La observo apoyada en la barandilla del barco, inmóvil, como si el vaivén de las olas la arrullara lentamente, queriendo llevarla lejos de todo lo que desea olvidar. Su mirada se pierde en el horizonte, donde la primera luz del alba apenas toca el mar, y su piel se deja acariciar por un viento que trae sensaciones nuevas, desconocidas, limpias de pasado.
Hay algo en su postura, en el silencio que la rodea, que sugiere un intento por dejar atrás memorias que insisten en quedarse. El contraluz la dibuja en silueta, y su cabello, agitado por el viento con delicadeza persistente, parece acompañar esa huida silenciosa, como si el mar quisiera leer lo que ella se niega a recordar. Al subir a bordo dejó algo; lo noto en sus gestos. No es dolor, es decisión. Se despidió de una ciudad que parecía quedarle pequeña, de una rutina que apagaba su mirada y de un amor que, aunque fue refugio un tiempo, ya no calentaba. Lo sé porque esa forma de quedarse quieta, sin mirar atrás, habla más fuerte que las palabras.
Aquí, en medio del mar, sin tierra a la vista, ella no escapa. Avanza. La observo, no como quien curiosea lo ajeno, sino como quien intenta entender su propio viaje a través de la calma de otro.
No hemos cruzado palabras. Tal vez no lo hagamos. Pero hoy, en esta cubierta
compartida, ella y el Sol parecen tener una conversación que apenas alcanzo a
intuir.

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