El día despertaba envuelto en tonos dorados. El cielo, moteado de nubes, se extendía como un manto sobre las casas de adobe y los tejados de tejas rojizas. Catalina salió al exterior para respirar el aire fresco de la mañana, mientras en la cocina ya se oía el trajín de los primeros en levantarse.
Antonia, con manos acostumbradas al trabajo, amasaba la harina que pronto llevaría al horno. A su lado, Catalina le ayudaba a preparar la mesa, mientras compartían las primeras palabras del día. El olor de la levadura y de la leña encendida comenzaba a llenar el ambiente.
Al poco, Gonzalo apareció en la cocina, aún con los ojos entrecerrados, pero con la risa fácil de siempre. Traía consigo algún comentario burlón sobre lo vivido el día anterior, lo que arrancó sonrisas a las dos mujeres. No tardaron en unirse Diego y Martín, todavía somnolientos, pero animados a medida que se servía vino y pan fresco.
La conversación se animó entre recuerdos y anécdotas. Solo Juan permanecía un poco apartado, ocupado en enderezar una silla que necesitaba arreglo. Cuando hubo terminado, tomó una jarra y la llenó de vino antes de anunciar con firmeza:
—Hoy me toca el campo. Martín, ¿te animas? Hay que revisar las tierras de cultivo.
Martín,
con una sonrisa perezosa, levantó la vista.
—Claro, tío,
¿quién más mejor que yo? Aunque deberías dejar que Diego se
encargue un poco, que tiene más energía que yo.
Diego,
que escuchaba desde la puerta, soltó una carcajada.
—¡Eso!
Yo me haré cargo, siempre que me dejen correr detrás de los
animales.
Las
risas se mezclaron con el humo del fogón. Catalina intervino
entonces con timidez:
—Yo puedo ayudar en casa, si no es mucha
molestia.
Antonia,
sonriendo, le respondió con afecto:
—Claro, hija, siempre hay
faena. Hoy me gustaría que te ocuparas conmigo de las gallinas y los
conejos. Y Gonzalo —añadió, mirándole con cierta intención—,
tendrás que cuidar la huerta.
El
muchacho asintió sin protestar, aunque no con demasiado
entusiasmo.
—Bueno, al menos estaré al aire libre —dijo,
encogiéndose de hombros.
El buen ánimo reinaba en ambiente. Cada cual sabía cuál sería su tarea, y la jornada se presentaba clara y ligera, con la promesa del sol dorando los campos.
El día se desarrolló como un día típico en el campo, pero con una energía renovada tras el encuentro con el recaudador real la noche anterior. Martín, Diego y Gonzalo se adentraron en las tierras cercanas a la casa para revisar los cultivos y asegurarse de que todo estuviera en orden. El aire fresco de la mañana y el trabajo al aire libre les devolvieron la vitalidad.
—¿Qué opináis de ese hombre, Cervantes? —preguntó Gonzalo mientras se inclinaba para arrancar unas malas hierbas.
Diego, que caminaba unos pasos delante de él, respondió sin pensarlo mucho:
—Es un tipo raro, sin duda. Pero tiene algo que no puedes ignorar. ¿Visteis cómo escuchaba con atención? Como si nuestra historia le hubieran encendido una chispa.
Martín se rió:
—Cierto, pero no sé si esa chispa sea para algo bueno o para un futuro de locura. Si decide escribir sobre lo que vimos, tenemos que tener cuidado con lo que decimos. Podríamos terminar convertidos en personajes de una de sus novelas.
Catalina, que había salido al patio tras acabar con los quehaceres, escuchó la conversación desde la distancia. Una parte de ella se sentía intrigada por la posibilidad de ser parte de algo tan grande como una historia, aunque otra parte temía las implicaciones de la fama o la inmortalidad de la palabra escrita. Su mente estaba en los caballeros, en el encuentro con Don Alonso, pero también se preguntaba si las historias de esas tierras alguna vez llegarían más allá de los caminos que pisaban.
La mañana avanzaba, y mientras Catalina y Antonia seguían con sus tareas, sus ojos se encontraron con tres jinetes que avanzaban por el camino cercano. Uno de ellos, con la silueta erguida, acompañado de dos alguaciles que parecían seguirlo con respeto. Catalina paró en seco, y un destello de reconocimiento cruzó su rostro.
—Tía, ese es Miguel de Cervantes, con quien conversamos anoche en la taberna. —Catalina habló con voz baja, casi sorprendida al verlo de nuevo.
Antonia, al seguir la mirada de Catalina, vio al hombre que había dejado una impresión tan singular en ella. El hombre avanzaba hacia ellas, su rostro serio, con ese aire de hombre que lleva consigo un peso que no puede dejar atrás. No era de sorprender que no hubiese podido descansar mucho después de la conversación de la noche anterior. Sin pensarlo, Catalina salió al portón para despedirse, sin olvidar su educación, pero también sin querer perder la oportunidad de expresar sus buenos deseos para su viaje.
El recaudador real se detuvo al verla salir, y esbozó una leve sonrisa que parecía a medias cansada, a medias agradecida.
—Buenos días, muchacha —saludó con voz profunda, como si todavía estuviera procesando los relatos de la noche anterior.
Catalina, con su habitual amabilidad, le ofreció unas palabras de despedida:
—Os deseo buen viaje, señor Cervantes. Ojalá que la jornada le sea más tranquila que la noche pasada.
Miguel de Cervantes Saavedra asintió, como reconociendo la bondad en el gesto de la joven, y con una mueca de cansancio, añadió:
—Agradezco tus buenos deseos. La verdad, he dormido poco... Pensando en todo lo que me contasteis anoche. La historia, esa de los caballeros y las tierras desoladas, se me quedó dando vueltas en la cabeza. No es algo que uno pueda dejar atrás tan fácilmente.
Antonia, que había salido al umbral de la puerta tras Catalina, los observó en silencio. Sabía que no podía perder la oportunidad de ofrecerles hospitalidad, como era costumbre en su casa.
—Si deseáis descansar un momento antes de seguir, mi casa les ofrece todo lo que podemos daros. —Antonia hizo un gesto generoso, su rostro reflejando una amabilidad profunda y sincera.
Miguel, agradecido pero con una expresión que reflejaba una leve preocupación, le sonrió con cortesía.
—Agradezco mucho vuestro ofrecimiento, señora. Pero apenas hemos comenzado el camino. Nos esperan algunos asuntos por resolver, y no podemos retrasarnos mucho más. Sin embargo, si el destino nos cruza nuevamente, estaré agradecido por su hospitalidad.
Con una inclinación de cabeza respetuosa, Cervantes dio las gracias y, sin más, comenzó a caminar con sus escoltas, dejando a Catalina y Antonia en el umbral de su casa, observando cómo se alejaban por el mismo camino que poco antes había traído consigo tantas preguntas y pensamientos.
Catalina, mientras los veía alejarse, no pudo evitar sentirse inquieta. El destino, como decía su tía, parecía girar sobre ellos como el viento, invisible pero siempre presente. Y aunque no sabía qué caminos recorrerían los días venideros, sabía que aquel encuentro, y todo lo que significaba, seguiría vivo en sus corazones, esperándolos en algún rincón del futuro.


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