La
tarde se estira como un velo de ámbar sobre la ciudad. Lysys camina sin prisa, con los
hombros relajados y los ojos atentos. No busca nada, pero todo le interesa. Las
terrazas están llenas de conversaciones que no le incumben, risas que no la
rozan, y sin embargo, ella las escucha como quien descifra un idioma que ya no
necesita hablar.
Entra a una
librería pequeña, de esas que huelen a papel viejo y madera. Recorre los
estantes con la yema de los dedos, como si leyera en braille los títulos que no
comprará. Encuentra uno, lo hojea, lo cierra. Lo deja en su sitio. No es el
momento.
Sale sin
haber comprado libro alguno. Se sienta en un banco cualquiera, frente a una fuente
que murmura sin cesar. Observa a una niña que corre tras una paloma, a un
hombre que discute por teléfono, a una pareja que se besa como si el mundo
fuera a acabarse en cinco minutos. Todo le parece ajeno, pero no indiferente.
El sol
comienza a caer. Lysys se levanta, se ajusta la chaqueta y camina hacia casa.
No hay planes, solo una intuición vaga de que algo se avecina. No lo espera. No
lo teme. Solo lo presiente.
De camino, se detiene en una terraza discreta, donde el sol ya empieza a declinar.
El camarero la saluda con un gesto que no requiere palabras. Ella se sienta,
cruza las piernas, y observa. No por curiosidad, sino por costumbre. La ciudad
se despliega ante ella como una escena que no necesita guion.
Entre los
rostros que pasan, uno se detiene en su mirada. Él camina con paso firme, pero
al cruzarse con sus ojos, algo lo frena. Da unos pasos más, duda, se gira. Ella
sigue mirándolo, sin sonreír, sin invitar, pero sin cerrar la puerta. Él se
acerca. Pregunta si puede sentarse. Lysys asiente con un leve movimiento de
cabeza.
Piden lo
mismo: un Bloody Mary. El camarero sonríe, como si entendiera algo que ellos
aún no han dicho. La conversación fluye sin esfuerzo. No hay presentaciones
formales, ni historias personales. Solo palabras que se deslizan entre sorbos,
como si se conocieran desde antes o no necesitaran conocerse en absoluto. Una
hora después, se levantan. Caminan juntos. No se tocan. No hablan. El
silencio, lejos de incomodar, los acompaña. Llegan al portal de Lysys. Ella saca las llaves,
pero no aparta la mirada de sus ojos. Él espera. Ella abre y le hace pasar
primero.
Suben por la
vieja escalera de caracol, donde cada peldaño cruje como si guardara secretos.
Lysys abre la puerta de su casa. Lo deja pasar y cierra detrás de él.
A la mañana
siguiente, la luz entra por la ventana, un susurro dorado que disipa la
penumbra. La habitación aún conserva el desorden de la noche: las sábanas
revueltas, el aire espeso, el perfume de la piel flotando como un recuerdo
reciente. Detrás de ella, él duerme. Boca abajo, medio cubierto por las
sábanas. Su respiración es tranquila, ajena al mundo. No hay palabras entre
ellos. No hacen falta.
Lysys está
de pie, frente a la ventana. Cubierta por una ligera camisa que deja entrever
su cuerpo. Su cabello negro revuelto. Sostiene la cortina con una mano, como si
intentara asir también los pensamientos que se arremolinan en su cabeza.
El mundo
exterior parece seguir su curso inalterable. Árboles quietos, tejados dormidos,
una ciudad que despierta sin saber lo que ha ocurrido entre esas cuatro
paredes.
Lysys lo
observa alejarse por la acera, las manos en los bolsillos…

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