Agosto de 1976, Salamanca me recibió con un calor seco que envolvía cada calle en un sopor dorado y suave. Todo invitaba a vestir ligero, a dejarse arrastrar por las calles sin prisa, a perderse en el tiempo.
Y entonces la vi. El primer día de mi
estancia, se acercó a la mesa donde yo estaba con un amigo y preguntó:
«¿Queréis algo más»
Llevaba una blusa de un rosa suave, ese tono
que ahora llaman «rosa palo», que al contraluz dejaba adivinar la fragilidad y
el misterio de su silueta. De perfil, todavía veo aquellas dos… Los vaqueros ajustados marcaban lo que debían marcar,
la figura fresca de una mujer que apenas empezaba a serlo, unos ojos azules que
contenían el cielo entero y una sonrisa capaz de apresar a cualquiera. Aquella
visión me atravesó como un rayo silencioso y ella lo supo.
Fueron veinte días de verano, veinte días de
encuentros «casuales» en el bar de su hermana y su cuñado, donde un amigo y yo
comíamos y cenábamos casi a diario. Ella se movía con naturalidad, con esa
gracia que me desarmaba, mientras nuestras miradas se cruzaban con timidez y
complicidad, mientras nuestros dedos se rozaban al tomar yo los platos que me
ofrecía. En algunos días siguientes, pequeños paseos en grupo nos permitían
estar juntos, rozándonos «accidentalmente», como dos imanes que no podían
separarse, entre sonrisas compartidas y silencios que decían más que mil
palabras. Con un grupo de amigos, el 16 de ese mes, aprovechando el cumpleaños
de un amigo, fuimos a la casa de este para celebrarlo. Fue la excusa para estar
más juntos. Los baños en la piscina nos acercaban más…
Llegó el último día. Desayuno en el bar antes
de tomar el tren de regreso. El silencio entre nosotros era denso, casi físico,
y cada segundo se estiraba hasta volverse insoportable. Entonces preguntó: «¿Te
parece que venga para las fiestas —en septiembre—?» Su respuesta salió sin
pensarlo: «Sí». Cerré los puños, contuve la respiración, apreté la barbilla,
como quien guarda un torrente de emociones que amenaza con desbordarse. No
podía lanzarme hacia ella, abrazarla, sellar aquel instante con un beso eterno…
y sin embargo lo viví como si lo hubiera hecho. Ese recuerdo permanece intacto:
el más feliz de mi vida, y a menudo se lo confesaba, con la voz temblando:
«Ninguno como cuando me diste el primer sí».
En septiembre, aquella atracción que en
agosto ardía solo en el cuerpo se transformó en deseo, en un deseo irrefrenable
de compartir cada instante con ella. Cuando aceptó salir conmigo, supe que mi
vida había cambiado para siempre. Fue, y sigue siendo, el amor de mi vida.
Ningún otro amor ha podido siquiera rozar su grandeza.
Seis años después, en 1982, nuestra relación
inicial terminó, dejando recuerdos que nunca se desvanecieron, brillando en mi
memoria como un sol apagado que sigue iluminando.
Casi tres décadas después, en 2009, nos volvimos a encontrar en Salamanca. La vi aparecer por el arco de la calle Toro mientras yo estaba sentado en la terraza del Berysa, en mi esquina, junto al arco de la Plaza del Corrillo, en el lado contrario. No la reconocí de inmediato; me fijé en ella por su belleza imponente, por la fuerza y seguridad silenciosa que desprendía. Se detuvo frente a mí mientras yo fingía distraerme con el periódico, disimulando. Finalmente alcé la vista y allí estaba, tan presente que el tiempo pareció detenerse. Tras unos segundos que se hicieron eternos, me preguntó:
—¿Qué…? ¿Qué, no me reconoces?
—¡Joder, María! Por la voz —le respondí.
Se enfadó. No atendió a las razones que le di. Apenas había dejado de ser una muchacha cuando lo nuestro terminó y ahora, ahora era toda una mujer. Pero un abrazo enorme y eterno disipó aquel enfado, y la chispa volvió. Ahí se fraguó lo que, meses después, sería retomar la relación perdida veintisiete años atrás.
Nuestra historia duró poco menos de dos años.
Un año después, le detectaron un cáncer avanzado y sin cura. Ella me lo ocultó;
vivíamos con 600 km de distancia. En septiembre de 2011, su hijo me llamó para darme la
noticia que nunca hubiera querido escuchar: «Mamá ha muerto». El mundo se me
vino abajo.
Y sin embargo, la memoria no olvida. Cada
gesto, cada risa, cada mirada de aquel verano, el primer «sí», el reencuentro
inesperado… Todo sigue vivo, latiendo en mí. Porque el amor que sentimos dejó
su huella indeleble: un hilo invisible que atraviesa los años, un eco de pasión
y eternidad que nadie puede arrancar.

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