martes, 19 de agosto de 2025

Lysys. La víspera

La tarde se estira como un velo de ámbar sobre la ciudad. Lysys camina sin prisa, con los hombros relajados y los ojos atentos. No busca nada, pero todo le interesa. Las terrazas están llenas de conversaciones que no le incumben, risas que no la rozan, y sin embargo, ella las escucha como quien descifra un idioma que ya no necesita hablar.

Entra a una librería pequeña, de esas que huelen a papel viejo y madera. Recorre los estantes con la yema de los dedos, como si leyera en braille los títulos que no comprará. Encuentra uno, lo hojea, lo cierra. Lo deja en su sitio. No es el momento.

Sale sin haber comprado libro alguno. Se sienta en un banco cualquiera, frente a una fuente que murmura sin cesar. Observa a una niña que corre tras una paloma, a un hombre que discute por teléfono, a una pareja que se besa como si el mundo fuera a acabarse en cinco minutos. Todo le parece ajeno, pero no indiferente.

El sol comienza a caer. Lysys se levanta, se ajusta la chaqueta y camina hacia casa. No hay planes, solo una intuición vaga de que algo se avecina. No lo espera. No lo teme. Solo lo presiente.

De camino, se detiene en una terraza discreta, donde el sol ya empieza a declinar. El camarero la saluda con un gesto que no requiere palabras. Ella se sienta, cruza las piernas, y observa. No por curiosidad, sino por costumbre. La ciudad se despliega ante ella como una escena que no necesita guion.


Entre los rostros que pasan, uno se detiene en su mirada. Él camina con paso firme, pero al cruzarse con sus ojos, algo lo frena. Da unos pasos más, duda, se gira. Ella sigue mirándolo, sin sonreír, sin invitar, pero sin cerrar la puerta. Él se acerca. Pregunta si puede sentarse. Lysys asiente con un leve movimiento de cabeza.

Piden lo mismo: un Bloody Mary. El camarero sonríe, como si entendiera algo que ellos aún no han dicho. La conversación fluye sin esfuerzo. No hay presentaciones formales, ni historias personales. Solo palabras que se deslizan entre sorbos, como si se conocieran desde antes o no necesitaran conocerse en absoluto. Una hora después, se levantan. Caminan juntos. No se tocan. No hablan. El silencio, lejos de incomodar, los acompaña. Llegan al portal de Lysys. Ella saca las llaves, pero no aparta la mirada de sus ojos. Él espera. Ella abre y le hace pasar primero.

Suben por la vieja escalera de caracol, donde cada peldaño cruje como si guardara secretos. Lysys abre la puerta de su casa. Lo deja pasar y cierra detrás de él.

A la mañana siguiente, la luz entra por la ventana, un susurro dorado que disipa la penumbra. La habitación aún conserva el desorden de la noche: las sábanas revueltas, el aire espeso, el perfume de la piel flotando como un recuerdo reciente. Detrás de ella, él duerme. Boca abajo, medio cubierto por las sábanas. Su respiración es tranquila, ajena al mundo. No hay palabras entre ellos. No hacen falta.

Lysys está de pie, frente a la ventana. Cubierta por una ligera camisa que deja entrever su cuerpo. Su cabello negro revuelto. Sostiene la cortina con una mano, como si intentara asir también los pensamientos que se arremolinan en su cabeza.

El mundo exterior parece seguir su curso inalterable. Árboles quietos, tejados dormidos, una ciudad que despierta sin saber lo que ha ocurrido entre esas cuatro paredes.

Lysys lo observa alejarse por la acera, las manos en los bolsillos…

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