miércoles, 10 de septiembre de 2025

25. «Aquella mañana»

Catalina comprendió la complicidad de Antonia, lo que la liberó de cierta tensión interior. Sabía que ella era consciente de lo sucedido con Gonzalo la noche anterior. Aquel gesto le permitió afrontar la situación con tranquilidad.

Cuando terminaron de desayunar y todo estuvo recogido, Antonia repartió las tareas del día. Los hombres se encargarían de hacer reparaciones en la casa y en la cuadra, mientras que Catalina y ella irían al mercado a vender verduras, pollos y conejos. Juan las llevaría en el carro y luego regresaría para ayudar en las reparaciones, volviendo más tarde a recogerlas.

En la casa, los cuatro hombres, dirigidos por Juan, ajustaban puertas y ventanas, reparaban desperfectos en la cuadra y encalaban las paredes. Desde el principio, notaron que Gonzalo estaba distinto: más animado, más trabajador, como si tuviera una nueva energía. Diego y Martín intercambiaron miradas de complicidad, sospechando el motivo de su repentino buen humor.

Mientras tanto, en el mercado, entre venta y venta, Antonia observó a Catalina con una leve sonrisa. La joven parecía inquieta, evitaba su mirada y se concentraba en organizar las verduras en la cesta.



Catalina —dijo Antonia con dulzura, inclinándose hacia ella-, puedes relajarte. No tienes que esconder nada.

Catalina levantó la cabeza, con las mejillas encendidas.

No sé de qué hablas, tía

Antonia soltó una risita.

Claro que lo sabes. Te entiendo muy bien, muchacha. Eres joven, estás despertando a la vida, y mi hijo está en la misma situación. Es natural lo que ocurrió entre vosotros anoche en el patio.

Catalina bajó la vista, mordiéndose el labio.

No estaba en mis planes… simplemente ocurrió. Gonzalo me gusta, pero no sé qué será de nosotros.

Antonia le tomó la mano con ternura.

Lo importante es que seáis sinceros el uno con el otro. No sufras si no recibes lo que esperas, pero tampoco engañes a Gonzalo con falsas promesas.

Catalina asintió, y tras unos segundos de duda, confesó en voz baja:

No fue solo el deseo del momento. Hubo algo más… —Hizo una pausa antes de continuar—. Tiempo atrás, cuando salimos de Fuente el Fresno, la noche que pasamos en casa de Eulalia… Me desperté con sed y fui al pozo. Desde allí vi una ventana entreabierta… De ella salían susurros y gemidos. Me acerqué, movida por la curiosidad, y vi a Diego y a Eulalia juntos… con pasión. —Catalina se sonrojó aún más—. En ese momento sentí algo que no conocía, algo que anoche decidí experimentar.

Antonia la miró con comprensión y una pizca de diversión.

Así que hasta anoche eras moza… —Catalina asintió levemente—. Pues debo decirte que has tenido una buena maestra en aquella mujer.

Catalina sonrió, algo avergonzada.

¿Crees que hice bien?

Antonia le apretó la mano.

Sois adultos. Tenéis conocimiento y es vuestra responsabilidad el cómo lo llevéis adelante. Aprendiste bien la lección; ahora solo queda saber qué harás con ese conocimiento

Mientras tanto, en la casa, Juan tomó el carro y partió hacia el mercado para recogerlas. En su ausencia, Diego y Martín decidieron interrogar a Gonzalo.

A ver, Gonzalo —dijo Martín con tono socarrón, cruzándose de brazos—. ¿Por qué anoche no quisiste venir a la taberna con nosotros?

Gonzalo se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.

No me apetecía.

Diego frunció el ceño.

Ajá… Seguro que no tiene nada que ver con cierta muchacha de ojos bonitos.

No sé de qué habláis —respondió Gonzalo, mirando hacia otro lado.

Martín y Diego se miraron, sonriendo con picardía. Sin previo aviso, lo agarraron por los brazos y lo levantaron en volandas.

¡Eh! ¿Qué hacéis? -Protestó Gonzalo, retorciéndose.

Si no hablas, te dejamos caer en el pozo —sentenció Martín, señalando un lodazal donde los cerdos habían dejado restos de orines y heces.

Gonzalo forcejeó, pero no tenía escapatoria.

¡Está bien, está bien! ¡Os lo diré!

Ambos lo soltaron con cuidado, esperando su confesión.

Fue algo inevitable… Mayormente, fue Catalina quien tomó la iniciativa.

Martín y Diego se quedaron boquiabiertos.

¿¡Catalina!? —Repitió Diego, incrédulo—. ¿¡Nuestra Catalina!?

Gonzalo asintió con una sonrisa nostálgica.

¡Sí!. Ella fue quien inició todo.

Los dos amigos se miraron, aún sorprendidos.

Pero si ella…

Solo te diremos una cosa —dijo Martín, interrumpiendo a Diego y apoyando una mano en su hombro—. No le hagas daño.

Gonzalo asintió con solemnidad.

Jamás lo haría.

A pesar de la sorpresa, Diego y Martín rieron, asimilando la noticia. Nunca se imaginaron a Catalina tan decidida, pero sabían que su amiga era fuerte y que, sin duda, había encontrado en Gonzalo un compañero de confianza y que sabría tomar la decisión adecuada.

Había pasado más de un mes desde que Martín, Catalina y Diego llegaron a Úbeda. El tiempo, que al principio parecía avanzar con lentitud, ahora fluía con rapidez, como si se hubiera convertido en un habitante más del pueblo. Lo que en un principio les pareció improbable, ahora era una certeza: se sentían en casa.

La vida en la finca transcurría con tranquilidad. En el hogar de Antonia y Juan se respiraba un aire de acogida y cercanía. Les trataban como si fueran hijos propios, sin distinción, como si siempre hubieran compartido ese lazo de sangre. Aquel trato bondadoso era una bendición para los tres, especialmente para Catalina, que aún no se acostumbraba del todo a la calidez de los campesinos, a su manera de abrirse sin reservas.

En cuanto a Gonzalo y Catalina, la relación entre ellos continuaba desarrollándose en un vaivén de palabras calladas y miradas furtivas. Buscaban momentos de intimidad, escabulléndose en los rincones de la casa, tan escasos como ansiados. Todo ello con la intención de ser discretos, sin alterar la armonía del hogar...



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