas la necesidad de seguirnos, solo para entender cómo sobreviví a tan extraño encuentro.

Pascual levantó una ceja y se sentó cómodamente, mientras Catalina murmuraba: «Esto va a ser bueno…»


Todo comenzó en un prado lejano —empezó Martín, con tono solemne—. Estaba solo, con mi vieja espada y mi ingenio, cuando me encontré cara a cara con un macho cabrío. No era un macho cualquiera, no. Tenía los ojos de un demonio y la astucia de un zorro.

¿Y qué hiciste? —preguntó Pascual, fingiendo interés mientras mordía un trozo de pan.

Lo que cualquier valiente haría —continuó Martín—. Intenté intimidarle. Pero el animal... ¡no retrocedió! Al contrario, bajó la cabeza y cargó contra mí como si fuera un toro en una plaza.

Diego no pudo contenerse y soltó una carcajada.

¿Y qué hiciste, Martín? ¿Le ofreciste negociar?

¡No te burles! —exclamó Martín, apuntándolo con el dedo—. ¡Esto fue una lucha épica! El macho me persiguió durante lo que parecieron horas. Subí a un árbol para escapar, pero... ¿sabéis qué hizo?

¿Qué? —preguntaron todos a coro, incluyendo a Pascual, que empezaba a disfrutar del relato.

Se quedó abajo, mirándome fijamente. Durante horas. Y cuando bajé, agotado... ¡se había comido mi capa!

Un silencio dramático cayó en la choza, hasta que Catalina lo rompió con una risa tan contagiosa que Pascual tuvo que limpiarse las lágrimas de los ojos.

Martín, si la mitad de esa historia es cierta, ese macho merece un monumento —dijo Pascual entre risas—. ¡Ojalá la hubiera conocido! Al menos tendría algo con quién discutir por aquí.

Es verdad —dijo Martín, ofendido pero riendo también—. Pero lo importante es que aprendí algo de ese animal.

¿Y qué fue? —preguntó Catalina.

Que siempre lleves dos capas —respondió Martín, con solemnidad.

La carcajada conjunta fue tan fuerte que hasta las ovejas del corral parecieron unirse al jolgorio. Y así, entre risas y bromas, el grupo recogió sus cosas y se preparó para partir, dejando atrás no solo un refugio cálido, sino también un nuevo amigo y la mejor anécdota de cabras que Pascual jamás había escuchado.

Antes de partir, Pascual les preparó un zurrón con queso, chorizo, tocino y pan recién hecho. También les dio una bota con vino, que colgó con cuidado del hombro de Martín, quien no pudo evitar soltar una broma.

Con este peso, Pascual, ya puedo ir considerándome un caballero en plena batalla, cargando provisiones para un ejército entero.

Y con lo que comes, Martín, ese zurrón no llegará ni al mediodía —replicó Catalina, rodando los ojos mientras ajustaba su capa.

Pascual rio de buena gana y se aseguró de que todos estuvieran listos para partir. Antes de despedirse, les ofreció unas últimas palabras con su tono grave pero cálido:

Recordad, muchachos, no importa lo lejos que vayáis, siempre hay algo o alguien esperando vuestro regreso. El camino puede ser incierto, pero un buen vino y un buen queso lo hacen más llevadero.

Diego, conmovido por la sinceridad del anciano, le estrechó la mano con fuerza.

Gracias, Pascual. Por todo. Prometemos recordarte en cada bocado.

Y en cada trago —añadió Martín, levantando la bota con una sonrisa.

Cuando comenzaron a caminar, Pascual les observó desde la puerta de la cabaña hasta que desaparecieron entre las colinas. Por un momento, el silencio volvió a reinar en su refugio, pero esta vez se sintió menos pesado. Miró hacia las brasas humeantes, y con una sonrisa, se dijo en voz baja:

Maldito Martín... espero que esa cabra no lo encuentre otra vez.


Mientras tanto, los tres viajeros avanzaban por el sendero, bromeando sobre quién se quedaría con el último trozo de queso. Aunque el horizonte era incierto, sus pasos eran firmes y sus corazones ligeros, cargados de gratitud por el refugio, la comida y las historias compartidas...


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