La luz de la luna se filtraba suavemente a través de las cortinas, creando un ambiente íntimo y delicado en la habitación. Antonia, recostada junto a Juan, sentía cómo la sangre bullía en sus venas. Las recientes vivencias de su hijo y Catalina, la pasión desbordante de la que había sido testigo, habían despertado en ella una llama que creía extinguida.
Juan, ajeno a los pensamientos de su mujer, roncaba plácidamente, sin sospechar la excitación que la consumía. Antonia, con la mente llena de sensaciones y recuerdos, se sentía más viva que nunca, ansiosa por compartir con su marido la pasión que la había invadido, pero la embriaguez de Juan lo había dejado fuera de su alcance.
Con delicadeza, Antonia acarició el brazo de Juan, deslizando sus dedos por la piel cálida de su cuerpo. Él, en respuesta, emitió un suave gruñido y, sin despertarse, se giró, dándole la espalda.
No se rindió. Antonia se acercó más, rozando su espalda con sus senos desnudos, buscando un contacto que le diera el consuelo que deseaba. Sus manos comenzaron a explorar el cuerpo de su hombre, deslizándose por su cintura, con la intención de atraerlo hacia ella. Juan, somnoliento, respondió con un leve movimiento, pero su cuerpo no reaccionó.
La frustración de Antonia creció, y sus esfuerzos se hicieron más insistentes. Intentó besarle el cuello, pero él, sumido en su embriaguez, murmuró algo incomprensible y volvió a hundirse en un sueño profundo.
Antonia, sintiéndose impotente, se apartó de él, su cuerpo y su mente quedaron llenos de deseos no correspondidos. Miró a su marido, sintiendo una mezcla de frustración y desconcierto. La embriaguez de Juan había creado una barrera invisible entre ellos.
Con un suspiro pesado, Antonia se recostó sobre su lado de la cama, envolviéndose en las sábanas. Cerró los ojos, pero el sueño parecía esquivo. En su mente seguía rondando la imagen de Catalina y su hijo, tan entregados a la pasión, avivando la chispa de frustración que no lograba extinguirse.
Poco a poco, su cuerpo tomó el relevo de sus pensamientos. Sus manos comenzaron a recorrer su piel con la misma ansia que antes había dirigido a Juan. En ese instante, cuando la excitación alcanzaba su punto máximo, el mundo desapareció. Solo existía ella, entregada al deseo. Cada movimiento era una celebración de sí misma, de su capacidad para sentir placer. No había tristeza ni frustración, solo un ardor que finalmente encontraba su liberación.
Cuando llegó al clímax, no pudo ni quiso contener los gemidos que expresaban su deleite, sintiendo cómo la ola de placer la recorría de pies a cabeza. Tras esos momentos de intensa dicha, permaneció inmóvil unos instantes, disfrutando de la calma que seguía a la tormenta. Su respiración, aún agitada, fue serenándose poco a poco, dejando en ella una sensación de absoluta relajación.
Juan seguía durmiendo a su lado, ajeno a lo que acababa de ocurrir, pero Antonia no se sentía sola. Había logrado reconectar con su propia sensualidad.
Con una sonrisa en los labios, se acomodó junto a Juan, abrazándolo por la cintura y descendiendo hacia el pubis. Cuando lo tuvo entre sus manos, entrecerró los ojos y se dejó llevar por el dulce sueño que la invadía, sintiendo una paz que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Sabía que su deseo no era algo de lo que debiera avergonzarse, sino una parte natural de quien era. Y esa noche, había decidido sentirlo.
Volvió a mirar el cuerpo del hombre que tenía a su lado y, con una sonrisa tranquila, susurró:
—Mañana será otro día.
El canto del gallo anunció la llegada de un nuevo día, y poco a poco la casa comenzó a despertar. En la cocina se escuchaban pasos, murmullos y el chisporroteo de la leña encendiéndose en el hogar. Todos se fueron reuniendo, bostezando y desperezándose, menos Antonia y Juan.
En la habitación aún sumida en penumbras, Juan despertó lentamente. Su mente seguía atrapada en la bruma del vino de la noche anterior, pero un calor distinto lo hizo salir de su letargo. Sintió el cuerpo desnudo de su esposa pegado a su espalda, su piel cálida, su respiración pausada contra su nuca. Pero lo que realmente le sacó del sueño fue la mano de Antonia, que descansaba sobre su pubis, como si aún en sueños lo reclamara para sí.
El contacto despertó algo profundo en él. Una necesidad primitiva, un deseo que se avivaba con la cercanía de su esposa. Se giró con lentitud, sin romper ese vínculo entre ellos, y cuando la vio, cuando contempló su rostro sereno aún entre sueños, no pudo resistirse. Su brazo la rodeó con fuerza, atrayéndola hacia su pecho.
Antonia abrió los ojos y se encontró con la mirada de su esposo, encendida de deseo. Sintió su cuerpo caliente y firme contra el suyo, y el recuerdo de la noche anterior le arrancó una sonrisa satisfecha. Pero esta vez no había frustración ni espera. Esta vez lo tenía justo donde lo quería.
Juan entreabrió los ojos y encontró la mirada ardiente de su esposa. Su respiración era profunda, entrecortada, y la forma en que su cuerpo se apretaba contra el suyo lo encendía aún más.
—Antonia… —murmuró, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. ¿Desde cuándo me miras así?
Ella sonrió con picardía, enredando los dedos en su cabello.
—Desde siempre… Pero anoche me diste la espalda.
Juan frunció el ceño, intentando recordar, y soltó un gruñido de fastidio al darse cuenta.
—Maldito vino…
Antonia acercó sus labios a su oído, su aliento cálido rozándole la piel.
—No lo maldigas ahora… Hoy me lo pagas.
Él sonrió, atrapado entre el deseo y la rendición, mientras las manos de su esposa exploraban su piel con avidez.
—Así que esto es lo que quieres… —susurró, inclinándose sobre ella.
Pero Antonia lo atrapó con sus piernas, deteniéndolo con firmeza.
—No. Esto es lo que quiero...
Sus labios buscaron los suyos con hambre, con una necesidad acumulada que Juan no pudo ignorar. Suspiró contra su boca, riendo entre jadeos.
—Dios bendito, mujer… ¿Qué has hecho conmigo?
—Lo mismo que tú has hecho conmigo toda la vida —respondió ella, mordisqueándole suavemente el labio—. Pero hoy… hoy me perteneces entero.
Él la miró fijamente, atrapado en su abrazo, sin intención alguna de liberarse.
—Siempre he sido tuyo, Antonia.
—Entonces, demuéstramelo.
No le dio tiempo a responder. Con un movimiento decidido, Antonia se aferró a él con una intensidad inusitada, enredando su cuerpo con el suyo como si quisiera fundirse en él. Sus manos recorrieron su espalda con urgencia, sus piernas lo retuvieron con fuerza, impidiendo que se apartara.
Juan, sorprendido por la fiereza de su mujer, se dejó llevar, vencido por la pasión de aquel abrazo que lo reclamaba sin reservas.
Era como si Antonia hubiese despertado con hambre de él, como si la noche anterior solo hubiese sido un preámbulo para lo que realmente deseaba. No lo soltó. No lo dejó escapar. Como una leona con su presa, lo atrapó bajo su deseo y lo guio sin miedo ni titubeos.
El mundo exterior dejó de existir. No había gallos, ni murmullos en la cocina, ni luz filtrándose por la ventana. Solo estaban ellos dos, entregados a un deseo que, lejos de apagarse, ardía con más fuerza que nunca.
Se fundieron en un torbellino de pieles, alientos y pasiones. Allí, entre las sábanas revueltas, encontraron lo que la noche anterior les había negado. Y cuando por fin la calma los envolvió, cuando sus cuerpos saciados quedaron entrelazados, Antonia sonrió con la certeza de haber reclamado lo que era suyo.
Cuando por fin llegaron a la cocina, Martín y Diego desviaron la mirada hacia el lado opuesto por donde habían entrado Juan y Antonia, mientras Catalina y Gonzalo estaban juntos, preparando unas gachas con miel. Todos intuían lo ocurrido en la habitación de Juan y Antonia y fingían discreción.
Antonia se acercó a la lumbre, apartando suavemente a su hijo. Sonriendo, miró a Catalina y, mientras le guiñaba un ojo, le susurró al oído:
—Sí. Hoy es otro día...


No hay comentarios:
Publicar un comentario