La barca yacía inmóvil en la orilla como si el tiempo la hubiese olvidado allí. Los cabos que la sujetan, parecen hacerlo al pasado, se tensan y aflojan con el soplo suave de la brisa y la bajada y subida de las mareas, como si quisieran liberar la barca y devolverle su dignidad navegante. A veces, al atardecer, se oyen crujidos leves, como si la madera hablara en sueños, recordando salidas pasadas y el murmullo íntimo del agua bajo la luna.
Cada amanecer, la ría despertaba en calma, como si respetara el silencio solemne de aquel viejo bajel. Ninguna gaviota se atrevía a posarse sobre ella, como si entendiera que allí se guardaba una historia que no debía ser interrumpida. El reflejo en el agua trazaba su silueta con cuidado, como pintada por la propia memoria del paisaje.
Dicen en el pueblo que esa barca
fue de Nucha, marinera solitaria que, años atrás, se adentraba en el agua antes
de que el sol saliera. Ella no navegaba por necesidad, sino por conversación:
hablaba con las olas, con el viento, incluso con los peces. Nunca fue vista,
pero todos sabían de su existencia. Se decía que, desde su barca, acompañaba a
los marineros en sus faenas. Algunos aseguraban que cuando las tormentas
sacudían la costa, sus embarcaciones viraban inexplicablemente, esquivando
escollos o encontrando rutas seguras en medio del caos. «Fue Nucha»,
murmuraban. «Nos guio». Pero también contaban de barcos que jamás regresaron,
de hombres que ignoraron la voz sutil del mar y se perdieron. «Ella decide»,
decía el viejo Luisón. «Nucha ve dentro del alma, y si no respeta el mar, el
mar no lo respeta a él».
Hoy, la barca espera. No por
Nucha, quizás, sino por cualquier alma que escuche los susurros del mar, que
comprenda el lenguaje del viento y se atreva a soltar la cuerda para navegar
entre recuerdos y leyendas. Porque hay presencias que no necesitan ser vistas
para dejar huella, y almas que siguen guiando incluso cuando el horizonte ya no
las alcanza.

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