jueves, 21 de agosto de 2025

17 «La estrella guía» «Donde llegan a Úbeda»

El Sol apenas despuntaba cuando Catalina, Martín y Diego dejaron atrás Baños de la Encina. Los tres caminaban en silencio, con el peso de la noche anterior aún fresco en sus mentes. Cada uno llevaba una pequeña alforja con lo indispensable, pero sobre todo, cargaban el miedo a ser descubiertos.

El camino hacia Úbeda era largo y escarpado, y aunque Martín aseguraba que conocía bien los caminos, las primeras horas transcurrieron con constantes miradas hacia atrás y pausas para escuchar cualquier ruido extraño. El paisaje cambió lentamente: las áridas lomas cubiertas de olivos dieron paso a campos más fértiles y pequeños arroyos que corrían junto al camino.

¿Cuánto falta? —preguntó Diego, limpiándose el sudor de la frente.


Si seguimos a este ritmo, llegaremos antes del anochecer —respondió Martín, sin dejar de andar.


Catalina, que caminaba un poco por detrás de ellos, miró hacia el cielo. Las nubes empezaban a teñirse de un gris amenazador. La idea de una tormenta no era bienvenida:


¿Y si llueve? —preguntó con inquietud.


No nos detendremos —dijo Martín con firmeza—. Cuanto más lejos estemos del cortijo, mejor.


Y así continuaron, con pocas palabras y un paso constante. A mediodía, hicieron una pausa para comer algo de pan, tocino y queso bajo un grupo de encinas. Catalina, con los pies doloridos, se permitió unos minutos de descanso. Diego, más joven y menos acostumbrado a caminar largas distancias, estaba agotado, pero no se quejaba. Martín, en cambio, parecía más determinado que nunca, como si llevarlos a salvo hasta Úbeda fuera una cuestión de honor.


Al caer la tarde, divisaron por fin las murallas de Úbeda. La vista de la ciudad, con sus torres y tejados de teja rojiza, les dio un respiro de esperanza. Aunque sabían que no estaban completamente a salvo, al menos podían ocultarse por un tiempo, ayudados por los tíos de Martín.


El encuentro con la familia


La casa de la familia de Martín estaba en uno de los barrios altos de Úbeda, cerca de la iglesia de San Nicolás. Martín les condujo con confianza por las estrechas calles empedradas, hasta llegar a una vivienda modesta pero bien cuidada, con una puerta de madera oscura y maciza. Golpeó con los nudillos y esperaron en silencio.


Fue una mujer entrada en años quien abrió la puerta. Sus ojos, profundos y vigilantes, se posaron en Martín, y luego en sus acompañantes:


¡Martín! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Santo cielo, muchacho!


Tía Antonia —respondió él, esbozando una sonrisa cansada.


La mujer no tardó en abrirles la puerta del todo y hacerles pasar. El olor a guiso recién hecho inundaba la estancia. Antonia, que era hermana del padre de Martín, no paraba de mirarlo, como si no pudiera creerse que estuviera allí.


¡Juan! —gritó hacia el interior de la casa—. ¡Ven, que Martín ha llegado!


El marido de Antonia, un hombre corpulento de cabellos grises, apareció desde el patio con expresión de sorpresa. Saludó a Martín con un fuerte apretón de manos y una palmada en la espalda.


¡Y viene con compaña! —dijo, mirando a Catalina y Diego con curiosidad.
Catalina bajó ligeramente la cabeza, nerviosa, mientras Diego se mantenía al lado de Martín, como si el contacto físico le diera seguridad:


Son amigos —explicó Martín—. Han pasado cosas… complicadas. No quiero meteros en líos, pero necesitamos un lugar donde quedarnos unos días.
Juan asintió, entendiendo sin necesidad de más explicaciones.


Aquí estaréis seguros. Nadie os molestará. Tú siempre con tus cosas y aventuras.


Fue entonces cuando un joven de edad aproximada a la de ellos apareció en la estancia. Tenía el cabello desordenado y una mirada astuta, y se quedó quieto al ver a los recién llegados.


Él es Gonzalo, mi hijo —dijo Juan, presentándolo.

Gonzalo observó a los viajeros con curiosidad, pero sin decir nada. Fue Catalina quien rompió el incómodo silencio, esbozando una sonrisa forzada y dirigiendo una disimulada mirada hacia el joven recién aparecido. Pasado ese primer momento, Martín y Alonso se fundieron en un abrazo. Juntos, de niños, compartieron tropelías y aventuras en el pueblo, cuando, con sus padres, viajaban a la villa jienense a pasar un tiempo.


Gracias por acogernos. No sabemos cómo pagarles esto.


Aquí no hay nada que pagar —respondió Antonia, poniéndose en jarras—. Lo primero es que comáis algo. Estáis en los huesos.


El calor de la casa y la hospitalidad de aquella familia, aunque discreta, les devolvieron una sensación de calma. Sin embargo, en el aire flotaba la tensión de lo que habían dejado atrás y la incertidumbre de cuánto tiempo podrían permanecer allí sin ser encontrados.


La cena


La noche había caído por completo sobre Úbeda cuando Antonia y su familia se reunieron con los recién llegados en torno a una mesa modesta pero bien servida. Un puchero humeante de garbanzos y carne presidía el centro, acompañado de un pan redondo y recién horneado que Juan había traído esa tarde. El aroma llenaba el pequeño comedor, creando un ambiente cálido que contrastaba con la tensión que los tres jóvenes aún llevaban en sus rostros.


Catalina, Martín y Diego apenas hablaban al principio. Habían pasado el día casi sin descanso, y el hambre pesaba más que las palabras. Fue Antonia quien rompió el silencio, sirviendo raciones generosas mientras los observaba con la mirada inquisitiva propia de quien intuye una historia:


Anda, come, Martín. Que se te ven los huesos —dijo mientras le llenaba el plato.


— Y tú también, muchacha. Pareces agotada.


Catalina levantó la vista, agradeciendo el gesto con una sonrisa débil. Diego, a su lado, ya se llevaba una buena cucharada de puchero a la boca, intentando disimular su incomodidad.


Bueno, muchachos, ¿vais a contarnos qué ha pasado? —Preguntó Juan con tono serio, apoyando los codos sobre la mesa—. Algo gordo debe de ser para apareceros aquí de esta manera.


Martín levantó la mirada de su plato y se aclaró la garganta. Había llegado el momento de hablar, y aunque no tenía miedo de su familia, sabía que lo que estaba a punto de decir les inquietaría.


Tío, tía… —empezó, con un tono pausado—. Nos han pasado cosas difíciles en el cortijo donde trabajábamos, en Baños de la Encina.


Antonia dejó de masticar, y Juan, sentado al fondo de la mesa, se inclinó ligeramente hacia adelante, interesado.


Estábamos allí desde hace un tiempo —continuó Martín—. Nos contrataron para ayudar en la cosecha y para cuidar algunas cosas de la casa. Catalina, Diego y yo trabajábamos duro, pero… las cosas se torcieron.


Hizo una pausa, mirando de reojo a Catalina. Ella apretó los labios, como si luchara consigo misma para hablar. Finalmente, levantó la voz:


El dueño del cortijo… ese hombre —dijo, con un tono bajo pero firme— empezó a acosarme. Al principio eran comentarios, luego miradas… y después, intentó… —Catalina no terminó la frase, pero el mensaje quedó claro. Antonia se llevó la mano a la boca, horrorizada, mientras Juan fruncía el ceño y apretaba los puños sobre la mesa—.


Ese malnacido… —murmuró Gonzalo, con una rabia contenida.


Catalina no podía quedarse allí —intervino Martín, levantando la voz ligeramente para calmar los ánimos—. Yo le dije que nos marcharíamos, y Diego también estuvo de acuerdo. Esa misma noche, preparamos nuestras cosas y huimos antes del amanecer.


Diego, que había permanecido en silencio hasta entonces, habló por primera vez, con la mirada fija en el plato:


No podíamos hacer otra cosa. Ese hombre tenía poder, y si nos hubiéramos enfrentado a él, habría ido peor para nosotros.


Antonia, que había estado escuchando en silencio, dejó su cuchara sobre la mesa con un golpe seco:


Hicisteis bien. Muy bien. ¡Esa clase de hombres no merece otra cosa que desprecio! dijo, indignada—. Y aquí nadie os va a molestar, os lo aseguro.


Gracias, tía —respondió Martín, bajando la cabeza en señal de gratitud.
Juan, que hasta entonces había estado callado, asintió lentamente.


Os quedaréis aquí el tiempo que haga falta. Pero habrá que tener cuidado. Si ese hombre es tan poderoso como decís, puede que no se rinda tan fácilmente.
El comentario dejó un aire de inquietud en la mesa, pero Antonia lo cortó rápidamente.


De eso ya hablaremos más adelante. Ahora, lo importante es que estáis a salvo. Terminad de cenar y descansad. Mañana veremos qué podemos hacer.


La conversación se desvió hacia temas de sus aventuras desde que están juntos, aunque la tensión en el ambiente no desapareció del todo. Catalina, Martín y Diego se sintieron agradecidos por la hospitalidad de la familia, pero sabían que su situación era delicada. Sin embargo, esa noche, al menos, pudieron dormir bajo un techo seguro, con el calor de una familia que los acogía como si fueran suyos.


El desayuno y la planificación


El amanecer trajo consigo una atmósfera más tranquila en la casa de Antonia y Juan. El olor del pan tostado y la leche caliente llenaba el aire, mientras la familia y los recién llegados se sentaban alrededor de la mesa. Catalina, Martín y Diego lucían más descansados, aunque aún se percibía cierta cautela en sus expresiones. Antonia, siempre diligente, servía leche con miel y colocaba un plato con trozos de queso y embutidos en el centro de la mesa.


Hoy nos organizaremos —dijo Juan, rompiendo el silencio matutino—. No podéis quedaros aquí sin hacer nada, y tampoco conviene que andéis mucho por las calles de Úbeda. Pero tengo unas tierras no muy lejos de aquí, y podríamos sacarle provecho si los muchachos se animan.


Martín y Diego se miraron, ambos asintiendo al unísono:


Estamos dispuestos a trabajar, tío Juan —respondió Martín—. No queremos ser una carga.


De eso no hay duda, muchacho —contestó Juan—. Pero no será fácil. La propiedad no es grande, pero requiere esfuerzo. Hay un olivar que necesita poda y algo de limpieza en el terreno.


Lo que haga falta —añadió Diego, intentando mostrarse seguro.


Y tú, Catalina —intervino Antonia, mirándola con ternura—, podrías ayudarme aquí en casa. Hay mucho que hacer, entre la ropa, las comidas y mantener todo en orden.


Catalina asintió, agradecida por la oportunidad de quedarse cerca y sentirse útil.


Haré todo lo que pueda, señora. Gracias.


Juan se cruzó de brazos y se apoyó ligeramente en el respaldo de la silla, observándolos con una mirada calculadora.


Muy bien. Entonces está decidido. Martín y Diego vendrán con Gonzalo y conmigo al campo después del desayuno. Y tú, Catalina, empezarás con Antonia. Pero antes de eso, quiero saber algo más. He de saber cómo afrontar esta situación.


Los tres jóvenes intercambiaron miradas nerviosas. Juan inclinó un poco la cabeza, su tono firme pero no agresivo.


¿Cómo se llama el cortijo de dónde venís?


Martín dudó un instante antes de responder:  «La heredad de Don Gil».


El nombre pareció pesar en el aire, y un oscuro destello cruzó los ojos de Juan. Antonia dejó de recoger los platos y se giró hacia su marido, que fruncía el ceño.


Lo intuía —murmuró Juan, como si confirmara una sospecha—. He oído cosas de ese hombre. Y ninguna buena.


Martín se enderezó en su silla, curioso y preocupado.


¿Qué cosas, tío?


Juan suspiró, como si las palabras le pesaran.


Dicen que es un hombre con mucho poder en la región. Tiene dinero, tierras y amigos influyentes. Pero también es conocido por su carácter abusivo. Se ha excedido con más de una mujer que trabajó para él, igual que intentó contigo, Catalina.


La joven apretó la mandíbula, mirando su taza de achicoria como si quisiera desaparecer.


Algunas de ellas terminaron embarazadas —continuó Juan, con tono sombrío—. Pero ese hombre nunca se hizo responsable. Las dejó sin recursos y con la vergüenza a cuestas. Y nadie se atreve a enfrentarse a él, porque siempre encuentra la manera de salir bien parado.


¡Es un monstruo! —exclamó Gonzalo, quien había permanecido en silencio hasta entonces, golpeando la mesa con el puño—. Merecería…


No digas tonterías —lo interrumpió Antonia, mirándolo con severidad—. Ese tipo de hombres no caen fácilmente, y meterse con él sería un suicidio.


Diego, que escuchaba con atención, miró a Martín, como buscando su opinión.


No podemos quedarnos de brazos cruzados si intenta buscarnos —dijo Martín—. Si sabe que huimos, podría enviar a alguien tras nosotros.


Juan asintió lentamente.


Por eso es mejor que no hagáis ruido mientras estéis aquí. Trabajad en el campo, mantened la cabeza baja y no habléis con nadie más de lo necesario. Si preguntan, sois jornaleros de paso.


El silencio volvió a apoderarse de la mesa mientras todos reflexionaban sobre la gravedad de la situación. Finalmente, fue Catalina quien habló, con un tono firme que sorprendió a los demás.


No sé qué hará ese hombre, pero no voy a volver allí nunca. Y no pienso quedarme callada si intenta algo.


Juan la miró con respeto, aunque también con preocupación.


Esa valentía te honra, muchacha, pero también puede ser peligrosa. Aquí estás a salvo, al menos por ahora. Y mientras estéis bajo este techo, os protegeremos.


Antonia, que había estado observando en silencio, intervino con voz más suave.


No os preocupéis más por eso ahora. Haced lo que Juan dice: trabajad, descansad y manteneos lejos de problemas. Y ahora terminad el desayuno. Tenéis un largo día por delante.


Con ese consejo, la conversación se dio por concluida, aunque el nombre de Don Gil y su heredad quedaron flotando en la mente de todos, como una sombra que aún podía alcanzarlos...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

A mis, pocos, pero queridos lectores

Llevo un tiempo sin publicar las continuaciones de los relatos que estoy desarrollando. Estoy atravesando un pequeño parón creativo. Tengo a...